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Ciencias bíblicas y Apología Ciencias bíblicas y Apología

radical fuera conducido a una “ortodo- xia común” fuera de la reflexión y re- interpretación del paulinismo mismo por los discípulos de Pablo, que for- man a la postre el Nuevo Testamento; y que el Nuevo Testamento es un gran pacto de la grandes iglesias (paulinas) con otros cristianismos asimilables, representados por escritos que habían aceptado las líneas básicas de reinter- pretación de Jesús por parte de Pablo de Tarso (incluso en el Apocalipsis o en la Carta de Santiago y el cuarto Evangelio).

Sostengo que sí tenemos pruebas de que Jesús de Nazaret fue reinterpreta- do por Pablo de Tarso, y que éste fue reinterpretado a su vez por sus discí- pulos. Y mantengo que quien cupo dentro de esta profunda reinterpreta- ción fue admitido en el Nuevo Testa- mento que formaron las iglesias pauli- nas. Hay que plantearse básicamente desde esta perspectiva –creo, o defien- do con la inseguridad natural de toda propuesta— que el surgimiento del Nuevo Testamento y del cristianismo que conocemos procede de un pauli- nismo básico y autodepurado o rein- terpretado. No hubo un cristianismo petrino probable por medio de textos y más allá de las anécdotas, no hubo

Gran Iglesia casi desde el principio a la que reconducir a Pablo. Los suce- sores de este fueron la Gran iglesia (expresión de Celso, el polemista an- ticristiano, cuya obra “El discurso verdadero” apareció hacia 170 d.C.: véase “Contra Celso de Orígenes V 61).

Formulo como hipótesis que debajo de este constructo de una línea de “pensamiento unido sobre Jesús” --> protoordoxia hay el miedo a recono- cer lo siguiente: No puede dudarse de que la autovaloración de Jesús es to- talmente distinta de la reinterpreta- ción de Pablo. No hay manera de lle- nar este hiato teológico e histórico. En el fondo sabemos que nuestra inter- pretación de Jesús depende de Pablo… es decir, de algo no histórico, sino fundado en el Cristo celeste. En- tonces se busca un lazo más firme con el Jesús histórico y Pablo y se encuen- tra en Pedro y en una tradición sobre Jesús “independiente” de Pablo: se in- venta el cristianismo petrino (del que no hay fuente alguna) y el germen de Gran Iglesia (del que no hay testimo- nio alguno) a los que es reconducido y suavizado el Pablo más radical. Fi- nalmente esa Gran Iglesia en el siglo II reúne a los cristianismos sinópticos, paulinos, johánicos judíos moderados etc. en un conjunto más o menos ar- mónico. Pero el vínculo de unión no es el paulinismo, sino el petrinismo que funda una Gran Iglesia exterior a Pablo y los paulinos más radicales. Pues bien: afirmo que toda esa cons- trucción (formulada por mí como hi- pótesis subyacente, y con las debidas reservas) no encuentra base alguna en un análisis sereno y crítico de los da- tos del Nuevo Testamento.

Y, tras esta “disceptación” o contro- versia, que deseo educada y cortés, vuelvo a la valoración total del libro presente de R. Aguirre: en conjunto recomiendo la lectura de los dos pri- meros capítulos de esta obra. Y la lec- tura precavida del tercer capítulo. En general, este pequeño libro debe ser calificado de “recomendable”. R

Otra obra en la que Rafael Aguirre es colaborador y editor (Verbo Divino).*

*. Índice y primeras páginas de esta obra: http://www.verbodivino.es/hojear/4406/asi-empezo-el-cristianismo.pdf

