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Configuring the Workload For Migration

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4.4.4 Configuring the Workload For Migration

En octubre de 1965, y a la som bra del mov i m iento de der echos ci v i les, tu vo lugar un ca m bio trascen- dental en las pol í ticas de inmig ración de los Esta- dos Unidos. En esa fecha se derogaron las llamadas leyes de losOrígenes Nacionales4, vigentes duran-

te cuatro décadas, impla nta ndo un nuevo sistema de distr i bución de visas que atendía a los cr iter ios de reagrupación familiar, habilidades profesionales y as i lo pol í tico y fijaba un límite inicial de 20 . 0 0 0 i n m ig ra ntes anua les por pa í s. Con el lo no sólo se pos i bi l itó un ca m bio de tenden cia en el sto ck de i n m ig ra ntes –que alca nza la cota más ba ja de la h i stor ia en 1970, cua ndo su man 9,4 millones y

(1) Este traba jo se ef ectuó du ra nte una esta ncia en el ‘Centro sobre Mig ración y Des a r rol lo’ de la Un i versidad de Princeton y contó con una beca postdo ctoral –fina nciada por la Secr etaría de Estado de Educación y Un i versidades de España y cof i na nciada por el Fondo Socia l Eu ropeo– y con el apoyo de dicho Centro. Una versión inicial fue publ icada por el Real Institu to Elca no ba jo el títu lo ‘¿Per du rará lo hispa no en USA?’ (Do cu mentos de traba jo 20 02- 0 8, Mad r id, octubre 20 02). (2) Citado por Law r ence Auster en ‘Mass Immig ration And Its Eff ects on Our Cu l tu r e’, p. 2. (3) É ste compr endió observ ación pa rtici pa nte y entr ev i stas en prof u nd idad a inmig ra ntes e infor ma ntes clave con especial atención a los con ju ntos mex ica no y dom i n ica no. (4) P romu lgadas en 19 21 y 19 24 y rati f icadas en el Acta de Inmig ración y Naciona l idad de 1952, éstas establecían un si stema de cuo tas por or igen nacional que favor ecía a los pa í ses occidenta les y limitaba

suponen menos del 5% del total–, ta m bién abrió la puerta a una revol ución demog r á f ica que acaba r í a tra ns f or ma ndo la estructu ra étnica de la nación al dar entrada a nu merosos naciona les de América Latina y Asia. Desde entonces la población foránea ha au mentado veloz mente y alca nza, según el Censo 2000, más de 31 millones, el 11,1% de la población tota l. Algo más de la mitad (52%) pro ce- de de Latinoamérica. En 1990 eran 8,4 millones (el 44,3% de los for á neos); diez años antes repr esen- taban un tercio y menos de un qu i nto en 19705. La

escalada ha sido, pues, fulminante.

La estructu ra de la población extra n jera ha dado un v uelco rad ical en este lapso. La tasa de eu ropeos cae del 75% en 1960 al 15% en 2000 su ma ndo ahora 4,4 m i l lones fr ente a los 7,3 pr ev ios. Y au nque la pobla- ción as i á tica ad v ierte ta m bién un fuerte desa r rol lo y supone ahora –con 7,2 millones– la cuarta parte del conjunto, lo vela el latino. China, el país emisor más importante de esa región y el segundo en la lista de naciona l idades, aporta 1,4 millones, seis veces menos que México, el pr i mer em i sor. Sus nati vos –unos 8 millones– constituyen algo más de la cuar- ta parte de la población foránea (27,6%) y más de la m itad (66 ,1%) del subcon ju nto lati no. Hay que r emonta r se al censo de 1890 –cua ndo el 30% pro- cedía de Alema n ia– pa ra en contrar un índ ice ta n elev ado de una naciona l idad. Sólo entre 19 90 y 2000 sus natu ra les au mentan el 82 ,4%. Ju nto a él, en la lista de pr i meros em i sor es, fig u ran ta m bi é n Cuba, El Salvador y la República Dominicana, en 5ª, 7ª y 9ª pos ición con 952.000, 765.000 y 692 . 0 0 0 i nscr itos. Por reg iones, casi 10 millones (9,8) pro- ceden de América Central, cerca de dos (1,8) de paí- ses del Ca r i be y una ci fra similar de Suda m é r ica (Schmidley & US Census Bureau 2001).

