• No results found

Security-typed languages

2.2 Static methods for data flow analysis and enforcement

2.2.3 Security-typed languages

psicología del desarrollo actual la influencia de la interacción familiar en el proceso de desa rrollo psicológico.

2. MODELO CONTEXTUAL-ECOLÓGICO. HACIA UNA PSICOLOGÍA

CULTURAL

Desarrollo psicológico en contexto: dentro del campo de la psicología evolutiva —hoy denominada preferentemente psicología del desarrollo— se ha producido, en los últimos años, una pequeña revolución. Ésta ha consistido en un progresivo abandono de las teo- rías de estadios como recurso fundamental para entender el proceso de desarrollo

psicológico humano. Estas teorías tienen un afán universalizador porque predeterminan los caminos por los que va a discurrir el proceso de desarrollo. Ello supone básicamente dos cosas: primero, que se resta influencia al contexto como determinante del desarrollo psicológico y, segundo, que se concede más peso a los factores genéticos como influyentes en el mismo.

El abandono de las teorías de estadios supone un mayor reconocimiento de la in- fluencia de los diversos contextos en los que el desarrollo psicológico se produce. Ese re- conocimiento no es nuevo en la historia de la psicología. Sirvan, a modo de ejemplo, la teoría de Lev Vigotsky (1935) y la de Kurt Lewin (1935) como dos precedentes históricos de este enfoque contextual actual. Precisamente las dos teorías citadas representan dos concepciones diferentes del contexto: la primera considera al contexto como un complejo entramado de interacciones socio-humanas que el ser humano va interiorizando a lo lar- go de su desarrollo. La segunda muestra una concepción ecológica, del contexto físico y espacial en el que se gesta el desarrollo psicológico del niño. La película de Kurt Lewin (1934) El Espacio Vital del Niño constituye una exposición del punto de vista del psicólo- go berlinés.

En la obra de Vigotsky (1896-1934) se encuentran las bases científicas para conceptua- lizar la relación entre los organismos y sus contextos de desarrollo; en definitiva, Vigotsky se ocupa de aplicar los principios marxistas a la psicología. En la medida en que aplica el materialismo histórico a la psicología adopta un enfoque contextual y evolutivo: el indivi- duo es producto de su propia historia interactiva, no se socializa sino que se individualiza a través de la interacción social. El concepto de herramienta, característico del análisis mar- xista, sirve para concebir el lenguaje humano como herramienta semiótica (Riviere, 1984) a través de la cual el individuo estructura sus relaciones con el mundo social y consigo mis- mo; de ahí la concepción de la conciencia como un diálogo social interiorizado.

Vigotsky llena de contenido esta construcción social del individuo formulando los co- nocidos conceptos de ley de doble origen de los procesos psicológicos superiores y zona de desa - rrollo proximal. La ley de doble origen de los procesos psicológicos superiores es el primer mar- co conceptual para entender la influencia del contexto familiar en el proceso de desarrollo psicológico, en la medida en que aquellas interacciones sociales que a cada individuo le toca experimentar en su grupo familiar construyen su individualidad en una dirección u otra. Existe un ejemplo, mencionado en otro trabajo (Arranz, 1998), que aclara este pun- to de vista: se trata de la tendencia de los primogénitos al ejercicio de la autoridad, la ten- dencia a asumir la responsabilidad cuando se encuentran en un grupo. Éste es un rasgo de personalidad que procede de la interiorización de una interacción social continuada a lo largo de su infancia; sus padres han delegado de forma sistemática su autoridad al pri- mogénito, que la ha ejercido respecto a sus hermanos. La delegación de autoridad se con- vierte en un espacio propio para la construcción de la identidad que es exclusivo de ese niño y que le conforma como persona distinta a otras porque experimenta interacciones sociales exclusivas y diferentes a otros miembros de su familia. La obra de Vigotsky cons- tituye la base sobre la que se asientan las actuales concepciones sobre la segunda psicología o psicología cultural.

El materialismo cultural: si la interacción familiar se constituye en un contexto para el desarrollo psicológico, es importante precisar que la propia interacción está influida por

múltiples factores externos a ella y a los que es extraordinariamente sensible. Un prece- dente significativo de esta sensibilidad se encuentra en el enfoque de la antropología cul- tural denominado materialismo cultural, que ha sido desarrollado por el antropólogo nor- teamericano Marvin Harris (1983). Desde el punto de vista del materialismo cultural se puede establecer una sólida relación entre la producción de bienes en un entorno econó- mico determinado, y el ritmo y los hábitos de reproducción familiares. El hecho de tener o no tener hijos, su número e, incluso, la actitud a tomar ante ellos aparecen determina- dos por el balance costos-beneficios. En determinados momentos tener muchos hijos pue- de inclinar claramente la balanza hacia los beneficios. En otros, los hijos se convierten en una fuente de gastos y en un estorbo para la producción. Desde el trasfondo teórico del materialismo cultural las condiciones materiales de vida pueden determinar no sólo las pau- tas de reproducción, sino también los mismos estilos de crianza. Se denominan condicio- nes materiales para distinguirlas de otras condiciones de carácter ideológico, religioso, etc.; estas condiciones se refieren a la necesidad de alimento, de cobijo o de un trabajo.

