El amor no puede quedare en sí mismo: no tendría ningún sentido. El amor tiene que convertirse en acción y esa acción es el servicio. ¿Cómo podemos llevar a la acción el amor para servir a Dios? Siendo fieles a nuestra familia. Y a los deberes que Dios nos ha confiado. Adoptemos la forma que adoptemos, estemos capacitados o incapacitados, seamos ricos o pobres, lo que importa no es cuánto hacemos sino cuánto amor ponemos en lo que hacemos; toda una vida de compartir amor con los demás.
Madre Teresa de Calcuta
Un hombre que asistió a unos de mis seminarios me llevó aparte para explicarme la historia de su divorcio. Fue algo que nunca olvidaré. Aquel hombre me explicó que su ex mujer encontraba imposible vivir con la compasión que él tenía por los demás. Como me contó: «Mi ex mujer considera que la gente debe cuidar de sí misma. Yo siempre ha creído que la gente debe preocuparse por los demás. Siempre discutíamos cuando yo quería hacer regalos de Navidad a otras familias o donar dinero, y no era porque no tuviéramos suficiente para nosotros. Aunque hubiéramos sido millonarios, mi deseo de ayudar a otras personas le habría seguido preocupando. Simplemente, no estaba preparada para preocuparse por nadie ni nada que no fuera ella misma, y fie mejor para los dos que tomáramos caminos diferentes.» A la ex mujer de aquel hombre no le gustaba el amor desinteresado ni el gran corazón de su marido. Le asustaba tanto la vida en general y estaba tan dominada por el mito de que no hay suficiente para todos y tan aterrada por sus propias vulnerabilidades que mantenía
prácticamente a todos el mundo a más de un brazo de distancia para que nadie pudiera romper su frágil muralla emocional.
El amor es sencillo, pero no es fácil.
Una idea equivocada bastante extendida sobre el amor es que, para poder tenerlo, necesitamos a otra persona en quien volcarlo; necesitamos una diana, un objeto receptor. Pero los maestros espirituales de las religiones de todo el mundo nos enseñan que es posible sencillamente aprender a amar sin un motivo, sin una persona. Jesús dijo: «Si amáis a aquellos que os aman, ¿qué recompensa obtendréis? ¿Acaso hasta los cobradores de impuestos no hacen lo mismo?... Por eso no debéis poner ningún límite a vuestro amor, del mismo modo que vuestro Padre celestial no pone ningún límite a su amor» (Mateo 5:43-48). Y un maestro espiritual contemporáneo, Antonie de Saint- Euxpéry, el autor de El Principito señala: «El amor no es pensar, sino ser.»
Donde impera el amor, no hay voluntad de poder; y donde predomina el poder, falta el amor. Uno es la sombra del otro.
Carl Jung
La intuición del corazón —el amor— es una fuerza más poderosa que la intuición para la supervivencia, la fuerza de los tres primeros chakras. En este cuarto nivel, dejamos el plano físico para adentrarnos en el espiritual. Este cuarto centro energético nos arrastra a las profundidades del sentimiento, y no sólo me refiero a los sentimientos personales por las personas —la familia, los amigos o los compañeros de trabajo— que ya forman parte de nuestra vida. El amor, después de todo, influye en todas las cosas, y expande nuestra capacidad de intuir las vulnerabilidades y necesidades de otras personas y estar abiertos a ayudarles. El amor a la humanidad es una fuerza motivadora central que permite soportar meses o incluso años de compromiso. Y esta misma fuerza sagrada atrae hacia nosotros a aquellas personas que son capaces de ofrecernos ese tipo de ayuda, como veremos en algunas cartas de este capítulo.
De todos modos, incluso cuando podemos penetrar en el núcleo de las necesidades de otra persona, no todos estamos dispuestos o somos capaces de ayudarle. Mucha gente no puede dar más que una asistencia básica de tipo material —alimento, un techo, dinero— propia de la generosidad del primer chakra. Este tipo de generosidad es vital, puesto que el hambre
aprisiona al cuerpo y al espíritu y limita la libertad del alma. Pero madurar espiritualmente significa desarrollar la conciencia y el poder de ir más allá de esa zona de ayuda material —de las acciones impersonales, aunque vitales, de donar bienes— a actos de fortalecimiento espiritual.
