Debes dedicar algo de tu tiempo al prójimo. Aunque sea algo pequeño, haz algo por los demás, algo por lo que no obtengas más recompensa que el privilegio de hacerlo.
Albert Schweitzer
La valentía reside en el tercer chakra. En algún punto de nuestro heroico viaje, tendremos que arriesgar nuestra seguridad personal y aceptar las consecuencias de nuestros actos. El personal militar lo hace cada día, al
igual que las personas que trabajan en los servicios sanitarios al cuidado de pacientes con enfermedades contagiosas.
Hace pocos años, mientras estaba dando clases en Suráfrica, conocí a un joven que había dejado su trabajo como médico en su ciudad natal, Amsterdam, para trabajar como voluntario en África al cuidado de enfermos del sida. Dejó su casa con treinta y un años porque sintió la llamada de servir a los necesitados. Su familia se opuso radicalmente, no sólo porque se trasladaba a un área políticamente inestable, sino porque iba a trabajar cada día con personas afectadas por una enfermedad crónica y a menudo fatal. Pero él creía firmemente en que, junto con aquella llamada personal y espiritual de servir a los demás, en su Contrato Sagrado se había incluido una gracia especial de protección. Hizo hincapié en que:
—Si Dios me quisiera muerto, no se preocuparía por enviarme a Suráfrica. Podría haber organizado fácilmente un accidente en Amsterdam para ahorrarme el billete de avión.
Me quedé maravillada ante su devoción y su humildad. Es obvio que no estaba intentando emular a Albert Schweitzer o a la madre Teresa de Calcuta, pero tenía el mismo tipo especial de energía sanadora y reconfortante.
A veces, por descontado, el hecho de seguir la llamada de ayudar a otros implica exponernos al peligro. Recordemos que ni el mismo Jesús garantizó una vida fácil y pacífica a sus discípulos. Algunos rescatadores altruistas que se han lanzado a salvar a personas que se estaban ahogando se han ahogado en el intento; miembros del personal médico y religioso mueren en las guerras junto con los soldados a quienes sirven. Y, por supuesto, el personal militar muere mientras está cumpliendo con su deber tanto en guerras «justas» como en guerras «injustas». Estas tragedias nos hacen cuestionar la justicia y la compasión del universo porque estas personas no merecían morir. Pero yo mantengo que debemos eliminar la palabra merecer de nuestro vocabulario, una palabra del tercer chakra que sólo procura sufrimiento. Hay demasiadas personas que se resienten por la buena suerte que tienen otros y se atormentan porque sienten que ellos o sus familias no tienen lo que se merecen.
Job se quejó ante Dios porque no merecía el sufrimiento que le había enviado, pero al final se redimió al confiar en que una sabiduría muy superior a la suya estaba obrando tras las escenas de su vida.
Si caes en un lugar es porque Dios te empujó allí. Proverbio nigeriano
Supongamos que hemos sido bendecidos con una idea brillante que nos encantaría poner en práctica, pero necesitaríamos muchísima ayuda para hacer realidad nuestro sueño. Supongamos que Dios nos enviara una solución nada convencional: un desconocido sin referencias, abogado ni contratos. ¿Seríamos capaces de llegar a un acuerdo en tales condiciones? Tal vez sí, si supiéramos leer con claridad las señales de nuestra intuición y tuviéramos el coraje de ser files a nuestras convicciones. El autor de la siguiente carta, Fortester D., sigue estando agradecido a una desconocida que se le acercó y decidió, sin más apoyar su sueño de abrir un gimnasio.
Después de montar su gimnasio, Forester no conseguía atraer a suficientes clientes, de modo que, para mantenerlo abierto, tuvo que hipotecar dos veces su casa. «Y después vendí mi casa, mis muebles y mi camión. Sobre todo, me extrañaba que la gente no se animara a apostar por una vida más sana en mi precioso gimnasio. Me gasté unos quince mil dólares en publicidad y entonces pensé: “La respuesta debe estar en el tamaño”. De modo que me trasladé a una parte más concurrida de la ciudad, tripliqué el tamaño del local y alquilé más material. ¿Necesito explicar cómo se sentía mi estómago [tercer chakra] mientras hacía todo eso? Ahí estaba yo, teniendo que pagar 175.000 dólares en concepto de alquiler de material y el triple en concepto de gastos de funcionamiento. Empecé a cuestionarme por qué tenía que insistir en obtener el certificado de mayor prestigio, compadecerme de las personas que no están en forma y tener un gimnasio espectacular con duchas individuales, fototerapia, una decoración impecable y una cocina para hacer sopas saludables y llevarlo todo yo solo, dedicando de catorce a dieciséis horas al día.»