Casi la cua rta pa rte de la población for á nea son i ndo- cu mentados,otra tenden cia clave de la mig raci ó n actual que se ex pa nde en los últi mos años. Un estu-

d io del Institu to de Pol í tica Mig rator ia esti maba su ci fra en 2000 en unos 8,5 millones, au nque alg u nos la elevan a 11. Ello supone una med ia anual de med io millón al superar en 5 millones a los cálcu los de la d é cada pr ev ia6. Y ta m bién entre el los destacan los

nacidos en América Lati na; de allí son tr es de cada cuatro (el 77%). Sólo los mex ica nos su marían unos 5 millones (el 55% del total) y otros 2 (el 22%) i n cu m birían al resto de pa í ses lati nos. Las otras á r eas geog r á f icas están a su f iciente dista n cia. De As ia sería 1,1 millón (el 13%), de Eu ropa y Ca nad á otro med io millón (6%) y la fracción resta nte (2%), de Áfr ica y otros or í genes (J. Passel 20 02). Según Suárez-Orozco (1999), tras este sistema de i n m ig ración Inter-A mer ica no que está su rg iendo hay tres cuadros sociales: a) un flujo a gran escala, más o menos regular, desde México que se intensi- f ica tras 1980; b) oleadas pu ntua les desde Améri- ca Central y del Sur, unidas con fr ecuen cia a con f l ictos pol í ticos; y c) un patrón ca r i beño de m ig ración ci rcu lar ti pi f icado en las ex per ien cias de puertor r ique ñ os y dom i n ica nos. Las cond iciones estructurales –efectos de la globalización y la rees- tructu ración econ ó m ica en los pa í ses em i sor es y la dependencia de la economía de EEUU de la mano de obra mig ra nte– apu ntan a una conti nu idad de los flujos desde esas latitudes, de mo do que, aún en el caso de un eventual descenso, los latinoame- ricanos seguirán siendo dominantes.

En cua nto a los datos globa les, el Censo 2000 reg i s- tró 35 . 3 05 . 818 hispa nos, el 60% más que en 19 90 , cua ndo su maban 22,4 millones, y el 142% si lo cote- ja mos con 19 8 07. La distr i bución por naciona l ida-

des es fiel ref lejo de la se ñ a lada pa ra los inmig rados. A lgo más de 22 millones (el 62%) son de or igen o ascenden cia mex ica na; muy de trás fig u ran Puerto Rico (unos 3,6 millones), Cuba (1,3), El Salvador y la Rep ú bl ica Dom i n ica na (alrededor de 1,1 millón cada uno) y Colom bia y Guatema la (entre 60 0 . 0 0 0

severa mente la inmig raci ó n. (Sch m id ley & US Census Bu r eau: Prof i le of the For eig n- Born Popu lation. 2000, pp. 8-9). (5) Í bidem, pp. 10 - 11. (6) V é ase J. Passel: ‘New Esti mates of the Undo cu mented in the Un ited States’. (7) Hasta 1970 no se reg i stra a la población de ‘or igen’ h i spa no como categoría independ iente. Los mex ica nos empiezan a conta rse en 1930. El de 1940 recoge a qu ienes tienen el espa ñ ol como ‘ leng ua mater na’; los de 1950 y 1960, a las ‘personas con apel l ido espa ñ ol’ en 5 estados y, ya en 1970, se pr eg u ntó sobre el or igen pud iendo elegir entre una lista del cuestiona r io. En los de 19 80 y 19 90 se incl u í a n: puertor r ique ñ o, cuba no o mex ica no, mex . - a mer ica no, ch ica no y ‘o tros hispa nos’; el seg u ndo tabuló datos sobre 30 grupos ad iciona les. En el últi mo, la pr eg u nta sobre ‘or igen hispa no’ pr ecedía a la de ‘ra za’, pud iendo se ñ a la rse más de una, y apa r ece, por pr i mera vez, el término ‘lati no’. To dos estos ca m bios, además del au mento de

