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Resulta casi imposible escribir sobre lo que no hay. Esta ha sido la principal dificultad con la que nos hemos topado a la hora de hacer este capítulo: no se producen historias generales de España, y en la historiografía del momento apenas se aborda el siglo XVIII. Como hemos visto, la mirada hacia el pasado que prevaleció a partir de la crisis de la Monarquía Hispánica giró básicamente en torno al Medievo, donde podían recogerse las señas de identidad de la nación que tenía que construirse en su forma más pura: una monarquía pactada; unas Cortes representativas, pero no democráticas; una vocación católica inalterable; un celo frente a los invasores, un cuerpo legal justo... La Edad Media era el periodo predilecto para acudir en búsqueda de materiales para elaborar esa “nación católica”. Los Austrias y los Borbones representaban la quiebra de este pasado ideal caracterizado por el equilibrio entre reyes y reinos. Las aventuras imperiales y el poder de los monarcas dieron al traste con esta estabilidad. Había que volver a las esencias. El mejor ejemplo de ello se encuentra en el discurso preliminar de la Constitución de Cádiz: Cuando la Comisión dice que en su proyecto no hay nada nuevo, dice una verdad incontrastable, porque realmente no lo hay en la sustancia. Los españoles fueron en tiempos de los godos una Nación libre e independiente, formando un mismo

173 Llorente, Historia crítica..., vol. 9, pp. 17-18.

174 Aspecto sobre el que ha llamado la atención López-Vela, “Sobre la decadencia de la Inquisición...”, p. 287

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y único imperio; los españoles, después de la restauración, aunque fueron también libres, estuvieron divididos en diferentes estados en que fueron más o menos independientes, según las circunstancias en que se hallaron al constituirse reinos separados; los españoles nuevamente reunidos bajo una misma monarquía todavía fueron libres por algún tiempo; pero la Unión de Aragón y de Castilla fue seguida muy en breve de la pérdida de la libertad, y el yugo se fue agravando de tal modo, que últimamente habíamos perdido, doloroso es decirlo, hasta la idea de nuestra dignidad, si se exceptúan las felices provincias vascongadas y el reino de Navarra176

El siglo XVIII y todo lo que venía asociado a él difícilmente encajaba en estos momentos de enorme crisis política. Personajes como Jovellanos o Capmany escribieron entonces textos bastante diferentes a los que redactaron durante el reinado de Carlos III. En el contexto de 1808 resultaría paradójico hablar de la “feliz revolución” como hizo Jovellanos al elogiar a Carlos III177. El miedo a la revolución era en esos momentos la norma. Tampoco era la mejor ocasión para elogiar cómo la “Providencia” envió al “pío y animoso Felipe”, tal y como había hecho Capmany en 1779178. Ahora era el momento de

buscar las esencias de la patria.

¿Por qué se dio esta especie de amnesia autoinducida? En primer lugar, el recuerdo del reinado de Carlos IV, y de la privanza de Godoy, hacían incómodo el recuerdo del siglo XVIII. La opinión historiográfica negativa sobre este período es una constante en estos autores que se transmite a posteriori a sus predecesores. Los veinte años que van desde 1788 a 1808 es la época en que se frustraron demasiadas expectativas como para volver la mirada con nostalgia. Había muy poco que rescatar y mucho que olvidar. Ante todo, quería romperse con ese pasado de validos, déspotas y conspiraciones. Había que fundamentar una mitología para la nación española en un proceso histórico que fuese atractivo para los “patriotas”179. Por ello, antes que un olvido, fue una amnesia

autoimpuesta por la urgencia del momento constituyente180.

En segundo lugar, historiar el siglo XVIII implicaba recordar la introducción de una dinastía francesa en España. Significaba rememorar que Fernando VII era el descendiente de un príncipe que entró en España asesorado por Luis XIV. Como es de imaginar,

176 Agustín de Argüelles, Discurso preliminar a la Constitución de Cádiz con una introducción de Luis

Sánchez Agesta, Madrid, CEPC, 2011, p. 76.

177 Gaspar Melchor de Jovellanos, “Elogio de Carlos III”, Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, nº 1, 1991, p. 24.

178 Antoni de Capmany, Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de

Barcelona, Madrid, Imp. de Antonio Sancha, 1779, p. II.

179 Sobre los mitos de la generación de 1808, vid. García Cárcel, El sueño de la nación indomable, pp. 231- 242; Moreno Alonso, La generación española de 1808…, pp. 234-260.

180 Vid. las reflexiones sobre el olvido como parte necesaria en los momentos constituyentes, Bartolomé Clavero, España, 1978: La amnesia constituyente, Madrid, Marcial Pons, 2015.

