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Chapter 3: The literature on listening: What listening is and how it is taught

3.2 How it happens: Theories of listening

3.2.1. Coming from two directions: Top-down and bottom-up processing

El gran concilio, comparado muy a menudo con el «Latrocinio de Éfeso» y al que Hamack denomina «Sínodo de los bandidos y de los trai- dores» para distinguirlo de aquel, no calmó los ánimos. Todo lo contra- rio: fue eso justamente lo que lo soliviantó de verdad. Fue el comienzo de nuevas y numerosas desdichas y escándalos. Fue arranque de una es- cisión que aún hoy se hace sentir, en relación con la cual, cada parte se consideró y se sigue considerando, por descontado, como «ortodoxa», po- seedora de la «fe verdadera».

El de Calcedonia fue un sínodo de las Iglesias del Imperio. Sus reso- luciones se convirtieron en leyes imperiales. Y como quiera que los tér- minos con que se revistió la nueva doctrina: esencia, naturaleza, substancia

(ousia, physis, hypostasis) fueron usados desde siempre en acepciones

muy diferentes por los pensadores griegos, a los amantes de la especula- ción teológica y de la pendencia intelectual se les abrieron inagotables posibilidades de discutir sin mutuo entendimiento y de acusarse recípro- camente de herejía; tanto más cuanto que el término «persona» (griego:

prosopon) aportado por los latinos era ampliamente polisémico, de modo

que Occidente, hasta la muerte del papa Gregorio I (604), se vio especial- mente afectado por la discordia.3

Es claro que aquí no analizamos el desarrollo postcalcedoniano con vistas a «su fuerza de inspiración de una cristología espiritual» (Grill- meier). ¡Dios nos libre!, ¡no! «Sólo» nos interesa sus consecuencias en la política eclesiástica; las interminables querellas religiosas; la pugna por la «ortodoxia»; las herejías y las eternas disensiones eclesiásticas; todo el odio, la sangre, las rebeliones y las intervenciones militares, especialmen- te en Palestina y en Egipto. También los destierros, encarcelamientos, ex- terminios; todos los conflictos, de cada década, entre emperadores y papas hasta el, finalmente, logrado entendimiento entre el papa Hormisdas y el emperador Justino I, casi setenta años más tarde. Entendimiento que no acarreó, naturalmente, la paz sino nuevas y más enconadas persecuciones.4

Rápidamente surgieron ahora imputaciones contra aquella asamblea eclesiástica por sus supuestas inclinaciones nestorianas. Incluso se acusó despectivamente a los sinodales de nestorianos y, más tarde, también de «difísitas» (la «gente de las dos naturalezas»). Pues precisamente los par- ciales del obispo san Cirilo creían ver ignorada en Calcedonia la cristolo- gía de este último y la marcada diferencia entre ambas naturalezas, que León propugnaba, se les antojaba puro nestorianismo, ¡horrible herejía! (De hecho, el hasta hoy proscrito Nestorio había contribuido, desde el punto de vista de la historia del dogma, a preparar decisivamente las fór- mulas cristológicas de Calcedonia y en su momento saludó las formula- ciones leonianas como una justificación de su persona. ¡El papa, en cambio, volvió a condenar por segunda vez, juntamente con el concilio, a quien ya estaba desterrado en el desierto! Ahora, sin embargo, hasta el jesuíta W. de Vries parece reconocer en los sínodos de la Iglesia nestoriana persa de los siglos v y vi [exceptuando, en el peor de los casos, el del año 486 en Seleucia] «una cristología totalmente correcta».)5

La resistencia contra Calcedonia no venía, pues, de los nestorianos. Vino de los monofisitas de Egipto, donde han residido hasta hoy los su- cesores de los patriarcas cismáticos en serie ininterrumpida, y de Siria, baluarte del monofísismo, donde eran monofisitas hasta los monjes, fer- vientemente admirados por el pueblo. Venía también de los monofisitas de Arabia y Abisinia, adonde huyeron, después del año 451, un sinnúme- ro de cristianos sirios. Venía asimismo de Persia y Armenia y condujo a la separación de pueblos enteros que se alejaron del catolicismo. De ahí que en el siglo vi un variopinto conjunto de sectas dominase las riberas surorientales del Mediterráneo: severianos, julianistas, fantasiastas, teo- dosianos, gayanitas, ftartólatras, actistas, temistianos, triteístas, tetraditas y niobitas. Y todas ellas y algunas más se vieron favorecidas en el siglo vn por la expansión del Islam, que se apoderó de Palestina, Siria y Egipto y permitió que prosperasen numerosas Iglesias nacionales que existen, en parte, en la actualidad.6