y 700.000). El resto no alca nza el med io millón ( S u ro 20 02). Lo más destacado a este respecto es el giro en la compos ici ó n, fru to del desa r rol lo de los f l u jos menor es en esta década8. Los nuevos lati nos,

como les denom i na n, se dupl ican pasa ndo, de 3 m i l lones a algo más de 6 entre 19 90 y 2000 per- d iendo así peso en la su ma global los grupos trad i- ciona les. Ello añade aún más diver s idad al univer so h i spa no y, por ende, dificu ltad pa ra hablar de él en genera l, dada la variedad de perf i les y ma rcados contrastes que pr esentan los miem bros de cada g rupo (Logan 20 01; Suárez - Oroz co et al. 20 02 ) . Por otra parte, si los factores implicados, antes cita- dos, auguran larga vida al sistema migratorio, el ele- v ado índ ice de nata l idad y la ju ventud de la población rati f ican la tenden cia ascendente del conjunto. En efecto, las mujeres hispanas tienen la tasa de fertilidad más alta: 95 nacimientos por cada 1.000 en edad fértil fr ente a 60 reg i strados entr e lasangloen 2000. En el intervalo 40-44 años, sólo las mujeres de ese conjunto, con una media de 2,5 naci m ientos, excedía la cota de reempla zo genera- cional (Bachu y O’Con nell 20 01). Si tenemos en cuenta que cua ndo se recog ieron los datos, el 36 % de los latinos tenía menos de 18 años –más de diez pu ntos por en ci ma del índ ice reg i strado a esca la nacional (23,5%)– y su edad media es 10 años infe- r ior a la global (25,9 y 35,3 respecti v a mente), la unión de ambas variables apu nta cla ra mente a un crecimiento sostenido. La cifra de hispanos con 65 a ñ os o más es, por otra pa rte, relati v a mente ba ja (5,3%) y más si se coteja con la de la población blan- ca-no hispana (14%) (Therrien y Ramírez 2001). Un ejemplo del peso del primer factor citado lo ofre- ce California, uno de los estados más poblados (34 millones) y también el que cuenta con mayor pobla- ción hispana (11 millones). Casi 1 de cada 3 de sus habitantes es de origen latinoamericano (32%) y, a su vez, allí vive casi 1 de cada 3 de hispa nos res i-

dentes en EEU U. En la últi ma década su poblaci ó n se incrementó en 4,1 millones pero, a diferencia de otras zonas, el incremento de este grupo se debe al a lto índ ice de nata l idad que tiene. Según ci fras of i- ciales, de cada 3,3 millones de nuevos latinos, más de 2 nacieron en el estado. Otras estadísticas esta- ta les ind ican que sólo un 17% del cr eci m iento de esa comunidad se debió a la inmigración. La con centración es, por otra pa rte, uno de los ras- gos de la población hispa na que se ag rupa –como suele ocurrir entre los inmig ra ntes– en ciertas zonas que varían según su pro ceden cia. Así, algo más de tr es cua rtas pa rtes (27,1 millones) res ide en los sie te estados que acogen a un millón o más de ese or igen. Esto es, ju nto a Ca l i f orn ia, Tejas (6,7 m i l lones); Nueva York (2,9); Flor ida (2,7); Il l i noi s ( 1,5); Arizona (1,3) y Nueva Jer sey (1,1). Si bien es en Nuevo México donde hay mayor índ ice –el 42,1 % de su población es de or igen hispa no– con cla ro dom i n io de mex ica nos, al ig ual que sucede en Ca l i- f orn ia, Texas, Arizona, Il l i nois y Colorado. En Flor ida destacan los cuba nos y los puertor r ique ñ os se cen- tran mayor mente en Nueva York y Nueva Jer sey. Fuera de los estados citados, hay con centraciones s ig n i f icati v as en los estados de Was h i ng ton, Ida ho, Wyom i ng, Uta h, Ca rol i na del Norte, Georg ia, Iow a, A r ka nsas, Nebras ka, Mi n nesota y otros estados no trad iciona les de población hispa na. En alg u nos de el los, por ejemplo, suponían entre el 6,0 y el 24, 9% de la población tota l.

