¿Puede existir un amor que no exija nada a su objeto?
Confucio
La anatomía del corazón humano es maravillosamente emblemática, tanto de nuestra evolución corporal como de nuestra evolución espiritual. El corazón fetal atraviesa cuatro etapas claramente definidas, en cada una de las cuales se vuelve más complejo, más humano. En la primera atapa evolutiva, el corazón fetal tiene la forma de tubo y se parece al corazón de un
pez. En la siguiente etapa, se divide en dos cavidades y se parece al corazón de una rana. Después se divide en tres cavidades, lo que es típico de los reptiles, como las serpientes y las tortugas. En la última etapa, se transforma en el órgano de cuatro cavidades típico de los mamíferos de sangre caliente y de los humanos, el cuarto nivel de poder.
Para ser un intuitivo de sangre caliente del cuarto chakra hace falta valor. Para tener un corazón completo, tenemos que madurar, y algunas personas lo hacen más deprisa que otras. Muy pocas personas nacen rebosantes de compasión, generosidad y un deseo acuciante de hacer el bien a los demás.
Venimos al mundo con el potencial de convertirnos en eso, pero para desarrollar ese potencial necesitamos maestros, mentores y modelos que nos mimen, nos guíen y nos sirvan de ejemplo, así como creer en nuestra capacidad para sobrevivir en este mundo.
A medida que vamos madurando, también desarrollamos una idea de Dios cada vez más sofisticada. La mayoría de la gente empieza viendo a Dios como una fuerza protectora, castigadora y vengativa. Invocamos a Dios para que proteja a nuestra familia, a nuestros seres queridos, e incluso nuestras pertenencias, todas ellas preocupaciones del primer, segundo y tercer chakras. Llamamos a Dios para que nos ayude a sobrevivir y para que nos guíe cuando nos equivocamos. Al principio, el nuestro es un Dios de bienes materiales. Hasta nuestras plegarias y rituales reflejan ese deseo de protección material. Oramos: «Dios, bendice mis bienes, por favor, concédeme más bienes materiales, protégeme a mí y protege mis bienes, mi tribu, mi pareja, mis negocios, mi dinero; haz que tenga éxito y que me sienta seguro.» Cuando nos sentimos decepcionados, nuestra reacción automática es: «¿Por qué no me ayuda Dios?» o, para aquellos a quienes les gusta ponerse dramáticos: «¿Por qué me castiga?»
Cuando empezamos a ver nuestra vida simbólicamente y examinamos nuestro propósito espiritual, iniciamos una transformación de una vida basada en el temor de Dios a una vida interior, espiritual. Y nuestra fuerza intuitiva y espiritual se empieza a expandir.
La palabra clave del cuarto chakra es, como cabría esperar, «amor», aunque este vocablo apenas permite aprehender toda la magnitud de este centro energético. En la tradición hindú, el cuarto chakra es la energía del auténtico sonido de la creación. El hecho de tomar conciencia de las
necesidades de otras personas y de responder a ellas también posee la energía primordial de un acto de creación: al responder a sus necesidades, estabilizamos su espíritu, les transmitimos la confianza para seguir adelante y catalizamos un nuevo principio en sus vidas. El amor a nuestra vida, a nuestro trabajo y a nuestra familia también cataliza fuerzas creativas y nuevas oportunidades.
Al contactar con el corazón de otra persona, reconocemos la presencia de Dios en ella. El cuarto chakra es el verdadero centro de poder de nuestra anatomía energética; es el centro físico de nuestro ser espiritual y corporal. El lema de este chakra es «El amor es poder divino.»
El encuentro entre dos personalidades es como el contacto entre dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman.
Carl G. Jung
Una carta escrita por Jack Z. describe con gran belleza la intuición de cuarto chakra en acción: «Tengo muchos recuerdos especiales y mágicos sobre mi padre. Uno de mis recuerdos favoritos es su generosidad silenciosa. Nunca alardea públicamente de lo que hacía por los demás. Simplemente, hacía multitud de cosas buenas y generosas, ensenándome, entre otras sabias lecciones, que la vida se puede vivir como una oración convertida en acción. Cada día de Acción de Gracias, por ejemplo, metí adinero en un sobre y se lo daba a mi tío, que tenía una tienda de alimentación. Le decía que llenase una cesta con todos los alimentos esenciales para una comida de Acción de Gracias y que buscara a una familia necesitada y se la entregara. Nunca quiso que esas familias supieran que era él su ángel del día de Acción de Gracias. Yo había mantenido esa tradición por amor a mi padre y también porque creo que tenemos que compartir nuestra abundancia con los demás. Pero el pasado día de Acción de Gracias, por algún motivo, olvidé el ritual. La fiesta llegó y pasó y no fue hasta dos días después que me di cuenta de que me había olvidado de la tradición. De hecho, me entró el pánico porque sentí que le había fallado a mi padre y había roto una antigua tradición. En la intimidad de mi corazón, envié un mensaje a mi padre a través de mis pensamientos, preguntándole qué debía hacer. Más tarde en aquel mismo
día, vi a un hombre que miraba fijamente un tren en el aparador de una tienda de juguetes decorado con motivos navideños. Supe inmediatamente que le encantaría poderle comprar aquel tren a su hijo. Entré en la tienda y compré el tren para aquel hombre. Pagué al dependiente y le pedí que invitara a aquel hombre a entrar en la tienda y que le dijera que “alguien” había querido que tuviera aquel tren. El hombre se quedó boquiabierto, absolutamente anonadado. No dejaba de decir: “Pero… ¿quién…, quién haría algo así? ¡A mi hijo le hacía tanta ilusión tener este tren! ¿Quién ha hecho esto por mí?” Dejé la tienda lleno del espíritu de mi padre y con una inmensa gratitud por haberme enseñado, con su ejemplo, cosas tan importantes.»
