Chapter 3: The literature on listening: What listening is and how it is taught
1. Initial focus on context
4.1 Methodological research position
La Roma de Oriente se convirtió en la sucesora legal del imperio. El conflicto latente entre las partes occidental y oriental de aquél se agra- vó continuamente según pasaba el tiempo. La vieja táctica papal de ser- virse de los regentes occidentales para contrarrestar a los orientales hizo quiebra tras la muerte de Valentiniano III. La Roma de Oriente consiguió imponerse políticamente a los germanos, tanto en el interior como en el exterior. Es más, el emperador Zenón consiguió por su parte mantener su trono, amenazado de continuo, gracias «al juego de esgrima diplomática menos convencional de todos los tiempos» (Rubín). A aquel resultado con- tribuyó no poco el que supo desviar hacia Italia a los ostrogodos, que ame- nazaban el Imperio romano de Oriente.51
Los ostrogodos, sometidos el año 375 por los hunos, que avanzaban como un huracán, llegaron a comienzos del siglo v a la cuenca del Danu- bio húngaro y tras la muerte de Atila (año 453) y el rápido desmorona-
miento de su gigantesco imperio, que parecía imbatible, se sometieron a la soberanía romana. Entonces se asentaron en Panonia, en la región del lago Balatón. Aquí nació, a mediados del siglo v, Teodorico (el Dietrich de Berna de la Saga), como hijo del rey Teodomiro de la dinastía de los ámalos y que probablemente fue bautizado amano ya de niño. Las fuen- tes, apenas dicen nada sobre su origen y su juventud, ni tampoco sobre sus primeros años de reinado. Cuando contaba 7 años vino como rehén a Constantinopla, donde permaneció 11, al parecer, entre el círculo de per- sonas más próximas a León. Allí cultivó el latín y el griego y aprendió a apreciar la cultura antigua. Se familiarizó con la situación política y mili- tar y contrajo matrimonio con una princesa imperial.
El rival ostrogodo más peligroso de Teodorico era Teodorico Estra- bón. Durante años, jugó la baza de enfrentar entre sí a aquellos dos prín- cipes relacionados por un lejano parentesco, quienes, no obstante, se unie- ron en más de una ocasión contra el emperador. A raíz del golpe militar de Basilisco, en 475, Teodorico el ámalo tomó partido por Zenón mien- tras que Teodorico Estrabón, el mayor de los dos, se unió al usurpador, perdiendo el año 476 todos sus honores. Posteriormente, fue revestido nuevamente de todos sus cargos y dignidades. El año 481, sin embargo, sucumbió a una herida que él mismo se produjo inadvertidamente. Los dos hermanos de Estrabón, que asumieron ahora la jefatura juntamente con el hijo de éste, Requitach, fueron asesinados de allí a poco. El año 484, Teodorico abatió en Constantinopla, con su propia espada y a sabiendas
de Zenón a un primo suyo.52
Como quiera que, pese a todos los honores en favor del ámalo -hecho patricio en 476 y cónsul y amigo del emperador en 484- se produjesen una y otra vez fricciones entre él y el regente e incluso incursiones asola- doras de Teodorico por la Tracia (los territorios resecados del bajo Danu- bio no podían alimentar ya a su gente) Zenón le encomendó formalmente una campaña contra Odoacro, el «dominador violento» (Procopio).53
Odoacro era esciro o rugió y, en todo caso, germano y amano. Inves- tido rey el 23 de agosto de 476, aunque jamás llevó púrpura ni diadema, dominó Italia durante trece años, desde los Alpes hasta el Etna. Genseri- co le cedió en 477 Sicilia a cambio de un tributo. Posteriormente, cuando amenazó también con irrumpir en el Imperio oriental coincidiendo con la devastación de Tracia por Teodorico y con la rebelión de Illos, hechos que pusieron en gran aprieto al emperador, éste acudió al bien probado recurso de poner fuera de juego a unos germanos sirviéndose de otros, espoleando a los rugieres a invadir Italia. Pero Odoacro se les adelantó y en dos campañas, años 487 y 488, aniquiló su país (situado en la actual baja Austria en la orilla izquierda del Danubio) y a la mayor parte de su pueblo: guerra no sólo entre dos tribus germanas, sino también entre cris- tianos, pues los rugieres eran asimismo amaños. Zenón, sin embargo, se
reconcilió de nuevo con Teodorico, sometió a Illos en 488, lo mandó de- capitar y, aquel mismo año, lanzó al rey de los ostrogodos contra Odoa- cro a quien consideraba usurpador y tirano, y a quien sólo había admitido como gobernador a regañadientes. Zenón, «maestro en el arte de sacar partida de las situaciones», como hace constar Procopio, sedujo a Teodo- rico con la perspectiva de «ganar para sfy para sus godos todo Occidente tras someter a Odoacro. Para él, miembro del senado romano, sería en efecto más digno debelar a un dominador violento e imperar después so- bre Roma e Italia, que involucrarse en una peligrosa lucha con el empe- rador. A Teodorico le alegró sobremanera la propuesta y emprendió ca- mino hacia Italia con todo el pueblo godo».54
Esto sucedió en el otoño del año 488.
