5.5 Partial taint tracking
5.5.2 Compatibility transformations
El matrimonio ha sido considerado comúnmente como uno de los ritos de paso a la edad adulta, la acción de más decisivas conse cuencias durante este momento del ciclo vi- tal. La relación entre los cónyuges será la que mayor influencia tenga en la vida adulta y la fuente principal de demandas sociali zadoras. Estas demandas, en general, se pueden re- sumir de la siguiente forma: establecimiento de relaciones íntimas institucionalizadas fue- ra del acos tumbrado círculo familiar, puesta en práctica de conductas adecuadas y asocia- das a los roles sexuales, cumplimiento de expectativas mutuas y necesidad de tomar decisiones impor tantes con respecto a problemas personales (abordaje de la sexualidad y de las relaciones in terpersonales), a la familia (número de hijos y estilo de educación) y te- mas de la vida cotidiana.
En opinión de Huyck y Hoyer (1982), el matrimonio concebido en términos de com- pañía, intimidad y amistad se evalúa en razón de su capacidad para ayudar al crecimien- to personal y para mantener la estabilidad de una pareja. Esta concepción del matrimonio se aleja bas tante de ese matrimonio orientado a la tarea, con una división radical de roles sexuales, centrado en torno a la figura del varón como única fuente de sustento familiar, re vestido de la única y máxima autoridad y con un indiscutible poder sobre el resto de los miembros de la familia. Es decir, intercambio de hijos, satisfacción sexual, obediencia y respeto a cambio de sustento y cobijo con unas claras relaciones de poder-sumisión entre la pareja, concepción del matrimonio que subsiste actualmente entre las parejas de más de 70 años, que aceptan para sus hijos y nietos otra forma de entender la relación, pero si- guen valorando algunos aspectos de la familia de orientación más tradicional.
El cambio en la concepción del matrimonio ha afectado a las características que se con- sideran importantes a la hora de elegir pareja: amor mutuo, atracción, alto nivel educati- vo, inteligencia y similitud en educación son las que, hoy en día, resultan más importan- tes. Dicho de otro modo, se valoran más aquellos aspectos que pueden ser predictores de similitud de ideas, valores y actitudes. Las parejas que deciden casarse lo hacen más aten- diendo a las posibilidades de felicidad conyugal que al deseo de formar un hogar y tener hijos, y esperan del matrimonio apoyo emocional, intimidad, consulta y ne gociación en la planificación familiar y ayuda mutua en la educación de los hijos en caso de tenerlos. Las razones de este cambio son conocidas y muy numerosas; se citarán sólo algunas de ellas: aumento de la expectativa de vida; participación de las mujeres en el mercado labo ral, con lo que esto supone de independencia económica, de logros y conquistas so ciales y legales; los avances científicos que dieron al traste con creencias e ideologías obsoletas; la consi- guiente flexibilización de algunos principios legales y la posibilidad de actuar fuera y al margen de cualquier imperativo religioso.
La satisfacción matrimonial evoluciona a lo largo de los años de convivencia compo- niendo una curva en forma de U (Glenn, 1990), con un descenso muy acusado durante los años de crianza y una trayectoria ascendente a partir de la salida de los hijos del ho- gar familiar hasta alcanzar, en la vejez, niveles de satisfacción similares a los de la pareja recién casada. La razón parece estar en el hecho de tener hijos, que afecta de forma nega- tiva a la relación de pareja. Las exigencias propias de la maternidad/paternidad suponen
pérdida de libertad para la pareja, aumento de los gastos, una asunción más tradicional de los roles de género y aumento de la conflictividad entre la pareja. Las parejas con hijos sue- len discutir y enfrentarse por dos tipos de cuestiones principalmente: la equidad en el re- parto de trabajo doméstico y los desacuerdos respecto a los hijos. El elemento fundamen- tal respecto al reparto de trabajo no parece ser la cantidad de horas que uno y otro cónyuge dedican a las tareas domésticas, sino el sentimiento de justicia que cada uno tie- ne respecto del reparto de tareas dentro y fuera del hogar. En este particular, hombres y mujeres difieren en la percepción de lo que es equitativo, de tal forma que, para los mari- dos, la satisfacción matrimonial aumenta cuando se comparte de forma equitativa el tra- bajo remunerado, mientras que para las esposas es más importante percibir equidad en el reparto de tareas domésticas (Warner y Willis, 2003). El abandono del nido por parte de los hijos elimina tensiones en la relación conyugal y permite a las parejas reencontrarse y re- cuperar su relación sin las presiones de la crianza de los hijos, con lo que no sólo des- aparecen muchos de los motivos de insatisfacción conyugal, sino que se inicia una etapa de mayor ocio compartido y de dedicación mutua.
