6.7 Implementation
6.7.2 Comparison of Simulation and Benchmarks
El comunitarismo reconoce como derecho fundamental de los individuos el de asociarse con otros, lo cual dimana de su natural tendencia a vivir en sociedad, formando comunidades intermedias donde se comparten ciertos valores; en las que aportan y reciben, dándose un fructífero intercambio de ideas, servicios, e incluso, afecto; un espacio –no necesariamente físico- que ayuda a fortalecer la propia personalidad. La importancia de las comunidades intermedias –la familia, las asociaciones civiles, las ONG, etc.-, ha quedado de manifiesto en párrafos anteriores, donde entre otras cosas, se destacaba la importancia de éstas a la hora de hacer frente al resto de los actores políticos y económicos cuando ejercen abusivamente el poder que detentan –que suele ser enorme-, con menoscabo de los derechos de la persona y de la comunidad. La comunidad es ese núcleo social en el que se refuerzan las relaciones ―yo-tú‖, que al igual que sucede en la familia, nos invitan a ampliar nuestra perspectiva de intereses.
Las comunidades son los principales entes sociales que alimentan las relaciones basadas en fines (Yo-Tú), mientras que el mercado es el reino de las relaciones basadas en los medios (Yo-cosas). La relación Estado- ciudadano también tiende a ser instrumental. La comunidad a mi entender, se basa en dos fundamentos, reforzadores ambos de las relaciones Yo-Tú. En primer lugar, las comunidades proporcionan lazos de afecto que transforman grupos de gente en entidades sociales semejantes a familias amplias. En segundo lugar las comunidades transmiten una cultura moral compartida: conjunto de valores y significados sociales compartidos que caracterizan lo que la comunidad considera virtuoso frente a lo que considera comportamientos inaceptables y que se transmiten de generación en generación, al tiempo que reformulan su propio marco de referencia moral día a día. Estos rasgos distinguen las comunidades de otros grupos sociales. (Etzioni 2001:23-24)
El término comunitarismo pretende poner de relieve la importancia de la comunidad en los procesos de cambio hacia una buena sociedad y darle mayor juego, en una sociedad en la que el mercado o el Estado han tenido un protagonismo excesivo, relegando a la comunidad a un tercer plano. Sin embargo, con esta propuesta, Etzioni no pretende que sea la comunidad la que imponga las directrices a seguir en todos los órdenes –ni siquiera de modo
absoluto en la misma comunidad, pues hay comunidades que pueden ser asfixiantes, donde el individuo queda subsumido en el océano del interés colectivo, sin importar demasiado sus personales aspiraciones (Etzioni 2007:34)- ; en otras palabras: no considera a la comunidad como la fuente de la legitimidad y la autoridad, pues si se busca en nombre del deber, imponer conductas estándar a los individuos y a uno mismo, esto deja una base insuficiente para la libertad individual y otros derechos individuales, evitando que la comunidad sea creativa y responsable en un mundo cambiante, restringiendo la evolución de posiciones diferenciadas, que puedan, con el tiempo, reemplazar los valores dominantes en la comunidad y, por tanto, beneficiarla. Por el contrario, se trata de que la comunidad asuma el papel que le corresponde y haga valer sus propios derechos frente a los otros dos actores –Estado y mercado-, y de que los tres se limiten y corrijan recíprocamente en la búsqueda de un sano equilibrio. Por tanto, el comunitarismo acepta un individualismo no determinista entendido como autonomía personal y libertad de decisión; autonomía y libertad que no son absolutas, porque de suyo, el ser humano es un ser limitado.
El comunitarismo se reconoce a sí mismo como una Tercera Vía, pues sus postulados no caen en el campo de influencia del liberalismo, aunque tenga como uno de sus principales valores la libertad individual; ni en el socialismo, aunque los valores comunitarios estén en un primer plano - como ya se ha señalado ―ni Samuelson ni Marx‖ (Etzioni, en Pérez 1997:9). Así pues, se entiende por Terceras Vías ―las nuevas formas de comprender la actividad política en el tiempo de cambio cultural, económico y social del tránsito de milenio‖ (Pérez 2001, introducción).
La Tercera Vía no es un término nuevo, fue utilizado durante el siglo XX por numerosos grupos políticos para poner de manifiesto sus diferencias ideológicas con el liberalismo por un lado y con el comunismo por el otro; aún el nacionalsocialismo, alimentado de la misma preocupación que el comunismo, se consideraba así mismo como una tercera vía de solución ante el embate de las fuerzas ciegas e irresponsables del mercado a las que había que controlar y redireccionar a favor de la comunidad nacional – alemana, por supuesto. La socialdemocracia fue considerada por muchos como una Tercera Vía. Con el tiempo, este término cayó en desuso y no fue
sino hasta finales del siglo pasado que comenzó nuevamente a estar en circulación debido a los debates políticos que el Partido Demócrata y el Partido Laborista introdujeron en Estados Unidos e Inglaterra respectivamente, países que hasta ese momento, no habían recurrido a este término (Giddens 2001:11).
Existen pues, varias Terceras Vías. Incluso, el mismo Giddens (2000) ha sido impulsor de una Tercera Vía; a esta se le ha llamado Tercera Vía Política, en tanto que a la de Etzioni se le ha llamado Tercera Vía Cultural; ambas tienen varios puntos de contacto y temas en los que una y otra se intersectan; ambas son propositivas en cuanto a la acción pública. Uno de esos puntos de coincidencia es la forma de entender la manera de gobernar; en ésta se espera dar un mayor espacio a la comunidad ―un mayor protagonismo de la sociedad civil a la hora de ejecutar acciones públicas‖ donde se da ―el reconocimiento práctico de que el parlamento no lo es todo‖ y donde ―el debate público extraparlamentario adquiere un protagonismo inusitado hasta ahora‖.