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Chapter 3: The literature on listening: What listening is and how it is taught

1.   Initial focus on context

4.4 The AR stages of the LSI intervention

El 22 de noviembre se convirtió en papa el archipresbítero Lorenzo. Su elección por parte de una minoría se consiguió ostensiblemente gracias al dinero de soborno entregado por el presidente del senado Festo, un

hombre del emperador; dinero venido de Constantinopla, pues, en agra- decimiento a su elección. Lorenzo prometió firmar el Henotikon. El mis- mo día y también en San Pedro convertían asimismo en pontífice romano al diácono Símaco. Éste, que nació aún pagano en Cerdeña y no se bau- tizó sino más tarde, en Roma, tenía un carácter más vulnerable que Lo- renzo y también sobornó por su parte, si bien mediante la suma bastante modesta y que, al parecer se embolsó Teodorico, de 400 solidi de oro. El obispo Lorenzo de Milán la había adelantado y el obispo Enodio de Pa- vía -un literato altamente apreciado en Oriente y en Occidente que en sus malos versos cantaba a Venus pero también al cristianismo primigenio y los Hechos de Pedro y Pablo (que debía además su encumbramiento a Lorenzo)- los avaló. Sus esfuerzos posteriores ante la corte papal para recuperarlos resultaron inútiles.84

La compra y venta de sedes obispales, la captación de votos mediente soborno -incluidas y muy especialmente las elecciones a papa-, la entre- ga del tesoro eclesiástico y de bienes inmuebles, todo ello no era ya nada infrecuente a finales del siglo v. Todo lo contrario: ya entonces, los obis- pados, en su mayoría, eran asignados no en base a los méritos sino a cam- bio de dinero, pues las sedes importantes recaían ya, generalmente, en los vastagos de la nobleza. Se daba frecuentemente el caso de que los com- pradores pagaban con posesiones de la diócesis que no les pertenecía aún, aunque el vendedor tenía ya la garantía de un documento de compra venta, de modo que el rey Alarico protestó enérgicamente en 532 por esta simonía ante el papa Juan II (el primero que cambió su nombre por llamar- se Mercurio).85

La doble elección del año 498 dividió a Roma en dos partidos. Al cisma este-oeste vino a sumarse otro cisma, el romano o laurentino. Se produjeron luchas callejeras y batallas en las iglesias y poco después el mundo fue testigo de un extraño espectáculo: los dos papas dejaron la decisión en manos del Espíritu Santo, quien esta vez habló, incluso, por boca de un «hereje», el rey godo. Lorenzo era exponente de la fracción adicta al emperador y favorable, por lo tanto al Henotikon. Símaco era defensor del símbolo de Calcedonia y por ello mismo hostil al Henoti-

kon. Teodorico estudió en Ravena el problema del Espíritu Santo y resol-

vió a favor de Símaco, ya que éste se metió en el bolsillo a la mayoría y él mismo, (Teodorico) el dinero de Símaco.86

El papa Símaco (498-514) no lo tuvo, por lo demás, muy fácil, ni si- quiera tras su victoria. Cierto que en 499 pudo desplazar a su rival Loren- zo, por medio de amenazas y promesas, como obispo a Nocera, pero los partidos no desaparecieron y la contienda continuó tanto a nivel propa- gandístico como militar.

La oposición, la mayoría del senado, que, dirigida por el eximio Fes- to, se afanaba a toda costa por reconciliarse con Constantinopla, presentó

al rey en 501 un largo registro de pecados de Símaco que iba desde la gula (se le comparaba con la de Esaú) y la dilapidación de bienes ecle- siásticos hasta las relaciones deshonestas con algunas mujercillas (mu-

lierculae), siendo la más conocida una panadera romana que llevaba el

extraño mote de «conditaria». Teodorico suspendió a Su deteriorada San- tidad y, por lo pronto, le impuso trasladarse a Rímini. Pero como también allí, mientras Símaco paseaba desprevenidamente de mañana por la pla- ya, apareciesen las conocidas mulierculae, éste se sustrajo ahora a sus de- seos y se les escapó de las manos huyendo a Roma como una exhalación y con un solo acompañante.87

Privado de muchas iglesias y del palacio de Letrán, se mantuvo a salvo extramuros, en San Pedro, y allí inició la construcción de Episcopia, resi- dencia obispal de la que paulatinamente fue surgiendo la posterior re-r sidencia papal, el Vaticano, lugar que ya era malfamado en la Antigüe- dad: «infamibus vaticani locis» (Tácito). Teodorico, sin embargo, que ya había designado entretanto al obispo de Altinum, Petrus, como visitador de la Iglesia, ordenó en 501 y de mutuo acuerdo con Símaco, que el caso de éste se tratase en un concilio panitálico en Roma. Con todo se atajó el intento de los acusadores de probar sus acusaciones mediante declaracio- nes de los esclavos del papa. El Santo Sínodo no permitió eso a los escla- vos. Los tumultos aumentaron y la lucha se ampliaba continuamente. Fi- nalmente, la mayoría de los sinodales se declaró incompetente y escribió así al rey: «Es asunto de su potestad soberana el velar por el restableci- miento de la Iglesia y por la pacificación de Roma y las provincias si- guiendo los divinos consejos. Por ellos rogamos que, como pío soberano, vengáis en socorro de nuestra debilidad e impotencia, pues la simplicidad sacerdotal no puede medirse con la astucia del mundo y no podemos so- portar por más tiempo los peligros que amenazan en Roma a nuestros cuerpos y a nuestras vidas. Permitidnos más bien volver a nuestras res- pectivas iglesias mediante un precepto vuestro que todos anhelamos vi- vamente».

