La imprenta permitió que el universo mítico griego y romano viajara junto con los textos bíblicos a las américas. Allí estaban destinados a mezclarse con las creencias nativas y con las llevadas de África. Esta amalgama evolucionó y aún hoy colorea el imaginario colectivo de los latinoamericanos. En Macondo, ese pueblo que no existe pero es el espejo de todos los del continente, la religión y el destino tienen una enorme importancia. Dice Mario Vargas Llosa:
En el Macondo de Cien años de soledad, como en Yoknapatawpha, de Faulkner, no existe la libertad. Un sino fatídico e ininteligible gobierna la historia de la comunidad, de la familia y del individuo, como en las tragedias clásicas. Ni la sociedad ni el hombre hacen su historia; la padecen: ella está escrita desde y para siempre.21
20 Raquel Álvarez Peláez. La historia natural en los tiempos de Carlos V. La importancia de la conquista del Nuevo Mundo. Revista de Indias, Vol. LX, núm. 218. Madrid. España. Año 2000
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El Nuevo Mundo fue colonizado por una España que, además de reafirmarse en la veracidad de su fe (la Contrarreforma), vivía su Siglo de Oro en las letras. No puede ser casualidad que la mística y la poesía hayan tenido grandes representantes en Latinoamérica. A veces las dos figuras se fundían en una sola, como es el caso de la monja y poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz. De los cinco premios Nobel de Literatura que han sido otorgados a latinoamericanos, tres han recaído en poetas: Gabriela Mistral (1945), Pablo Neruda (1971) y Octavio Paz (1990). La obra de Miguel Ángel Asturias (1967) es prosística. En cuanto a la de Gabriel García Márquez (1982), aunque está escrita en prosa, nadie pone en duda su inmenso valor poético.
La literatura latinoamericana, en general, y la garciamarquiana en particular dan testimonio de una forma de habitar el mundo que es mágica y poética a la vez, incluso en la actualidad. Un pensamiento de Novalis parece escrito para definir la obra del Nobel colombiano.
Una novela debe ser poesía de principio a fin. La poesía, como la filosofía, es una disposición armónica de nuestro ánimo en la que todo se embellece, en la que cada cosa encuentra su aspecto conveniente, y el acompañamiento y el entorno que le convienen. En un libro auténticamente poético todo parece tan natural y, sin embargo, tan maravilloso. Se cree que las cosas no habrían podido suceder de ninguna otra manera, y que hasta el momento no se había hecho otra cosa que dormir en el mundo, y que es en este momento en que comienza a despertarse un sentido que permite comprender al mundo. Todo recuerdo y todo presentimiento parecen proceder precisamente de esta fuente. Y también ese presente en el que uno se encuentra prisionero de la ilusión, esas horas singulares en las que, por así decirlo, se ocupa el corazón de las cosas que se contemplan y en las que se experimentan las sensaciones infinitas, inconcebibles, simultáneas, de una armoniosa pluralidad.22
Si aplicamos la definición de Novalis, podríamos afirmar que GGM romantiza su obra, lo que es particularmente visible en Cien años de soledad. «Romantizar significa dar a lo común un sentido superior; a lo ordinario, un aspecto misterioso; a lo conocido, la virtud de lo desconocido; y a lo finito, una apariencia de infinito».23 Lo que lleva a la pregunta: ¿cómo consigue GGM esa transformación, esa «transmutación poética de la realidad»? Mario Vargas Llosa lo rastrea, desentraña y da una clave al citar La casa grande (1962), de Álvaro Cepeda Samudio, escritor colombiano y amigo personal de Gabo. La temática de la masacre de las bananeras, tratada por Cepeda Samudio, es anterior a la de Cien años de soledad y le sirve también como base. García Márquez tuvo acceso no solo a la obra de Cepeda, sino a la documentación acumulada por él.
Es una novela basada en un hecho histórico: la huelga de los peones bananeros de la Costa Atlántica, que fue resuelta a bala por el ejército. Sin embargo, en este libro de Cepeda Samudio no hay un solo muerto y el único soldado que recuerda haber ensartado a un hombre con una bayoneta en la oscuridad no tiene el uniforme empapado de sangre sino de mierda. Esta manera de escribir la Historia, por arbitraria que pueda parecer a los historiadores, es una espléndida lección de transmutación poética. Sin escamotear la realidad ni mistificar la gravedad política y humana del drama social, Cepeda Samudio lo ha sometido a una especie de purificación alquímica y solamente nos ha entregado su esencia mítica, lo que quedó para siempre más allá de la moral y la justicia y la memoria efímera de los hombres. El párrafo puede ser aplicado al propio García Márquez.24
Hubo un momento temprano en la carrera del autor en que quiso alejarse de ese halo mágico y es muy notorio en su novela El coronel no tiene quien le escriba, que es la menos garciamarquiana de todas sus obras, si se me permite el adjetivo. Germán
23 Eduardo Azcuy. El ocultismo y la creación poética. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. Argentina.
1966. Pág 51
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Vargas, amigo de su juventud, cuenta que Gabo culpaba a Plinio Apuleyo Mendoza de haberlo forzado a que abandonara el estilo mítico y encantatorio de La hojarasca.
Cuenta que (Plinio) le dijo que en plena violencia colombiana no había derecho a escribir una literatura nostálgica. Que había que escribir cosas más comprometidas con el tiempo que estábamos viviendo. Y anota García Márquez: «Es que Plinio era un terrible estalinista y sus afirmaciones eran categóricas; él te decía esto tiene que ser así y de ahí no pasaba».25
Por suerte, GGM reencontró su camino, una literatura con una fuerte carga de denuncia social, pero que recuperaba y llevaba a su máximo esplendor el tono mítico y encantatorio, incluso con carácter profético. Gabo ha dicho que «toda buena novela es una adivinanza del mundo».