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4.3 Finding relationships between topics

4.4.3 Topic evolution graphs for individual topics

Fernando VII tras haber juramentado a José I, Muriel proyectó mucho de sus vivencias personales en la corrección de Coxe, por lo que su aportación puede considerarse una especie de balance de las frustraciones tanto del reformismo borbónico ilustrado y como del josefinismo. El perfil intelectual de Andrés Muriel no ha pasado inadvertido por la historiografía al haber sido el autor de una Historia del reinado de Carlos IV, continuación evidente del comentario sobre Coxe, que permaneció manuscrita en poder de la Real Academia de la Historia hasta su edición póstuma por el Memorial Histórico Español en 1893. Su reedición en la Biblioteca de Autores Españoles de la editorial Atlas en 1959 fue un primer jalón para que despertase la curiosidad por un individuo que ofrecía el doble interés de haber sido un testigo de su época y de haber ejercido como historiador de ella. Sin embargo, fuera en su forma manuscrita o impresa, esta obra condicionó en buena medida la historiografía sobre el reinado de Carlos IV a lo largo del siglo XIX y XX309.

A pesar de algunos estudios sobre Muriel, como el muy documentado de José Navarro Latorre, este continúa siendo un personaje poco conocido y un tanto misterioso. Su filiación a la masonería, la inclusión de un documento inédito que se ha probado falso y el desconocimiento generalizado sobre un hecho tan básico como la fecha y lugar de su muerte han contribuido a mantener el enigma. Con Llorente compartió el haber sido un regalista entusiasta, un historiador crítico y un exiliado sin mucha fortuna póstuma. La historia de Muriel a partir de 1813 pertenece a la historia cultural del exilio afrancesado, con el consabido olvido posterior. De todos modos, Menéndez Pelayo en la introducción a la edición de su historia del reinado de Carlos IV podía apreciarlo como un literato al

309 Andrés Muriel, “Historia de Carlos IV”, en Memorial Histórico Español, tomos 29-34 (1893-1894). Contiene una “nota preliminar” de Menéndez Pelayo. La edición de la Biblioteca de Autores Españoles:

Historia de Carlos IV, estudio preliminar de Carlos Seco Serrano) Madrid, Atlas, 1959, 2 vols. Moreno

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que “las tormentas políticas de principios de nuestro siglo arrojaron del suelo patrio y llevaron a morir en el destierro, sin que por eso se entibiase su amor a la nación que les había dado cuna”310.

Andrés Muriel Mateo nació el 26 de noviembre de 1776 en Abejar, Soria. Los primeros treinta años de su vida los desarrolló dentro del seno de la Iglesia española311. A los catorce años ingresó como seminarista “porcionista” (pagaba su alojamiento y alimentación) en el Seminario Conciliar del Burgo de Osma. Este centro estaba vinculado a la Universidad de Santa Catalina de la misma localidad. Fundada en 1550, la universidad había visto decaer su actividad docente por las dificultades económicas y los conflictos jurisidiccionales, hasta que a finales de la década de 1770 Joaquín de Eleta, confesor de Carlos III desde 1761 y nacido en el Burgo de Osma, la dotó de nuevas cátedras y recursos, además de liderar la restauración de su edificio312.

Muriel desarrolló su carrera eclesiástica inmerso en esta institución. En 1796 se graduó como Bachiller en Filosofía y Teología. Tras varias oposiciones, consiguió la cátedra de Teología en 1800 y en 1804 en la canonjía de la abadía de Santa Cruz. Desde luego, cabe sañalar que el Burgo de Osma y la Universidad de Santa Catalina hacia finales del reinado de Carlos III y durante el de Carlos IV fueron un foco de difusión de ideas episcopalistas, jansenistas y regalistas. Entre 1796 y 1798, había sido obispo de Osma Antonio Tavira, conocido por su papel como difusor de ideas reformistas. También cabe resaltar que el insigne Jovellanos se graduó de la Universidad de Santa Catalina en 1763313.

