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CICLO A

«Nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación» (Rm 5, 11).

En la base de su Alianza con Israel Dios puso esta cláusula: «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos...; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 5-6). Dios confiaba a Israel una misión sacerdotal y un oficio de mediación, de modo que la fe y la salvación llegasen a la huma- nidad entera a través suyo. En el Nuevo Testamento ese oficio ha pasado a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios. Todo cristiano lo tiene, pues el bautismo le empeña no sólo a vivir personalmente la fe y la gracia recibidas, sino también

a irradiarlas en torno suyo para que lleguen a penetrar el mundo. «Vosotros sois linaje elegido —escribe S. Pedro a los primeros creyentes, repitiendo casi a la letra las palabras de Dios a Israel—, sacerdocio real, nación consagrada» (1 Pe 2, 9). El Concilio Vaticano II ha revalorizado de modo especial esta doctrina, reconociendo en ella el fundamento del sacerdocio común de los creyentes y por ende de su deber apostólico.

Junto a este sacerdocio que empeña a todo bautizado, Jesús ha instituido otro, el ministerial, al cual están confiadas las funciones magistrales y sacramentales. El primer gesto relacionado con ello fue la elección y envío de los Doce. «Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 10, 1). Jesús les comunica su misión y por tanto sus poderes: deben predicar como él «que el Reino de los cielos está cerca» (ib 7), garantizar como él la verdad de sus palabras con los milagros y llevar como él el mensaje de la salvación «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (ib 6). Esto no significa que los demás pueblos queden excluidos, sino que expresa la fidelidad de Dios a su elección. Habiendo elegido a Israel como pueblo privilegiado y sacerdotal, le ofrece a él las primicias de la salvación; si Israel no acepta, será por culpa suya.

Esto nos lleva a reflexionar que la iniciativa de toda elección viene siempre de Dios. Ni Israel, ni los Doce más tarde fueron elegidos por méritos personales, sino únicamente porque Dios lo ha querido. «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15, 16). Pero la elección gratuita origina en el que es objeto suyo una responsabilidad especial. No se puede leer sin temblar la lista de los Doce que termina con el nombre de Judas Iscariote. Si Dios es fiel a su elección, tanto que Israel ha quedado siempre como el pueblo elegido a pesar de sus culpas y Judas no fue expulsado del colegio apostólico a despecho de su traición, es claro que la llamada divina empeña a una fidelidad extrema. Los llamados de hoy son aún más responsables que el antiguo Israel, porque su sacerdocio se funda en el de Cristo, único verdadero sacerdote, que se ha inmolado a sí mismo por la salvación del mundo. «Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, con cuánta más razón, estando reconciliados, seremos salvos por su vida» (Rm 5, 10). Cristo recon- ciliador de los hombres con Dios es el fundamento de todo sacerdocio y al mismo tiempo su fuerza que les confiere gracia para ser fieles a él.

Protege, Señor, tu obra, conserva en mí la gracia que me has dado... Por tu gracia soy lo que soy; soy en verdad el más humilde y el último de los obispos.

Pues me has concedido trabajar por tu Iglesia, bendice siempre los frutos de mi trabajo. Me llamaste al sacerdocio cuando era un niño extraviado; no permitas que me pierda ahora que soy sacerdote.

Pero sobre todo, dame la gracia de saber compadecer a los pecadores desde lo más profundo del corazón... Concédeme ser compasivo cuantas veces sea testigo de la caída de un pecador; que no lo castigue con arrogancia, sino que

llore y me aflija con él. Que llorando sobre mi prójimo, llore sobre mí mismo. (S. AMBROSIO, deOraciones de los primeros cristianos, 283).

Oh Virgen purísima, Madre de Dios, del Cristo «total», tú que tienes siempre la misión esencial de dar a Cristo al mundo, forma en mí un alma de Cristo. Que asociado como tú a los sentimientos del Verbo encarnado, pueda con cada acción mía expresar a Jesucristo ante los ojos del Padre. Como tú, oh Virgen, quiero ser hostia por la Iglesia, amándola hasta dar la vida por ella, envolvién- dola en el mismo amor con que la amó Jesús. (M.M. PH I LI PON,Consagra- ción a la Trinidad).

CICLO B

«Abre, Señor, nuestro corazón, para que nos adhiramos a tus palabras» (Hc 16, 14).