Todavía a lo largo de toda la Edad Media los obispos, teólogos e his- toriadores monofisitas atacaron «la errónea doctrina del hipócrita conci- lio», el «sucio credo del concilio herético», como hizo a comienzos del siglo ix el obispo de Takrit Abu Ra'ita, para quien el «ignorante Marcia- no» era, sin más, «un segundo Jeroboán». Poco después el copto Severo, obispo de Usmunain, afirmaría en su Libro de los Concilios que Dióscoro recibió en Calcedonia «una fuerte bofetada» de manos de la reina -tam- bién el Léxico de la Teología y de la Iglesia ensalza a Pulquería como «vigorosa», «heredera del espíritu de su abuelo Teodosio I»- lo que dio pie a «nuevas vejaciones de Dióscoro». Según el historiador jacobita Bar- hebraeus (1225-1286), el escritor más conocido de su nación, la santa man- tenía relaciones sexuales con su marido pese a su voto de castidad. Y por

cierto, también con su propio hermano Teodosio, según Nestorio. (De he- cho Pulquería no pasaba por santa en la antigüedad: a la vista estaba y de forma muy drástica su, en más de un sentido, desaprensivo afán de en- cumbramiento. Esa veneración «sólo es constatable, según el léxico de la Iglesia antes mencionado, a partir de la Edad Media».) Todavía a princi- pios del siglo xvi, el patriarca de los jacobitas Ignacio Nuh (Noé), habla de Calcedonia como de «ese maldito concilio... condenado por boca del Señor» y pone en la de Dióscoro estas palabras dirigidas al emperador Marciano, «el amigo del diablo»: «Ya es bastante que en este concilio haya tres cabezas: el demonio, tú y León».7

Pulquería, Marciano y León, trío suficiente en todo caso para que, tras un concilio de resultados más que halagüeños para Roma, la casi to- talidad de Oriente ardiera en vivas llamaradas.

En Alejandría, cuyo arzobispo Dióscoro había sido desterrado en no- viembre de 451 a Paflagonia, el soliviantado pueblo cristiano quemó viva a la guamicióm imperial apenas supo de los resultados del concilio. Con ella ardió la iglesia donde se habían refugiado, el antiguo templo de Serapis. Marciano apeló a los alejandrinos para que se unieran a «la san- ta y católica Iglesia de los ortodoxos». «Obrando así salvaréis vuestra alma y vuestras obras complacerán a Dios.» Bien pronto les prohibió, sin embargo, hacer cualquier clase de propaganda contra el concilio, y en su áspera constitución Licet iam sacratissima impuso a los «herejes» una larga serie de castigos. El archidiácono Proterio (451-457), confidente de Diáscoro, a quien abandonó luego, sólo pudo tomar posesión de su sede en medio de feroces batallas callejeras, de asesinatos y homicidios. Úni- camente fue consagrado por cuatro obispos, que también traicionaron a Dióscoro, en noviembre de 451 y sólo pudo mantenerse en el cargo con el reconocimiento papal y protegido por un fuerte contingente de tropas. El pueblo y los monjes, pero también muchos clérigos, estaban de parte de Dióscoro, mientras que Proterio, «el auténtico discípulo de los apósto- les» (León I), tenía su principal apoyo en el emperador Marciano. Poco después de la muerte de éste, estalló en Alejandría, como pronto vere- mos, un tumulto todavía mucho más violento, en el que, una vez más, los monjes tuvieron decisiva participación.8

En general, fueron precisamente los monjes quienes atizaron en Orien- te la resistencia contra Calcedonia. Hubo desde luego otros grupos de monjes que agitaron incansablemente en su favor. En cualquier caso «los monjes lucharon en primera línea en todos los frentes» (Bacht S. J.).

Ya antes de acabar el concilio se produjo una sangrienta revuelta de monjes en Palestina. Los dirigentes del monacato local, Romano y Mar- ciano, juntamente con el religioso y antiobispo Teodosio (451-453), piado- so fanático y seguidor de Dióscoro, que debió de organizar ya tumultos en el mismo concilio, conquistaron Jerusalén con unos diez mil ascetas y

la mantuvieron ocupada durante veinte meses, antes de huir al Sinaí. El ambicioso Juvenal, patriarca de la ciudad desde el año 422 al 458, a quien acusaban los monjes, y no sin razón, de haber quebrantado «sus ju- ramentos y promesas» y traicionado la teología de Cirilo, perdió entre- tanto su sede. El año 431 había presentado en Efeso falsos documentos en apoyo de sus ambiciones de poder y de la ampliación de su diócesis (nada menos que en tres provincias: Fenicia I y II y Arabia), prestando además una ayuda sustancial a Cirilo. En 449 se pasó a sus adversarios y, junto a Dióscoro, fue, de seguro, el líder más prominente de aquel «latro- cinio conciliar» y además el primero de entre 113 obispos que abogó por la rehabilitación de Eutiques, a quien hallaba «completamente orto- doxo». En Calcedonia volvió a cambiar rápidamente de trinchera. Volvió ignominiosamente la espalda a su antiguo aliado Dióscoro y se proclamó partidario de su destierro y de la rehabilitación de Flaviano. A la sazón huyó -¿necesito recordar que en Oriente se le venera como santo? (se conmemora el 2 de julio)- como una exhalación a Constantinopla.

