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Es muy valiente

Aguirre, y

comparto su

crítica del

rechazo, sobre

todo entre

exegetas

españoles del

estudio histórico

de Jesús como

tarea ineludible y

que afecta a la

sociedad creyente

entera, que vive

en la

Ciencias bíblicas y Apología Ciencias bíblicas y Apología

NO CREO EQUIVOCARME MUCHO, cuando pienso que este último libro de Rafael Aguirre es un producto típico de la reflexión complexiva, interesan- te, y excelente por lo general, de un profesor jubilado, con muchos años de docencia e investigación a sus espal- das, que cree conveniente manifestar su pensamiento en cuestiones claves de una manera sintética y clara. El libro está dividido en tres capítulos. El primero aborda el tema de la exé- gesis (en líneas generales confesional) de nuestros días: qué se entiende por métodos críticos, la relación entre la explicación y la comprensión de los textos, tan antiguos y para algunos tan aparentemente lejanos a nuestros días, que los hace difícilmente comprensi- bles en sus detalles; la tensión entre crítica y fe, entre exégesis científica y lectura creyente de la Biblia, ciertos subterfugios que utilizan algunos apo- logetas, un tanto torpes, para huir de la crítica bíblica y la importancia deci- siva del lugar social del intérprete mismo.

El segundo capítulo trata de Jesús de Nazaret y lleva el título: “El replan- teamiento de las relaciones entre el Je-

sús de la historia y el Cristo de la fe”. Es más que interesante, pues Aguirre aborda los aspectos discutidos hoy día, sobre todo entre los investigado- res confesionales.

Y el tercer y último capítulo trata de describir un proceso histórico: el desarrollo ideológico y social del cris- tianismo primitivo. Para el autor es una necesidad actual ir a los orígenes para consolidar la identidad actual del cristianismo. Y aquí expresa con enor- me claridad el autor que se introduce en un mundo que la investigación ve cada vez más complejo y difícil: el cristianismo primitivo –en mi opinión– no fomenta precisamente una cómoda unidad, sino que empuja a la diversidad, naturalmente siempre en la línea de una reinterpretación ho- nesta del legado de Jesús. A este pro- pósito y a renglón seguido del autor, también a mí me encantaría que fuera verdad que se puede ser estudioso y creyente y –al revés— que se pueda ser un duro crítico, racionalista y ag- nóstico, y a la vez sensible a las “ver- dades” religiosas o simplemente hu- manísticas que ofrecen los textos sa- cros cristianos.

Para ir directos al grano, debo decir que me han gustado los dos primeros capítulos. Valoro la sinceridad con la que se enfrenta el autor a problemas en sí imposibles de solucionar satis- factoriamente, como la relación entre fe/creencia, o la actitud creyente ante el positivismo de la crítica histórica de los textos antiguos, que en nada tiene en cuenta la inspiración ni la fe, y que es súper racionalista, pedestre si se quiere, y en el fondo agnóstico. Por ejemplo, es loable el esfuerzo por aceptar las sugerencias de críticos no confesionales, como Fernando Berme- jo, al que cita repetidas veces, y del que acepta el cuestionamiento de la división –en el fondo apologética y que considera solo o casi solo la exé- gesis alemana o anglosajona– de la tí- pica división en tres fases de la histo- ria de la cuestión del estudio sobre el Jesús histórico en los últimos tiempos. Y me parece excelente que no com- parta Aguirre el criterio de los autores de tantísimos libros de exégesis super- ficial y ligera que eluden sistemática- mente ir –e intentar solucionar—los problemas fundamentales de los textos que “aclaran”. Me parece valiente por parte del Autor el tratamiento del tema, “vuelve aflorar el malestar (eclesiástico) ante la exégesis crítica” y cómo decididamente la defiende ante oponentes. Son oportunas las ob- servaciones de este libro sobre la si- tuación actual de los estudios bíblicos confesionales y, por ejemplo, su críti- ca a la exégesis llamada canónica (de Brevar S. Childs y seguidores), junto con su defensa de la aproximación so- ciológica al estudio del Nuevo Testa- mento y del cristianismo primitivo en general al que el autor ha dedicado buena parte de su vida.

Igualmente alabo la sabiduría y cono- cimientos amplios de Aguirre sobre el tema “Jesús histórico” y el estado ac- tual de su investigación; no está nada mal que admita que no todos son du- das e incertidumbres (por lo cual se debe uno acoger a la sola fe) en la in- vestigación actual, en la que se ha lle- gado ya a un consenso, al menos, en 12 puntos acerca del Jesús histórico (F. Bermejo presenta 26 en su doble artículo de la Revista Catalana de

Teología de 2005 y 2006 sobre la di- visión artificial de la historia de la in- vestigación sobre Jesús, aludido ante- riormente y del que he hablado mu- chas veces). Es muy valiente Aguirre, y comparto su crítica del rechazo, so- bre todo entre exegetas españoles del estudio histórico de Jesús como tarea ineludible y que afecta a la sociedad creyente entera, que vive en la super- ficialidad.

Escribe el Autor: “La imagen de Jesús que llega al gran público al margen de los circuitos eclesiales tristemente muy cerrados en sí mismos (pense- mos, por ejemplo, en el caso de las editoriales de libros religiosos en Es- paña), linda casi siempre con lo fanta- sioso cuando no en lo esotérico (hay excepciones muy notables” (pp. 99-100: los paréntesis son del Autor). Y es también valiente la aceptación de los intentos, fallidos, por explicar la resurrección de Jesús, desde un punto de vista histórico y que una cosa es “explicar históricamente el proceso que llevó a quienes habían conocido en vida al Jesús terreno a confesarlo como Cristo resucitado y otra diferente es dar con ellos este paso” (p. 120).