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resultaba incómodo mencionar esto cuando se le estaba haciendo la guerra al hermano del emperador francés. Estas concomitancias no interesaban: la lucha era ahora por la “independencia” de la nación y no por la “sucesión” de la corona. En 1808, la nación había devenido sujeto de la política y por tanto había que reinterpretar el pasado en función de ese sujeto en construcción.

En tercer lugar, escribir la historia del siglo XVIII era reconocer el conflicto entre España y “las Españas”. Por ello, abordar el proceso de centralización bajos los Borbones significaba enfrentarse a la conflictividad inherente de reducir una amplia monarquía compuesta a una nación unitaria. Un castellano-centrista como Martínez Marina no dudaba en acudir a un austracista como Juan Amor de Soria para criticar a los Borbones. Ninguno de nuestros autores hace tampoco referencia a la cuestión americana. El freno a la fragmentación tanto de la península como del imperio a la que conducía la dinámica juntera no podía legitimarse invocando las reformas borbónicas, ya que éstas eran claramente percibidas como una de las causas más reciente de la crisis. Si se quería evitar hacer balance de ellas y restaurar el orden, había que remontarse en el pasado para encontrar un momento de feliz reunión de los españoles, un período exento de tentaciones centrifugadoras. Esto pasaba entonces por la necesidad de legitimar unas asambleas representativas de corte tradicional, cuya memoria habían de invocarse ignorando el siglo del “despotismo ministerial”181.

En cuarto lugar, la asunción del catolicismo como seña de identidad nacional y como aglutinadora de la ciudadanía también hacía del siglo XVIII un momento difícil de abordar. La religión era parte esencial de la cultura política de los liberales españoles, atrapados entre el republicanismo jacobino y la reacción ultramontana. Historiar las tensiones entre la religión y la cultura o entre la Iglesia y el Estado en la época moderna era entrar en un pasado donde se constataba el fanatismo, la intolerancia y la encarnizada lucha por el poder terrenal. Justamente, quienes entraron de lleno a examinar las relaciones entre Iglesia y Estado fueron afrancesados que tenían esperanza de acabar con el dominio del clero sobre la vida pública. Quienes buscaban una posición moderada prefirieron guardar silencio o remontarse a la Edad Media en la que podían proyectarse las esencias católicas de España.

Sin embargo, la rehabilitación de los Borbones vino por parte de dos autores: Sempere y Llorente. Ambos compartían un hecho en común: su pasado como afrancesados o

josefinos. Entre 1809-1813 habían servido a José I y tuvieron que pagar con el exilio su

adscripción. Sus trayectorias pertenecen a aquél heterogéneo grupo de partidarios, más o menos entusiastas, que aceptaron el proyecto napoleónico fijado en la Constitución de Bayona. Sempere y Llorente se identificaron con esta tercera vía que, ante el vacío de poder tras la abdicación de Carlos IV y Fernando VII en 1808, al menos ofrecía un

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mínimo de derechos políticos y que, ante todo, abría la posibilidad de desplegar reformas dentro de un imperio de alcance europeo182.

Ambos autores escribieron en medio de difíciles circunstancias, marcadas por la persecución. En ambos casos, más que obras de historia eran textos en los que venían a reafirmar su lealtad a Fernando VII como una forma de ganarse el favor de una monarquía en la que seguían creyendo. Precisamente, desde la veterana investigación de Miguel Artola ha sido una idea persistente la de referirse a los afrancesados como una evolución del “despotismo ilustrado” por su apego a la forma monárquica. Su fracaso incluso podría verse como un intento fallido de resucitar el reformismo carlotercerista en un nuevo contexto183. Sin embargo, lo que está claro es que fue ante todo un movimiento elitista que aspiraba a modernizar el Estado sin pasar por las sacudidas revolucionarias que habían afectado a Francia184.

El primer rasgo de estas reivindicaciones de carácter afrancesado sería el monarquismo que las domina en detrimento de las capacidades de la nación. La monarquía, y concretamente el rey asesorado por sus ministros ilustrados, era la vía para desplegar las necesarias reformas que necesitaba el país. El centro de la historia no era la nación, sino la monarquía. La verdadera soberanía era el monarca, que había de estar bien asesorado. Por eso, ambos autores enfatizaban de forma crítica la invasión del clero en la esfera política. Establecían un nexo causa-efecto entre independencia de la Iglesia y la riqueza nacional. Si no se había podido ir más lejos, era por la intervención externa a esta soberanía regia. Esto se daba con especial agudeza en Llorente. Con Felipe V, el autor apunta la influencia del cinismo de Luis XIV y las intrigas romanistas de Alberoni- Farnesio. Al referirse a los reinados de Fernando VI y Carlos III, dirige sus dardos al influjo de la curia romana que se canalizaba a través de la Compañía de Jesús. En definitiva, instancias políticas exteriores a la esfera de decisión del soberano, depositario del buen gobierno y de la justicia.

