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Fast Sensitivity Performance Models

Lo opuesto al amor no es el odio, es la indiferencia.

Elie Wiesel

Las próximas cartas retratan distintas caras de la energía sanadora del amor. La primera trata sobre una intención tierna y consciente que emana directamente del corazón. Su autora es japonesa y la historia no está escrita

en perfecto español, pero ello no impide que sus palabras transmitan la belleza de su mensaje. Takako I. escribió: «Tengo una mente imparcial y siempre intento pensar que los otros son gente agradable. En el Japón, la gente apenas dirige a otros desconocidos sonrisas en público, pero después de aprender que es una muy buena costumbre que tenéis en vuestro país, siempre tengo sonrisas o sentimiento felices por otros. A veces cuando tenía problemas en el tren o en la calle, alguien me ayudó y sentí mi corazón lleno de gratitud. Y esto me hizo sentir que la gente desconocida que no sonríe puede tener buenos sentimientos y esa idea me dio muchos ánimos.»

De forma similar, Bonnie E. escribe: «Siempre ayudo a otras personas cuando veo que lo necesitan. Una antigua amiga del colegio cuyo marido acaba de fallecer parecía profundamente triste y perdida mientras esperaba en la cola del supermercado. Ni siquiera lo pensé, me dirigí hacia ella y le dije: “Hola, ¿cómo estás? He oído lo de tu marido.” Le di un abrazo porque parecía necesitarlo y le dije que podía llamarme siempre que quisiera. Nunca me llamó, pero más adelante dijo a mi marido lo mucho que aquello había significado para ella.»

La intuición del cuarto chakra es exactamente como describió Bonnie; no piensas en algo y después lo haces, actúas y después te das cuenta de que has actuado sin pensarlo conscientemente. A menudo dudamos cuando tenemos ese tipo de impulsos por miedo a que nuestras intenciones o esfuerzos sean rechazados. Mi experiencia con estos impulsos es que los receptores los valoran mucho. Los impulsos intuitivos transmiten más deprisa a través de nuestra naturaleza que el pensamiento lógico. La siguiente carta es un ejemplo encantador de un impulso del cuarto chakra que resultó ser una bendición con efectos sanadores para la emisora como para la receptora. Joanne A. escribió: «La semana pasada estaba en la consulta de mi oncólogo cuando la recepcionista me comentó lo bonitos que le parecían mis pendientes. Sin dudar un momento, me los quité y se los di porque sabía en lo más hondo de mi corazón que le hacía mucha ilusión tenerlos y que eso la haría feliz. Al cabo de dos días una nota de agradecimiento diciéndome que no sólo le había conmovido con aquel obsequio, sino que aquél era el primer acto de bondad desinteresada que nadie había hecho por ella desde que su marido, con el que llevaba treinta años casada, falleció hacía poscas semanas. Me quedé anonadada.»

Cuando nuestro corazón está en plena crisis emocional, el universo puede enviarnos una guía a través de un amigo de confianza porque estamos demasiado desorientados para ver las cosas con claridad. Pamela C. escribe: «Cuando todavía estaba como anestesiada a raíz del lío con otra mujer que tenía mi marido y del nacimiento de mi nuevo hijo, mis amigas se dieron prisa en obsequiarme con preciosos regalos. Sus obsequios, sus corazones y sus dones curativos obraron un gran cambio en mí. Me sorprendieron especialmente las amigas que me presentaron en mi ciudad natal. Una amiga llamo a mi puerta, me dio un abrazo, se remangó u se pasó dos días ayudándome a escoger colores para pintar mi casa a fin de darle un nuevo aire. Después se ofreció voluntaria para reunir a un grupo de amigas para hacerme una colcha. En aquel momento yo no tenía ningún interés en tener una colcha nueva, pero la colcha acabó representando aquella época y el calor y el regalo de amor que me hicieron mis amigas. Sigue siendo un símbolo muy preciado de aquel aprendizaje.»

