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2. Chapter 2: Does Competition Lead to Structural Breaks in the ERPT?

2.7 Conclusion

"Mientras el imperio fue el inglés, la decisión de la Argentina de insertarse en él la llevó a integrar el lote de las naciones modernas. 'Fuimos' modernos. Ya no lo somos porque no hemos tenido frente al nuevo imperio (los EE.UU.), la misma agilidad que mostraron Brasil y, fuera de América, Japón, Italia o Ale- mania." Mariano Grondona -que tal es el autor de este análisis- continúa se- ñalando que, por no reconocer al Imperio norteamericano nosotros, los argen- tinos, "quedamos a la vera del progreso, la civilización y la modernidad"1.

Con una profunda vocación "nacional" de factoría, este profesor de de- recho político y no mejor animador en lucrativos programas de televisión, reivindica, como propias, las teorías expuestas por Carlos Escudé en un li- bro2 de importante significación, en el cual se ideologiza la subordinación

a las grandes potencias; ayer, con el Imperio Británico, hoy con los Esta-

dos Unidos.

Por contrario sensu, el estancamiento, el fracaso y la pobreza, parecen ser los efectos seguros de una política independiente, según los apologistas de la

"¿Dónde ponemos?", art. de Mariano Grondona en revista A fondo, N" 48 de marzo de 1986.

2 Argentina vs. las grandes potencias, de Carlos Escudé. Editorial de Belgrano con el apoyo del

Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, del Social Science Research Council de los EE.UU. y de la John Simón Guggenheim Memories Foundation. Ilustran la contratapa, como una definición, las banderas de los EE.UU. en mayor tamaño, la británica, mas reducida, y en último término, la argentina en pequeña dimensión.

servidumbre en las relaciones políticas internacionales. Partiendo de la ya clá- sica división entre naciones "desarrolladas" y naciones "en vías de desarrollo", la única opción posible para éstas es su "sociedad" con las primeras. Una so- ciedad, por supuesto, en la que el socio pobre acepta la administración del socio rico; o dicho más claramente, el socio pobre es tributario de las necesida- des y exigencias del socio rico.

En tal línea de pensamiento, la soberanía es un atributo reservado a las grandes potencias. Estas, incluso, con capacidad para desconocer la vigencia de las normas morales o la intangibilidad de un orden jurídico3.

Argentina, según Escudé, carga con el peso histórico de haber pretendi- do un desarrollo independiente. Remontando el origen de esa "culpa" a la Io

Conferencia Interamericana de Washington4, el gran pecado del país se

identifica con el gobierno de Perón en cuanto éste inició el gran proceso de transformación nacional. El desarrollo económico independíente constituyó un desafío contra el "orden no escrito de las grandes potencias".

"El país no podía priorizar su industrialización sin atender, previamen- te, las propias necesidades de la reconstrucción europea de posguerra. La Ar- gentina -dice Escudé- tenía el 'derecho' de implementar su plan de indus- trialización, si por derecho se entiende a lo que emana de los enunciados principistas de la ley internacional escrita. Pero desde el punto de vista del orden internacional 'de facto', la actitud argentina era un desafío indirecto, y de tal importancia que el limitadísimo poderío argentino no podía llevarlo a buen puerto. Desde el punto de vista de una ley internacional no escrita pero de mucho mayor vigencia que la escrita, la Argentina no tenía el de-

recho de desafiar aquel orden internacional, que establecía una proceden-

cia de la industrialización europea respecto de la Argentina"5.

Como es lógico, y siguiendo a Escudé, tal desafío argentino -su propio desarrollo- debía acarrearle las sanciones de esa ley no escrita de las gran- des potencias. "No saber adaptarse a los objetivos de las grandes potencias puede tener consecuencias gravísimas para un país dependiente, más allá de toda consideración de justicia ideal, que es estéril... y puede redundar en su ruina".

Desde luego que la teoría de Escudé apunta a un proyecto nacional fun- dado en la dependencia y en el desarrollo de recursos tributarios de los paí- ses centrales. Su cuota de soberanía estaría limitada al ejercicio de los po- deres de decisión necesarios para satisfacer su contribución como país

3 Al aludir a la violación, por parte de Inglaterra con el acuerdo de los EE.UU. del tratado fir- mado con la Argentina y relativo a la deuda británica, dice Escudé (ob. cit.) "que tales manio- bras sólo tienen éxito cuando es fuerte quien delinque".

