• No results found

Interpolating Model Coecients

Dios es amor. Juan 4:8

El amor es una forma de gracia. Nos da fuerzas para soportar lo que normalmente no sería soportable. El poder del amor es tan grande que a veces nos asustan las exigencias que nos impone en nuestra vida. Al amor le resulta muy difícil decir no. Y la abundancia de amor puede ayudar a mejorar hasta la peor de las circunstancias. El amor transforma cada acción en un poderoso instrumento de cambio. La siguiente historia ilustra perfectamente el poder alquímico del amor y la bondad. Jocelyn R. escribe: «Los actos de servicio más sorprendentes que he recibido han venido todos de mi madre. Es casi imposible elegir uno solo de los regalos que me han hecho, pero un buen ejemplo fue cuando me acompañó en coche desde nuestra granja de Saskatchewan hasta Oberlin, Ohio, donde estaba mi universidad. Había llegado al acuerdo de cuidar a Mary, una profesora de letras clásicas jubilada de noventa y seis años, a cambio de hospedaje. Mary era cualquier cosa menos ciega ni muda y era tan testaruda y tenía tan pocos pelos en la lengua

que ninguno de sus amigos o familiares habían podido limpiarle la casa en muchos años. Pero se las vio negras cuando se enfrentó a mi madre, que gasta una cabezonería tan educada como mala leche gasta Mary. Mi madre y yo removimos toda la casa para convertirla en un lugar habitable mientras Mary protestaba porque, según ella, no hacía falta hacer nada. Encontramos latas de conservas de hacía sesenta años (según las fechas de las etiquetas) y gusanos en los estantes de la cocina, Y Mary olía fatal de no bañarse. Mi madre sólo sentía compasión por Mary. Mientras frotaba la vajilla con estropajos duros y lejía, hablaba a la anciana con dulzura y, cuando se fue, hasta había conseguido hacerle un jersey de punto. Si yo no hubiera conseguido aquel trabajo en casa de Mary, no me podría haber costeado los estudios en la Escuela Universitaria de Oberlin, y, si mi madre no hubiera venido conmigo para demostrarme su amor, yo no habría podido vivir con Mary.»

Si, por ejemplo, alguien nos preguntara: «¿Cuánto dinero se necesita para tener una sensación de éxito y ausencia de preocupaciones?» ¿Qué diríamos cada uno de nosotros? ¿Acaso necesitaríamos cientos, miles o millones de dólares para sentirnos seguros? ¿Y cuánto creemos que costaría devolver la esperanza a la vida de otra persona? En primer lugar, ¿qué valor tienen la esperanza? La vida sin esperanza es un infierno, de modo que la esperanza tiene un valor inestimable. Puesto que la esperanza es un bien tan preciado, debería costar muchísimo dinero, y sin embargo, cuesta muy poco llenar la esperanza a la vida de una persona. Y una vez se instaura la esperanza, vuelve a merecer la pena vivir.

La gente adora absolutamente las sorpresas, tanto darlas como recibirlas. De nuevo, lo que importa no es el tamaño de la sorpresa; es el amor que fluye a través del acto lo que renueva el espíritu de todas las personas implicadas. Ese amor perdura durante toda la vida. He aquí una historia sobre un grupo de personas que supo realizar un acto de poder invisible de consecuencias duraderas. Gary S. escribe: «Tengo un amigo que, cuando tenía poco más de veinte años, trabajaba en un instituto de Manhattan. Era profesor de lengua inglesa, jefe de ese departamento, entrenador de baloncesto y decano. Por todos esos servicios, sólo cobrara suficiente dinero para vivir en un tercer piso sin ascensor que tenía la bañera en la cocina y estaba al lado de la estación de trenes. También tenía que pagar la pensión de dos hijos suyos que vivían con su ex mujer en otra

ciudad. Como consecuencia, se acabó endeudando. A pesar de sus apuros económicos, era y sigue siendo un hijo, nieto, hermano, sobrino, primo y amigo cariñoso y generoso. Todo el mundo, exceptuando el multimillonario que le había contratado, le ofrecía ayuda para atenuar sus problemas económicos, ayuda que él siempre se negaba alegremente a aceptar. Entre los que hacían cola para convertirse en sus benefactores, estaban sus padres y diversos familiares, a quienes él negó repetidamente el honor de ayudarle. Puesto que siempre mantuvo la compostura, el buen humor y la gracia bajo la presión del dinero, el trabajo y la paternidad, estoy seguro de que nadie se daba cuenta de lo estresante que era todo aquello para él. De todos modos, alguien vio y puso en práctica la forma perfecta de ayudarle. Un día se encontró en el buzón un sobre a su nombre, sin sello, repartido a mano. En el sobre había un cheque de un banco cercano por valor de 300 dólares. Cuando interrogó a las personas que tenían más probabilidades de haber ejecutado aquella acción, todos parecieron convincentemente sorprendidos y afirmaron no dar crédito a lo ocurrido. Y siguieron diciendo que no sabían nada de todos los cheques que siguieron llegando mensualmente durante casi dos años.

»No tenía más opción que hacer efectivos los cheques y gastar lo que él acabó llamando “dinero misterioso”. De todos modos, él siempre realizaba un pequeño ritual cuando volvía de hacer efectivos los cheques, entregando algo de dinero a alguna persona necesitada o que vivía en la calle. Yo estaba con él en una de esas ocasiones en que volvía del banco, cuando vio a cinco niños de no más de diez años que intentaban colarse en el cine trepando por una salida de incendios. Minutos después, todos tenían su entrada en la mano, comprada con el dinero misterioso. Aprendí que dar alcanza las máximas cotas de pureza cuando se hace porque sí.»