cometer maldades
y urdir
pesadísimas
bromas que
suelen recaer
sobre el pobre
capitán Haddock.
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xenófobos o antidemocráticos. En China, Tintín lucha contra los abusos racistas, el imperialismo japonés y la corrupción de las potencias europeas. En América Latina, se enfrenta a los comerciantes de armas y a los milita- res golpistas. En el norte de África, combate a los traficantes de esclavos y en su propio país –cuyo nombre omite, pero cuyo parecido con su Bél- gica natal no deja lugar a dudas– de- fiende el derecho de los gitanos a es- tablecerse en lugares dignos y no en las proximidades de los vertederos, como suele suceder.
Tintín encarna el heroísmo en estado puro, la moral del perfecto boy-scout. No cambia ni envejece. Aficionado al senderismo, la gimnasia y el yoga, no fuma ni bebe –salvo en ocasiones muy especiales, como cuando hace acopio de valor para enfrentarse al pa- redón de fusilamiento en La oreja rota (1937). Cortés y extremadamente caballeroso, nunca flirtea con las mu- chachas. Poco a poco abandona su trabajo de periodista para hacer de de- tective o explorador. Nunca se preo- cupa por el dinero. Quizás Haddock compartió con él el tesoro de Rack- ham el Rojo descubierto en los sóta- nos del castillo de Moulinsart, pero Hergé omite estas cuestiones. No re- sulta fácil calcular su edad. En algu- nas viñetas parece un auténtico alfeñi- que, con la estatura de un niño, pero su madurez y su valor no se corres- ponden con su aspecto. En algún lu- gar, he leído que Tintín bordea los veinte años. Puede ser, pero su apa- riencia no coincidirá con esa edad hasta los últimos álbumes. Cuando en
Tintín y los Pícaros (1976) cambia sus bombachos por unos pantalones vaqueros, surge de inmediato la sos- pecha de que ha comenzado a prepa- rar su despedida. Tal vez Hergé inten- taba encajar el heroísmo en la infan- cia, cuando el ser humano aún no se ha asomado a los abismos del sexo y el desengaño, y su escasa experiencia le ha impedido caer en el cinismo.
Tintín es una especie de Sir Ga- lahad, pero sin armadura, siempre en busca de la pureza y el ideal. Quizás Tintín es el personaje menos interesante de la serie. Yo prefiero a Haddock, Tornasol o a cualquiera
de los villanos. El capitán Haddock es una creación extraordinaria, uno de esos productos de la imaginación que desbordan a su creador. Impaciente, malhablado (sus insultos son antológi- cos y, de hecho, han dado pie a estu- dios y recopilaciones), borrachín y pendenciero, irrumpe en el relato como un personaje lastimoso y algo canalla. No hay que olvidar que en El cangrejo de las pinzas de oro (1941) golpea a Tintín en la cabeza con una botella mientras pilota un avión. Poco después, hace una fogata en la barca en la que huyen, provocando un nau- fragio. No existía ninguna garantía de que el personaje reapareciera en aven- turas posteriores, pero Hergé advirtió sus posibilidades y lo incorporó a la serie. Con el tiempo, se convertirá en el amigo inseparable de Tintín y en el propietario de Moulinsart, un blasona- do castillo rodeado de bosques y con un fiel mayordomo, Néstor, que se ocupará de que nunca falte en el mue- ble bar Loch Lomond, el whisky pre- ferido de Haddock. Sus intentos de transformarse en un aristócrata fraca- sarán estrepitosamente. Viejo lobo de mar, será incapaz de adaptarse al mo- nóculo y a los paseos a caballo. Silvestre Tornasol es un inventor tími- do, cortés y entrañable. Precursor de la televisión en color, su sordera incu- rable deforma todo lo que llega a sus oídos, causando cómicos malentendi- dos. Estrambótico, despistado y tierno, acompañará a Tintín y a Had- dock en muchas de sus peripecias. Su enfrentamiento con Laszlo Carreidas, un mezquino magnate que ha instala- do cámaras secretas en su avión para hacer trampas mientras juega a los
barquitos, romperá brevemente su imagen de sabio amable y tranquilo, mostrando su frustrada vocación de pugilista. La curiosidad de Tornasol es inagotable. Su afán de conocimiento no excluye ninguna disciplina. De ahí que muestre el mismo interés por la conquista del espacio, las casas inteli- gentes o la botánica experimental. In- cluso llegará a fabricar un arma secre- ta que provocará su secuestro a manos de una nación centroeuropea, cuyos métodos recuerdan a las dictaduras co- munistas del otro lado del telón de acero. Surge de este modo una de las aventuras más apasionantes de la serie, El asunto Tornasol (1954– 1956), que despliega una intriga tan perfecta como las del mejor Hitch- cock, empleando técnicas cinemato- gráficos, como los planos generales, los primeros planos y los planos de conjunto. Su atmósfera está a medio camino entre 39 escalones (1935) y
Alarma en el expreso (1938). Algunas páginas también recuerdan el clima opresivo de Cortina rasgada (1956), estrenada ese mismo año. Al final de la aventura, Tornasol destruye los pla- nos de su invento en un alarde de sen- tido común y generosidad. No hay nada sorprendente en este gesto, pues, además de un científico, Tornasol es un sentimental que cultiva rosas y que no duda en arriesgar su vida para res- catar a Bianca Castafiore -a la que ama en secreto- de las manos del ge- neral Tapioca, un viejo enemigo que les ha tendido una trampa en San Theodoros. San Theodoros, que ya ha- bía aparecido en La oreja rota, es una república bananera de América del Sur que puede identificarse con cual-
quiera de las dictaduras militares de los años setenta. Hergé muestra que la caída del general Tapioca no resuelve los problemas sociales. Aunque cam- bien los gobiernos, la miseria persiste en forma de chabolas rigurosamente custodiadas por la policía.