Pero debo confesar –como adelanté ya– que estoy bastante en desacuerdo en su descripción de los orígenes del cristianismo, es decir, de su proceso formativo. Aquí observo, desde mi punto de vista—de una reflexión tam- bién de muchos años en torno a la for- mación del cristianismo y el Nuevo Testamento— que lo que pinta Agui- rre en este libro es más bien una mera descripción de ese período formativo (desde digamos el año 30 o 33, mo- mento de la muerte de Jesús hasta el final del siglo II y comienzos del III, cuando el cristianismo tiene ya Escri- turas propias y se va desligando clara- mente de la matriz judía común con el judaísmo rabínico) que un análisis se- rio y objetivo –hay muchas afirmacio- nes sin probar– de nuestra casi única fuente para los momentos básicos, el Nuevo Testamento.

El análisis del Nuevo Testamento cuestiona, a mi parecer, la afirmación de una suerte de protoortodoxia (el

autor dice, ciertamente que esta no existe hasta finales del siglo II, pero supone que hay una cierta unidad des- de el principio que luego desembocará naturalmente en la “Gran Iglesia”). Sostiene Aguirre implícitamente –no hay pruebas– de ese fondo común de los diversos cristianismos (sinóptico, johánico, judeocristianismo de Santia- go, “el hermano del Señor” y colegas), paulinos, etc., que no es el paulinismo mismo, que va derrotando a otros cris- tianismos.

Llevo más de veinte años sosteniendo que el análisis del Nuevo Testamento demuestra que no tenemos testimonios de ningún movimiento “petrino” con una teología sobre la que podamos es- cribir libro alguno serio (hay mil anéc- dotas de Pedro, pero no una clara teo- logía); que no existe la pretendida Gran Iglesia hasta finales del siglo II, y que esta es paulina; que no hay prueba alguna de que el paulinismo

Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del

cristianismo primitivo. Asimismo es autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.

Antonio Piñero

LA MEMORIA DE

JESÚS Y LOS

CRISTIANISMOS

DE SUS ORÍGENES

UNA RESEÑA LITERARIA por el profesor A. Piñero

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que afecta a la

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entera, que vive

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radical fuera conducido a una “ortodo- xia común” fuera de la reflexión y re- interpretación del paulinismo mismo por los discípulos de Pablo, que for- man a la postre el Nuevo Testamento; y que el Nuevo Testamento es un gran pacto de la grandes iglesias (paulinas) con otros cristianismos asimilables, representados por escritos que habían aceptado las líneas básicas de reinter- pretación de Jesús por parte de Pablo de Tarso (incluso en el Apocalipsis o en la Carta de Santiago y el cuarto Evangelio).

Sostengo que sí tenemos pruebas de que Jesús de Nazaret fue reinterpreta- do por Pablo de Tarso, y que éste fue reinterpretado a su vez por sus discí- pulos. Y mantengo que quien cupo dentro de esta profunda reinterpreta- ción fue admitido en el Nuevo Testa- mento que formaron las iglesias pauli- nas. Hay que plantearse básicamente desde esta perspectiva –creo, o defien- do con la inseguridad natural de toda propuesta— que el surgimiento del Nuevo Testamento y del cristianismo que conocemos procede de un pauli- nismo básico y autodepurado o rein- terpretado. No hubo un cristianismo petrino probable por medio de textos y más allá de las anécdotas, no hubo

Gran Iglesia casi desde el principio a la que reconducir a Pablo. Los suce- sores de este fueron la Gran iglesia (expresión de Celso, el polemista an- ticristiano, cuya obra “El discurso verdadero” apareció hacia 170 d.C.: véase “Contra Celso de Orígenes V 61).

Formulo como hipótesis que debajo de este constructo de una línea de “pensamiento unido sobre Jesús” --> protoordoxia hay el miedo a recono- cer lo siguiente: No puede dudarse de que la autovaloración de Jesús es to- talmente distinta de la reinterpreta- ción de Pablo. No hay manera de lle- nar este hiato teológico e histórico. En el fondo sabemos que nuestra inter- pretación de Jesús depende de Pablo… es decir, de algo no histórico, sino fundado en el Cristo celeste. En- tonces se busca un lazo más firme con el Jesús histórico y Pablo y se encuen- tra en Pedro y en una tradición sobre Jesús “independiente” de Pablo: se in- venta el cristianismo petrino (del que no hay fuente alguna) y el germen de Gran Iglesia (del que no hay testimo- nio alguno) a los que es reconducido y suavizado el Pablo más radical. Fi- nalmente esa Gran Iglesia en el siglo II reúne a los cristianismos sinópticos, paulinos, johánicos judíos moderados etc. en un conjunto más o menos ar- mónico. Pero el vínculo de unión no es el paulinismo, sino el petrinismo que funda una Gran Iglesia exterior a Pablo y los paulinos más radicales. Pues bien: afirmo que toda esa cons- trucción (formulada por mí como hi- pótesis subyacente, y con las debidas reservas) no encuentra base alguna en un análisis sereno y crítico de los da- tos del Nuevo Testamento.

Y, tras esta “disceptación” o contro- versia, que deseo educada y cortés, vuelvo a la valoración total del libro presente de R. Aguirre: en conjunto recomiendo la lectura de los dos pri- meros capítulos de esta obra. Y la lec- tura precavida del tercer capítulo. En general, este pequeño libro debe ser calificado de “recomendable”. R

Otra obra en la que Rafael Aguirre es colaborador y editor (Verbo Divino).*

*. Índice y primeras páginas de esta obra: http://www.verbodivino.es/hojear/4406/asi-empezo-el-cristianismo.pdf

Formulo como hipótesis