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3.1 Algorithm Details
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Aubrey F. G. Bell comenta sobre el significado de «verosímil»: «per fected by imagination for as Art perfects Nature, so the imagination can perfect reality» (Cervantes [Norman, Oklahoma, 1947), pág. 125). Bruce Wardropper puntualiza: «Cervantes is fascinated by the idea... that some... events, doctrines, and statements appear to be true though they are not, and vice versa... The recognition of truth and falsehood is for him a problem defying a simple solution. His refu sal to be doctrinaire is at the bottom of his fairness in debate, and of his respect for opinion as such... if truth is converted into doubt it is no longer truth» (dicho a raíz de la verdad en «The Pertinence of
El curioso impertinente», 598-600). Américo Castro considera que a
Cervantes no le interesa desgajar la «realidad yacente bajo la fluc tuación de las apariencias... sino hacer sentir cómo la realidad es siempre un aspecto de la experiencia de quien la está viviendo... y no lo determinado por un análisis racional» («La palabra escrita y el Quijote», artículo publicado en Asomante y recogido en las tres ediciones de Hacia Cervantes [1957, 1960, 1967]); puede leerse en esta última, pág. 384. Recientemente, vuelve a elaborar sobre el tema: «La verdad y la veracidad, en sentido lógico y moral, carecen de eficacia para el lector del Quijote, el cual ni es verdad ni mentira... Los mi tos dejan de serlo cuando son vivenciados en adecuadas circunstan cias...» («Cide Hamete Benengeli: El cómo y el porqué», Mundo
Nuevo ffebr., 1967], pág. 5); puede leerse en la página 411 de la tercera
edición de Hacia Cervantes. Angel del Río, en su artículo «El equívo co del Quijote» dice que, para Cervantes, «de todo lo que hacemos... vivimos... soñamos, parte es verdad, y parte es mentira» (pág. 215) porque concibe al hombre moviéndose «no entre sombras o puras apariencias» sino más bien «entre una multiplicidad de realidades, perceptibles unas, soñadas otras...» (pág. 216). Edward C. Riley hace un certero estudio en el mismo sentido en los subcapítulos «Verisimi litude and the Marvellous» (págs. 179-199) y «The Fictitious-Authorship Device» (págs. 205-212) de su libro sobre Cervantes. G. D. Trotter
Sobre esta base, tanto lo soñado, como lo intuido o sentido y expresado por Don Quijote, cualesquiera que sean las pa labras o las imágenes a que recurre para hacerlo, revelan la esencia de su estado interior (aun inventando, o mintiendo,
(op. cit., pág. 13) nos recuerda la constante insistencia con que Cer vantes descarta el detallismo histórico como fuente de lo verdadero, ya desde el prólogo a la primera parte. Forcione, en su reciente libro, varias veces citado, Cervantes, Aristotle, and the Persiles, nos hace una demostración analítica, en el capítulo III, «The Dialogue Between the Canon and Don Quixote» (págs. 91-130), de cómo juega Cervantes con los conceptos de verdad y mentira en un diálogo paródico, de carácter silogístico, alternando hábilmente el dato literario, el sofis ma y el absurdo, dentro de un marco de referencia paralógico cuyo efecto es el de la inversión de verdad y mentira. A. A. Parker ve el asunto de la relatividad de la verdad desde el ángulo moral antes que filosófico en «Don Quixote and the Relativity of Truth» (Dublin
Review, num. 441 [1947], 28-37). No es que la verdad sea inasequible
ni varia. Claro que es difícil de discernir dónde yace, pero la dificul tad se encuentra en el plano moral («the difficulty lies on the moral plane») por razón de la arrogancia, engreimiento, egoísmo, frivolidad, intolerancia,., del hombre (pág. 36), siempre dispuesto a pervertirla y desvirtuarla («all too prone to pervert truth»). Pero hay una reali dad final a la que se acoge Don Quijote en el lecho de muerte y que responde a su recobro de la cordura, conciencia de la verdad («awa reness of truth», pág. 35). Y con esta verdad no hay compromisos. Parker considera, cándidamente, como enfermedad moral, la locura de Don Quijote {«perennial symbol of dream-ridden humanity», pági na 29) y no como punto de vista perspectivista sobre la realidad. Me parece, de nuevo, que las interpretaciones dependen de las premisas que aportan los críticos a la lectura y de su postura ética, estética, filosófica o religiosa frente ai libro. La divergencia de visión crítica se explica porque en la presentación de personajes y circunstancias Cervantes mantiene equilibrio entre los puntos de vista que se en trecruzan en cada acontecimiento de manera que no predomina nin guno sobre los demás por lo que no se definen las realidades aunque estén claramente presentadas, y el lector se ve precisado a desgajar la orientación que mejor cuadra con sus ideas. Richard L. Predmore dedica el capítulo IV: «La realidad», de su libro E l mundo del
«Quijote» (Madrid, 1958), a estudiar el lenguaje y expresiones cer
vantinas (pareceres de personajes, conjeturas sobre las apariencias, interpretaciones y suposiciones) que contribuyen a poner en duda aun las realidades más claramente expuestas por el narrador. Afirma que
dice el hombre la verdad de sí mismo) con toda la ambi güedad del sentir y el pensar inherentes al eterno humano. La claridad moral que el protestantismo trajo a la vida fue una racionalización en blanco y negro.
