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4.3 Finding relationships between topics

4.4.2 Global topic evolution map

Sería equivocado clasificar el trabajo de Coxe como el de un hispanista romántico. Su interés por España se entroncaba con una perspectiva europea, procedente de su experiencia en los viajes realizados en las décadas de 1770 y 1780. Poco antes de las Guerras de Coalición trabajó en una historia general de Europa, que fue abortada por motivos que desconocemos, pero que ya apuntaba a una comprensión de la Revolución Francesa como el hundimiento del orden europeo. Con los materiales recogidos consiguió terminar el trazado completo de dos sistemas imperiales que habían sobrevivido a la reorganización napoleónica, el de la Austria de los Habsburgo y el de la España de los Borbones. La identificación de Coxe con el orden de la Restauración es clara a partir de la defensa de valores propios del Antiguo Régimen como la aristocracia o la monarquía, interpretados a través de un anglicanismo profundamente antijacobino y antinapoleónico. Este conservadurismo lo aleja claramente de los reformistas whigs que simpatizaban con los patriotas españoles, como la saga de políticos de los Holland que eran bastante

294 [the leading principles were, to relieve the national trade, manufactures, and agriculture from the shackles imposed by interest or ignorance, to meliorate the condition of the industrious classes, to renovate the army and marine, and to introduce more lenient and equitable maxims of government both ecclesiasticl and civil. If he was occasionally led into error by the prejudices of his country and education, he at least manifested more liberal views than his predecessors, and displayed superior courage and perseverance in the execution of his laudable designs] Coxe, Memoirs..., vol. 3, p. 517

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entusiastas con los principios de la revolución francesa296. Por otra parte, resulta difícil calificar a Coxe como un autor tory por sus vínculos personales con whigs destacados como los Walpole y su furioso desprecio del jacobitismo. El término tory, además, ha podido indicarse como un tanto anacrónico al no existir como partido definido durante el período de Jorge III. En este sentido, Coxe más bien parece adecuarse al perfil de un Old

Whig, favorable a las grandes familias aristocráticas y un vindicador de la Ancient Constitution como Burke o Pitt297. En este sentido, no iba muy desencaminado Alcalá Galiano cuando lo consideraba como “Whig en lo antiguo y Tory en lo moderno”298.

A través del filtro de fuentes anglófonas, Coxe escribió la historia de un triunfo militar y diplomático desde el punto de vista de los vencedores. Si William Robertson había estudiado el fracaso de Carlos V como una manera de entender los principios del auge y decadencia de los imperios cuando Gran Bretaña hacía frente a la emancipación de sus colonias norteamericanas, Coxe se volvía a acercar a la experiencia española desde el contexto triunfal de las victorias de Wellington ante los ejércitos de Napoleón. El autor detiene la narración en 1788, pero su obsesión reiterada a lo largo de la obra ante la unión de las coronas borbónicas, coincide con las ansiedades de una Gran Bretaña asediada que tejió alianzas con Rusia y Austria para defenderse del “pacto de familia sin familia” ratificado en 1796 entre Godoy y el Directorio. La súbita alianza angloespañola de 1808 que permitió la restauración fernandina, era precisamente el marco desde el cual se podía hacer balance de una enemistad secular.

Por ello, los paralelismos entre la Peninsular War y la Guerra de Sucesión (que recordemos que la propia historiografía inglesa a veces la ha calificado de First

Peninsular War) iban mucho más de la invocación de una histórica rivalidad anglo-

francesa. En ambos casos, un tirano francés con ambiciones universalistas había intentado agredir Inglaterra y para ello no dudó en utilizar como trampolín la Península Ibérica. Así pues, tanto en 1700-1714 como en 1808-1814, las tropas inglesas tuvieron que hacer la guerra a los ejércitos franceses por tierra y mar. En ambos conflictos, los españoles ventilaron sus resentimientos históricos, se sublevaron contra el invasor y demostraron apego a un rey Borbón tras una guerra irregular. Para Coxe, con un gran coste humano y económico, Gran Bretaña había salvado el orden europeo en sendas ocasiones.