182 La cuestión de los afrancesados ha recibido un notable impulso en los últimos años. Un estado de la cuestión en Jean-Philippe Luis, “El afrancesamiento, una cuestión abierta”, Ayer, nº 86 (2012), pp. 89-109. Los estudios básicos para esta cuestión son Miguel Artola, Los afrancesados, Madrid, Alianza Editorial, 2008 [ed. original de 1953]; Luis Barbastro Gil, Los afrancesados: primera emigración política del siglo

XIX español (1813-1820), Madrid, CSIC, 1993; Raúl Morodo, “Reformismo y regeneracionismo: el

contexto ideológico y político de la Constitución de Bayona”, Revista de estudios políticos, nº 83 (1994), pp. 29-76; Juan López Tabar, Los famosos traidores, Madrid, Biblioteca Nueva, 2001. También: García Cárcel, “La anti-España: los afrancesados”, en El sueño de la nación indomable..., pp. 177-219.

183 Artola, Los afrancesados..., pp. 62-63. Sobre el concepto de despotismo ilustrado: Hamish Scott, “The problem of Enlightened absolutism”, en Hamish Scott (ed.), Enlightened Absolutism: Reform and

Reformers in Later Eighteenth-Century Europe, London, Palgrave 1990, pp.1-35; Nicholas Henshall, The Myth of Absolutism: Change & Continuity in Early Modern European Monarchy, London, Longman, 1992,

pp. 203-210.

184 Tal es la tesis de Juan Pro, “Afrancesados: sobre la nacionalidad de las culturas políticas”, en Manuel Pérez Ledesma y María Sierra, Culturas políticas: teoría e historia, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2010, pp. 205-231.

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En ambos autores también había una insistencia en el diagnóstico de una España destruida a finales del XVII y la reseña entusiasta de las medidas desplegadas por unos reyes bienintencionados. Una vez atajados los problemas más graves (para Sempere la mejora de la economía y para Llorente la abolición de la Inquisición) podrían recuperarse unas Cortes que dieran la voz a la nación. La voluntad política de reforma era el principal activo a reivindicar en los Borbones. Precisamente, su elogio de los monarcas de esta dinastía venía marcado porque habían sabido desplegar un programa político de reformas dirigidas al fortalecimiento del Estado, algo con lo que se identificaron en su acción política e intelectual. La necesidad de emprender reformas desde arriba, no mediante la destrucción desde abajo a través de nocivos asamblearismos, era el punto de partida de su interpretación historiográfica185.

Su contrapartida era el miedo a la representatividad popular, un rasgo que políticamente les unía, ya que consideraban que el pueblo no estaba preparado y que incluso podía ser manipulado. Si bien los afrancesados procedían de diversas trayectorias político- ideológica, si algo les aglutinaba era el temor a la revolución186.

El pragmatismo que les obsesionaba y que buscaban en el XVIII, les conducía a verlo como una vía para eludir la política revolucionaria. Incluso, como podía pasar con Sempere, cuando ya la derrota del liberalismo era clara, podía acercarse hacia visiones más contemporizadoras con el absolutismo, tal como quedaba fijado en la desiderata de sus Considerations de 1826. El despotismo podía ser un mal necesario, pero éste debía ilustrarse si no quería mantener a la nación en la ruina.

La primera prioridad era emancipar al Estado de la Iglesia, no de dar voz a la nación. Llorente escribía desde la defensa de un cauto reformismo de raigambre episcopalista, vinculado a sus experiencias como eclesiástico regalista en el Antiguo Régimen y como consejero de las nacionalizaciones de bienes en el régimen josefino. Precisamente, la Inquisición era “antipolítica” por hacer lo que en todo caso correspondía a los obispos. Macanaz u Olavide no eran héroes nacionales, sino mártires de la perversión de un tribunal que se había excedido en sus funciones. La Inquisición estaba para los delitos religiosos, no para la represión política.

Asimismo, ambos autores hacían declaraciones de patriotismo. La fundamentación de sus ideas en la historia era un rasgo que compartían con los liberales doceañistas187. Sempere

ofrecía la historia de sus Cortes como una forma de no caer en ilusiones asamblearias y de priorizar el fomento económico. Llorente declaraba haber escrito la historia de una institución que había marcado los últimos tres siglos de la historia española por un deseo patriótico de vindicar su nación y también por su condición de católico opuesto a los

185 Juan Pro, “Estado y modernidad en el lenguaje de los afrancesados”, Manuel Pérez Ledesma (coord.),

Lenguajes de modernidad en la Península Ibérica, Universidad Autónoma de Madrid, 2012, 25-53.

186 Barbastro Gil, Los afrancesados..., pp. 137-141. 187 Portillo, Revolución de nación..., pp. 166-167

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abusos de un tribunal ilegítimo. Precisamente, que la nación era algo ajeno y contrario a la Inquisición había constituido el argumento de sus primeros trabajos.