Es ésta, a su vez, la nota más relevante de la evolu- ción del colecti vo en la últi ma década: la extens i ó n a zonas impensables hace diez años que advierten, en una buena pa rte, au mentos muy super ior es a los núcleos tradicionales. En efecto, según un estu- dio de R. Suro y A. Singer (2002), aunque lasmetró- polis lati nas establecidas,como Nueva York, Los Á ngeles, Miami y Ch icago, observen las mayor es a l zas en ci fras absol u tas en este tiempo, son los

i n m ig ra ntes, han incid ido en el ba la nce de la población hispa na (B. Guz m á n. ‘La población Hi spa na’. Infor mación del Censo 20 0 0 ) . (8) A lg u nos de los ca m bios meto dol ó g icos intro ducidos en el censo 2000 han caus ado basta nte debate al apa r ecer subesti madas su f icientes naciona l idades del centro y sur de América, entre el los, salvador e ñ os, guatema l tecos dom i n ica nos, colom bia nos y ecuator ia nos. La Mesa Redonda Nacional Dom i n ico -A mer ica na (DANR) y el I. de Estud ios Dom i n ica nos de la Un i versidad de NY (CU N Y- DSI ) , p. e., lidera ron una ca mpaña nacional insta ndo a revisar los datos del grupo. Ésta fue respa ldada por los repr esenta ntes en el Senado y el Cong r eso de los estados de Nueva York, Nueva Jersey, Flor ida, Rho de Is la nd y Con necticut que son los que ag l u ti nan mayor número (ver http : / / w w w. da n r. or g / m i s r eporti ng. htm y R. Suro 20 02 ) .

nuevos destinos,y en particular ciudades de tama- ño medio, con una base pequeña de partida, las que r eg i stran los índ ices más elev ados. At la nta, por ejemplo, en donde la población lati na en 1980 ron- daba los 24.000, au menta el 995% y llega en el censo 2000 a casi 270.000. O el área de Ra leig h - D u r ha m, en Ca rol i na del Norte que, con más del 1.000% de incr emento, pasa de 5.670 a 93 . 868 en el mismo per io do. Suro y Singer identi f ican 51 nue- v as áreas que ata ñ en a 35 estados; en diecio cho de el las la subida supera el 300%. Entre éstas se encuentran ciudades como Nashville (Tennessee), Port la nd (Or egon), Was h i ng ton DC, Ind ia napol i s, Prov iden ce (Rho de Is la nd), Or la ndo y las Vegas. El pro ceso afecta as i m i s mo a la distr i bución en las á r eas me tropol ita nas. Las per i fer ias, y en pa rticu la r los nuevos desti nos,superan ta m bién allí, en cr eci- m iento relati vo, a los núcleos centra les. En Ch icago, por ejemplo, el 63% del ascenso se pro du jo en los subu r bios y en Miami alca nzó el 96%. Por otro lado, u no de los rasgos del nuevo patrón es el pr edom i n io de varones, lo que apu nta a un mayor desa r rol lo a med io pla zo fru to de la reag rupación fa m i l iar y la cr eación de fa m i l ias9.

Tras la dispersión hay ra zones de disti nta índole. E ntre otras, laboral – b ú squeda de áreas menos satu- radas de inmig ra ntes y dema nda de ma no de obra en las misma–; legal – la últi ma amnist í a, en 19 86 , supuso la lega l ización de casi 3 millones de indo cu- mentados que se podrán mover más fáci l mente a pa rtir de enton ces (además de ejercer de aval pa ra sus fa m i l ia r es pr ó x i mos, lo que incide en el impu l so que observa el flujo de la sig u iente década); y pol í ti- ca( la aprobación en Ca l i f orn ia, en nov iem bre de 19 94, de la Propuesta 187 que excluía a los indo cu- mentados de las pr estaciones so cia les y el cl i ma

a nti - i n m ig ra nte, impu l sa a cierto número a dirig i r se a otros estados con estatu tos más ben é volos (entr e- v i stas ju n io 20 02); a la par que las restr icciones fron- ter izas fr enan el mo delo de mig ración ci rcu la r

( Roberts et al. 1999)). Sin ol v idar los factor es so cia- les, bien ligados a la fase del proyecto mig rator io –un asenta m iento más per ma nente con l leva por lo común la compra de la vivienda, más asequ i bles en los extra r rad ios–, o los que ata ñ en a la madu raci ó n de redes (el av a n ce y asenta m iento de los cabeza de puenteatrae a nuevos miem bros además de da r l ugar a nuev as reag rupaciones ) .