4 En la 1° Conferencia Panamericana celebrada en Washington en 1889, Roque Sáenz Peña -que participó como delegado de la Argentina- frustró los planes del gobierno de los EE.UU. haciendo fracasar iniciativas tendientes a asegurar el dominio imperialista del país del norte. La brillante y valiente actuación de Sáenz Peña es un jalón de la historia diplomá- tica argentina. Con su histórica frase: "América para la humanidad", replico Sáenz Peña la consigna de Monroe: "América para los americanos".

5 Carlos Escudé, ob. cit:

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dependiente. "La Argentina progresó -sigue diciendo Escudé en sus coinci- dencias con Grondona- cuando su vínculo con Gran Bretaña estaba en su es- plendor. La Argentina perdió casi todo cuando quedó marginada en el mun- do, sin alianza".

Sugiriendo, implícitamente, la necesidad o conveniencia de la alianza con el país norteamericano, advierte que "el favor de los Estados Unidos es

un bien escaso y de valor. La cuota de su favor, que los Estados Unidos

canalizarán en América Latina, tiene límites bastante precisos. Se trata, pues, de un bien por el que vale la pena competir". Como si los gobier- nos de los países "pobres" debieran ser - p a r a estos campeones del liberalis- mo- rufianes, de nivel internacional en la negociación de las ventajas.

El error de estos doctrinarios de la dependencia reside en qu e se equi-

vocan cuando acusan al "pecado de la soberanía". El verdadero pecado no ha sido ese, sino, precisamente, el de no haber sabido ejercerla. Lamentable- mente, la soberanía ha sido, generalmente, un acto declamatorio de gran parte de la dirigencia política mientras se negociaba -con la ignorancia de algunos y con la complicidad de muchos- el patrimonio de los argentinos y el destino del país.

Asociar el concepto de soberanía, a posiciones regresivas, de aislamien- to o xenofobia, es una imputación de mala fe con la cual se pretende neutra- lizar sentimientos nacionales para vencer, por especulaciones económicas y políticas, supuestas barreras de prejuicio ideológico.

Cuando se invoca la soberanía en defensa del interés nacional, se ape- la al derecho de que el pueblo ejerza su poder de decisión en la elección de su sistema de vida, del manejo de sus recursos y de su conducción política. La noción de soberanía no es incompatible con la integración de estructu- ras regionales, continentales o mundiales, como tampoco es antagónica con una concepción de desarrollo fundada en la apertura o en la asociación eco- nómica.

Un país no es más o menos soberano según sea el grado de su interre- lación respecto a potencias, organismos internacionales o grupos económi- cos. No existen gradaciones en materia de soberanía. Se es o no se es sim- plemente. Lo que realmente importa, en orden a la soberanía, es el ejercicio de la voluntad popular frente a las opciones o alternativas de que puede dis- poner para la realización de su destino.

Esto tiene que ver, fundamentalmente, con un proyecto nacional. Un proyecto elaborado en el marco de la dependencia o un proyecto construido sobre la base de su autonomía. En el primer caso, el país estará determina- do por intereses ajenos a los cuales deberá adaptar su acción política y su ré- gimen económico. En el segundo, estará determinado por sus propios intere- ses, a partir de los cuales se insertará en el mundo.

En la actual coyuntura política se debate, precisamente, el modelo de país que deben darse los argentinos. El avance del liberalismo coloca al pa- ís, nuevamente, en la experiencia de las grandes transformaciones y plantea la contradicción ideológica entre una filosofía política de raíz popular y una concepción empresaria del mundo económico. Con ese avance se neutraliza y desplaza la participación popular como estructura política del gobi Dierno,

porque así conviene a los factores del poder económico que hoy requieren una nueva formulación del rol del Estado.

En la búsqueda lógica de apoyatura política, frente a un programa pos- telectoral y montado simultáneamente con la ascensión de Menem al go- bierno, se ha apelado a aquella histórica convocatoria de Perón de "que al pa- ís lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie". Pero el concepto "entre todos" no supone rigurosamente "todos". Si es válida la agregación global, por ejemplo, de obreros y patrones, militares y banqueros, agricultores y pro- fesionales, no lo es -desde luego- la de trabajadores y usureros, comercian- tes y ladrones, y honrados y deshonestos.