Teodorico partió de Mesia con sus guerreros, sus mujeres y sus niños, pero en modo alguno con todo su pueblo, una parte del cual se quedó en los Balcanes. Tomaron parte, en cambio, pueblos de otros orígenes hasta llegar a un total de 100.000 o, quizá, 200.000 personas. Tal vez eran mu- chos menos. En todo caso eran muchos menos que los habitantes de la Roma de entonces. «Todo el mundo -escribe un contemporáneo, el obis- po Enodio de Pavía- se venía encima, en carros que les servían de casas, rapiñando hacia sus tiendas móviles todo cuanto caía en sus manos.» Por cierto que también estos godos, recordémoslo, eran cristianos. De cami- no y a su paso por Rumania, exterminaron a la casi totalidad de los gépi- dos, una tribu emparentada con ellos y también cristiana, pero que les era hostil. En una situación extremadamente crítica de la batalla, Teodorico hubo de exponerse en primera fila y, según una fuente muy antigua, cau- sar estragos «como un torrente desbocado en los sembrados o como el león en un rebaño». Después, en la Italia septentrional, hubo una guerra encarnizada de cuatro años y rica en vicisitudes, con deserciones y trai- ción en ambos campos contendientes y a resultas de la cual toda aquella región, y en especial Liguria, sufrió una devastación horrible.
Por lo pronto, Teodorico venció a Odoacro con un gran ejército, re- forzado por otras huestes germánicas, en el verano y el otoño, junto al río Isonzo y cerca de Verona, cuyo río, el Adige, vio obstruido su caudal por la masa de cadáveres de los guerreros. Después de ello, Milán le abrió sus puertas, probablemente bajo la influencia del obispo local, Lorenzo, quien desde el comienzo de la guerra apostó por Teodorico, el más fuerte (convirtiéndose bajo su reinado, tal vez, en el prelado más poderoso de Italia. También el obispo de Ticino-Pavía hizo una visita de presentación al ámalo en Milán). El 11 de agosto de 490 tuvo lugar una dura batalla junto al Adda, en la que Teodorico, apoyado por el rey visigodo Alari- co II, obtuvo una tercera victoria a pesar de sufrir grandes pérdidas. Como en ocasiones anteriores, el desesperado Odoacro se retiró a Rave- na, su última plaza fuerte. Los godos lo cercaron y sometieron a un asedio
de dos años y medio a la ciudad, casi inaccesible a causa de las lagunas, pantanos y terraplenes; una de las fortalezas más fuertes, casi inexpugna- ble, de aquel entonces: fue la «Batalla de los Cuervos», de que habla la saga. Ni los atacantes podían avanzar, ni los defensores hallar un respiro a causa de la merma continua de sus filas. Pero el agresor pudo bloquear Ravena por mar, a partir del verano de 492, cuando se procuró barcos en Ariminio. El 25 de febrero de 493, el arzobispo Juan de Ravena medió hasta conseguir un tratado según el cual ambos reyes ejercerían su domi- nación sobre una Italia dividida en partes. El 26 de febrero, los portones de Clasis se abrieron a Teodorico. El 5 de marzo, el arzobispo lo condujo a Ravena en solemne procesión, entre cruces, penachos de humo y cánti- cos de salmos. Sin embargo, días más tarde, Teodorico invitó a Odoacro a reunirse con él en el palacio imperial de Lauretanum y, ante las vacila- ciones de los asesinos comisionados al efecto, abatió con su propia espada -y quebrantando su juramento- a su socio germano, sexagenario e inde- fenso: un cristiano amano a otro cristiano amano. «¿Dónde está Dios?», dijo Odoacro cuando el primer golpe de espada le hirió en la clavícula. Y Teodorico, al ver como su segundo golpe partía en dos a Odoacro hasta casi la mitad de su cuerpo dijo: «Este engendro no tiene ni un hueso en el cuerpo». A continuación aniquiló a la familia de Odoacro. Al hermano lo atravesó de un flechazo en una iglesia. A su hijo Thela lo hizo deportar primero y ejecutar después. A su mujer Sunigilda la condenó a morir de hambre. Aparte de ello, las tropas de Odoacro, juntamente con sus fami- liares, fueron totalmente exterminadas a lo largo y lo ancho de Italia por orden del ámalo.55
¡Teodorico el Grande!
