Chapter 3: The literature on listening: What listening is and how it is taught
1. Initial focus on context
4.2 Action research
4.2.1 The typical AR sequence
Cuando el ámalo irrumpió en Italia persistía, desde el Henotikon, el cisma entre este y oeste, es decir la enemistad entre Constantinopla y el papa. Ello encajaba perfectamente en los planes del godo, quien pen- saba en primera línea en su propia influencia en Roma y menos en la del emperador. De hecho, la misma Constantinopla atribuía las dificultades
para entenderse con Teodorico a la escisión eclesiástica. Movido, tal vez, menos por una tolerancia de principio que por cálculo político, el ámalo practicó una política amistosa para con los católicos. De todos modos, los soberanos arríanos, tanto los visigodos como, y de modo especial, los ostrogodos, eran bastante transigentes, exentos de cualquier prurito de convertir a los demás. Los romanos no fueron forzados a la conversión. Ellos mismos alabaron la magnanimidad de los godos, que, ciertamente, no era resultado del arrianismo, sino herencia germánica como lo indica- ba este proverbio: si se ha de pasar entre un altar pagano y una iglesia, no hay mal alguno en mostrar veneración por ambos lados. El clero amano, que sólo vivía en celibato a partir del grado de obispo y no ofrecía cabida al monacato, no intentaba ganar ningún ascendiente sobre el propio go- bierno ni activar la misión entre los vecinos católicos. Nadie podía repro- char al mismo rey el haber hecho nunca amano a un católico, ni el haber perseguido a un solo obispo. Su madre, Hereleva, se hizo católica siendo bautizada con el nombre de Eusebia. El papa Gelasio estaba en contacto con ella, pero no quería por su parte que los obispos viajaran a la corte real sin su placel. En Roma, donde Teodorico apareció por vez primera el año 500 siendo recibido por el pueblo, el senado y por el papa al frente de sus sacerdotes, acudió primero -300 años antes que Carlomagno- a la basílica de San Pedro a rezar «con gran devoción y como un católico» ante la (supuesta) tumba del apóstol, a quien donó dos candelabros de plata que pesaban setenta libras. También con los judíos fue tolerante, como lo había sido Odoacro. «Por respeto a la civilización -decía- no debe pri- varse de los beneficios de la justicia a aquellos que persisten en los erro- res de fe.» O bien: «No podemos imponer una fe por decreto, pues nadie puede ser forzado a creer contra su voluntad». En varias ocasiones de- fendió a los judíos contra el clero de Roma, donde el año 521 la sinagoga judía, tres siglos más antigua que San Pedro o el Laterano, fue reducida a cenizas por los católicos. Todo indica que fue un acto de venganza por el castigo de algunos cristianos que mataron violentamente a sus señores judíos. Desde luego, los romanos ya habían devastado la sinagoga en nu- merosas ocasiones y por última vez la habían quemado reinando Teodo- sio. También en Ravena incendiaron los cristianos una sinagoga. Y fueron también católicos quienes en esa ciudad arrancaron el cadáver de Teodo- rico de su tumba para ultrajarlo. Eso sí, para los paganos practicantes, el godo mantuvo en vigor la pena de muerte en seguimiento del derecho penal de los emperadores Marciano y Valentiniano.59
Como rey de Italia, Teodorico ejerció su jurisdicción sobre la Iglesia, no sólo el derecho de supervisión general, sino también la judicatura ci- vil y criminal. También los papas, que sacaron provecho de su reinado aumentando aún más su propia influencia le reconocieron como regente legítimo. Cuando menos se vieron forzados «a mostrar ante el todopode-
roso arriano la máscara de sentimientos amistosos, aunque ello contribu- yese, quizás, a acrecentar su odio interno» (Davidsohn). Pues eran preci- samente los católicos italianos los que nunca se avinieron a la idea de que sus dominadores, los godos, fuesen herejes.
Con todo, los papas, que por lo demás habían combatido el arrianismo hasta su exterminio, nunca se insubordinaron a la sazón contra el arria- nismo, estando ellos mismos, como era el caso, bajo el dominio de los arríanos. Tampoco a Gelasio, el papa más relevante del siglo, después de León, le paso por la mente el propósito de predicar contra el poder «heré- tico» de los ocupantes. En casi toda Italia había obispos arríanos ejer- ciendo sus cargos junto a los católicos. Al igual que en Ravena, también en Roma había iglesias amanas y ningún paladín de la fe católica osó to- carlas: ¡lo que podían, en cambio, eso sí, era incendiar sinagogas! ¡Pues los judíos no eran quienes gobernaban! ¡No dependían de ellos! Obispos católicos tan prestigiosos como Epifanio de Pavía y Lorenzo de Milán eran estrechos colaboradores del ámalo. Y el mismo Gelasio contactaba con el «poderoso Señor» mediante cartas donde se le mostraba más bien como devoto suyo. Es más, en un pleito (relativo a cuestiones financieras) con el conde gótico Teya, un hombre que, como el papa escribía, «perte- necía, sin duda, a la otra comunidad», se permitía amenazar a aquél alu- diendo a su propio «hijo, el rey mi Señor [...] pues como, en su sabiduría, no quiere oponerse en nada a los asuntos eclesiásticos, es justo que quien viva bajo su mandato imite el ejemplo del poderoso Señor para no susci- tar la apariencia de que obra contra su voluntad». De igual modo, Gela- sio, pese a su feroz polémica contra la Iglesia opositoria del este y contra Acacio, trataba delicadamente al emperador, encareciéndole, incluso, que «tampoco» su predecesor Félix III había «ofendido en lo más mínimo» el nombre del emperador. Y él, por su parte, celebraba «cuan grande era el pío celo que su clemente majestad mostraba en su vida privada».60
En Oriente, entretanto, no sólo había muerto, en noviembre de 489, Aca- cio, cuya sede fue ocupada por Fravita durante tan sólo cuatro meses -él mismo murió en marzo siguiente- sino también Zenón, en abril de 491. El papa Félix, fenecido en febrero del año 492, había solicitado última- mente su favor, pero de un modo frío, por así decir -sin ser correspondi- do-, presentándolo como víctima de su inepto patriarca. Ariadna, la im- perial viuda, se alió ahora con un funcionario de la corte entrado en años, que se había encumbrado bajo Zenón y había sido tres años antes, tras la muerte de Pedro Fullo, pretendiente a la sede patriarcal de Antioquía. Ahora se convirtió en emperador: Anastasio I (491-518).61