En este período previo a la Guerra de Independencia, Muriel formó parte de la Sociedad Económica de Amigos del País de esta localidad, donde llegó a ejercer el cargo de censor. Precisamente, su primera obra publicada fue un Elogio del Doctor Don Francisco Ayuso

310 Menéndez Pelayo, “Nota preliminar”…, p. V.

311 Las fuentes biográficas sobre Muriel son: Carlos Seco Serrano, “La época de Carlos IV en la Historia de Muriel”, en Andrés Muriel, Historia de Carlos IV, Madrid, Atlas, 1959, vol. I, pp. V-XXXI; José Navarro Latorre, “Algunos materiales biográficos sobre el historiador de Carlos IV, Don Andrés Muriel”, en VV. AA., Homenaje a Antonio Domínguez Ortiz. Catedrático del Instituto “Beatriz Galindo” de

Madrid, Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia, 1981, vol. 953-992; Bernabé Bartolomé Martínez, “El

canónigo Don Andrés Muriel, Catedrático de la Universidad de Osma y escritor afrancesado”, en Gabriela Ossenbach Sauter, Manuel Puelles Benítez (eds.) La Revolución Francesa y su influencia en la educación

en España. Conferencias y comunicaciones presentadas al Coloquio Internacional celebrado en nov. de 1989 para conmemorar el Bicentenario de la Revolución Francesa, Madrid, UNED, 1990, pp. 511-528;

Alberto Gil Novales, Diccionario biográfico de España (1808-1833), Madrid, Fundación Mapfre, 2012, p. 2131; Gonzalo Anes, “Andrés Muriel”, en Diccionario Biográfico electrónico:

http://dbe.rah.es/biografias/48496/andres-muriel

312 Bernabé Bartolomé Martínez, “Visitas y reformas en el Colegio-Universidad de Santa Catalina en el Burgo de Osma”, Historia de la educación, nº 3 (1984), pp. 27-50. También, vid. la tesis doctoral de Carlos Aguirre Martín, Sociedad, economía y poder en un municipio castellano del Antiguo Régimen. El Burgo de

Osma en el Siglo XVIII (tesis doctoral inédita) Universidad de Barcelona, 1988. Hay un resumen en Carlos

Aguirre Martín, “Sociedad, Economía y Poder en un municipio castellano del antiguo régimen. El Burgo de Osma en el siglo XVIII”, Pedralbes, nº 10 (1990), pp. 225-234.

313 Vid. el importante estudio de Joël Saugnieux, Un prélat eclairé: don Antonio Tavira y Almazán (1737-

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y Peña, vicepresidente de esta Sociedad Económica. Muriel también se dio a conocer con

una sátira dirigida al abogado José Joaquín de la Cruz por haber intentado versificar El

delincuente honrado de Jovellanos. La polémica subsiguiente ha sido analizada

recientemente por Antonio Calvo Maturana y evidencia que la crítica literatura hacia 1800 era uno de los pocos espacios abierto para la crítica político-social. Muriel se revelaba como un firme partidario de la estética neoclásica y admirador de Moratín, Iriarte, Diderot, Condillac y Buffon. Igualmente parece haber sido un asiduo participante de la famosa tertulia ilustrada de la condesa de Montijo314.

El Burgo de Osma cayó bajo el control de las tropas afrancesadas en noviembre de 1808, lo que supuso que la villa castellana tuviera que someterse a los dictados de la administración bonapartista. Muriel juró obediencia a José Bonaparte y a principios de 1809 fue nombrado subdelegado de rentas eclesiásticas de la diócesis local. Ya acabada la guerra, dejó escrito en su solicitud de perdón que fue víctima de la “codicia y rapacidad” de los franceses y que llegó a ser “atado por el cuello” cuando entraron en la villa. La aceptación del cargo de colector de rentas la justificó a posteriori argumentando que en su lugar habrían nombrado un militar, lo que habría resultado todavía peor. Muriel se defendió diciendo que no había hecho nada más que acusar el recibo de su nombramiento, “mas como las pasiones estaban muy encendidas, este acto sólo de prudencia, por no decir de patriotismo, fue interpretado siniestramente”315.

Al poco tiempo de recibir este nombramiento, Muriel marchó a Madrid, ya para no volver. La documentación sugiere que probablemente consiguió la protección de Llorente y del militar y ministro de José I, Miguel José de Azanza. A partir de aquí, el abate afrancesado hizo méritos bajo el nuevo régimen: encargado del convento del Carmen Descalzo en Madrid, condecorado con la Cruz de Caballero de la Orden Real, y finalmente, canónigo de la catedral de Sevilla en 1811316. Su nombramiento, según el informe de Azanza al

conde de Montarco (ministro interino de Negocios Eclesiásticos) se debía a ser “un sujeto sabio, prudente, decidido por la causa del Rey y de toda mi confianza”317. En esas fechas parece haberse dado también su acercamiento a la masonería, al asistir a las sesiones de la logia de la Beneficencia Josefina, aunque más tarde afirmaría haber asistido a las reuniones sólo por curiosidad declarando que no vio nada contrario a la religión. En 1813,

314 Antonio Calvo Maturana, “La última versificación de «El delincuente honrado» de Jovellanos: una polémica literaria de Andrés Muriel en el ocaso del neoclasicismo”, Cuadernos Dieciochistas, nº 11 (2010), pp. 119-140.