Al finar, Forester tuvo que afrontar sus pérdidas. «Llamé a mis proveedores para hablar sobre la devolución del material alquilado. Llamé al banco para evitar la quiebra y a mi gestor. Y después llamé a mi querida amiga E. Lotz, quien había encontrado el precioso solar para montar el gimnasio, un solar que ahora tendría que abandonar. Supongo que llamé a E. porque su nombre tenía una curiosa resonancia aquel día: E. Lotz… lote…
mmm. Le dije que me daba por vencido. “Venga… —dijo ella— no tiremos todavía la toalla. Déjame hacer antes una llamada.” Al cabo de unas tres horas recibí una llamada de una mujer cuyo apellido era Powers-Keyes [Poderes-Llaves] que me dijo que estaba interesada en abrir un gimnasio para mujeres. Congeniamos inmediatamente y ahora somos socios. El gimnasio está salvado, y en muchos sentidos, también lo estamos ella y yo.»
Pensemos por un momento en toda la coreografía cósmica que tuvo que tener lugar para que este sueño pudiera hacerse realidad. ¿Y si alguno de los dos socios hubiera tenido demasiado miedo para actuar con la extraordinaria velocidad de la intuición, y hubiese preferido llevarlo todo a la velocidad de la lógica, el papeleo y el miedo? Obviamente, la inversora creyó lo suficiente en su fuerza y su intuición como para no desperdiciar una oportunidad que para ella fue intervención de la gracia del mismo modo que lo fue su inversión para Forester concluyó su correo electrónico con un párrafo muy inspirador sobre cómo ve él su misión para sanar e inspirar a los demás:
Visión clara: promete perseguir tu meta honrando tu viaje con la integridad de tu palabra. Cree en el poder de tu capacidad para percibir una meta, y después en tu camino hacia esa meta, incluso en las partes más difíciles. Alaba tus esfuerzos. Aquellos que tienen la capacidad de ver más allá de lo temporal reciben su recompensa. Promete honrar tu viaje en cuanto obtengas los resultados de un plan productivo y consciente. Tu capacidad sólo estará limitada por tu facultad de creer que el cambio es posible.
Dios nos da oportunidades para que veamos en qué medida nuestro espíritu está aprisionado por las elecciones y consecuencias del pasado. La intuición puede ayudarnos a trascender la confusión de la programación tribal y evaluar a las personas y las situaciones en el presente, sin el lastre de viejas asociaciones y creencias. La mente aportará razones, cicatrices emocionales, una letanía de experiencias personales positivas y negativas, mientras que la intuición evaluará la energía del momento. A fin de cuentas, lo que queremos es tratar cada oportunidad como un potencial para un nuevo principio. Esto nos llegará de un fuerte sentido del yo y de un espíritu en equilibrio —autorrespeto— y nos dará el coraje de mirar hacia delante y avanzar.
La seguridad es principalmente una superstición. No existe en la naturaleza… La vida es o bien una osada aventura o no es nada.
Helen Keller
La valentía influye sobre lo que estamos dispuestos a hacer por nosotros mismos y por los demás. Muchas veces nos encontramos en situaciones en que el hecho de tender la mano a otra persona representa un desafío a las normas o la voluntad de nuestra tribu. En tales coyunturas, debemos decidir si tenemos el valor de actuar siguiendo los dictados de la intuición o si reprimimos esos dictados por miedo al juicio de nuestra tribu o al ridículo. Una mujer nos aportó exactamente este tipo de experiencia y demostró que hasta el menor acto de servicio o compasión implica valentía. Su relato también muestra que las consecuencias de las elecciones osadas, sean en el ámbito personal o profesional, perduran para siempre.
