Australia es ya casi una tradición en quienes se dedican a la inter- sección de la economía y la historia. En forma deliberada, ya que reconocen y a veces comentan a sus predecesores, Gerchunoff y Fajgelbaum se suman a la corriente. Como en toda experiencia de análisis comparado, hay en general dos grandes formas de apro- ximarse. Hay revisiones más estilizadas que buscan aislar pocos factores (más cerca de la economía) perdiendo así riqueza con- ceptual, pero ganando en simplicidad y diagnóstico. Y hay apro- ximaciones más detalladas, más ricas en reconocer la complejidad y la especificidad de la experiencia histórica, pero, por lo tanto, menos claras en su aspecto normativo. Inevitablemente, la mirada de detalle nos aleja de la recomendación de política que sólo es bien determinada en una mirada muy abstracta. En ese sentido, Gerchunoff y Fajgelbaum intentan una vía que trata de capturar lo mejor de ambos enfoques: pensar un país ideal, al que llaman Argentalia, que rescate elementos comunes de ambos países y, a la vez, que permite contrastar las diferencias. Antes que una mirada especular entre ambos países, Gerchunoff y Fajgelbaum proponen la mirada frente un estándar de referencia.
¿Qué es Argentalia? (o, lo que es lo mismo, ¿qué tendrían en común Argentina y Australia?): variedad de climas, con predo- minancia de temperaturas templadas, Nación joven, ubicada en el hemisferio sur y a una gran distancia de los centros de poder, población escasa y tierra abundante. Como cualquier productor de materias primas, Argentalia tuvo buenas y malas en función del ciclo internacional de materias primas básicas. Sufrió la limitación de mano de obra para “afrontar un proceso de industrialización sostenido y diversificado”. En este país ideal, y la Argentina y Aus- tralia, tienen un problema de base bien representado –argumentan Gerchunoff y Fajgelbaum– por el teorema de Stolper-Samuelson que reza que “cuando se eleva el precio de un bien también mejora
la remuneración relativa del factor utilizado más intensivamente en la producción de ese bien”. En términos más simples, al país le conviene la apertura para vender sus recursos naturales al exte- rior, pero a sus trabajadores les conviene el proteccionismo para mejorar su ingreso relativo al factor tierra (¿acaso no da cuenta de una buena parte de la historia argentina la oposición campo-pe- ronismo?). Los autores citan oportunamente al gran economista Carlos Díaz Alejandro: “mientras que en Gran Bretaña lo popular era económicamente eficiente, en la Argentina estos dos objetivos parecían antagónicos” porque el país del norte exportaba bienes intensivos en mano de obra (y entonces subía el precio del trabajo, el salario) mientras que el del sur exportaba bienes intensivos en tierra (y entonces aumentaba la renta de la tierra).
Dicen entonces Gerchunoff y Fajgelbaum que “más agudo será el conflicto cuanto más distributivo sea el proteccionismo. Y más distributivo será el proteccionismo cuanto más trabajo intensivo sean los sectores industriales nacidos a su amparo, cuánto mayor sea la proporción del empleo total explicado por las actividades protegidas y cuanto mayor sea la participación de las materias primas que se exportan en las canastas de consumo popular”. Así, en el límite, una industria cuya única razón de ser sea la protección muy alta y trabajadores que gastan casi todo su ingreso en carne y leche son el caldo de cultivo de una puja distributiva feroz.
Si a eso se le suma que “los sectores populares conservan capa- cidad de resistencia, eso redundará en volatilidad real inflación crecientes, que sólo se atemperarán si se reaniman las exportaciones de materias primas o en los sectores industriales pasan a hacer un aporte positivo a las exportaciones netas”. De otra forma, una economía caracterizada por el ciclo de stop and go, “un término familiar para argentinos y australianos”.