315 Navarro Latorre, “Algunos materiales biográficos”…, pp. 964-968; vid. también José Luis Gómez Urdáñez, “El Burgo de Osma durante la Guerra de la Independencia”, Cuadernos del Bicentenario, nº 4 (2008), pp. 75-121.

316 Estos datos los confirma Moreno Alonso, El clero afrancesado… pp. 199, 243-244, 321

317 Archivo General de Simancas, Sección de Gracia y Justicia, leg. 1201. Carta del ministro Azanza al conde de Montarco, Madrid, 19 de septiembre de 1811. Citado por Luis Barbastro Gil, El episcopado

español y el alto clero en la Guerra de la Independencia (1808-1814): La huella del afrancesamiento,

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tras la derrota napoleónica, se unió al Estado mayor del general Stoult y les siguió en su huida de Sevilla318.

Con la restauración de Fernando VII, Muriel pasó a ser considerado como un colaboracionista del régimen napoleónico. Desde su exilio francés, durante el cual parece haber seguido los mismos pasos de Azanza, nuestro sacerdote se apresuró a enviar varias peticiones formales de perdón a la administración española. Si bien reconocía su equivocación al tomar partido, consideraba que “no he faltado por esto a mis deberes con mis conciudadanos, y si no he hecho mucho bien es porque no he podido hacer más”319.

Hacia 1820, Muriel se dio a conocer con un panfleto relativamente conocido entre los historiadores, titulado Los afrancesados o una question de política320. En dicho documento, hacía una defensa de la postura josefina, argumentando que él y los que le acompañaban habían actuado “con la esperanza de sacar a España del caos en que la habían sumergido tres siglos de opresión y de error”. Según Muriel, José I ofrecía una garantía ante el caos de desplegar las reformas que necesitaba el país

Los individuos que atrajo muy prontamente a su partido fueron los que ansiaban por las reformas políticas; y si no logró fijarlos todos en él, fue porque el horror de la invasión prevaleció en algunos sobre su amor a las buenas instituciones321.

Por todo ello, pedía también una reconciliación entre españoles para que hicieran frente a la restauración absolutista. El hundimiento del Trienio imposibilitó nuevamente su retorno a España. Muriel acabó por fijar su residencia en París, donde se vio con frecuencia con otros afrancesados notables en la tertulia del ex-inquisidor general Ramón José de Arce (1757-1844), protegido de Godoy322. Es importante remarcar que el panorama del exilio afrancesado es muy heterogéneo, ya que antes que un grupo con intereses definidos, eran un conjunto de individuos que apenas compartían el haber sido desterrados por colaborar con José I. Sus pretensiones no fueron las mismas, como se puede deducir del viraje que algunos hicieron hacia el liberalismo exaltado como Llorente o por la colaboración directa que algunos establecieron con el régimen fernandino aprovechando su residencia francesa, como el caso del influyente banquero Alejandro

318 Su testimonio se cita en un Memorial de masones que abjuran de de sus errores de 1815, cit. por José A. Ferrer Benimeli, “Clero afrancesado francmasón” en VV. AA. El clero afrancesado. Actas de la Mesa

Redonda (Aix-en-Provence, 25 de enero de 1985), Aix-en-Provence, Université de Provence, 1986, p. 145.

319 AHN, Estado, 5.244 cit. por Lopez Tabar, Los famosos traidores…, p. 133.

320 Los afrancesados o una question política, por D. A. M, París, Imp. de P. N Rougeron, 1820. Claude Morange y Alberto Gil Novales consideran que Muriel también fue el autor de un panfleto en defensa de los refugiados en 1817, con una argumentación parecida al de 1820. Claude Morange, Paleobiografía

(1779-1819) del “Pobrecito holgazán” Sebastián de Miñano y Bedoya, Universidad de Salamanca, 2002,

p. 326; Gil Novales, Diccionario biográfico..., p. 2131.

