Chapter 3: The literature on listening: What listening is and how it is taught
1. Initial focus on context
4.6 Data collection tools and procedures
4.6.3 Classroom Observations: Secondary data source
Como quiera que la afirmación -hecha en el transcurso del proceso contra Símaco y suscrita por 76 obispos- de que el papa no podía ser juz- gado por ningún hombre no tenía base histórica alguna, según admitió el mismo sínodo, el año 501 un partidario del papa falsificó todo este asun- to profusa y descaradamente. Su intención básica era evidenciar la inde- pendencia del obispo de Roma respecto a cualquier tribunal, espiritual, o temporal, echando mano de casos del pasado totalmente fingidos.90
El bando papal compuso cartas, decretos, actas conciliares e informes históricos. En un estilo increíblemente primitivo -lo único, por así decir, auténtico en todo ello-, con un latín más propio de «bárbaros» que de ro- manos, lo cual ilustraba drásticamente la decadencia lingüística y educa- tiva, se fabricaban, se inventaban casos precedentes para apoyar al papa Símaco contra su rival Lorenzo: las supuestas actas procesales de papas anteriores, las Gesta Liberií papae, las Gesta de Xysti purgatione et Po-
lichronii Jerosolymitani episcopi accusatione, las actas de un Sínodo de
Sinuessa, Sinuessanae Synodi gesta de Marcellino, datadas, supuestamen- te, en el año 303. Todos estos procesos no eran sino un infundio creado con vistas al escándalo en tomo a Símaco, inventándolos sin traba alguna y fingiendo verosimilitud hasta en detalles mínimos como el de la indica- ción de los nombres de ciertas localidades. A todos los procesos se les inventó un desenlace igual que el deseado en el proceso contra Símaco, incluyendo la declaración de que «nadie ha juzgado nunca al papa por-
que la primera sede no es juzgada por nadie». O bien: «No es justo emi-
tir un veredicto contra el papa». O bien: «Nadie puede acusar a un obis- po, pues el juez no puede ser juzgado». Y el final de una decretal pontificia falsificada desde el principio hasta el fin reza así: «Nadie puede juzgar a
la primera sede, de la que todos desean tener un juicio bien aquilatado.
Ni el emperador, ni la totalidad del clero, ni los reyes, ni el pueblo pue- den juzgar a quien es juez supremo».91
Las Gesta purgationis Xysti son un remedo, puro infundio, del proce- der de Símaco, del proceso de Símaco, simulado hasta en pelos y señales pero, por cierto, sin nexo alguno con el pasado. El papa es en ellas acusa- do por los nobles romanos, como Símaco lo fue por Festo y otros aristó-
cratas de Roma. Al igual que pasó con Símaco, también aquí se le impu- tan relaciones deshonestas, en este caso con una monja. Y así como en el caso de Símaco debían intervenir los esclavos, en el remedo hay un esclavo que sirve de testigo. Pero un ex cónsul -jugando el papel del ex cónsul Festo, partidario de Símaco- pone fin al proceso: «pues no está permitido emitir sentencia contra un papa».92
Estas crasas falsificaciones, «imputables al bando de Símaco o, tal vez, al mismo Símaco» (Von Schubert) -para el jesuíta Grisar tienen «un ca- rácter totalmente privado»- poseen una relevancia que no se limita tan sólo a la historia del momento. De carácter supuestamente privado en su totalidad, jugaron más tarde un gran papel en el derecho canónico. Una vez reelaboradas, hallaron parcialmente cabida en el Líber pontificalis y, gracias a éste, gran difusión. Es más, la formulación del falsificador «Pri-
ma sedes a nemine iudicatur» se convirtió -ironía cínica de la historia-
¡en la fórmula que denotaba el primado de jurisdicción papal! A raíz del proceso contra León III, en el año 800, se remitieron a ella. Y también Gregorio VII recurrió en 1076 a citas literales de aquellas falsificaciones93
Hay un factor notable en todas estas contiendas: la polémica publicís- tica.
