«Señor, dame un alma dulce y serena, que es preciosa ante tus ojos» (1 Pe 3, 4).
1.— A los sencillos, pobres, enfermos y dolientes que se agolpaban en torno suyo, les decía Jesús: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 28-29). Queriendo atraer a los hombres a sí, les presenta su doctrina, su ley y su misma persona bajo el perfil de la mansedumbre
y humildad cuya bienaventuranza había ya proclamado... Ya el profeta lo había presentado así: «He aquí a mi siervo a quien elegí... No disputará, ni gritará... La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante» (Mt 12, 18-20). Jesús ganará el corazón de los hombres con la mansedumbre de su corazón; él «que es Maestro y Señor nuestro, manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a los discípulos» (DH 11). Santiago y Juan que querían hacer bajar fuego del cielo sobre los samaritanos, fueron reprendidos, porque, como dirá Jesús enseguida, «la voluntad del que me ha enviado es ésta: que no pierda nada de lo que él me ha dado» (Jn 6, 39). A los fariseos que se escandalizaban porque se sentaba a la mesa con los publicanos o porque violaba, según ellos, la ley del sábado, les repite: «Id a aprender qué significa aquello de: «Misericordia quiero, que no sacrificio» (Mt
9, 13). A nadie se impone con violencia y a nadie condena, antes declara: «No he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo» (Jn 12, 47). Jesús realiza su misión de salvador sobre todo con la mansedumbre y el sacrificio de sí: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Esta es la mansedumbre que propone a sus discípulos como condición necesaria para la paz del corazón y en consecuencia turban la paz de las relaciones mutuas, porque se dejan llevar de la ira. A esos les repite Cristo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón». Pero propone la mansedumbre también como condición para hacer el bien y conquistar para Dios a los propios hermanos. La violencia no convence a nadie, sino al contrario indispone y endurece los corazones; la mansedumbre, en cambio, consigue doblegar y salvar.
2.— Cristo «manso de corazón» no rehúsa la lucha cuando está en juego la gloria del Padre y la salvación de los hombres. Acoge con bondad infinita a los pecadores, pero condena abiertamente el pecado, sobre todo la soberbia, la hipocresía y la dureza de corazón. Emplea también palabras enérgicas, como las invectivas contra los fariseos (Lc 11, 42-52), y tiene acciones enérgicas, como el gesto contra los profanadores del templo (Jn 2, 15). Pero cuando se trata de su persona, deja pasar con absoluta mansedumbre cualquier ofensa. Y así unos le tendrán por loco y otros por endemoniado; sus parientes podrán dudar de él y los nazaretanos hasta intentar precipitarlo de la cima del monte, sin provocar en él reacción alguna: «Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó» (1c 4, 30). En las discusiones con sus perse- guidores, Jesús habla con firmeza procurando iluminar sus mentes, pero no responde a las calumnias o insultos: «yo no busco mi gloria; ya hay quien la busca y juzga» (Jn 8, 50). Durante la última cena, con el corazón lleno de amargura, denuncia la traición de uno de los Doce, pero lo hace de modo que el culpable no quede al descubierto y a él le dice sólo: «Lo que has de hacer, hazlo pronto» (Jn 13, 28); más tarde, cuando en el huerto de los olivos le besa Judas simulando sentimientos de amistad, Jesús no lo rechaza, y una vez más le llama «amigo» (Mt 26, 50). Trata de amigos a los hombres que lo traicionan, que reniegan de él, que le condenan a la cruz; muere por ellos y por ellos dirige al Padre una oración de excusa pidiendo el perdón. Sólo con los amigos más queridos se obra así.
La mansedumbre de Jesús es la medicina para nuestra ira y enojo, para nuestra violencia e impaciencia. La cólera ofusca la inteligencia y arrastra la voluntad a actos Impulsivos y por eso menos humanos, mientras que quien imita la mansedumbre de Cristo, «el que imita a Cristo, hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre» (GS 41). La mansedumbre no conoce enemigos, perdona, ama y «vencen al mal con; el bien» (Rm 12, 21). La mansedumbre suaviza los sufrimientos de la vida y dispone a la aceptación de la voluntad de Dios y al abandono en sus manos en el momento de la tribulación.
«Venid a mí todos los fatigados». Señor, ¿por qué nos fatigamos sino porque, hombres mortales, quebradizos y débiles, llevamos encima estos cuerpos de barro, que se achuchan unos a otros? Pero si estos cuerpos de carne se constriñen, ensanchemos las dimensiones de la caridad. ¿Por qué dices: «Venid a mí todos los fatigados», sino para no fatigarnos? El fin de tu llamamiento a los ojos está: «Yo os aliviaré».
Y añades: «Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí»; no a construir un universo, no a crear cosas visibles e invisibles, no a obrar milagros en este mundo, sino... «que soy manso y humilde de corazón». (Cf. S. AGUSTIN, Sermón, 69, 1-2).
Oh Corazón santísimo de Jesús, que tanto gustas hacer bien a los pobres e instruir a quien desea aprovechar en la escuela de tu santo amor, tú me invitas de continuo a ser como tú, dulce y humilde de corazón. Haz que me persuada que para ganar tu amistad y ser verdadera discípula tuya, no puedo hacer nada mejor que procurar hacerme verdaderamente dulce y humilde. Concédeme, pues, la verdadera humildad que me tenga sometida a ti, que me haga soportar en silencio las pequeñas humillaciones, o mejor que me las haga aceptar de buena voluntad, con serenidad, sin excusas, sin lamentos, considerando que las merezco mayores y más abundantes.
Oh Jesús, permíteme entrar en tu Corazón como en una escuela. Que en esa escuela aprenda la ciencia de los santos, la ciencia del amor puro. Oh Maestro bueno, que escuche con atención tu voz que me dice: aprended de mí que soy dulce y humilde de corazón y hallaréis el verdadero descanso del alma. (Cf. STA. MARGARITA M. ALACOQUE,La vida).