Si bien el lo no impl ica que los focos pr ev ios su fra n u na invol uci ó n. Santa Ana, por ejemplo, una ci udad de 320.000 habitantes en California, tenía en 1980 ig ual población lati na y bla n ca (44%). En el censo de 2000 la seg u nda cae al 11% mientras la lati na sube al 76%. En Los Ángeles, en donde eran el 28 % hace dos décadas, suponen ya el 46,5%. El núme- ro de áreas en las que minoría y mayoría acorta n d i sta n cias, o incl uso inv ierten los términos, como i l ustran estos ejemplos, empieza a ser menos a necd ó tico. De hecho, según un estud io del Broo- k i ngs Institu tion (20 01), los bla n cos no hispa nos se han convertido en la nueva minoría en las 10 0 mayor es urbes del pa í s. Del 52% en 19 90, ba jan al 44% en 2000, menos que la suma agregada de afro- a mer ica nos (24%), hispa nos (23%) y as i á ticos ( 7%). De ahí que se cuestione la ter m i nología y se busque nuevas definiciones paraminoría. Ver Gráfico 01. Evolución de la población hispana en Estados Unidos

Hablamos, pues, deuna población elevada, en cre- ci m iento sosten ido, muy concentrada y que se extiende por la geog ra f í a.To do el lo es importa nte pa ra el tema que nos ocupa. Pues, mientras vol u- men, des a r rol lo y difusión af i r man el ra ngo y d i mensión del fen ó meno al av a lar su proyecci ó n f u tu ra y alca nce naciona l,la concentración tiene u na ser ie de efectos –hacia dentro y hacia fuera– que atañen directamente a nuestra cuestión. Y ello es así por varias razones. Una es que facilita la con-

servación de la lengua y otras pautas culturales al conformar unespacioen el que constituyenlo habi- tual.Asimismo, según se acumulan los indicios que

hablande una presencia específica –comerc ios, asociaciones, restaurantes, centros de reunión, etc.–, dicha zona se constituye en un marco espa- cial que se identifica con el mismo –frente a los otros– y le dota de un ciertoterritorio,lo que añade el nivel simbólico, una dimensión que acaba tomando forma10.

Pero, además, a partir de cierto punto, adquieren la suficiente masa crítica para ejercer un peso en la economía del área (y generar incluso sus propias redes de abastecimiento y servicios); en los servi- cios públicos y, lo que es aún más impor tante, a escala política. Ello hará que ganen protagonismo y se les empiece atener en cuenta.Ésta –y queles respeten– son, por otra parte, las demandas que

más he escuchado en boca de miembros y repre- sentantes de esos colectivos. Es así como se va adoptando el español entre los servicios. Primero serán rótulos dispersos y esfuerzos más o menos puntuales y voluntarios. Más tarde, según aumen- ta la poblac ión, a las iniciativas privadas se van sumando las públicas lo que, además de contribuir a regularizarlas, las institucionaliza. De este modo el español llega a ser ubicuo.

Hospitales, bomberos y cuerpos de seguridad ciu- dadana fomentan o promueven, de un modo u otro, las habilidades lingüísticas de sus miembros. Los médicos del hospital Presbiteriano de Nueva York, por ejemplo, vinculado a la universidad de Columbia y situado en el corazón de Washington Heights, foco de concentración dominicana, reciben un curso intensivo al incorporarse en el que se les instruye en conocimientos básicos y términos de ese área

(10)Un ejemplo de ello lo ofrece Washington Heights en el Alto Manhattan –también conocido como ‘Dominican Heights’ o ‘Quisqueya