Sin embargo, el proyecto de ambos estaba atravesado por importantes tensiones. Llorente se veía impelido a suavizar el tratamiento con los inquisidores del XVIII que habían permitido la supervivencia de la Inquisición. Este “corporativismo”, en expresión de García Cárcel y Moreno, redundaba por un lado en una abierta defensa del reformismo borbónico un tanto contradictorio como ha podido apuntar Dufour188. Si la nación era contraria de la Inquisición, ¿por qué su existencia se había perpetuado hasta la invasión francesa? En el caso de Sempere, los Austrias y los Borbones eran igual de absolutos, pero los últimos habían sido “un poco ilustrados”. Sin embargo, ¿por qué Fernando VII no había desplegado el proyecto de reformas que tanta falta hacía? Estas cuestiones quedaron pendientes en sus obras. Sempere y Llorente arrastraban todas las paradojas del reformismo borbónico en un marco postrevolucionario.

Desde luego, la defensa sin ambages del reformismo borbónico parece responder en los dos autores a un deseo de reconciliarse con la propia dinastía, ya restaurada en el trono de España. Tanto Sempre como Llorente seguían hablando el lenguaje del absolutismo ilustrado como si fuera una alternativa deseable y, sobre todo, al que se podía volver. El XVIII no era pasado, sino que era la senda por la que debía caminar la política. La nación, como ente soberano con unas señas de identidad propias, se daba por existente. España era la comunidad política, y las colonias su anexo que había que repotenciar. Sin embargo, la historia que elaboraron no era todavía propiamente “nacional”, porque el protagonista era, ante todo, una monarquía necesitada de reformas.

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4 LA APORTACIÓN DE WILLIAM COXE (1813) Y LA

RESPUESTA DE ANDRÉS MURIEL (1827)

La primera obra producida en el siglo XIX que abordó el siglo XVIII español desde un punto de vista unitario no se produjo en España ni fue escrita por un español. Su autor fue el clérigo inglés William Coxe y se publicó en Londres como Memoirs of the Kings of

Spain of the House of Bourbon, en una primera edición de tres volúmenes en 1813 y

reeditada con idéntico contenido en cinco volúmenes en 1815. Por primera vez, se publicaba una historia completa de los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III que iba mucho más allá de lo que ofrecían los compendios de historia general al contener numerosa documentación diplomática inglesa a la que Coxe había tenido acceso.

Todos los historiadores que hayan querido acercarse al siglo XVIII español han tenido que pasar por las páginas de la obra William Coxe, ya en su original o en sus traducciones al francés o castellano. Constituye sin duda una de esas obras de referencia que el gran público desconoce, pero que para los historiadores sigue siendo de referencia a pesar de su edad. John Lynch, en su conocida síntesis sobre la España del XVIII, la considera como una obra que contenía “ideas sólidas y fuentes originales”1. Para Henry Kamen, como decía en su biografía sobre Felipe V, sigue siendo una obra esencial2. En numerosísimos estudios se le sigue citando a pie de página, como fuente ineludible de datos sobre los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III.

Sin embargo, como es obvio, el libro de Coxe está muy lejos de ser perfecto. Desde su edición al francés por Andrés Muriel, ha sido constantemente criticado por generaciones de historiadores que han señalado sus defectos e insuficiencias. Los errores factuales que se le han descubierto son numerosos. Por ejemplo, Diego Téllez Alarcia ha señalado equivocaciones en la identidad y trayectoria de Ricardo Wall. No obstante, estas equivocaciones se han repetido por más de un siglo, hasta la renovación historiográfica de la segunda mitad del XX3.

Reconociendo la influencia que Coxe sigue ejerciendo en la historiografía dedicada al siglo XVIII español, nuestro objetivo aquí no será revisar sus aportaciones documentales, una labor que implicaría un trabajo titánico de revisión de fuentes, sino estudiar la dimensión ideológica de esta aportación en su contexto inglés. Teniendo en cuenta su importancia y la cantidad de indicios que el propio texto sugiere, resulta llamativo que no haya ningún estudio crítico sobre este trabajo como objeto intelectual situado en el particular contexto histórico de la Peninsular War.

1 John Lynch, La España del siglo XVIII, Barcelona, Crítica, 1991, p. 379.

2 Henry Kamen, Felipe V: el rey que reinó dos veces, Madrid, Temas de Hoy, 2000, p. 309.

3 Diego Téllez Alarcia, El ministerio Wall: la “España discreta” del “ministro olvidado”, Madrid, Marcial- Pons, 2012, pp. 23-28.

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Ciertamente, hay una realidad importante que cabe tener muy en cuenta. Los historiadores españoles han citado el trabajo de William Coxe la mayoría de las veces, a través de la traducción castellana de Jacinto Salas Quiroga, editada por la imprenta de Francisco de

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