«Oh Jesús, humilde de corazón, enséñame a humillarme bajo la mano poderosa de Dios» (1 Pe 5, 6).
1.— San Pablo ha compuesto el himno más bello a la humildad de Cristo: «Siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte» (Flp 2, 6-8). Nada más profundo se puede decir de Jesús «humilde de corazón». El Apóstol ha tocado la esencia de ese misterio: ante todo su anonadamiento, el despojarse del resplandor externo de su majestad infinita para ponerse al nivel del hombre, el esconder su divinidad bajo el velo de la carne para aparecer hombre como los demás hombres. Luego su anonadamiento en cuanto hombre: pobre entre los pobres, «hijo del carpintero» (Mt 13, 55) y él mismo humilde artesano, venido «no para ser servido, sino para servir» (Mt 20, 28); lleva su servicio hasta dar la vida para el rescate de los hombres, y su anonadamiento hasta la muerte ignominiosa de la cruz. La humildad del
hombre es un juego de niños frente a la humildad del Hijo de Dios. El hombre es pequeñísimo en su comparación: débil, mísero, pobre, limitado, pecador; y sin embargo es tan inclinado al orgullo y tan incapaz de verdadera humildad. Tiene grandísima necesidad de que Jesús le anime con su ejemplo: «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).
No por acaso propone el Señor junto a la mansedumbre la humildad, porque la segunda es el fundamento de la primera. Jesús era manso porque era humilde: no procuraba afirmarse a sí mismo, no buscaba el aplauso ni perseguía la gloria; quería sólo el honor, la gloria y el reino del Padre y mira- ba sólo a cumplir la misión que le había sido confiada, entregado plenamente a esa causa y a la salvación de los hombres.
El hombre no es manso porque no es humilde y en sus mismas obras buenas no acierta a renunciar a la afirmación de sí mismo.
2.— Jesús es esencialmente humilde porque reconoce y vive plenamente su dependencia del Padre. En cuanto Verbo es igual en todo y coeterno al Padre, pero siendo misteriosamente engendrado por él, vive de la vida que el Padre le comunica; de él le viene todo con un gozo infinito. En cuanto Verbo encarnado, recibe del Padre la vida temporal y la naturaleza humana que asume únicamente para inmolarla según la voluntad del Padre. «Por eso, al entrar en este mundo dice: "Sacrificio y oblación no quisiste, pero me has formado un cuerpo; holocausto y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad"» (He 10, 5- 7). Es la actitud constante de toda la vida de Cristo. Lo demuestran sus primeras palabras registradas en el Evangelio: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Le 2, 49). Toda su vida está al servicio del Padre: su misión es hacer conocer y amar al Padre y hacer triunfar la doctrina, la ley y la voluntad del Padre. «Yo vivo por el Padre. Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado. No hago nada por mi propia cuenta, sino que os hablo lo que el Padre me ha enseñado. El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado» (Jn 6, 57; 7, 16; 8, 28; 12, 44). Pada realizar los milagros espera la hora del Padre, y va a la Pasión porque «ésa es la orden que [... ha] recibido del Padre» (Jn 10, 18). Cristo es en verdad el «Siervo de Yahvé» anunciado por Isaías: «Lo que plazca a Yahvé se cumplirá por su mano» (53, 10). La humildad esencial de Cristo, fundada sobre su total dependencia del Padre, lo pone enteramente a su servicio y por ende, ya que ésa es la voluntad del Padre, al servicio de los hombres.
El hombre no es humilde porque no percibe plenamente su total dependencia de Dios, y si está convencido de ello en teoría, no lo está en la práctica, sustrayéndose de continuo en más o en menos al servicio de Dios para servirse a sí mismo, a su orgullo y a su amor propio. En consecuencia no sabe practicar el servicio humilde a los hermanos, sino que se deja llevar demasiadas veces por derechos presuntos, intereses y causas personales,
no sin menoscabo de los demás. Por eso San Pablo, mostrando la humildad de Cristo dice: «Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo» (FIp 2, 3).
Oh Jesús divino, que te has olvidado de ti hasta aceptar ser humillado y despreciado de todos, ser juzgado y condenado por los hombres y morir vergonzosamente en una cruz, ¿cómo puedo yo, que quiero ser tu discípulo y que he prometido seguirte, tener una conducta tan diferente y aun opuesta a la tuya, ocuparme sólo de mí mismo y buscarme en todas mis acciones? ¿Cómo puedo ser tan susceptible, tan celoso y tan incapaz de soportar los pequeños defectos, ajenos, cuando estoy yo mismo lleno de ellos? ¡Que me avergüence, Dios mío, de estar tan lejos de ti y de vivir de una manera tan poco conforme con tu doctrina y tus ejemplos!
Concédeme, oh Jesús, por intercesión de la santa Virgen María tan humilde y pequeña a sus ojos, no buscarme en nada, aceptarlo todo con humildad y caridad, olvidarme de mí, no hablar nunca de mí mismo, no ocuparme más de mí, no dar importancia a lo que se pueda pensar o decir de mí y poner en ti solo toda mi confianza, buscando agradarte en todo, no, preocupándome de los juicios de los hombres y acallando en mí todos los pensamientos contrarios a la caridad y a la humildad cristiana. (A. CHEVRIER,L’esprit et les vertus).
Otórgame, benignísimo Jesús, tu gracia, para que esté conmigo y obre conmigo y persevere conmigo hasta el fin. Haz que desee y quiera siempre lo que es más agradable, a tu Majestad: tu voluntad sea la mía, y mi voluntad siga siempre la tuya y se concuerde muy bien con ella. Tenga, Señor, un querer y un no querer contigo, y que no pueda querer ni no querer, salvo lo que tú quieres o no quieres. Dame, Señor, que muera a todo lo que es del mundo y que ame por ti ser despreciado y olvidado en este mundo. Dame que sobre todo lo deseable me huelgue en ti y se pacifique mi corazón en ti. (Imitación de Cristo, III, 17).