Dios resiste a los soberbios y los humilla, para que en la impotencia humana resalte con evidencia la omnipotencia divina. Así cuando Israel se ensoberbeció por los privilegios de su elección, Dios lo afligió y lo podó enérgicamente por medio del destierro y la cautividad, reduciéndolo a un «resto» de gente pobre, humilde y despreciada. Precisamente a este «resto» se dirigían los profetas para mantener despierta su esperanza en las promesas divinas. Así Ezequiel habla de un «ramo» que Dios cortará del cedro fuerte y robusto, para trasplantarlo «sobre un monte elevado». «Echará ramas», de modo que «debajo de él habitarán toda clase de pájaros» (Ez 17, 22-23). Profecía mesiánica que enlaza con la de Isaías: «Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará» (11, 1). Según lo ha prometido Dios, el Salvador saldrá de Israel; no de un Israel fuerte y poderoso —el cedro elevado—, sino humilde y fiel, como lo fue la Virgen María; de ahí saldrá el pequeño «ramo» del que se originará el pueblo de Dios.

El mismo estilo continúa usando Dios en el mundo para instaurar su reino y salvar a los hombres. Deja a un lado a los grandes y poderosos y se sirve de criaturas y cosas humildes y pequeñas; lo mismo que es pequeña la semilla echada en el campo es insignificante el grano de mostaza. Jesús se ha servido precisamente de estas imágenes para dar a entender que el reino de Dios no es una realidad que se imponga por el poder o la grandeza visible, sino una realidad escondida, sembrada en los corazones humildes, pero que tiene una vitalidad y una fuerza de expansión inimaginables. El hombre no puede percibirlo, como el labrador no puede verificar de qué modo la semilla confiada a la tierra germina y se desarrolla; crece ciertamente, aunque él «ignore» cómo se efectúa.

Las parábolas evangélicas de la semilla y del grano de mostaza (Mc 4, 26- 34), al mismo tiempo que un reclamo a la humildad, único terreno apto para el desarrollo del reino de Dios, lo son también a un sano optimismo fundado

en la eficacia infalible de la acción divina. Aun cuando los hombres se perviertan hasta negar a Dios, considerarlo «muerto» u obrar como si no exis- tiese, él está siempre presente y operante en la historia humana y sigue esparciendo la semilla de su reino. La Iglesia misma que colabora en esta sementera, muchas veces no ve los frutos; pero es cierto que un día madura- rán las espigas. Entretanto hay que esperar con paciencia, la hora señalada por Dios, como el labrador espera sin inquietarse que pase el invierno y que germine el grano. Hay que esperar también con humildad, aceptando ser «grano de mostaza» o «pequeño rebaño», sin pretensiones de pueblo poderoso y fuerte. Y esto que es cierto para la Iglesia, lo es también para los particulares. También en el corazón del hombre se desarrollan el reino de Dios y la santidad escondidamente; por eso no hay que desanimarse si después de repetidos esfuerzas se encuentra uno débil y defectuoso. Hay que perseverar en el esfuerzo, pero confiando sólo en Dios, porque sólo él puede hacer eficaz la acción del hombre.

Oh Dios, fortaleza de los que en ti esperan, escucha el grito de la humanidad víctima de una debilidad mortal: nada podemos sin tu ayuda; socórrenos con tu gracia, para que, siguiendo el camino de tus mandatos, podamos agradarte con las intenciones y la obras. (MISAL ROMANO,Colecta).

¡Oh Dios omnipotente, que para muestra de tu omnipotencia escoges las cosas viles para confundir las altas, y tomas las cosas flacas para destruir las fuertes, y por instrumentos pequeños haces cosas grandes, para que ninguno de los mortales pueda gloriarse en sí, sino en ti! Concédeme que de corazón ame y abrace las cosas pequeñas que tú escogiste, para que sea digno de alcanzar las grandes que en ellas encerraste. Sea yo, Salvador mío, grano de mostaza, molido, como tú, con desprecios y tormentos, para que alcance los eternos descansos. (L. DE LA PUENTE,Meditaciones, III, 46, 1)

CICLO C «Señor perdona mi pecado» (SI 32, 5).