Dentro de los costos que supone la crianza de un niño, se puede mencionar la comi- da extra consumida por la madre durante el embarazo, el trabajo que se ha perdido du- rante esa época y otra serie de gastos de tipo médico y educativo. Los beneficios serían lo que los hijos aportan a la estabilidad económica de la familia; también los intercambios de hijos e hijas conducen a la formación de grupos grandes que son menos vulnerables en caso de un ataque exterior. Harris (1983) afirma que este análisis no implica que la gente no quiera tener hijos por razones sentimentales; considera que una hipotética tendencia innata a tener hijos por parte de los miembros de nuestra especie también sería suscepti- ble de ser afectada por los determinantes socio-económico-culturales, hasta el punto de vi- vir en una sociedad que permite que la mayoría de la gente tenga menos hijos de los que son capaces de producir, y que muchas personas, por razones religiosas, económicas o de otra índole, tengan muchos hijos o no tengan ninguno.

La llegada de la agricultura, que supone el abandono del nomadismo, inclina la balan- za hacia el hecho de tener más hijos. En muchas sociedades un niño empezaba a ser pro- ductivo poco después del destete. En el caso de partos seguidos, los hermanos mayores se convierten inmediatamente en cuidadores de sus hermanos pequeños. Los niños javaneses se encargan de realizar casi todo el trabajo de mantenimiento y crianza de sus hermanos; de esa forma los padres quedan libres para realizar trabajos que traen ingresos a la fami- lia. En estos casos, la creencia de que en los países subdesarrollados se tienen muchos hi- jos por desconocimiento de los métodos anticonceptivos no es correcta, porque tener más hijos supone un incremento de la productividad familiar.

La modificación de las condiciones de producción de las sociedades industriales va a in- fluir de nuevo en las tasas de reproducción. La tecnificación y la complejificación de los tra- bajos agrícolas hace que disminuya la demanda de trabajo infantil. Pero todavía hay que es- perar al primer tercio del siglo xx para que se promulguen las primeras leyes que impiden el trabajo infantil. Un ejemplo de la influencia de los determinantes socio-económicos sobre la actitud ante la infancia se puede observar si se analizan las prácticas de autorregulación de la población realizadas por las culturas preindustriales. Entre estas prácticas, que se po- drían denominar pre-anticonceptivas, se puede mencionar el aborto indirecto que se practi- ca maltratando a la mujer embarazada y privándole de una dieta adecuada; también cabe se-

ñalar el infanticidio indirecto, que se ejerce a través de una desidia asistencial a los recién nacidos. En la misma dirección de reducir el número de nacimientos se encuentra el au- mento del tiempo entre los embarazos prolongando el destete y logrando la amenorrea por lactancia y la regulación y control de las actividades sexuales coitales.

Cultura y crianza: el sistema socio-económico no sólo afecta a las condiciones mate- riales de vida en las que se desenvuelve una familia, sino también a los propios estilos de crianza. En un reciente ensayo (Arranz, 2002a) se han resumido diversas investigaciones en la línea de la influencia cultural en las pautas de crianza. Entre ellos se encuentra el clá- sico trabajo de los Whitting (1975); en las sociedades que los autores definieron como simples (Kenya, Filipinas y México), que tenían economías basadas en una agricultura de subsistencia, los roles de los hombres y las mujeres estaban claramente definidos y la co- operación era el valor más destacado, como medio para lograr la supervivencia. En las so- ciedades complejas (Okinawa, India y Estados Unidos de América), con economías basa- das en la especialización ocupacional, existía un sistema de clases y un gobierno centralizado; el valor más resaltado era el de la competitividad.

Por su parte, Harkness y Super (1995) confirman la influencia del sistema socio-eco- nómico en las prácticas de crianza añadiendo un nuevo matiz; afirman que la socialización favorecedora de la sumisión será típica de los grupos económicamente pobres, donde exis- te una gran incertidumbre acerca de la capacidad de la familia para acumular los bienes necesarios. Por contra, en los grupos económicamente privilegiados se pondrá más énfasis en el desarrollo de la independencia y de la asunción del riesgo.