Pues fue precisamente el hecho de que se podían presentar graves acusaciones contra Símaco, sin que éste, evidentemente, pudiera justifi- carse satisfactoriamente; el hecho de que, como ya constaba, hubiese di- lapidado bienes eclesiásticos y de que sus adversarios se mofaban en un libelo de los «obispos ancianos y decrépitos» con sus «pandillas de mu- jerzuelas» lo que llevó a declarar enfáticamente por vez primera: ¡el obis- po de Roma no puede ser juzgado por nadie! Como hombre tendrá que ex- piar en el más allá, pero en la tierra es intangible y exento de cualquier expiación judicial. Y cuando apareció otro libelo «Contra el sínodo de la absolución desatinada», el diácono Enodio, un partidario de Símaco, rei- vindicaba en su escrito apologético en favor de los obispos de Roma nada menos que la inocencia y la santidad de estos últimos en cuanto bie- nes de herencia legados por san Pedro. Según la teoría de Enodio, preña- da de consecuencias, Pedro había legado a sus sucesores «un tesoro de méritos, inagotable hasta la eternidad y equivalente a una inocencia here- ditaria. Todo cuanto le fue entregado a aquél en premio a sus excelsas obras, les pertenece a ellos, iluminados por el mismo resplandor en su peregrinaje. Pues, ¿quién dudaría de que quien tiene tan alta dignidad es santo? Aunque le falten aquellas buenas obras que son fruto del propio mérito, le son suficientes aquellas realizadas por sus predecesores en la sede (de Pedro) [...]». Así pues, si un papa no puede presentar obras bue- nas propias (y creemos poder completar congruentemente: incluso en el caso de que sólo pueda presentar malas) ¡le bastan para salvarlo las reali- zadas por Pedro! ¡¿No raya eso en una ideología de desfachatez religio-
sa?! ¡¿Quién habló de rayar?!: en 1075 el papa Gregorio VII elevó la cosa hasta el culmen en su siniestro Dictatus papae, afirmando que un papa legítimamente consagrado ¡se salvará forzosamente en virtud de los mé- ritos de san Pedro! Lo que también traslucía tras las especulaciones de Enodio, futuro obispo de Pavía, lo señala el obispo de Vienne, Avito, otro partidario de Símaco, con esta frase: «Todos sentimos temblar nuestro propio asiento si el asiento del supremo (papa urbis) vacila bajo el peso de una acusación».94
El Líber pontificalis, libro oficial de cada papa, ornado en la Edad Media por un intenso nimbo, debe su nacimiento a las luchas entre loren- zanos y simaquianos. Y también sus falsificaciones. Pues ambos bandos, aunque bajo perspectivas contrapuestas, iniciaron una colección de bio- grafías de papas y prosiguieron con ello hasta el año 530 o, en su caso, hasta 555. Lo mismo que en las falsificaciones de Símaco, la forma li- teraria de la «celebérrima historia de los papas» (Seppeit) es notablemen- te primitiva y, comparada con el nivel cultural más elevado asequible en esta época, se caracteriza por el «desconocimiento de los mínimos ele- mentos de la gramática y de la retórica enseñados en las escuelas» (Cas- par). Cierto que a estos clérigos romanos «los animaba la fe en su Igle- sia», pero eran «simples de espíritu» (Hartmann). Con todo, trabajaron
pro domo sin el menor escrúpulo y mencionaron todos los papas, en serie
ininterrumpida a partir de Pedro: por lo que respecta a las épocas más re- motas era todo puro invento (véase vol. 2). Y haciendo recurso a la fór- mula estereotipada «hic martirio coronatur» convirtieron desenfadada- mente en mártires a los papas de los tres primeros siglos, lo cual constituye asimismo, en su casi totalidad, una falsificación (véase el último capítulo del vol. 2). Pero no solamente los primeros pontificados y casi todos los mártires son producto del embuste: como autor del libro de los papas se menciona, falsamente, al papa Dámaso (para todo el tiempo anterior a su pontificado) cosa que fue después creída por la Edad Media. Y como quiera que el preludio de toda la obra, la correspondencia introductoria entre Dámaso y san Jerónimo (una carta de cada uno de ellos) está ínte- gramente falsificada, el celebérrimo libro de los papas comienza con pu- ras falsedades. Y el supuesto primado de los papas consiste, por su parte, en una pura argucia.95