La próxima carta capta la esencia de la diferencia —y la distancia— existente entre la intuición para la supervivencia del tercer chakra y la intuición del corazón del cuarto chakra.
Michael W. escribe: «Una tarde, estaba paseando por la avenida Van Ness de San Francisco entre la habitual variedad de transeúntes: jóvenes parejas cogidas de la mano, algunas personas mayores, bien solas o en parejas y, por supuesto, los mendigos y los “sin techo”. Me dirigía a un restaurante de moda para cenar. Cuando me estaba acercando a la esquina más próxima a la entrada del restaurante, vi a dos mendigos. Uno era de mediana edad y estaba sentado en la acera con la espalda apoyada en un buzón. Iba muy sucio. Su cara, su pelo negro y gris y su barba estaban cubiertos de suciedad y sudor seco. Sus ropas eran viejas y estaban oscurecidas por la mugre. Bajo las frondosas cejas, sus ojos vidriosos y su mirada desenfocada, como si su mente estuviera en otra parte. Por su forma de hablar —balbuceante e incoherente— supuse que estaba en otro mundo o que tal vez era esquizofrénico, pues su mirada y sus balbuceos me recordaban a los de los pacientes que había visto en un hospital psiquiátrico estatal en el que trabajé.
»Delante de la entrada del restaurante había un anciano también vestido con harapos, aunque no estaba tan sucio y parecía tranquilo y coherente. Sabía dónde estaba y qué estaba haciendo exactamente. Cuando me acercaba a la entrada del restaurante, una joven y atractiva pareja salía de él. Los dos eran guapos y vestían bien, parecían felices, inteligentes y ricos. La mujer, joven y hermosa, llevaba una caja de porexpán blanca con comida para llevar. El más anciano de los dos mendigos se les acercó y les dijo: “¿Dinero para comer?” En aquel instante, yo pasé rápidamente por su lado, evitando al mendigo. Seguidamente, la joven alargó la caja al anciano, quien cogió inmediatamente y le dijo con simpatía: “¡Gracias, muchas gracias, Dios le bendiga!” Me giré para mirar porque lo que yo había esperado no era un ofrecimiento y una aceptación de comida. El anciano sonrió a la pareja y se dirigió hacia el buzón, donde sentado el otro mendigo. Abrió la caja: había media ración de comida con un cuchillo y un tenedor de plástico.
Utilizó el cuchillo para cortar la tapa de la caja; después la colocó con cuidado sobre el buzón y empujó la mitad de la comida sobre la tapa, donde también colocó el tenedor. Después se encorvó hacia el otro mendigo y sostuvo la comida delante de él. Con mucha delicadeza, le dijo: “Eh, hermano, aquí tienes algo para comer”.
»El hombre de mediana edad lo miró confuso. Parecía ser sólo vagamente consciente de que alguien le estaba hablando. El anciano le volvió a hablar, con suma suavidad: “Venga, hermano, aquí tienes algo para comer.” Desde muy lejos, aquel hombre empezó a volver muy lentamente. Sus ojos empezaron a enfocar parcialmente. Parecía confuso mientras olfateaba la comida que tenía delante. Lentamente, volvió a este mundo y logró entender que alguien le estaba ofreciendo comida. El anciano esperó pacientemente. Por último, cuando el otro hombre parecía haber comprendido, el anciano le volvió a repetir: “Venga, hermano, come algo.” Impertérrito, el hombre de mediana edad cogió la comida y murmuró: “Gracias”, encontró en tenedor y empezó a comer despacio. El anciano cogió la otra mitad de la comida, se sentó al lado del otro hombre y se pusieron a comer los dos juntos.»