En cambio, en Jerusalén, Teodosio ocupó su puesto apoyado por el pueblo y los monjes. Estos últimos arrasaron a fuego bastantes casas y perpetraron una atrocidad tras otra. Al obispo de Escitópolis, Severiano, lo mataron a golpes, juntamente con su séquito, tras su regreso del conci- lio. Y no fue éste el único obispo liquidado. Muchas sedes obispales ca- yeron ahora en manos de los monofisitas, que dominaron enseguida toda Palestina, aunque no tardarían mucho en ser expulsados de ella; eso sí, no sin intervención de las tropas y sin una batalla en toda regla. El levan- tamiento fue financiado parcialmente por la emperatriz Eudoquia, la viu- da de Teodosio II, que residía en Jerusalén. Enemistada con la corte se resistía al ataque de Marciano y de Pulquería, su odiada cuñada, contra Eutiques. Por obra de Eudoquia, de su influencia y de sus intrigas casi to- dos los monasterios de los contornos de la «ciudad santa» renegaron de Juvenal. Desde Roma, el papa agitaba en cambio los ánimos contra «las hordas de falsos monjes», contra los mercenarios del anticristo, como él decía en noviembre de 452 en carta a Julián de Quíos, en la que también culpaba al fugitivo Juvenal. Dos años antes el papa quena incluso que el nombre de Juvenal (junto al de Dióscoro y el de Eustaquio de Berito) se omitiese en las misas. Y con todo, este falsificador y tránsfuga oportunista era un misionero tan activo a los ojos del Señor que ya hacia el año 425 ha- bía consagrado al jeque de una tribu beduina como primer «obispo de los aduares». Más tarde se encumbró hasta «el honor de los altares»: ¡bien merecido! ¡En enero de 454, sin embargo, León tuvo que dar las gracias al soberano por haber repuesto violentamente a Juvenal en su sede! ¡Y el 4 de septiembre de aquel año, él mismo azuzaba al patriarca para que en- dureciese sus ataques! León exigía asimismo la eliminación de los euti- quianos. Todos ellos debían ser deportados, como los partidarios de Dios-

coro, allí donde no causasen el menor daño y ser perseguidos aplicándo- les el código de lo criminal.9

El emperador Marciano, complaciente servidor de Pulquería y del papa, que le testimoniaba complacido la unión en su persona «del poder real con el celo sacerdotal» había anunciado ya en Calcedonia que toma- ría medidas contra quienes rechazasen su definición: las personas priva- das del pueblo llano serían expulsadas de la capital. Militares y clérigos serían depuestos. Indicó la posibilidad de otros castigos adicionales y tan sólo entre febrero y julio de 452 promulgó cuatro decretos para cimentar y remachar los acuerdos conciliares, y en ellos, sobre todo en el cuarto, el 18 de julio de 452, se represaliaba a los «eutiquianos». Prohibió sus reu- niones, sus enseñanzas, sus sermones y también el consagrar obispos y sacerdotes o el construir monasterios. Les vetó el envío de sacerdotes, y a los monjes, la vida en comunidad. Les privó del derecho de testar o here- dar y los desterró de Constantinopla. A los clérigos y monjes del monas- terio de Eutiques los desterró, incluso, fuera del imperio. Quien los aco- gía se exponía a confiscaciones y a la deportación. Quien oía sus sermo- nes tenía que pagar una multa de diez libras. A los monjes los atropello con leyes como las aplicadas contra «herejes» y maniqueos. Sus escritos contra el credo de Calcedonia debían ser quemados, sus poseedores y di- fusores, deportados. Y esa represión, con despliegue de tropas, acabó im- poniendo pronto la verdadera fe.10

El emperador conciliar persiguió también a los paganos con toda bru- talidad. En el año 451 amenazó con confiscaciones y ejecuciones toda acción de culto pagano, medidas que afectaban a celebrantes, ayudantes y cómplices. La multa que habían de pagar los gobernadores que fuesen negligentes en la aplicación de la ley -en el año 407 era de 20 libras de oro- fueron elevadas a 50 libras de oro para el gobernador y otras tantas para sus funcionarios.n