321 Las citas están sacadas de Artola, Los afrancesados… p. 65 y Barbastro Gil, Los afrancesados…, p. 56. Otros comentarios de esta obra en Dufour, “La emigración a Francia del clero afrancesado…”, p. 181; Moreno Alonso, El clero afrancesado…, pp. 546-547; Simal, Exilio..., p. 476.

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María Aguado. Además, la relaciones con los liberales exiliados desde 1823 serían muy recelosas al ser percibidos por estos como agentes encubiertos y delatores de la política represiva de Fernando VII323.

Muriel se dedicó en la década de 1823 a 1833 a la pluma, como tantos otros exiliados324. Se le ha citado como uno de los traductores al francés del testimonio de Sebastián de Miñano sobre el Trienio, que se publicaría como Histoire de la Revolution d'Espagne de

1820 à 1823 en 1824325. La amistad con Llorente parece muy plausible ya que Muriel colaboró por los mismos años en la misma Revue Encyclopedique con varias reseñas y algunos artículos sobre Moratín326. Fue en 1827 cuando salió a la luz su traducción de Coxe, impresa por los hermanos Bure, que habían ejercido anteriormente como bibliotecarios del rey327. Varios años después, en 1831, escribió una biografía muy elogiosa del militar Gonzalo O’Farrill, ministro de la Guerra con José I nacido en Cuba y exiliado también París328.

Esta actividad literaria parece haber estado conscientemente orientada a conseguir el perdón de Fernando VII. La traducción de Coxe habría sido fundamental en conseguir su nombramiento como Caballero de la Orden Carlos III, en noviembre de 1828, ya que en el expediente contenido en el Archivo Histórico Nacional el propio Muriel declaraba que el otorgamiento de esta condecoración era “por recompensa de mis méritos literarios”329. El 17 de marzo de 1829 se personó en la embajada de París para probar su “buena vida y arregladas costumbres” y certificar su pureza de sangre, tal como exigían los estatutos de la orden. Los testimonios que dieron fe era un variopinto grupo de militares y clérigos de bastante relevancia. Además del mismo O’Farrill, se encontraban: José Navarro Sangrán y Fernández Lizarraga (1762-1847), mariscal de campo depurado del ejército por

323 Jean-Philippe Luis, “La Década Ominosa y la cuestión del retorno de los josefinos”, Ayer, nº 95 (2014), pp. 133-153; Josep Fontana, De en medio del tiempo. La segunda restauración española 1823-1824, Barcelona, Crítica, 2013, pp. 102 y 202

324 Sus actividades intelectuales en el exilio han sido citadas brevemente por Juan López Tabar, “El rasgueo de la pluma. Afrancesados escritores (1814-1850)” en VV. AA., Sombras de mayo. Mitos y memorias de

la Guerra de la Independencia en España (1808-1908), Madrid, Casa de Velázquez, 2007, pp. 3-20; Jean

René Aymés, Españoles en París en la época romántica, Madrid, Alianza Editorial, 2008, pp. 144-157; Jean René Aymés, “Los «afrancesados» en París”, Fernando Martínez López, Jordi Canal, Encarnación Lemus López (eds.), París, ciudad de acogida: el exilio español durante los siglos XIX y XX, Madrid, Marcial Pons, 2010, p. 23.

325 Sebastián de Miñano, Histoire de la Révolution d’Espagne de 1820 à 1823 par un espagnol témoin

oculaire, Paris, J. G. Dentu, 1824, 2 vols.

326 Los artículos de Muriel en la Revue se enumeran en Navarro Latorre, “Algunos materiales biográficos…”, pp. 984-95.

327 Nicolás Bas Martín, A View from Abroad: Spanish Books in the Europe of the Enlightenment (Paris and

London), Brill, Leiden, 2018, pp. 58-59.

328 Notice sur D. Gonzalo O’Farrill, Lieutenat-Général des armées de S. M. le Roi d’Espagne: son ancien

ministre de la guerre, etc., Paris, Chez de Bure Frères, 1831.