El rey David había pecado; obcecado por la pasión había hecho morir a Urías para apoderarse de su mujer. El profeta Natán, enviado por Dios, le quiere dar a entender, por medio de un apólogo, la gravedad de su culpa. El rey se irrita ante el relato acerca del rico ganadero que para aderezar la comida a un huésped roba la única oveja de un pobre. Pero cuando Natán le dice: «Tú eres ese hombre» (2 Sm 12, 7), comprende y llora su pecado. Dios lo había hecho ungir rey, le había dado riquezas y toda suerte de bienes, pero no le había bastado, y despreciando la ley divina, había arrebatado la mujer ajena. La culpa es grave; sin embargo, Dios le perdona porque David reconoce su culpa y confiesa humildemente: «He pecado contra el Señor» (ib 13). Resta expiar la pena: «El hijo que te ha nacido morirá sin remedio» (ib

14). La misericordia de Dios perdona al pecador que reconoce su culpa y la misma misericordia le castiga para que no peque más.

Los temas de la misericordia y del perdón divinos vuelven en el Evangelio, pero a una luz nueva, la de la salvación ya en acto. Dios no envía más a los profetas a redargüir a los pecadores; ha enviado a su Hijo para salvarlos y éste los va buscando por doquiera, en las casas y en las calles. Ahí está Jesús en casa del Fariseo que le ha invitado a comer más con intención crítica que amistosa; y mientras está a la mesa, se deja besar y ungir los pies por una mujer pecadora. Simón se incomoda por el atrevimiento: «Si éste fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que le está tocando» (Lc 7, 39). También él, como David — y con mucha menos razón—se escandaliza de las acciones de los otros, sin ocurrírsele examinar las propias. Pero Jesús, como Natán, procura iluminar con un apólogo al fariseo. De dos deudores a los que les fue condonada una deuda, ¿cuál amará más? «Aquel a quien se le perdonó más» (ib 43), responde Simón; y no se da cuenta de que, como en el caso de David, en su respuesta está su condenación. La mujer ha cometido muchos pecados, es cierto; pero se le perdonan por el gran amor demostrado en el gesto de bañar con lágrimas los pies del Señor, secarlos con sus cabellos, besarlos y perfumarlos con un ungüento. Simón no ha cometido «muchos pecados» (ib 47), pero tiene el corazón cerrado al amor —«no me diste el beso... No ungiste mi cabeza con aceite» (ib 45-46)— y abierto más bien a la crítica, pronto a escandalizarse. Si Simón reconociese su culpa — sobre todo la manía de sorprender al Salvador en culpa— quedaría perdonado y la misericordia de Dios derramándose en él lo llenaría de amor.

El perdón de los pecados es a la vez iniciativa de amor misericordioso de Dios y respuesta del amor arrepentido del hombre. Cuanto más por motivo de amor se arrepiente el hombre, tanto más abundante es el perdón de Dios, hasta borrar no sólo la culpa sino la pena. Jesús no impone una penitencia a la mujer pecadora; y eso no sólo porque el amor de ella es grande, sino por- que él mismo la ha tomado sobre sí ofreciendo su vida por los pecados de los hombres.

Señor, te ofrezco mi pasado y lo confío a tu misericordia, esperando ser perdonado sólo por tu bondad; no intentaré excusarme, ni asegurarme del pasado presentándote algún mérito, alguna buena acción, reparación o resolución buena; tanto para el pasado como para el futuro me remito a tu misericordia.

Me pongo delante de fi, oh Dios santo, con el recuerdo doloroso de mi pecado y de la traición al amor, con la certeza de mi fragilidad e impotencia, pero confiado en tu amor maravilloso, nunca harto y que nunca me ha faltado. ¡Ten piedad de mí! Desconfía de mí, estate a mi lado, porque sabes lo reacio y caprichoso que soy apenas aflojas la vigilancia. Sin embargo, Señor, no aprietes más allá de mis fuerzas, que son débiles hasta el ridículo; tómame como soy y como estoy hecho, para rehacerme a tu modo y ser así capaz de seguir tu voluntad.

Ni siquiera oso decirte que te quiero. Querría podértelo probar, pero mira que ya para eso necesito de ti: no puedo amarte sin que tú me ames. Oh Dios, crea en mí un corazón nuevo... Haz de mí un verdadero hijo, digno del Reino y de la promesa, un hijo sobre el que caiga tu sangre, en el que circule tu vida... Sé que no tengo fuerza... estate siempre conmigo, trabaja conmigo, combate en mí. Señor, me ruborizo al ofrecerte mi amor contrito. (P. LYONNET, Escritos espirituales).