La compasión y el respeto que mostró el mendigo de más edad por una persona que estaba pero que él fueron exquisitos. Si nos diéramos cuenta de que otra persona está muriéndose de hambre por una ración de dignidad, ¿seríamos capaces de alejarnos sin hacer nada? Si nuestro entramado espiritual funcionara como es debido, la respuesta debería ser: «No, por supuesto que no.» No estoy sugiriendo que eso signifique que debamos llenarle la despensa y los bolsillos a ese hombre, sino que nuestra capacidad para penetrar en el núcleo de sus necesidades y de sentir que su hambre también es espiritual nos llevaría a hacer algo.
La carta de arrepentimiento de Michael revela en conflicto interno que se crea cuando el corazón no ignora los miedos procedentes del instinto de supervivencia. El autor sabía desde el principio que su corazón no establecería una conexión emocional con aquellos mendigos. Pero la conexión emocional que sí se restableció entre aquellos dos hombres, sin duda dejó una marca en su conciencia, o no se habría tomado la molestia de escribir la carta. Si Michael se hubiera parado en la entrada del restaurante y hubiera respondido a la petición del mendigo con compasión y sin miedo, esa muestra
de respeto habría sido un supremo acto de servició. La comida dada con dignidad alimenta tanto el cuerpo como el espíritu.
Michael se encuentra en un punto de inflexión, o en un punto de ruptura a partir del cual puede hacer grandes progresos. Está bailando alrededor de su cuarto chakra e intentando mitigar su culpa al escribir una carta donde la admite, lo que es un buen ejercicio… por una vez. Pero le puedo prometer —y puedo prometer al lector— que trabajar las emociones a través de la escritura nunca funciona por segunda vez. En la próxima ocasión, el corazón de Michael le obligará a identificarse con el alma de sus semejantes sin techo y no dejará esquivar una conexión del cuatro chakra sólo por miedo.
Estoy muy impresionada por la disposición de muchas de las personas que me enviaron cartas a examinar aquellas situaciones en que consideran que podrían haber actuado mejor, más compasiva y humanamente. Sus historias muestran que tienen un corazón abierto y la valentía de mirarse honestamente a sí mismas y a lo que les impidió actuar. En este capítulo examinaremos nuestros propios miedos a establecer conexiones emocionales. Lo cierto es que se trata de un reto muy antiguo, como se pone de manifiesto en el siguiente cuento de Grimm sobre un anciano y su nieto. A veces todos tenemos a dar la espalda al débil y al frágil, sobre todo cuando esa persona nos recuerda nuestro propio potencial para la enfermedad y el deterioro.
Había una vez un hombre muy anciano cuya mirada se había vuelto turbia, sus oídos apenas oían, le temblaban las rodillas y, cuando se sentaba a la mesa, a duras penas podía sostener la cuchara y casi siempre derramaba el caldo sobre el mantel o se le resbalaba por la cara. Su hijo y su nuera lo encontraban muy desagradable, de modo que al final le pidieron al abuelo que se sentara en la esquina, detrás del horno, le sirvieron la comida en un cuenco de barro y le redujeron considerablemente las raciones. Él solía mirar a la mesa con los ojos llenos de lágrimas. Un día, sus temblorosas manos no pudieron sostener el cuenco y se le cayó al suelo, haciéndose añicos. Su joven nuera le riño, pero él no dijo nada y se limitó a suspirar. Entonces le compraron un cuenco de madera por unos pocos centavos para que lo utilizara para comer. Estaban todos sentados a la mesa cuando el nieto
pequeño de cuatro años empezó a recoger trocitos de madera del suelo.
—¿Qué haces?— le preguntó su padre.
—Estoy fabricando un pequeño cuenco —contestó el pequeño— para que tú y mamá podáis comer cuando yo sea mayor.
El hombre y la mujer se miraron durante unos instantes y, acto seguido, se pusieron a llorar. Llevaron al anciano a la mesa y, a partir de aquel día, siempre le dejaron comer con ellos y no le dijeron nada cuando derramaba un poco de comida.
Veo algo de Dios en cada una de las horas del día y en cada minuto que contienen esas horas. En el resto de los hombres y mujeres veo a Dios, y en mi propio rostro que refleja el espejo, veo a Dios. Encuentro cartas de Dios tiradas por la calle
y todas ellas están firmadas con su nombre.
Walt Whitman