A pesar del soporte que Inglaterra dio a la causa aliada, el austracismo recibe un tratamiento más bien poco favorable. Antes que el Archiduque, los héroes son los comandantes británicos. La propia caracterización de las rebeliones de 1705 resulta parca,

296 Moreno Alonso, La forja del liberalismo en España…, p. 26.

297 J. C. D. Clark, “A General Theory of Party, Opposition and Government, 1688-1832”, The Historical Journal,vol. 23, nº 2 (1980), pp. 295-325; James J. Sack, From Jacobite to Conservative. Reaction and

orthodoxy in Britain c. 1760-1832, Cambridge University Press, 1993, p. 68; O’Gorman, The Long Eighteenth Century… pp. 293-294.

298 Antonio Alcalá Galiano, Historia de España… redactada y anotada con arreglo a lo que ha escribió en

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incidiendo en las imágenes de anarquía y recordando la participación del clero católico. Esto no impide que Coxe simpatice con los austracistas catalanes al interpretarlos como víctimas de la defección de la estuarda reina Ana. Sin embargo, su antirrepublicanismo impide romantizarlos excesivamente y se limita a referirse a ellos como un pueblo sufrido y sacrificado. ¿Quería lanzar Coxe alguna advertencia ante los peligros de fomentar rebeliones que luego no se saben cómo detener? Desde luego, su aprobación de la Nueva Planta indica un monarquismo que no podía simpatizar mucho con las rebeliones. En la obra de Coxe, España era una potencia que no había sabido armonizar sus intereses nacionales con sus intereses dinásticos. Esta dicotomía atraviesa plenamente los tres volúmenes, como lo demostraba la insistencia de Felipe V en heredar la corona francesa ante el duque de Orleans, el despilfarro de recursos en Italia y el apego de Carlos III a su juventud napolitana y a su familia francesa. El enfoque de Coxe le llevaba entonces a hacer depender la marcha política de una serie de virtudes que en el caso español era muy clara su ausencia. La corte española nunca supo vertebrar los intereses de la nación española porque estuvo arrastrada por las bajas pasiones. La melancolía de Felipe V y Fernando VI, el celo maternal de Farnesio, la codicia de Bárbara de Braganza y el apego a su familia de Carlos III eran los móviles últimos de la política nacional. Felipe V era tan débil ante su abuelo como lo había sido Carlos IV con Napoleón. Ambos fueron dominados por unas mujeres interesadas en preservar sus posesiones italianas. Si los Borbones demostraron su poca entereza con las abdicaciones de Bayona, el duque de Anjou siempre estuvo dispuesto a abandonar el trono y a dejar a su nación en la estacada. La conclusión que deriva Coxe es que Gran Bretaña, con un alto coste doméstico, había vuelto otra vez a salvar Europa de caer en la hegemonía universal. España, atrapada en el medio de la contienda, había sufrido las penas de una dinastía irresponsable y disoluta. De este modo, los reyes de la casa de Borbón nunca se habrían “nacionalizado” del todo, ya que no vislumbraron la necesidad de orientar una estrategia que fuera en beneficio de la nación. De este modo, el historiador inglés contraponía las pasiones españolas a los intereses británicos, que, si podían ser distorsionados ocasionalmente por la demagogia o por las conspiraciones externas, estaban bien orientados gracias a una maquinaria militar y unos ministros eficientes299. Así pues, el problema residía en una ausencia de liderazgos nacionales. Pitt y Walpole habían sabido dar vigor al gobierno por pertenecer a familias aristócratas vinculadas al suelo inglés, mientras que la corte española siguió necesitando de arribistas extranjeros como Ripperdá o Grimaldi. Sin embargo, Coxe podía perdonar de esta condena a Alberoni, a quien llega a reivindicar precisamente por haber liderado reformas de calado pero, sobre todo, por haber intentado llegar a un pacto comercial con

299 Una contraposición que por otra parte estaba plenamente incorporada en el pensamiento político anglosajón, vid. Albert O. Hirschmann, Las pasiones y los intereses, México, FCE, 1978; John G. A. Pocock, “Virtudes derechos y manners: un modelo para historiadores del pensamiento político”, Historia

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los ingleses. Su caída probaba que unos reyes enloquecidos eran capaces de eliminar a un “favorito” por muy buenas ideas que tuviera.