El "todos" no puede integrar a quienes lucharon y trabajaron por el país con quienes lo defraudaron lucrando con las carencias de la gente, o especu- lando con las mesas de dinero y con el tráfico negro de divisas. No salvarán al país quienes fueron protagonistas o cómplices en los negociados de la deu- da externa o en el vaciamiento de las empresas públicas.

El proyecto de la reconstrucción nacional no puede pasar por la promis- cuidad entre el lobo y las ovejas, ni por entregar las llaves de la casa a quie- nes la saquearon. El país no es una aventura de comerciantes, sino una em- presa nacional de los argentinos.

Obviamente, la cuestión de la deuda externa cae, en principio, en cir- cunstancias poco favorables para la reivindicación del interés nacional. Los factores del poder económico -hoy en el gobierno- se identifican con los in- tereses que generaron la política económica de Martínez de Hoz. Hablan el mismo idioma y participaron de los mismos réditos, aun cuando pretendan alimentarse del signo partidario que combatieron.

Esta cuestión no puede desvincularse del excepcional fenómeno que vive el país, frente al abismo que separa al "pragmatismo" de hoy del justicialis- mo de ayer. Son dos posiciones incuestionablemente diferentes, y con métodos consecuentemente distintos. Se dirá, tal vez, que no hay similitud alguna en- tre las circunstancias de una y otra época y, también, que no han pasado en vano los últimos cuarenta años de la vida de nuestro país y del mundo.

Pero aceptar la realidad de la evolución y de los cambios no supone re- nunciar a principios que son permanentes en una escala de valores que de- fine una conducta política y un ideal de patria o de nación. De allí que sería necedad afirmar que la filosofía de Perón se proyecta en la acción contro- vertida de Menem, más allá del consenso que éste tenga y de la corriente partidaria que lo eligió y lo acompaña.

El proceso debe sincerarse, porque los argentinos no podemos seguir ad- mitiendo la falacia y la hipocresía como rasgos distintivos de nuestra vida política. Como tampoco podemos seguir tolerando la práctica del doble dis- curso que utiliza cierta dirigencia sin honestidad ni convicciones.

Si la realidad es la única verdad, como sostenía el juicio certero de Pe- rón, es absurdo pretender escapar de aquella para fabricar la verdad que se desea.

La realidad de noviembre de 1989 no se corresponde con la del proceso preelectoral de mayo. Pero es nuestra realidad de hoy, con sus virtudes y sus defectos, con nuestras esperanzas y también con nuestro desaliento.

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El pueblo no votó un programa, votó a un Presidente. Le cabe a él, pues, la responsabilidad del gobierno y la instrumentación de una política. El pue- blo aplaudirá sus aciertos o condenará sus errores. Mejor dicho: sus éxitos o sus fracasos, que tales son los patrones con que la historia juzga a los go- bernantes.

Lo que interesa, desde el punto de vista histórico, son los resultados y no los ideologismos. Esos resultados justificarán la gestión de Menem, si el desarrollo económico anunciado se lleva a cabo garantizando la vigencia de una efectiva justicia social y asegurando el crecimiento del poder económico del pueblo en el goce de los bienes fundamentales de la salud, la alimenta- ción, la vivienda y la cultura.

Son éstas algunas honradas reflexiones frente al contexto político de hoy y tratando de poner barreras a la confusión y a las contradicciones.

No dudo que el margen de maniobra de Menem está limitado por un sin- número de intereses condicionantes y de hombres que sirven a esos intere- ses. Como no dudo, tampoco, en su búsqueda por hallar un camino entre la maraña de presiones y de embarcados tratando de marcar un rumbo contra la brújula de la historia.

En aquellos resultados de justicia social y de respuesta a las necesida- des del pueblo, tendrá su justificación el nuevo régimen, y no en pretender revalidar al justicialismo como fundamento doctrinario y contradictorio del cambio, salvo que una estrategia de fondo pueda explicar las nuevas formas de acción política y la alianza de los opuestos.

Si tales resultados no se dieran, la frustración de la esperanza popular habrá clausurado, por largo tiempo, la última experiencia de la democracia en la Argentina.