K. escribe: «Soy sargento de policía y tuve esta experiencia cuando tenía veintitrés años y acababa de entrar en el cuerpo de policía. Estaba haciendo el turno de noche y fuera hacía mucho frío. Me enviaron, junto con un policía veterano, a un solar vacío donde encontramos una pareja de mendigos y el personal paramédico del cuerpo de bomberos. La mujer no se encontraba muy bien y le busqué un lugar para que pasara la noche, pero en aquel albergue no admitían hombres y los dos querían estar juntos. No sabía qué hacer, de modo que le di al hombre un dólar y 25 centavos. Los envié a un bar-restaurante que estaba abierto toda la noche para que pudieran tomarse dos cafés por un dólar, y le dije al hombre que utilizara los 25 centavos para llamarme en el caso de que el estado de la mujer empeorara. La pareja se dirigió hacia el bar-restaurante y mi compañero me llamó la atención por haberles dado dinero. Me preguntó si iba a darles dinero a todos los mendigos que me encontrara. Yo me fui de allí pensando que no había sabido llevar la situación.
»Meses después, cuando estaba haciendo otro turno, unos compañeros pidieron refuerzos para detener una pelea callejera. Cuando me presenté, reconocí a uno de los implicados como el mendigo de aquella noche. Cuando me vio, dejó de oponer resistencia. Los agentes lo llevaron a la comisaría de policía y lo condujeron al calabozo. El hombre empezó a gritar y a
desobedecer, pero, en cuanto me vio, dejó de hacerlo. Yo no establecí ninguna relación entre su cambio de actitud y mi presencia hasta que otro oficial de policía se lo preguntó y él le explicó lo del dólar y 25 centavos. Mientras lo llevaba a la cárcel de condado, le pregunté por qué era un alcohólico y él me comentó que antes vivía en Nueva York con su mujer, que era enfermera. Un día, cuando ésta volvía del trabajo, unos niños tiraron un ladrillo contra su coche. El ladrillo le rompió el parabrisas y ella murió al chocar contra otro coche. Él era electricista, pero después de aquello, se volvió alcohólico. La última vez que supe de él fue porque me envió un mensaje a través de otro agente de policía. Quería que yo supiera que estaba viviendo en un apartamento y trabajando de nuevo como electricista. Siempre que pienso en esa historia, me acuerdo de las palabras: “Allí sólo voy por la gracia de Dios”, y ha aprendido que en la vida la amabilidad importa.»
Melisa F. escribió sobre su miedo a las personas que viven en la calle, que estaba arraigado en su propia inseguridad: «Para mí, los mendigos han sido un reto desconcertante. Yo solía dar limosna bastante a menudo, pero después de unas cuantas experiencias negativas, empecé a sentirme “estafada”. Después atravesé un periodo en que era abiertamente desagradable con ellos y les decía que me dejaran en paz con malos tratos antes de que pudieran dirigirme la palabra. Traté mal a un mendigo delante de una amiga mía, que para contrarrestar mis desagradables comentarios, le dio unas monedas. Cuando el mendigo se hubo ido, mi amiga me explicó que aquel hombre era de un refugio donde les obligaban a llevar donativos si querían tener un sitio donde dormir. Me sentí fatal por haber sido desagradable con un pobre hombre que sólo intentaba asegurarse un lugar dónde pasar la noche. Empecé a ver que estaba siendo tal maleducada con esa gente porque mi situación financiera no distaba mucho de la suya. Tenía miedo de acabar convirtiéndome en una mendiga y estaba intentando luchar contra mi propio terror a la pobreza total. Ahora les doy lo poco que puedo darles. También les dedico una oración y les deseo lo mejor.»
Liberarnos de las expectativas ajenas, para volver a darnos a nosotros mismos, ahí reside el gran singular poder del autorrespeto.
El temor a las opiniones ajenas puede ser una fuerza controladora sumamente real. Mucha gente reprime su guía intuitiva por miedo a cómo les juzgarán los demás. En la siguiente carta, Mattew G. tuvo que encontrar la valentía en su interior para ayudar a una persona, a pesar de que imaginaba lo que podrían pensar los demás. «Una noche, al salir de la facultad de camino al gimnasio, oré en silencio (aunque no se trataba de una oración propiamente dicha, porque yo no soy de esas personas dadas a los rezos, yo sólo hablo conmigo mismo y deseo que las cosas vayan mejor) y deseé que me llegara una oportunidad para demostrar la bondad de mi espíritu.
