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Muchos de los grandes problemas ambientales y/o sociales se han producido, no por falta de conocimiento sobre el daño que se producía, pero sí por la falta de escrúpulos para actuar deliberadamente –o bien por debilidad-, no sólo contra el medio ambiente –con sus nefastas consecuencias para los recursos naturales y las personas que dependen de ellos, afectando los aspectos sociales y/o económicos-, sino contra las personas. Hay quienes se preguntan:

―Si la racionalidad permite al hombre prever los efectos de sus actos ¿cómo puede continuar esquilmando los recursos de la Tierra, cuando hay evidencias sobre consecuencias desastrosas, que alcanzan a la

especie humana? Acaso la lógica de la autodestrucción ¿puede tener algún sentido? (Martín 1996:40).

Esas decisiones deliberadas –tomadas por un actor o grupo de actores- no es que hayan sido irracionales –como cuando se tala, por ejemplo, grandes extensiones de bosque, causando un desequilibrio en el ecosistema-, sino que han sido tomadas con una racionalidad individualista, que apuesta por el mayor beneficio personal, haciendo caso omiso de los efectos negativos para el entorno y para el resto de la población. La tendencia hacia el egoísmo puede acentuarse en la ausencia de una buena educación, particularmente, de una educación ética. La educación ética tiende a formar la conciencia de las personas de tal modo que traten al resto de las personas, los lugares y las cosas, como les gustaría que otras les tratasen a ellas mismas, a sus propios lugares y a sus cosas (AAG 2009); es la llamada ―regla de oro‖ de la conducta, principio del que, por cierto, parte Etzioni (1999) para desarrollar más aún, sus ideas comunitaristas, como ya se verá más adelante. Es por esta razón que durante los últimos años, se ha visto el resurgimiento de una materia que desde hacía siglos había desaparecido de los currícula de muchas universidades y centros educativos y que empieza a ser tenida en cuenta aún en instituciones de mucho prestigio, en las que tanto sólo unos pocos años antes parecía impensable: la ética. Fenómeno en el que ha tenido una clara influencia la Socioeconomía (Pérez 2005:12) impulsada por Amitai Etizioni. ¿Por qué ha sucedido esto?

―La ética es una ciencia filosófica que considera la dirección de los actos voluntarios a su debido fin, tratando de obtener mediante un método adecuado y apoyada en unos principios de validez universal, un conocimiento cierto y sistemático de la debida ordenación de la conducta humana. Pero no es una ciencia puramente especulativa, sino que, por razón de su objeto, es también una ciencia práctica, ya que el ser humano ha de realizar acciones que la razón tiene que dirigir. Por ello la Ética ha sido calificada como una ciencia teórico- práctica, ―ciencia que estudia los actos humanos en tanto que libres‖ (GER, voz Ética).

La ética es una ciencia normativa porque no considera la perfección del acto en sí, sino su orientación al deber ser. La educación ética parte de la conciencia de la licitud de los actos y amplía el natural conocimiento de las cosas lícitas y de las

que no lo son; de lo que está permitido y de lo que no lo está, y juzga sobre esas cosas. Pero el conocimiento por sí mismo no garantiza una correcta actuación, hace falta voluntad para hacerlo; querer hacerlo, no obstante el esfuerzo que comporte el hacer lo correcto; no obstante que se ―dejen pasar‖ oportunidades para el bien individual o de pequeños grupos en detrimento del bien común; no obstante pasar por estúpido a los ojos de los demás, al no sacar provecho por medios ilícitos, de una posición privilegiada.

La educación ética o moral, por tanto, es mucho más que conocimiento: es formar la conciencia, ese ámbito interior, personal e intransferible donde se toman las decisiones que afectan el destino de la propia persona y el de los demás; es formar a la persona de tal manera, que libremente elija hacer el bien (Corominas 1989). Es en este ámbito donde se desarrolla el sentido de responsabilidad que puede ser fuerte o no; depende de la autoridad moral de quien enseña –padres, profesores-, de la riqueza y calidad de los conceptos que maneja, así como del ejercicio de la libertad de cada persona, es decir, de su calidad moral.

Por tanto, cultivar la inteligencia con ideas claras y por otro lado, fortalecer la voluntad, son condiciones necesarias para educar en una auténtica libertad que conduce a tomar las mejores decisiones para todos, por lo que necesariamente está ligada a la responsabilidad personal. Las consecuencias en este campo, son pues, enormes. Nuestro presente es el resultado de pequeñas y grandes decisiones, de pequeños y grandes actos realizados en el pasado; nuestro futuro será lo que decidamos hoy, en virtud del ejercicio de nuestra libertad. Los comunitaristas aluden a esta realidad con el concepto de diacronía (Pérez 2002:18), el cual constituye hoy por hoy no sólo una vigorosa llamada de atención a la responsabilidad personal para dejar a las generaciones futuras un mundo mejor, sino para confrontar y exigir al resto de los actores públicos y privados que cumplan con la parte de la responsabilidad que les toca en la construcción de ese mundo.

¿Cómo se puede argüir que el futuro de nuestra cultura es impredictible (sic) a causa del componente libre de la acción humana? Acaso, es ético legitimar la esquilmación de los recursos naturales en nombre de la libertad? O tal vez el hombre es libre

de no respetar el bien común actual y de futuras generaciones- que supone el medio ambiente? (Martín 1996:41).

La respuesta a estas cuestiones, surge con relativa facilidad: sí, nuestro futuro es impredecible a causa de nuestra condición de seres libres –otra cosa es que se realicen ejercicios de ―predicción‖ mediante la construcción de escenarios posibles a partir ciertos datos-; pero obviamente no es ético ningún despilfarro en nombre de la libertad, porque somos libres para hacer el bien, si no, no es auténtica libertad, aunque de ella quede apenas un lejano atisbo cuando se ejercitó en sentido contrario. La ética es por tanto, el fundamento de la actuación en todos los campos, pero la recta actuación es decisión de cada persona; de ahí la imperiosa necesidad de formar la conciencia, que es, en definitiva, el juicio de la razón práctica donde se delibera acerca de la conveniencia o inconveniencia de un acto en vistas al mayor bien; donde se dirime entre lo justo y lo injusto; allí, donde el límite que separa la bondad de la maldad, es sumamente fino, donde la línea ―divisoria entre el bien y el mal pasa por el corazón de cada ser humano‖ (Soljenitsin 1974:148); donde finalmente se decanta el actuar en un sentido o en otro.