Formulo como hipótesis

que debajo de este

constructo de una línea de

“pensamiento unido sobre

Jesús” --> protoordoxia

hay el miedo a reconocer

lo siguiente: No puede

dudarse de que la

autovaloración de Jesús

es totalmente distinta de

la reinterpretación de

Pablo. No hay manera de

llenar este hiato teológico

e histórico. En el fondo

sabemos que nuestra

interpretación de Jesús

depende de Pablo… es

decir, de algo no

histórico, sino fundado en

el Cristo celeste. Entonces

se busca un lazo más

firme con el Jesús

histórico y Pablo y se

encuentra en Pedro y en

una tradición sobre Jesús

“independiente” de

Pablo: se inventa el

cristianismo petrino (del

que no hay fuente alguna)

y el germen de Gran

Iglesia (del que no hay

testimonio alguno) a los

que es reconducido y

suavizado el Pablo más

radical

USO Y ABUSO DE

“LA PALABRA DE DIOS”

Renato Lings

Doctor en teología, traduc- tor, intérprete y escritor. Fue profesor en la Univer- sidad Bíblica Latinoameri- cana (Costa Rica) e inves- tigador en la Queen’s Foundation for Ecumeni- cal Theological Education

(Reino Unido). Es miem- bro de varias asociaciones

interna- cionales dedica- das a la investigación aca- démica de la Biblia. PRIMERA PARTE DE TRES

Una lámpara para mi pie es tu palabra.

Salmo 119,105

¿Qué cosa es “la palabra de Dios”? En la actualidad muchos cristianos emplean el término para referirse a la Biblia. En determinados ambientes van más lejos, abreviando la frase y dejándola sencillamente como “la Pa- labra”. Como veremos más adelante, esto ocurre sin que exista una clara base bíblica para avalar tan arraigada costumbre. Por tanto, en el presente ensayo nos proponemos explorar bre- vemente los datos bíblicos y la evolu- ción histórica del tema con el fin de conocer el origen del moderno uso de “la palabra de Dios” como referencia a los Testamentos Hebreo y Griego (Antiguo y Nuevo).

Podríamos comenzar la indagación preguntándonos qué significa para los cristianos de hoy la Biblia. La pregun- ta es importante porque algunas con- clusiones que las personas sacan de los textos sagrados dependerán, sin duda, de su posición teológica o ecle- siástica. Lo cierto es que la notable tendencia a elevar la Biblia con todo su contenido a la categoría de palabra de inspiración divina confiere a sus páginas una autoridad indiscutible. Tanto es así que algunos creyentes es-

tán prácticamente dispuestos a afirmar que toda la Biblia tiene origen sobre- natural y que es, por consiguiente, “inerrante” o “infalible”.

Ahora bien, la historia de la iglesia cristiana está repleta de controversias relativas a la hermenéutica y rica en interpretaciones discutibles cuando no erróneas. El tema se hace agudo cuan- do enfocamos las traducciones equi- vocadas de determinados textos. Don- de se malogra o tergiversa la labor de los traductores, por la razón que sea, surge un grave problema: ciertos sec- tores pueden convertirse en víctimas de discriminación y de persecución. La larga tradición del cristianismo de- muestra que entre los grupos que más peligro corren están las mujeres y las personas LGTBIQ, tema que estamos explorando en otros contextos. Dada la proclividad en determinados ambientes eclesiásticos a tratar la Bi- blia literalmente como “la Palabra” que nos dejó Dios, merece la pena es- cudriñar sus páginas con el fin de ave- riguar si los autores de los textos sa- grados recurren a esta terminología y, en su caso, cómo la utilizan. A conti-

Diccionario

Bíblico

Crítico

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nuación veremos en qué escritos bíbli- cos aparece el dicho “palabra de Dios” y cuál era su significado en los siglos en que se redactaron. Posterior- mente trataremos de localizar el mo- mento, o el periodo, en que los cristia- nos empiezan a convertir la frase en nombre propio aplicable al conjunto del material bíblico. Hacia el final del presente ensayo reflexionaremos so- bre la consecuencia que tiene para la relación entre diferentes comunidades cristianas cuando algunos grupos y comunidades religiosas depositan en la palabra escrita y traducida su leal- tad plena y absoluta.