La valentía puede soportar muchas formas diferentes y manifestarse de manera diferente en cada uno de los chakras; existe la valentía intelectual (sexto chakra), la valentía física (tercer chakra) y la valentía creativa (segundo chakra). En muchos casos, hemos de dejarnos llevar por el instinto visceral para responder a los impulsos del cuarto chakra, como ilustra esta carta de Rhonda L., que muestra cómo la intuición se abre camino entre el miedo y la duda. «Hace aproximadamente ocho años, mi hermano fue arrestado y enviado a la cárcel. En nuestra ciudad, todo el mundo que espera juicio permanece en régimen de prisión preventiva. Ésta tiene que ser de máxima seguridad para incluir a los presos de cometer los delitos más graves. Aquello fue muy traumático para mi hermano y para toda la familia. Hice muchas preguntas y averigüé muchas cosas sobre las vivistas a los internos: el horario, los impresos que había de rellenar, los requerimientos de identificación, las restricciones sobre lo que podían llevar los visitantes a los internos y las normas sobre la vestimenta. La salud laboral y las normas de seguridad requerían que todos los visitantes llevaran zapato cerrado, no se permitían sandalias ni cualquier otro tipo de calzado abierto. Toda persona que no cumpliera las normas no podría visitar a los presos.

»Mientras esperaba para ver a mi hermano, vi varias personas que llevaban sandalias. Era obvio que no conocían las normas y, cuando les llamaron por sus nombres, no pasaron la inspección y no pudieron ver a sus

seres queridos. Algunos de ellos venían desde lejos y habían hecho el trayecto en transporte público, de modo que se hundieron cuando, después de esperar tanto, les dijeron que tenían que esperar una semana entera. A la semana siguiente, me fijé en una joven que parecía muy nerviosa porque llevaba sandalias. Me supo muy mal por ella y, de repente, recordé que tenía un par de zapatos de sobra en el coche. Le pregunté si quería mi par de zapatos y aceptó gustosa. A partir de entonces, cada semana llevaba a la cárcel una bolsa llena de zapatos y se los dejaba a cualquier persona que los necesitara para la visita. Los rostros de la mayoría de las personas que visitan a los reclusos denotan vidas llenas de dolor y oscuridad. Por un breve espacio de tiempo, puede iluminar un poco de algunos de aquellos rostros.»

La alegría y la pena son inseparables…, vienen juntas y cuando una se sienta a nuestra mesa…, recordad que la otra está durmiendo en vuestro lado.

Jalil Gibran

El duelo por la muerte de un ser querido implica un sufrimiento tan grande que casi es una presencia en nuestro interior. A veces necesitamos aprender a soportarlo solos, incluso cuando tenemos a un séquito de amigos y familiares dispuestos a ayudarnos a superarlo. La muerte de una pareja o de un hijo puede provocar un profundo malestar en el círculo social de la persona que ha sufrido la pérdida. La muerte despierta muchas supersticiones y otros padres y parejas pueden temer inconscientemente que sea contagiosa y también les visite a ellos. Ésa es una de las razones de que la gente diga: «Llámame si hay algo que puedo hacer por ti», en vez de: «Te llamaré para comprobar regularmente cómo lo llevas.» Una persona destrozada es muy raro que coja el teléfono para pedir apoyo emocional, porque pedir ayuda es un esfuerzo ímprobo, sobre todo cuando uno está emocionalmente destrozado. Al final de muchas de las cartas que recibí, sus autores escribieron: «Yo suelo ser de las personas que se ofrecen a ayudar, pero me resulta muy violento pedir ayuda.» Esta realidad social de la vida hace que la siguiente historia resulte extraordinaria.

Brenda L. escribió: «Mi marido y yo llevábamos muchos años intentando concebir un hijo. Después de muchos meses de tratamiento y muchos fracasos en la clínica de fertilidad, nos avisaron de que cualquier

tratamiento adicional supondría una amenaza para mi salud y que tal vez era el momento de dejar de intentarlo. Yo me hundí. Ése no era el futuro que había imaginado. Siempre había soñado con tener hijos. Me costó un tiempo, pero sufrí el duelo y al final lo acabé encajando. Poco después me enteré de que estaba embarazada. Fui al médico preocupada porque había tenido una falta y me preguntaba si todos los fármacos que había tomado mes estaban pasando factura. Cuando me senté en la consulta de la ginecóloga, preparada para oír lo peor, lo único que oí fue: “Brenda, estás embarazada”. No lo creía. Le pedí que lo repitiera: “Brenda estás embarazada.” Entonces le pedí que se lo dijera a mi marido. Su expresión no tenía precio. Una parte de mí estaba flotando, y ni siquiera oí a la ginecóloga y a mi marido hablar sobre los inconvenientes. Recuerdo haber captado las palabras “alto riesgo” y “tendremos que controlar el proceso minuciosamente”. ¿De qué estaban hablando? No podía ocurrir nada malo. Todo era perfecto. Di la noticia a mi familia y amigos. Tenía unas amigas maravillosas que habían estado a mi lado durante la dura batalla del tratamiento de fertilidad. Nos reunimos y compartí con ellas la noticia y todas reímos y lloramos de alegría; después de todo, se iban a convertir en tías honoríficas.