Frente al espacio dinástico de los reinos italianos, Coxe enfatizaba que los intereses nacionales auténticos residían en el potencial económico de América. A pesar de la “españolización” que hacía de la monarquía al centrarse en su espacio peninsular, América seguía teniendo cabida, pero como una periferia o anexo comercial que había de ser correctamente aprovechada. Un argumento que enlazaba con las reflexiones que ilustrados escoceses como Robertson o Smith venían haciendo sobre el comercio como vía de conservar a los imperios300. Coxe no mostraba interés por entrar en la polémica al respecto de los beneficios de la conquista ni hacía un discurso providencialista, sino que optaba por tomar una postura muy pragmática centrada en sistema colonial. En sus páginas, por “imperio” se entiende ante todo el de los Habsburgo, pero hay un uso explícito de términos como “imperio de los mares americanos” o “imperio español en América” que evidencian esta conciencia atlántica de una rivalidad imperial con España que en el vocabulario inglés se había consolidado plenamente como noción ideológica desde de la Guerra del Asiento301.

El problema para él era la ausencia de libertad de comercio que pervirtió el aprovechamiento español e inglés y, por tanto, su prosperidad nacional. Tal argumento tenía una particular relevancia en el contexto en que se escribía, cuando la sociedad británica estaba orientada a sostener un esfuerzo descomunal de guerra en el Atlántico y en el continente. Ciertamente, los gobiernos británicos previos a la intervención de 1808 no tenían mucho interés en una ofensiva mediterránea, ya que antes cabía proteger el frente marítimo y ruso. Con la alianza con España se abría finalmente la oportunidad de aumentar la influencia sobre los dominios españoles de ultramar302. La identificación de

Coxe entre intereses nacionales con los comerciales permitía deducir que la estrategia prioritaria hacia 1813 debía orientarse a la explotación de esas posesiones.

A pesar de las invocaciones de solidaridad con los españoles que combatían a Napoleón, el tono de Coxe resultaba más antifrancés que proespañol. Asumía plenamente una interpretación victimista de Utrecht, contraria a la que hoy tenemos los historiadores que lo sitúan como el inicio de la hegemonía británica, al argumentar que los Borbones consiguieron el triunfo de sus principales objetivos y los resultados de las negociaciones comerciales no fueron tan beneficiosas para Inglaterra al quedar en igualdad de

300 Pagden, Señores de todo el mundo…, p. 153.

301 [spanish american empire (…) empire of the american seas] Coxe, Memoirs…, vol. 3, pp. 24-25; vid. Armitage, The Ideological Origins of the British Empire…, pp. 172-183.

302 Christopher Hall, British strategy in the Napoleonic War, 1803-1815, Manchester University Press, 1992, p. 116; D. A. G. Waddell, “La política internacional y la independencia latinoamericana”, en Leslie Bethell (ed.) Historia de América Latina. 5. La independencia, Crítica, Barcelona, 1995, pp. 212-215; Rory Muir, Britain and the Defeat of Napoleon, 1807-1815, Yale University Press, 1996, pp. 379-381; Elliott,

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condiciones con Francia. España apenas había perdido unas posesiones menores. Para este historiador, las ambiciones imperiales que amenazaban la paz y la prosperidad europea fueron siempre las francesas, no las británicas.

De este modo, el “borbonismo” aparecía como una tara familiar que saboteaba las ofertas británicas que habrían propuesto un beneficio mutuo: Ensenada y Choiseul miraban exclusivamente por los intereses franceses, Keene y Carvajal trabajaban por los intereses españoles, que coincidían con los del imperio comercial británico. La idea de que a España le convenía una alianza inglesa se sugiere a lo largo de los tres volúmenes. Por eso la presentación de las ofertas diplomáticas británicas aparecen siempre como razonables ante las obsesiones de la corte española por sus posesiones italianas y la maldad viciosa de la corte francesa.