Las teorías que los padres tienen acerca de la crianza y el desarrollo infantil, reflejo de valores culturales, se están manifestando como una fuente importante de influencia sobre las pautas de crianza (Palacios, Hidalgo y Moreno, 1998; Super y Harkness, 1996). En el modelo propuesto por Cole (1996) se afirma que la interacción familiar ocurre dentro de los nichos evolutivos (Super y Harkness, 1986) formados por tres elementos fundamentales: el contexto físico y social en el que el niño vive, las prácticas de crianza y educación re- guladas por la cultura y la psicología de sus cuidadores. Igualmente, los nichos evolutivos son definidos por Rodrigo y Palacios (1998) como el conjunto de escenarios, prácticas y creencias que en cada cultura existen en torno a los niños, su crianza y educación.

El concepto de prolepsis, acuñado por Cole (1996), ahonda en la idea de la proyección de valores y expectativas de futuro que los niños reciben, en función de sus características físicas o temperamentales, como reflejo de su entorno cultural; por ejemplo, cuando se afirma de un niño con apariencia de fortaleza: «este niño será un gran deportista», o «será un gran cazador», dependiendo de la importancia que en cada cultura se dé a esas activi- dades. El modelo de las teorías implícitas tiene un claro precedente en los estudios lleva- dos a cabo por Eriksson (1963) entre los indios sioux y los indios yurok, los cuales fue- ron comentados en la introducción histórica de este trabajo.

Las teorías implícitas: el área de investigación de las teorías implícitas supone, a jui- cio de Rodrigo y Palacios (1998), una apertura a conceptos característicos de la psicología social, como las actitudes, expectativas, atribuciones, percepciones y creencias. Sobre la base de estos conceptos se construyen las sabidurías populares, las etnoteorías e ideolo gías familiares. Holden (1997) y Rodrigo y Palacios (1998) coinciden en afirmar que los padres poseen un constructo mediacional, una teoría o teorías sobre diversos aspectos del

desarrollo infantil y sobre la crianza y sus efectos, que influye directamente en las interac- ciones que se producen dentro de la familia. Un rasgo esencial de estas construcciones es que son creencias implícitas y que tienen un carácter subjetivo de verdad (Rodrigo y Pa- lacios, 1998); de hecho, los padres no las formulan explícitamente, pero guían su com- portamiento de crianza en el marco familiar.

Las teorías implícitas o modelos mediacionales cognitivos de los padres son construi- dos sobre diversas fuentes de influencia; para algunos autores están conformados por ca- racterísticas de los propios padres en lo relativo a su complejidad cognitiva (Dekovic y Ge- rris, 1992); para otros, como McGillicuddy-Delisi (1992), las creencias son producto de la propia interacción que los padres mantienen con sus hijos y van modificándose en fun- ción de los cambios producidos en los propios niños. Rodrigo y Palacios (1998), al igual que Harkness y Super (1996), apuestan por una co-construcción de las teorías en una rela- ción dialéctica entre el individuo y la cultura; los padres reciben un patrimonio cultural relativo a las pautas de crianza, y además tienen su propia experiencia y un código de va- lores peculiar de la comunidad en la que se encuentran. A juicio de los autores mencio- nados, estas ideas están muy normativizadas y son resistentes al cambio.

Parece coherente preguntarse cuál es el contenido o a qué se refieren estas teorías im- plícitas. Siguiendo el trabajo de Holden (1997) se pueden distinguir cinco ámbitos de in- vestigación dentro del campo de las creencias parentales: percepciones, atribuciones, creencias, autopercepciones y resolución de problemas y toma de decisiones; a continua- ción se expone un pequeño resumen de cada uno de ellos.

En lo que se refiere al campo de las percepciones, el precedente más significativo se encuentra en el trabajo de Broussard y Hartner (1971); estas investigadoras demostraron que las percepciones maternas de que sus hijos se situaban en niveles de desarrollo psi- cológico por debajo de la media estaban asociadas a la aparición de diversos problemas posteriores en esos niños. Este estudio tiene el valor de inaugurar un campo de investi- gación, pero no pudo ser replicado y fue criticado por problemas de fiabilidad y validez. Sin embargo, el trabajo de Emmerich (1969) mostró cómo los padres mostraban unas creencias y prácticas de crianza que respondían a los principios fundamentales de las te- orías del aprendizaje social y que eran muy conscientes de que podían influir en el des- arrollo psicológico de sus hijos. Holden (1997) menciona dos campos donde las percep- ciones de los padres pueden ser especialmente importantes: el campo de las percepciones ligada a los estereotipos de género, que de hecho influyen en el comportamiento estere- otipado de los padres pero no en todas las variables, y el campo de las percepciones de los padres sobre el temperamento de sus hijos, que también puede mediatizar la actitud de crianza que se adopte con ellos.