La Castafiore es una soprano lírica que goza de reconocimiento mundial, pero su talento no agrada demasiado a Tintín, ni a sus amigos. Ignoro si esta circunstancia tiene algo que ver con los gustos -o las fobias- de Hergé. El supuesto idilio de la diva con Had- dock dará lugar a uno de los álbumes más divertidos del ciclo, Las joyas de la Castafiore (1962). Se trata de una comedia chispeante que recuerda las películas de equívocos y puertas fal- sas. Las confusiones telefónicas y la sordera de Tornasol alcanzan en esta aventura unas proporciones desmesu- radas. Un escalón roto del palacio de Moulinsart inmovilizará a Haddock en una silla de ruedas, impidiéndole rehuir la visita de la Castafiore, que insiste en llamarlo “Bartock”, “Kap- pock” o “Kodack”. Los nervios del pobre capitán bordearán el colapso en las semanas siguientes. Nunca se le había visto tan enfadado e irritable. La presencia de Serafín Latón, un pelma- zo insoportable que vende seguros, no contribuirá a mejorar la situación. Hergé se propuso urdir una historia donde no sucediera apenas nada y que, sin embargo, lograra atrapar el interés del lector. El resultado fue una peripecia hilarante que se resuelve de un modo trivial. Las joyas robadas aparecen en el nido de una urraca y
las pesquisas de Hernández y Fer- nández se revelan una vez más como un monumento a la idiotez humana. Su estulticia los emparenta con Bouvard y Péuchet. Hergé se basó en su padre y su tío para componer su aspecto: traje negro, bombín pasado de moda, bastón de paseo, mostachos de morsa. Su incorregible estupidez produce una calamidad tras otra. Su- fren caídas, intoxicaciones, palizas, linchamientos, pero no despiertan lás- tima. Sus penalidades son un tributo al cine mudo, con su humor de apa- riencia inocente, pero con un fondo cruel y despiadado.
En Vuelo 714 para Sidney (1967), Rastapopoulos, el enemigo tradicional de Tintín desde Los cigarros del fa- raón (1934), se convertirá en un bufón patético que provoca tanta lástima como irrisión. Vestido de cow-boy (camisa rosa con dibujos de fantasía, botas tejanas y sombrero de ala ancha), sufrirá un percance tras otro hasta quedar hecho un guiñapo. Su duelo con el magnate y filántropo Laszlo Carreidas bajo los efectos del suero de la verdad no tiene desperdi- cio. Ambos rivalizan en bellaquería, mostrando lo borrosas que pueden lle- gar a ser las distinciones morales. Bajo el aspecto respetable de Carrei- das, se esconde un canalla redomado que mató a su tía a disgustos y que culpó a la criada de sus pequeños hur- tos domésticos, sin preocuparse de que la echaran a la calle. Aficionado al ocultismo, Hergé introducirá en la aventura un platillo volante proceden- te de una civilización alienígena. Se- cuestrado por los extraterrestres, Ras- tapopoulos desaparecerá definitiva- mente de la serie. Tal vez, su carrera criminal haya continuado en otras ga- laxias y ahora esté preparando su re- greso.
El genio de Hergé se manifiesta tam- bién en los personajes menores, como Abdallah, el mimado hijo de un emir que, a ojos de su padre, es “un pasteli- to de miel”, “un corderito de azúcar”, pero que no cesa de cometer maldades y urdir pesadísimas bromas que suelen recaer sobre el pobre capitán Haddock. Todos los personajes de las aventuras de Tintín aparecen en las páginas preliminares de cada álbum, formando una galería que evoca los retratos colgados de las paredes de un castillo. Mi niñez queda muy lejos, pero cada vez que contemplo esas imágenes siento que recupero frag- mentos de esos años: la aparición de mi madre –sonriente y risueña- con la merienda en una bandeja; las peleas inofensivas con mi hermana, inevita- bles por la diferencia de sexo y edad; los paseos con mi padre por el Parque del Oeste, explicándome por qué los pieles rojas no eran los malos en Tin- tín en América, algo difícil de enten- der para un niño de ocho años que ju- gaba a indios y vaqueros. Tintín y yo
hemos pasado juntos muchas horas. Con el tiempo, he comprendido que Hergé tenía razón cuando decía que las aventuras de su personaje eran ap- tas para niños de siete a setenta y siete años. Yo ampliaría ese margen hasta el límite más remoto de la existencia humana. La idea de morir no es muy estimulante, pero ya que se trata de una cita ineludible, no me importaría dar el último suspiro con un álbum de Tintín entre las manos, mientras escu- cho el “Aria de las joyas” del Fausto de Gounod. Si lo canta “el ruiseñor milanés”, no descarto la posibilidad de resucitar con los gritos del capitán Haddock, vociferando: “¡Rayos y truenos!, ¡Mil millones de mil millo- nes de naufragios!”. R
El genio de Hergé
se manifiesta
también en los
personajes
menores, como
Abdallah, el
mimado hijo de
un emir que, a
ojos de su padre,
es “un pastelito de
miel”, “un
corderito de
azúcar”, pero que
no cesa de
cometer maldades
y urdir
pesadísimas
bromas que
suelen recaer
sobre el pobre
capitán Haddock.
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