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afrancesado y apoderado de los infantes Francisco de Paula y Luisa Carlota330; Francisco Javier María de Eguía (1760-1830), IV marqués de Narrós y químico formado en el Seminario de Vergara331; Joaquín de Ezpeleta (1788-1863), hijo del capitán general de la Isla de Cuba y combatiente contra los constitucionalistas en 1822332; Mariano Agustín, canónigo de la catedral de Palencia bajo el reinado de José I333; y finalmente, Elías Javier de Lanza, canónigo de Zaragoza también durante la ocupación francesa y secretario del ex-inquisidor Arce334. No podemos profundizar en la red de contactos de Muriel, pero lo que parece claro es que a la altura de 1829 estaba haciendo méritos para retornar a España al rodearse de estos ex-josefinos de posturas moderadas, como puede deducirse por la cercanía de José Navarro y Joaquín de Ezpeleta al infante Francisco, cuyo entorno agrupó a fernandinos molestos ante las presiones del grupo apostólico de Carlos María Isidro335. Según Navarro Latorre, a finales de 1833 se situaba en el bando de María Cristina y como defensor de los derechos de Isabel. Hacia 1838, publicó otra breve obra dedicada al siglo XVIII, el Gobierno del señor rey Carlos III, en que reproducía mucho de los argumentos ya contenidos en la traducción de Coxe. Sin embargo, esta obra era ante todo una edición del memorial del conde de Floridablanca de 1787 en que daba instrucciones para la Junta de Estado, documento conocido como Instrucción reservada336. No obstante, Muriel publicó una versión modificada del documento original, ya que el manuscrito conservado en el Archivo Histórico Nacional contiene 443 apartados y el de Muriel, 395. La versión de Muriel fue la que luego Antonio Ferrer del Río copió para sus Obras del conde de

Floridablanca de la Biblioteca de Autores Españoles en 1867337.

Vale la pena recordar que Godoy en sus memorias aparecidas en 1837 impugnó de manera muy tajante la edición de Coxe publicada por Muriel por las supuestas calumnias que

330 Vicente Alonso Juanola, “José Navarro Sangrán y Fernández Lizarraga”, en Diccionario biográfico

electrónico (en línea: http://dbe.rah.es/biografias/69470/jose-navarro-sangran-y-Fernández-lizarraga) 331 Justo Gárate, “El triunvirato Vergarés de los Amigos del País y la Familia Narrós”, Munibe, nº 4 (1971), pp. 445-456

332 José Luis Isabel Sánchez, “Joaquín de Ezpeleta y Enrile” en Diccionario biográfico electrónico (en línea: http://dbe.rah.es/biografias/9140/joaquin-de-ezpeleta-y-enrile)

333 Dufour, “La emigración a Francia del clero afrancesado…”, p. 159; Barbastro Gil, El episcopado

español y el alto clero…, pp. 74.

334 Dufour, “La emigración a Francia del clero afrancesado…”, p. 188; Barbastro Gil, El episcopado

español y el alto clero…, pp. 325.

335 Fontana, De en medio del tiempo…, pp. 304-305; Isabel Burdiel, Isabel II: no se puede reinar

inocentemente, Madrid, Espasa, 2004, p. 47-49; Antonio Manuel Moral Roncal, “Los límites de un mito

liberal: El Infante Don Francisco de Paula Borbón”, Trienio, nº 34 (1999), pp. 111-135

336 Andrés Muriel, Gobierno del Señor rey Don Carlos III, o, Instrucción reservada para dirección de la

Junta de estado que creó este monarca, París, Gerard-Baudry, 1838.

337 Es la misma edición que se reprodujo en 1952 en la BAE de la editorial Atlas y también en Floridablanca,

Escritos políticos. La Instrucción y el Memorial. Edición y estudio de Joaquín Ruiz Alemán, Murcia,

Edición de la Academia Alfonso X El Sabio, 1982, pp. 95-285. El original está en el AHN, Estado, leg. 2808 citado por Navarro Latorre, “Algunos materiales...”, p. 989.

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hacía sobre su ascenso a privado del rey Carlos IV338. Desde luego, la interpretación anti- godoyista expresada por Muriel permeó en la inmensa mayoría de la historiografía liberal339. No podemos precisar si para entonces ya estaba trabajando en su Historia de

Carlos IV o si fue en reacción a estos comentarios de Godoy que empezó a trabajar en

ella. Lo que sí parece claro es que la estuvo redactando hasta el fin de su vida. Durante mucho tiempo se ha mantenido que Muriel murió en París hacia 1840, pero José Antonio Escudero ha confirmado que falleció en España el 12 de noviembre de 1845 a los 69 años, concretamente en La Gallega (provincia de Burgos) donde vivía un hermano suyo,

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