En el ámbito de las percepciones, tanto de los padres como de los hijos cuando van creciendo, es importante precisar que, aunque las percepciones no reflejen la realidad ob- jetiva, no pierden por ello su capacidad de influencia sobre el comportamiento. La cues- tión clave en este ámbito es hasta qué punto las percepciones de los padres pueden influir en el comportamiento con sus hijos. Se trata de lo que Rodrigo y Palacios (1998) han de- nominado el binomio cognición-acción; se puede deducir que los padres no actúan siempre como piensan o como manifiestan que piensan, por lo que la relación entre la cognición

y la acción es probabilística y será mayor en los dominios concretos y situacionales que en los ámbitos no situacionales y glo bales.

Las atribuciones reflejan las ideas de los padres acerca de las causas del comporta- miento infantil y sus teorías sobre las causas del desarrollo. Uno de los campos más in- vestigados ha sido el de la atribución de las causas del comportamiento desobediente y si éste es inducido por intenciones del sujeto o por características de la situación. Según Dix y Reinhold (1991), los padres aumentan las atribuciones sobre intenciones y personalidad de los niños de forma directamente proporcional a la edad de éstos y su reacción afectiva es también progresivamente más negativa.

En lo que se refiere a las creencias se debe matizar que, cuando se habla de creencias, se están incluyendo también conocimientos de los padres, ideas y expectativas. Holden (1997) insiste en la trascendencia que las creencias tienen en la medida en que afectan di- rectamente al comportamiento de crianza. Por ejemplo, si las madres kurdas de Israel afir- man que los bebés no son capaces de ver hasta los seis meses, los estímulos visuales que presenten al niño serán mínimos durante la primera mitad del primer año de vida. Hol- den (1997) señala que la investigación sobre creencias se debe centrar en el análisis del contenido, de la calidad, de las fuentes y de los efectos de esas creencias. La síntesis sobre este particular aportada por Palacios, Hidalgo y Moreno (1998) consiste en la identifica- ción de lo que los autores denominan ideas e ideologías.

En el campo de las ideas, los autores anteriormente mencionados afirman que los pa- dres sostienen diversas ideas sobre el origen y las causas de la conducta; los padres que tienen ideas innatistas consideran que su capacidad de influir en el curso del desarrollo de sus hijos es limitada. Sin embargo, los padres que mantienen unas ideas más ambientalis- tas entienden que, de hecho, pueden influir, ayudar o educar a sus hijos. Los padres tam- bién manifiestan ideas acerca de las metas y los valores educativos; en esta dirección se re- cogen las metas universales señaladas por Levine (1988) y que consisten en la supervivencia y salud, en el desarrollo de capacidades para ser autónomo económicamen- te y la obtención de rasgos y valores aceptados en su contexto cultural. Dentro de los va- lores habrá padres que, en igualdad de estatus socioeconómico, optarán por fomentar valores tradicionales como limpieza, orden y obediencia, y otros que opten por valores más progresistas, como independencia, curiosidad y actividad.

Otro ámbito de ideas de los padres señalado por Palacios, Hidalgo y Moreno (1998) es el denominado calendario evolutivo, que está formado por las ideas de los padres referen- tes a la aparición temporal de determinadas capacidades a lo largo del proceso evolutivo. Según los autores, los padres tienden a infravalorar a los bebés y a los preescolares y a so- brevalorar a los escolares; en cualquier caso, habrá padres con expectativas muy optimis- tas de precocidad y padres pesimistas, con expectativas de que aparezcan retrasos en el desarrollo de sus hijos. El último campo dentro de las ideas está formado por las que los padres muestran en relación con el aprendizaje y las técnicas educativas; resulta curioso comprobar cómo los padres reproducen planteamientos que se encuentran también en el ámbito científico: existen padres que piensan que el niño es un agente activo en su pro- ceso de aprendizaje (perspectiva constructivista) y padres que piensan que lo más impor- tante es que los niños sean enseñados (perspectiva didactista). En lo que se refiere a los estilos educativos, existen padres que confían preferentemente en las técnicas inductivas

del estilo autorizado, frente a quienes son partidarios de las técnicas más expeditivas y coercitivas.

Las ideologías familiares que describen Palacios y Moreno (1996), Palacios, Hidalgo y Moreno (1998) e Hidalgo (1999), se han concretado en tres perfiles de padres que se han