El colmo de la perversidad llegó en 1776. El apoyo español a la Francia que combatía por la independencia de las Trece Colonias lo señala Coxe como un crimen imperdonable. En consonancia con la historiografía inglesa anti-independentista sobre las colonias, para nuestro autor esta intervención fue el principio del fin del viejo orden, ya que se encendió un fuego que acabó produciendo indirectamente el cataclismo de la Revolución Francesa303. El tramo del reinado de Carlos IV se omite en la obra, pero es apreciable que Coxe reconstruye su historia del XVIII muy consciente del alto coste que había implicado para España la alianza con el Directorio a partir de 1796.

El hispanista Richard Kagan acuñó en 1996 la idea de un “paradigma Prescott” para referirse a la visión de la historia de España definida por el historiador estadounidense William H. Prescott en sus historias sobre los Reyes Católicos y la conquista de América. Prescott pasaría por entender a España como la antítesis de los Estados Unidos, contraponiendo decadencia española a progreso norteamericano. La influencia de esta interpretación en toda la historiografía posterior a la década de 1830 marcaría la visión estadounidense de lo hispánico, enlazando con la llamada Leyenda Negra304.

Coxe, por su parte, instauró un paradigma interpretativo que tuvo un impacto de largo alcance en la manera de entender el XVIII español al ser la primera obra que explicaba con una cierta coherencia interpretativa y una cierta verosimilitud documental el período de 1700-1788. España quedaba relegada en un espacio de la periferia europea, comparable a la Rusia de Pedro el Grande, al ser una potencia que había malogrado sus capacidades. Patiño, Campomanes o Floridablanca habían intentado desplegar las reformas necesarias para liberar los grilletes que ataban el progreso económico pero las presiones afrancesadas y los propios prejuicios españoles les impidieron abrazar la libertad comercial y la tolerancia religiosa.

303 Richard Middleton, “British Historians and the American Revolution”, Journal of American Studies, vol. 5-1 (1971), pp. 43-58.

304Richard L. Kagan, “El paradigma de Prescott: la historiografía norteamericana y la decadencia de España”, Manuscrits, nº 16 (1998), pp. 229-253.

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Antes que inscribirse en una supuesta Leyenda Negra antiespañola de larga duración, la sobrevenida alianza producida en la coyuntura de 1808-1814 permitía a Coxe desarrollar una interpretación de la historia de España como la de un imperio frustrado, aunque de gran potencial. Desde este punto de vista el culpable había sido siempre Francia, cuyas alianzas con España la habían conducido a la permanente derrota militar. La destrucción de su flota en Trafalgar en 1805 y la combinación triunfante de ingleses, españoles y portugueses en 1813 eran las coordenadas desde las cuales podía hacerse una relectura de la secular enemistad angloespañola. Coxe aceptaba la narrativa histórica de la britishness posterior a la Act of Union de 1707, que asumía como principal enemigo exterior a Francia. España había pasado a ser un estado satélite suyo y, en consecuencia, aceleró un proceso de decadencia ya iniciado a finales del siglo XVI. Esta perspectiva, que en cierta medida exculpaba al sujeto nacional español al presentarlo como mal gobernado pero capaz de enormes esfuerzos, estaba sin duda condicionada por la coyuntura antinapoleónica. Y en ella, América se presentaba, aunque vagamente, como el punto de encuentro común entre Gran Bretaña y España.

Si Robertson trazó las líneas maestras de la lectura ilustrada del auge y decadencia de Carlos V desde el claustro de la Universidad de Edimburgo, Coxe interpretó el ocaso de la España borbónica desde el cabildo de la catedral de Salisbury, lejos de la guerra que asolaba el continente. Las Memoirs of the Kings of the House of Bourbon, por su abundancia de información nueva y su sesgo whig francófobo, permitió su acogida favorable entre el liberalismo español en el exilio. La nación española, desde estas premisas, había sido una nación intervenida cuyos intereses estuvieron mediados por un despotismo extranjero. Una tesis que, desde luego, no era incompatible con una lectura nacionalista española del pasado. Sin embargo, antes habría que hacer algunas enmiendas. La tarea de dar una réplica rehabilitadora a la visión whig de Coxe estaba reservada a Andrés Muriel. Esta tardó catorce años en aparecer.

4.5 La respuesta de Andrés Muriel: L'Espagne sous les rois de la maison

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