Documento bien penoso. El «hereje» debía acudir en ayuda de los or- todoxos. Teodorico rehusó. Una parte de los padres conciliares empren- dió viaje de vuelta y el apurado Símaco no quería ya negociar. En sep- tiembre, abandonó su asilo de San Pedro y acompañado por el clero y por una turba popular se trasladó al lugar de las sesiones. Sus enemigos, te- miendo con bastante razón un asalto, fueron a su encuentro. Nuevas bata- llas callejeras con heridos y muertos, muchos de ellos sacerdotes entre

los que figuraba Gordiano, un parcial de Símaco y padre del futuro papa

Agapito. Y como Símaco mismo estuvo al borde de la lapidación; como, según sus palabras, «él y su clero habían sido objeto de una degollina», se negó a compadecer todavía ante el concilio. Irritado Teodorico, ya que, como él decía, por todas parte imperaba la paz menos en Roma, permitió

ahora, aunque a regañadientes, que el sínodo dictase una sentencia, aun- que no hubiese investigación. Los sinodales, reducidos ya a 76 obispos de los 115 inicialmente presentes, pusieron ahora fin «por piadosa defe- rencia» a aquella desoladora comedia. En su cuarta sesión, denominada «sínodo de las palmas», declararon, el 23 de octubre de 501, que dejaban la sentencia en manos de Dios al no poder juzgar al papa Símaco a causa de su inmunidad. Le restablecieron en su cargo y abandonaron, casi como en una fuga, la ciudad «santa» pues la mayoría del clero local estaba, más bien, a favor de Lorenzo.88

De ahí que el cisma perdurase. La culpabilidad del papa se había he- cho demasiado evidente: de modo indirecto, por culpa suya, a raíz de otro sínodo ulterior, el del año 502, pero también, y no en último término, a causa de un escrito apologético del obispo Enodio de Pavía, que tan afecto se mostraba a Venus y a los dioses antiguos en sus escritos. Éste tenía probablemente miedo a causa de su fianza de 400 solidi de oro. Pues ni él mismo estaba dispuesto a avalar la inocencia del papa por más que, como poeta de pro, lo llamaba literalmente regente del celeste imperio. Reclamaba para él una alta dignidad ya por el mero hecho de su cargo y prevenía contra cualquier denigración de ese cargo por culpa de su titu- lar [!1, conminando a todos a barrer delante de su propia puerta. Atizada especialmente por Festo y los senadores, la guerra civil estalló ahora con toda su virulencia, tanto más cuanto que el antipapa Lorenzo, a quien por cierto Símaco había privado entretanto de su dignidad de obispo, retomó nuevamente a Roma, contando con la tolerancia de Teodorico, y domina- ba casi plenamente la ciudad con casi todas sus basílicas titulares, unas dos docenas. Durante unos cuatro años residió, manteniendo una clara pre- ponderancia, en el Laterano, mientras que Símaco debía conformarse con San Pedro, donde, como queda dicho, realizó las primeras obras del pala- cio vaticano. La anarquía imperó durante varios años con luchas libradas bajo los gritos de guerra de «¡Por Símaco!» y «¡Por Lorenzo!». Ambos partidos se turnaron en las demandas de protección al rey amano. El de- recho de asilo de iglesias y monasterios fue ignorado y cada día y cada noche dejaban su correspondiente secuela de saqueos y muertes. Los sacer- dotes eran abatidos a mazazos ante las mismas iglesias. Las monjas eran maltratadas, deshonradas. En una palabra, la discordia sangrienta se en- señoreó durante varios años de los católicos de Roma hasta que Teodori- co, por razones políticas, intervino en favor del papa más débil y Loren- zo, por más que ni sus peores enemigos pudieran echarle personalmente en cara ninguna tacha, tuvo que abandonar el campo en 506. Sus parciales entre el clero tuvieron que condenarlo expresamente una vez pasados al bando de Símaco. Y también a Pedro, obispo de Altinum y visitador en 501, a quien Símaco había ya proscrito. Lorenzo, el antipapa grecófilo, fue víctima de un viraje antibizantino del rey y, en parte, del senado. Éste ce-

rró filas con los godos, por orden de Teodorico, y comenzó a enfrentarse a la Roma de Oriente. Mientras que Símaco, en acción de gracias por su victoria, ornaba las iglesias, especialmente San Pedro, y fundaba otras nuevas, su adversario acabó su vida en una finca de su valedor Festo y, al parecer, bajo rigurosa ascesis. El cisma, sin embargo, perduró hasta la misma muerte de Símaco.89