La palabra escrita

Algunas secciones dispersas de la Bi- blia parecen indicar que existen pala- bras sagradas escritas cuyo autor es Dios. El salmo 119,105 dice: “una lámpara para mi pie es tu palabra, luz para mi sendero”, y en el versículo 107 continúa: “guárdame conforme a tu palabra”. El contexto revela que el salmista recibió ciertas enseñanzas que para él equivalen a la palabra de Dios. En el mismo salmo, las frases “tu palabra” y “tu instrucción” se al- ternan con una serie de otros concep- tos como “tus caminos”, “leyes”, “preceptos”, “juicios” y “ordenanzas”. De estos vocablos, varios evocan los diez mandamientos que, según el libro del Éxodo, dictó YHVH a Moisés de- jándolos grabados en tablas de piedra (Éx 24,12; 31,18). De este modo, es

plausible que el salmista piense en las principales disposiciones recogidas en el Pentateuco.

Por su parte, Proverbios 30,5-6 expre- sa: “Todo enunciado de Dios es puro; él es un escudo para cuantos en él buscan refugio. No añadas nada a su palabra”. El contexto no nos permite saber a ciencia cierta el signficado de “enunciado” (imrah) y “palabra” (da- bar), pero nos imaginamos que se re- fiere a dos situaciones: (1) mensajes transmitidos por boca de los profetas y (2) textos y códigos con contenido jurídico-religioso.

Pasando ahora al Testamento Griego, vemos cómo “la palabra de Dios” se refiere en algunos momentos a los diez mandamientos. Tal parece ser el caso en Marcos 7 donde Jesús estable- ce un contraste entre dos conjuntos de preceptos. Por un lado menciona los preceptos o mandamientos de Dios (7,8-9) y “la palabra de Dios” (7,13) y, por otro, se refiere a las costumbres y tradiciones humanas (7,5.9). En Ro- manos 3,2 es donde Pablo afirma que a los judíos les tocó ser depositarios de “los oráculos” (logia) de Dios”. A juzgar por el contexto, el Apóstol piensa aquí en los cinco libros de Moisés dado que acaba de referirse en términos explícitos al tema de la cir- cuncisión (2,25-3,1). Como es bien sabido, tal intervención quirúrgica es un deber religioso que debe asumir todo creyente varón judío (Gén 17,10

y Lev 12,3). La práctica suscita un in- tenso debate en la iglesia primitiva como consta en Hechos 15 y la carta que dirige Pablo a los Gálatas.

El canon bíblico

Hacia el final del Apocalipsis (22,18-19), el autor del documento lanza una advertencia: “Yo testifico a todo el que escuche las profecías de este libro: Si alguno añade algo sobre esto, Dios echará sobre él las plagas que se describen en este libro. Y si al- guno quita algo a las palabras de este libro, Dios le quitará su parte en el ár- bol de la vida y en la ciudad santa”. Dada la posición privilegiada del Apo- calipsis como punto final de la secuen- cia de escritos bíblicos, algunos intér- pretes han pensado que la citada ad- vertencia se refiere a toda la Biblia en su conjunto. Desde este punto de vista, se entiende que nadie está auto- rizado para quitar o poner ninguna parte del contenido de los dos Testa- mentos.

Sin embargo, tal lectura está reñida con los datos que proporciona el mis- mo Apocalipsis. La introducción al li- bro explica con claridad que se trata de una carta dirigida a siete comunida- des cristianas concretas, todas ellas ubicadas en la provincia de Asia Me- nor (Ap 1,4-11; capítulos 2 y 3; 22,16). Por otra parte, debemos recor- dar que la incorporación del Apocalip- sis en el canon bíblico representa la culminación de un largo proceso de polémica entre los teólogos de la igle- sia primitiva. Históricamente hablan- do, fue éste uno de los últimos libros sagrados en obtener la suficiente ma- yoría de votos, por así decirlo, para quedar incluido en el Nuevo Testa- mento (Vanderkam 1998, 305). Por otra parte, es importante señalar que la severa advertencia insertada en Ap 22,18-19 se ajusta a las normas li- terarias del mundo antiguo. Se trata