No se puede achacar sólo al hecho de estar sin hijos la mejora en la satisfacción con- yugal; en realidad, para los padres mayores, el que sus hijos sean adultos autónomos y con una vida exitosa es fuente de satisfacción y autoestima. Las parejas de larga duración se re- lacionan mejor, se pelean menos y se comunican de forma más positiva y cariñosa (Cars- tensen, 1995), y experimentan más placer por estar juntos que las parejas más jóvenes (Le- veson, Carstensen y Gottman, 1993). De hecho, la mayoría de las parejas casadas de edad avanzada creen que su matrimonio ha mejorado con los años (Erikson, Erikson y Kivnick, 1986; Glenn, 1991). Quizá el conflicto conyugal sea más raro en la vejez por la razón que apunta Carstensen (1995) en su teoría de la selectividad emocional: las parejas mayores se pelean menos porque ya no pretenden moldear al otro para el futuro. En las parejas jóve- nes, intentar modificar aquellos aspectos del cónyuge que resultan desagradables puede ser importante para una mejor convivencia futura; pero las parejas mayores se interesan me- nos por el futuro que por una buena relación presente. Además, al cabo de los años, los cónyuges saben que es inútil seguir intentándolo y han desarrollado estrategias para sor- tear aquellas características de su pareja que no les gustan.
Por otro lado, acumular experiencias compartidas a lo largo de la vida conduce a que los matrimonios sean más compatibles. Es decir, todos los factores contextuales que han compartido —vivir en la misma comunidad, educar a los mismos hijos y hacer frente a las mismas circunstancias económicas y personales— suelen cambiar a ambos cónyuges de forma similar, de manera que la personalidad, las perspecti vas y los valores de las pa- rejas de larga duración son más parecidos (Caspi, Herbener y Ozer, 1992). En rea lidad, se observa en muchos aspectos de la vida en común, desde compartir las tareas del ho- gar hasta decidir el lugar de vacaciones, que cuanto más tiempo lleva casada una pareja, más probabi lidades existen de que am bos crean que su relación es justa e igualitaria (Keith y Schafer, 1991; Suitor, 1991). Además, la solidaridad entre las parejas casadas du- rante largo tiempo se manifiesta de forma especial cuando uno de los dos precisa aten- ción y cuidados, lo cual acaba ocurriendo en casi la mitad de los matrimonios que duran cuarenta años o más. De hecho, el 56,8 por ciento de los mayores de 65 años que cui- dan a una persona necesitada de ayuda, en nuestro país, lo hacen en calidad de cónyuge
(Pérez Ortiz, 2002). En general, los cónyuges de edad avanzada aceptan sus respectivas deficiencias de salud y atienden a las necesidades físicas y fisiológicas del otro del mejor modo posible, considerándolo tanto un deber contraído como un acto de amor (Bazo y Maiztegui, 1999).
Unido al cambio de concepción de la relación matrimonial se ha ido produciendo un progresivo aumento del número de divorcios, aunque actualmente parece haberse estabi- lizado. En España se divorciaban en 1995 algo menos de 1 de cada 5 matrimonios y, en el año 2000, 1 de cada 7. No es una tasa muy alta, sobre todo si tenemos en cuenta que en Estados Unidos se divorcia 1 de cada 2. El periodo de edad en que se producen más divorcios es el que va de los 35 a los 44 años (Vega y Bueno, 1995). En general, la mayor incidencia actual de divorcio está asociada a la independencia económica de las mujeres, a que los obstáculos legales se han re ducido, a una menor oposición religiosa y a un me- nor estigma social sobre las perso nas divorciadas. También se ha comprobado que las ta- sas de divorcio son más altas en épocas de prosperidad económica (Rice, 1994). Los cón- yuges esperan que sus compañeros enriquezcan su vida, les ayuden a desarrollar sus potencialidades y sean compañeros amorosos y sexualmente apasionados. Cuando no se alcanzan estos objetivos, la mayor parte considera razonable el divorcio. En estos momen- tos es menos probable de lo que fue en otras épocas que los matrimonios infelices acep- ten su si tuación, que reconozcan que la situación puede mejorar, y es muy probable que piensen que la situación de conflicto va a afectar negativamente a los esposos y a los hi- jos. A pesar de estos cambios, la vivencia del divorcio no ha dejado de ser traumática. Un divorcio siempre supone en los cónyuges sentimientos de fracaso, culpa, hostilidad y au- torrecriminación.