»Aproximadamente un minuto después, vi a un hombre que venía hacía mí con la cabeza gacha, tambaleándose un poco; parecía como si las piernas le fueran a fallar de un momento a otro. No tenía aspecto de mendigo, de modo que pensé que tal vez estaba enfermo. De todos modos, seguí observándolo porque me preocupaba. Empezó a caminar bajo un andamio y vi que se tenía que agarrar a los hierros para mantenerse derecho. Me detuve para ver si se encontraba bien. Él me contestó que sí y yo me quedé con él unos segundos para asegurarme. Daba la sensación de que no conseguiría llegar a donde iba, de modo que decidí quedarme con él hasta que se recuperara. Cuando se repuso un poco, fue muy simpático conmigo, aunque también era obvio que estaba borracho como una cuba. Iniciamos una conversación. Me empezó a explicar que había planeado quitarse le vida esa misma noche. No me podía creer lo que estaba oyendo. ¿Sabe lo que es oír esas palabras? De repente, me sentí responsable de salvarle la vida a aquel hombre. Anduve con él y le pregunté si podía acompañarle a algún sitio. Me dijo que iba unas pocas calles más arriba y me cogió del brazo como si fuéramos pareja. Andando de aquel modo, yo me sentía un poco incómodo, por decirlo de una forma suave.
»Yo sabía que había un albergue unas cuantas manzanas más lejos, de modo que decidí acompañarlo hasta allí. No sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar con aquel hombre no hasta qué punto me quería responsabilizar de él. Lo único que sabía es que no podía dejarlo solo en aquel estado. Seguimos andando, él se puso de muy buen humor y empezó a hablar por los codos: era evidente que le agradaba mi compañía. Me hablo sobre él y me dijo lo amable que había sido por mi parte pararme para ayudarle, y añadió que él no solía actuar de ese modo y que era una buena persona. Yo lo sabía porque, de algún modo, podía percibir lo que había
dentro de su corazón. Me conmovió profundamente, era un hombre realmente encantador. De hecho, era más amistoso y encantador que muchos de mis amigos. Yo le dije que hay muchas cosas buenas en el mundo para vivir y que era obvio que Dios no quería que se quitara la vida esa noche porque, si no, no habría conocido a alguien como yo para que le diera esperanzas.
»Oí a varias personas riéndose cuando pasamos por su lado —yo, un hombre normal, tal vez con un aspecto un poco yuppie, cogido del brazo de otro hombre que se tambaleaba y apestaba a ginebra—. Aquel tipo de gente me solía molestar y, de hecho, me empezaron a molestar, pero, por algún motivo, aquella noche los ignoré por completo. Me di cuenta, aunque tal vez inconscientemente, de que lo que había pedido sólo dos minutos antes de cruzarme con aquel hombre me estaba pasando en aquel momento, una oportunidad para hacer el bien en esta vida al nivel más profundo y significativo: estaba tendiendo la mano a alguien que necesitaba ayuda. Lo acompañé hasta una esquina y él se sentó y encendió un pitillo. Entonces era todo sonrisas, decidí irme, aunque no acababa de estar tranquilo puesto que, de hecho, me había dicho que se iba a matar. Pero parecía encontrarse mucho mejor y yo no sabía qué más hacer. No me dejó marchar sin antes darme un gran abrazo, y yo noté las miradas de otros transeúntes clavadas en nosotros, lo que todavía me hizo pasar más vergüenza. Pero, ¿sabe una cosa? Hice lo correcto, lo que tenía que hacer en aquel momento. En la misma medida en que él pensó que yo le ayudaba, él me ayudó a mí, de verdad. Espero que lo sepa y yo intenté decírselo. Me dio la oportunidad de ser mejor persona una vez en mi vida y de tender la mano a alguien que lo necesitaba. Aquello, para mí, fue un regalo tan grande como el que él creyó que yo le hacía.»