Ahora era señor único de Italia, si bien bajo la superior soberanía del emperador de Oriente. Y este sanguinario vencedor, alumno aventajado del arte cristiano de matar, organizador de una masacre que recuerda viva- mente al espantoso baño de sangre tras la muerte de Constantino, quien como soberano amaba perlas de la retórica pía como «píetas riostra»,
«providentia nostra», etc. y se sentía plenamente como rey por la gracia
de Dios. Era también el caso de Constancio II, «el primer representante de los ungidos por la gracia de Dios» (Seeck) quien, pese a la extensa dego- llina practicada previamente entre sus parientes, se sentía como soberano especialmente enviado por Dios hasta el punto de poder declarar: «Que- remos que en todo momento se nos celebre por nuestra fe [...]». Teodori- co, el rey germánico por la gracia de Dios, decía ahora por su parte: «Con la asistencia divina, todo cuanto deseamos se someterá a nuestra volun- tad». O bien: «Reinamos con la ayuda de Dios». Por todas partes ordenó el sostenimiento de las iglesias amanas y él mismo erigió en Ravena un templo a san Martín, al lado mismo de su residencia, y reconstruyó la Ba-
por lo tanto en términos absolutos) «ladrón y asesino» y por cierto uno de «rango máximo» (De Ferdinandy).56
Los godos de su tiempo eran «foederati» y no ciudadanos romanos. Sólo ellos, sin embargo, podían ser soldados. A los romanos se les vetó el servicio militar, a excepción de algunas tribus belicosas de las regiones fronterizas. Pero al igual que en el caso de los católicos romanos, tampo- co los arríanos hallaban en el cristianismo un impedimento para la gue- rra. Al contrario: las prescripciones eclesiásticas se tomaban, al parecer, muy en serio y Teodorico mismo se preparaba antes de cada acción mili- tar con oraciones y penitencias. En su orden de movilización para su campaña en las Gallas podía leerse: «Más que persuadirlos al combate, a los godos les basta simplemente con que se lo anuncien, pues una estirpe belicosa halla su placer (gaudium) en ponerse a prueba en aquél». (Tam- bién Gundobad, el piadoso rey de los borgoñones, cuyos príncipes eran muy adictos a Roma, había aprovechado el conflicto en que se desangra- ban los cristianos germánicos para emprender una expedición de pillaje a Liguria, de donde se trajo muchos prisioneros.)57
Inmediatamente después de la victoria de Teodorico, buena parte de Italia del sur y del centro -y con mayor razón aún Roma, que ya había cerrado sus puertas a un Odoacro, cuya estrella declinaba- y hasta la misma Sicilia se declararon en favor de este rey, cuyo Imperio ostrogodo se extendía desde Hungría y las antiguas provincias romanas al norte de los Alpes hasta el sur de las Gallas, Imperio que duraría, no obstante, tan sólo sesenta años hasta ser definitivamente aniquilado, en 553, en la ba- talla del Vesubio (véase capítulo siguiente).
Pertenecían a los territorios de asentamiento gótico, en sentido más estricto, Samnio, Piceno, Tuscia del Norte, Emilia, Venecia y, de modo especial, las tierra al norte del Po. De forma más dispersa, los godos se establecieron en Dalmacia, Istria, Savia y Panonia. En la política exte- rior, Teodorico consiguió una posición dirigente gracias a sus alianzas con todos los Estados germánicos. Se casó con la hermana del merovin- gio Clodoveo, entregó en matrimonio sus hijas a los reyes visigodos y vándalos y su nieta al rey de los turingios.58