»Aproximadamente una semana después, me levanté una mañana con un dolor espantoso y sin poderme mover. Mi marido llamó a una ambulancia y me llevaron a urgencias. Tras practicarme una ecografía, me dijeron que mi embarazo era ectópico y que mi bebé se estaba muriendo. Si no me operaban, yo también moriría. Pedí al médico que encontrara alguna forma de salvar al bebé, pero me dijo que no había nada que hacer y que la cirugía era la única opción posible en mi caso. Me desperté de la operación dolorida y emocionalmente anestesiada. No tenía nada en mi interior. Ningún bebé. Ni trompas de Falopio. Ninguna esperanza de tener hijos. Ninguna lágrima. Nada. De hecho, era una situación consoladora. Nada podía hacerme daño porque nada podía engendrarse en mi interior. Estaba vacía. Permanecí estirada en la cama del hospital observando la pared, cogiéndole la mano a mi marido.

»Entonces, vino a verme mi mejor amiga: Laura. Se sentó en una silla junto a mi cama y se puso a llorar. No dijo ni una palabra. Sólo lloraba. La miré con estupor. ¿Por qué lloraba? Le di unas palmaditas y le dije: “Shhh, no pasa nada. Todo irá bien”. Sin decir palabra, ella siguió llorando. Entonces se puso de pie, me dio un beso en la mejilla, me dijo que me quería y se fue. Yo

estaba muda del asombro. ¿De qué iba todo aquello? Mi marido se había ido para que tuviéramos intimidad y cuando volvió me preguntó sobre qué habíamos hablado. Le contesté que “sobre nada” y me dormí.

»No fue hasta varias semanas después que me di cuenta de que Laura es la mujer más sabia que conozco. Durante aquellos primeros días de conmoción y desesperación, cuando yo no podía llorar, ella lloró por mí. Ella llenó ese espacio mientras yo intentaba sobrellevar la sensación de vacío y el dolor que supone perder un bebé. Cuando por fin lloré, sabía que tenía el apoyo de una amiga. Sin juicios, sin expectativas. Ella sólo estaba allí por mí. Ahora creo que un acto de servicio es algo que se hace por otra persona sólo por amor y sin ninguna expectativa de recibir algo a cambio. Laura no esperaba nada de mí. Vino a llorar por su amiga. Y yo siempre la querré.»

Connie C. escribió sobre una práctica enternecedora: «Tengo una inclinación a hacer actos de servicio por aquellas personas (amigas o desconocidas) que han perdido a un ser querido, sea a cusa de una muerte o de un divorcio. No les escribo notas o les llamo para decirles: “no sé qué decir.” Sé qué decirles y se lo digo. Me lo suele indicar el Espíritu. Después del contacto inicial, le hago un seguimiento, a menudo intensivo, para ver cómo lo están llevando. También lo hago con personas que han estad enfermas u hospitalizadas.»

Y tengo que incluir esta conmovedora historia de Nancy K., que escribió: «Me encontraba en un estado de profunda aflicción, llorando todo el día y toda la noche. Un día vino a verme una amiga con dos bolsas llenas de paquetes de pañuelos de papel; los había de todos los tipos y colores, perfumados y no perfumados. Los repartimos por todas las partes, por todas las esquinas de mi apartamento. Mi hizo reír por primera vez en varias semanas. Y aquello era exactamente lo que necesitaba. Utilicé todos los paquetes. Con su gesto me transmitió el mensaje de que entendía mi necesidad de llorar y me estaba ofreciendo el único consuelo que se le podía ocurrir. Fue un regalo que nunca olvidaré.»