Las tasas de divorcio entre los 45 y los 65 años son menores que entre los más jóve- nes y son aún más bajas para los mayores de 65 años (0,69 por ciento entre 65 y 74 años y 0,39 por ciento en los mayores de 75 años). No obstante, es un fenómeno que puede ir en aumento en el futuro dado que, muy probablemente, es más un efecto generacional que de estabilidad matrimonial. Los cambios que se producen durante la mediana edad en la estructura familiar (salida de los hijos del hogar, cuidado de los padres, jubilación, etc.) pueden precipitar una crisis conyugal que, en algunos casos, se asocia con una vivencia crítica individual de reevaluación de la propia vida y adecuación de expectativas, que pue- de desembocar en un sentimiento de inadecuación que implique la necesidad de cambiar la estructura vital (ahora o nunca) y suponga la ruptura del vínculo conyugal. No obstan- te, las razones del divorcio no cambian; las parejas mayores se separan por las mismas ra- zones que las jóvenes: frustración de sus expectativas sobre el matrimonio y la creciente necesidad de terminar con una relación insatisfactoria.
El divorcio suele suponer mayor pérdida de autoestima en la mediana edad que en la edad adulta temprana. Las personas de más de 50 años, particularmente las mujeres, tien- den a padecer más angustia cuando pasan por un divorcio que la gente joven (Vega y Bue- no, 1995); la ruptura de una relación que ha durado muchos años puede afectar más a la identidad personal y a la autoestima que la ruptura de un vínculo de corta duración. Por otra parte, la reorganización de la vida en solitario y, en muchos casos, la necesidad de bus- car un trabajo y conseguir ingresos suficientes es muy problemática para las mujeres de es- tas edades. Sin embargo, el divorcio se produce cuando el estrés de estar juntos supera al
que puede ocasionar la propia separación. Los divorciados, y separados mayores expresan una satisfacción vital mucho menor que los casados, los viudos o los solteros. Esto es así fundamentalmente para los hombres mayores divorciados que se sienten menos satisfechos con los amigos y sus actividades extralaborales. Tanto en hombres como en mujeres, la tasa de enfermedad y muerte es más alta; quizá, como comenta Bazo (1990), por la asociación que se establece, en las personas mayores, entre salud y soledad. De hecho, el tener recur- sos económicos suficientes, nivel educativo medio o alto y unas redes sociales intensas con familiares y amigos parece estar asociado al ajuste correcto después del divorcio.
Por último, cabe exponer algunos comentarios sobre los matrimonios en la vejez. En el año 2001, se casaron en España 3.218 personas mayores de 60 años, de las cuales el 37,51 por ciento eran viudas y el 35,77 por ciento divorciadas o separadas (datos del INE). En es- tas edades se casan muchos más hombres que mujeres; las razones de que esto sea así son varias: en general, los hombres tienden a casarse con mujeres más jóvenes que ellos, mien- tras que para las mujeres se da menos este tipo de parejas en las que ella es el individuo de más edad. Las mujeres tienen mayor expectativa de vida que los hombres, lo cual supone que hay más mujeres mayores viudas que hombres mayores viudos. Los hombres, en ge- neral, tienen más probabilidades de volverse a casar cuando enviudan, mientras que las mu- jeres tienden a optar por vivir solas y relacionarse preferentemente con amigas en su mis- ma situación (Papalia y Wendkos, 1992). Por otra parte, para las mujeres, sobre todo para aquellas que han cuidado de un marido enfermo hasta su muerte, la idea de volverse a ca- sar y tener que enfrentarse de nuevo con esa situación, pero con un marido con el que no han compartido tantas cosas, puede resultar poco atractiva, por lo que prefieren mantener la relación de pareja sin casarse o vivir juntos.
Los hijos también pueden ser un problema para los segundos matrimonios de padres mayores. La mayor parte de los hijos adultos considera que sus padres deberían consultar con la familia su intención de volverse a casar; los mayores, incluso, opinan que deben pe- dir permiso y, en general, no suelen comprender la necesidad que su padre/madre tiene de compañía o de intimidad sexual. Muy frecuentemente los hijos consideran que un nuevo matrimonio altera de forma importante las relaciones y la intimidad familiares. Lo que las personas mayores esperan de un nuevo matrimonio es fundamentalmente compañía, al- guien con quien compartir la vida, un compañero para quien ser fundamental y que les necesite. La necesidad de gustar a otro, ser querido y ser la persona más importante para aquel a quien queremos no desaparece con los años (Warner y Willis, 2003) ni se satisfa- ce a través de las relaciones que se tienen con hijos y nietos, por muy cariñosas y satis- factorias que éstas sean.