2.2 Smart Card Security
2.2.4 Biometrics
El compromiso
Los humanos nos dividimos entre valientes y cobardes, o somos un poco de ambos, con predominio de arrojo o cobardía. Según sea la disposición, nos inclinamos al compromiso o a la huida, por lo que unos se comprometen con su pareja y otros se escabullen. Así, la pareja cuaja o se desbarata.
Una adolescente los expresó a su manera:
—Lo importante es que los dos sean completamente igual. —Pero eso es imposible —le dije.
—¡Claro que se puede! Sales con quien tiene tus mismos gustos, tus mismas ideas, tus grupos de música favoritos…
Saltaba a la vista que era una idea loca, porque todos somos diferentes. Baste pensar en que la personalidad se define durante los primeros cuatro años de vida, en un setenta por ciento, y otra parte decisiva de los catorce a los dieciséis. Sólo los hermanos viven tantos años juntos. La conclusión es que toda pareja es la unión de dos personas muy diferentes, por lo que establecer una buena pareja jamás será con alguien muy igual.
Un compromiso se basa en la armonía, no en la igualdad. Frases como media naranja, amor a primera vista, príncipe azul, la mujer de mi vida o la persona con quien siempre soñé, expresan mitos que corren y leyendas de la propia cultura. La globalización difunde muchas falsedades, como la equidad de género entendida en la elección del sexo según el propio antojo, sin aceptar que la evolución y el cuerpo nos lo determinan naturalmente; o que lo mejor es la pareja a prueba que, si no funciona, se deja en el basurero como un electrodoméstico agotado. Frente a estos mitos, el noviazgo se sostiene con el compromiso, pues, a fin de cuentas, la pareja se apoya en la energía que las dos personas le den.
—Hemos pasado tantas cosas juntos… Nuestro noviazgo aguanta lo que sea —dijo él. No supe qué aguantaron. Pero quise saber si veía algún límite.
—Sólo la muerte los separará… —Sí sólo la muerte.
Hay gente que acepta la infidelidad, la violencia o la drogadicción de la pareja, porque prefiere aguantar ese mal con alguien a quien ama, creyendo que todas las personas son así.
—¿Será que sólo conoces personas de ambientes duros, complicados? —¿Por qué me lo pregunta?
—Porque me entristece que haya personas dirigidas por el temor a perder una pareja, que su motivación para el compromiso sea agarrarse a un clavo ardiendo, que se engañen
creyendo que tienen una relación común, a pesar del maltrato, de mentiras o del daño que reciben una y otra vez.
—Pero, ¿hay quien acepta un compromiso así? —no vio que hablaba de él—. ¿Sólo hay esa salida?
Cuando la persona conoce que su pareja tiene una idea disfuncional del amor, o sufre patologías que enturbian la relación, no puede ignorarlas ni evitarlas. Proseguí:
—¿Quién te obliga a comprometerte con alguien enfermo? Esto sucede en culturas mahometanas, tribales o hindúes, donde los padres acuerdan los matrimonios. Pero lo común es que cada quien elija a su pareja.
—¿Por qué entonces se acepta a quien no conviene? —seguía ciego ante su situación. De pronto, algo tocó su mente y preguntó:
—Y… ¿Qué pasará con el tiempo?
—La vida digna en pareja se sostiene con el compromiso de ambos, con el amor como búsqueda de la felicidad en el otro, con el respeto que admite y sobrelleva las diferencias. Pero también con rechazo del engaño o de peticiones maniáticas.
—Entonces, ¿muchas personas que buscan la felicidad del otro?
—Sí, muchas. No aparecen en los noticieros ni pertenecen al nivel glamoroso de la sociedad. El compromiso con dignidad y respeto no es tan complicado.
—Pero… ¿Estoy mal si mi novia me pide esterilizarme?
Cada lector tendrá una idea del noviazgo según su experiencia, pues no es igual la actitud ante el amor de quien encontró una pareja maravillosa, que le da mucha felicidad, que quien fue engañado y lloró. También pesa la edad, pues no es lo mismo la ilusión hacia el noviazgo de un adolescente con quince años, que de una mujer con treinta tras varias desilusiones. ¿Cómo he afrontado este obstáculo?
En primer lugar, he puesto ejemplos de personas diferentes, con edades distintas, con fracasos y con triunfos, alegres y tristes. También he abierto problemas que tocan a casi todos y dificultades que encuentran menos personas, pues nunca se sabe los granos negros que cada persona encontrará en su arroz. Y, sobre todo, hablo de esos puntos que se callan del noviazgo, que resultan decisivos para lograr la felicidad en pareja.
El compromiso une dos caminos. Y va más allá de, por ejemplo, una imprudencia sexual. Ella queda embarazada. Es evidente que ambos tienen la misma responsabilidad ante la nueva criatura. Pero una cosa es la responsabilidad, que supone sustento y cuidado del bebé, y otra cosa es el compromiso de vivir en pareja. La vida de pareja no depende de un embarazo, sino del compromiso. El paso de “salir juntos” a “vivir juntos” se resume en una pregunta: ¿Das todo por tu pareja?
El compromiso se da después de medir el amor, el propio y el de la otra parte. Se mide con el agrado que experimento ante la presencia de esa persona y con el desagrado por su ausencia. ¿Me lleno de felicidad y no añoro a mi pareja cuando estoy con mis amistades o cuando disfruto de mi espectáculo favorito? Mi indiferencia indica la inexistencia del amor.
El segundo medio para medir el amor es observar la disposición ante lo común y ante lo difícil: cualquiera acepta seguir la atracción, disfrutar del enamoramiento o divertirse
con la aventura, pero lo esencial llega con el compromiso, concretado en la renuncia a privilegios personales y en el trabajo diario con la entrega de todo lo propio. Esta entrega de los dos es compatible con diferencias normales.
El tercer medio para reforzar el compromiso es negociar en la disputa, tomar acuerdos que satisfagan a los dos, cada uno cediendo un poco y asumiendo una tarea para el bien común.
En conclusión: si hay verdadero amor, atracción, renuncia y acuerdos, se puede dar el paso al compromiso.
El compromiso va más allá de la responsabilidad.
Por ejemplo, si ella queda embarazada por una imprudencia sexual, es evidente que ambos tienen la misma responsabilidad ante la nueva criatura.
Pero una cosa es la responsabilidad, que supone sustento y cuidado del bebé, y otra cosa es el compromiso de vivir en pareja.