Aislar elementos en la comparación no es sencillo porque, aun- que la Argentina y Australia (hay que enfatizarlo, ambos países) perdieron con relación al mundo, la Argentina también perdió bien- estar relativo con relación a Australia. De así que “en la dotación
originaria de sus recursos había un gen maldito”. Es decir, la maldi- ción de los recursos naturales, una tesis que sostiene que los países con abundancia en estos crecieron menos en términos relativos. Pero hasta 1929 la Argentina se acercó Australia, le ganó terreno y de allí en más empezó la “divergencia”. Con acierto pedagógico y analítico, Gerchunoff y Fajgelbaum dividen la divergencia en intermedia (1929-1945), débil (1945-1975) y fuerte (1975-2002).
No extrañarás lector que los años dramáticos del Rodrigazo en adelante fueron aquellos durante los que más rápido perdimos posiciones con relación a Australia.
Gerchunoff y Fajgelbaum parecen sugerir que la diferencia entre ambos países estuvo en cómo procesaron su conflicto distributivo: “una cuestión de proporciones. El estallido inflacionario de 1975 en la Argentina fue algo más que el reflejo doméstico de un final de fiesta mundial” ya que todos sufrían la crisis del petróleo, el fin de Bretton-Woods y la aparición de la estanflación. “Representó la expresión descarnada de una puja distributiva que ya no tenía mediaciones estatales ni políticas”. Hay que decirlo, aunque no se enfatiza en el texto, la volatilidad macro y política se tradujo en –y se reforzó por– fuga de capitales en la Argentina que es equivalente a una dramática caída del ahorro nacional que Australia no sufrió. Y el contraste: cuando, por ejemplo, en 1983 y con la Argentina preocupada en su restauración democrática que prometía comida, educación y salud, pero muy endeudada, “en un contexto interna- cional que no ofrecía sino calamidades”, en Australia “volviendo a las fuentes, el laborismo (¿un peronismo civilizado o una reac- ción comprensible a un capitalismo más salvaje? Un debate aún abierto, sin duda) desecho el camino de la confrontación y eligió el del consenso con empresarios y sindicatos obreros” renovando un acuerdo de precios en forma anual hasta 1990. En una línea: “el stop and go y el conflicto distributivo fueron más intensos en la Argentina”.
Hay otras razones para explicar las diferencias y Gerchunoff y Fajgelbaum se ocupan de ellas: la oportunidad de despegue (más
temprana en Australia), la geografía económica y la política (la cercanía geopolítica al Imperio). Hay que agregar que “el federa- lismo australiano se funda sobre bases materiales más igualitarias y por lo tanto menos conflictivas”. Diferencias hay muchas, pero aquí enfaticé la que tiene un componente más actual ya que las anteriores parecen más apropiadas para fases más antiguas de la divergencia.
Gerchunoff y Fajgelbaum tienen una sospecha: “la Argentina ha crecido en promedio apenas medio punto porcentual menos que Australia” entre 1990 y 2005 y “la velocidad de la divergencia se ha reducido y parece pronta a esfumarse”. Se preguntan si “¿esta- mos en las puertas, acaso, de un nuevo ciclo de convergencia?”. Es apresurado, contestan, pero “el Asia emergente y, sobre todo China” son una esperanza en su demanda de recursos naturales, sobre todo soja, que “no forma parte de la canasta de exportaciones australianas” y es “un insumo crítico para alimentar a los pollos y los cerdos que los nuevos trabajadores chinos comen, pero no es central en la canasta de consumo popular de los argentinos”.
De allí la esperanza: hay demanda externa pero no afecta el consumo interno. La objeción posible, no menor y que los autores no exploran, es la posible existencia de cierta correlación entre los precios de las materias primas básicas. Tal vez soja cara significa carne y leche caras y entonces evadir el stop and go no sea tan sencillo aun cuando haya terminado el “mundo Prebisch”, “una época de deterioro de los términos intercambio”.
El ensayo de Gerchunoff y Fajgelbaum no es original en el tema, pero si en su enfoque y se suma un debate en marcha: “¿es el fin del stop and go?” Está escrito en una prosa atractiva y fluida y, perdonando ciertos tecnicismos, es una lectura apasionante.