La intuición de cuarto chakra nos permite sentir la salud emocional de otras personas. Nuestro corazón y nuestra energía nos ayudan a abrirnos a un problema espiritual disfrazado de problema físico. Por ejemplo, una respuesta del cuarto chakra a una crisis financiera sería profundamente compasiva, en oposición a una respuesta del segundo chakra, que consistiría en ayudar a alguien porque es algo correcto y ético. Ambas respuestas están motivadas espiritual y emocionalmente, pero es fácil percibir la diferencia.
Una vez, cuando estaba en Londres, se me acercó un joven finlandés que estaba muy nervioso porque acababa de perder el autobús para el aeropuerto. Su inglés era bastante malo (por si a alguien le interesa, mi finlandés es nulo) y temía perder el avión. Estaba llorando y me pude imaginar que le resultaba sumamente difícil pedir ayuda. Tuve una reacción muy sentida ante aquella situación —aquel joven me recordaba mucho a mi sobrino—, de modo que paré un taxi, le di 100 dólares y pedí al conductor que llevara al joven al aeropuerto.
Independientemente de a qué juegos jueguen con nosotros, no debemos jugar a ningún juego con nosotros mismos.
Ralph Waldo Emerson
El matrimonio —unión espiritual— es el símbolo y el sacramento del cuarto chakra. Pero la tarea simbólica que debemos afrontar cada uno de nosotros es utilizar la energía de nuestro corazón para reconocer cualidades divinas en cada persona que entra en nuestras vidas. Y, al igual que con el
tercer chakra, primero hemos de aplicarnos la energía a nosotros mismos: debemos amarnos y respetarnos a nosotros mismos para poder unir nuestro espíritu al de otras personas.
En el cuarto centro energético es también donde reside la compasión, por nosotros mismos y por los demás. La mayoría de las personas se sienten más cómodas con las expresiones de autovaloración propias del segundo y tercer chakra que con el amor a sí mismas. Por ejemplo, recompensarse a uno mismo con un postre o algún otro privilegio después de un mal día es una forma de cuidarse completamente aceptable. Pero amarse a uno mismo y comprometerse a honrar y a respetar a la persona que uno es y su propósito resulta sumamente difícil, porque mucha gente teme que esto suene a narcisismo. Pero, del mismo modo que hacemos el voto o promesa solemne de honrar a la pareja en el matrimonio, debemos hacer votos personales que nos sirvan como indicadores emocionales y espirituales. Por ejemplo, podríamos acordar de una manera un tanto cósmica vivir preparados para ciertas situaciones que pueden surgir, y prometernos que: «nunca podría ignorar los llantos de un niño» o «nunca me perdonaría si no ayudara a un amigo». Éstas no son sólo declaraciones conmovedoras, sino promesas que son escuchadas y registradas, y que le dicen al universo que nos utilice para cumplirlas. Las promesas personales son un reconocimiento de que somos conscientes de lo que es fundamental para nuestro bienestar emocional y para nuestro propósito espiritual.
Los votos del corazón, como los del matrimonio, mantienen al corazón permanentemente sintonizado con ese compromiso. Para ello, hace falta valor. Un compromiso basado en el corazón, en el cual una persona acuerda de una manera un tanto cósmica vivir preparada por si surgiera una situación que ajustara a su compromiso, podría incluir «nunca podría desoír el llanto de un niño» o «nunca me perdonaría si no ayudara…». Éstas no son sólo declaraciones conmovedoras. Son promesas que el universo escucha y registra; y que le dicen al universo que nos utilice para cumplirlas.
La siguiente carta es un ejemplo enternecedor del poder de una promesa del corazón. Artemis E. escribe: «Hace mucho tiempo, hice un curso sobre crecimiento personal al que asistimos treinta alumnos. Me catalogaron como “acaparadora”, alguien que siempre mira primero por su propio interés, que nunca comparte nada con los demás, una persona yo-yo-yo. Desde entonces, me comprometí a practicar la generosidad. Después estuve
trabajando la idea de crear abundancia y de llevar un registro de las cosas por las que estaba agradecida. Decidí que quería compartir mi abundancia con los demás. Al principio limité este deseo a mis amigos y familiares, pero luego lo extendí a todo el mundo. Abundancia significa mucho más que dinero; significa compartir mis dones, mi conocimiento, mi amabilidad, mi amor. El otro día, cuando iba de compras, vi un par de guantes realmente preciosos en una tienda de moda. Yo tenía que tener aquellos guantes, pero, cuando me acerqué al mostrador, vi a dos mujeres vestidas con ropas muy humildes admirando los guantes. Les pregunté sus se los iban a comprar y me contestaron que sólo habían venido a hacer una visita a una amiga que trabaja en la tienda. Cuando se fueron a la parte delantera de la tienda, le compré un par a cada una. Una de las mujeres se anotó inadvertidamente mi número de teléfono, que figuraba en la funda de mi tarjeta de crédito, y me llamó para decirme: “Hola señora, Dios la ama.” ¡Qué curioso!, ¿verdad?»