Hay otros modos de concebir lo falso y lo verdadero. Verdadero es todo aquello en que se cree sin sombras de duda. Y así en la medida en que Don Quijote cree en la realidad de lo visto es verdad, tanto lo mágico (las mutacio nes de Guadiana, la dueña Ruidera y sobrinas), como lo fan tástico (la eternidad subterránea con todos sus incongruos detalles), como lo real (la rusticidad de Dulcinea). Verdade ro puede ser, también, todo aquello que para Sancho y otros es consecuente con la idiosincrasia de Don Quijote, según ellos la entienden. Verdadero para algunos lectores puede ser todo aquello que ha acontecido históricamente en el tiem po y el espacio. Verdadero, para otros lectores, puede ser todo aquello que sucede tal como en la vida, con sus diver gencias de sentido en la visión de las cosas, y con sus ambi güedades inclarificables, es decir, todo lo que sucede en el interior.
sería difícil «identificar y enumerar todas las sutilezas que emplea Cervantes para presentar un mundo de realidades indefinidas» (pági na 109). Y como, precisamente, las realidades, literales o históricas, se perciben en función de necesidades ideológicas, tanto para los personajes como para los críticos, debido a la concepción artística del Quijote, imperceptiblemente pasamos de unas a otras haciendo imposible el deslinde del mundo externo y del mundo interno. De ahí la infinidad de ángulos de visión, como admite el mismo Parker cuando dice que contemplar el tema del Quijote en términos de idealismo filosófico eleva a una esfera de inescrutabilidad los dilemas humanos («raises human issues to a sphere of inscrutability», pági na 30). Pero ¿cómo no pensar en términos filosóficos cuando nos fuerza a ello Cervantes mismo con su técnica del equívoco y de la ambigüedad? Esto no es decir que Cervantes no toma posición moral (véase la conclusión a la novela del Cautivo, por ejemplo) sino que fuerza al lector a tomarla. Me excuso de una nota tan larga pero me parece necesaria.
Cervantes ha elucidado a través de todo el Quijote el tema de la inasibilidad de la verdad sobre todo en el terreno externo. El episodio que mejor lo ilustra es el conocido del baciyelmo. Para Don Quijote es yelmo, para el barbero y otros bacía. Sancho, al margen de ninguna posición, acuña el compromiso «baciyelmo» para obtener concordia. La his toria de la humanidad es una historia de baciyelmos y com promisos al margen de la verdad absoluta. Y sin embargo, nos sentimos mejor dispuestos a aceptar el baciyelmo (lo admitidamente inexistente) que el cuerdo-loco, o lo falso- verídico, de mayor realidad en el terreno psicológico. Don Quijote concibe un baciyelmo en el terreno de la verdad in dividual, al proponerle a Sancho en casa de los duques el ambiguo compromiso del créeme y te creeré. Hasta enton ces la verdad era sólo la suya, y en caso de discordia admi tía, como lo hace en el capítulo XXV de la primera parte, que la verdad es lo que cada cual cree («eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mam- brino, y a otro le parecerá otra cosa», I, 236-237). El baci- yelmismo en el terreno de la verdad individual (la cueva de Montesinos) nos lleva a un mundo desconcertante, iluso rio, schopenhaueriano, en que todo lo exterior existe en tanto que proyección de lo interior, sin apoyarse en ningún sen tido de objetividad colectiva. En este respecto difiere Cervantes de Calderón y su concepto de «la vida es sueño». La única verdad es, para Cervantes, la subjetiva y personal. El sentido renacentista-humanista que tiene del hombre es muy moderno: es actual e intemporal. La realidad externa, la historia, ese dato ocurrido en tiempo y espacio que se toma por incontrovertible, y que es la única base fidedigna del conocimiento se convierte en ficción al vivenciarse en una interpretación.
VI. CONCLUSIÓN
Si las interpretaciones del episodio de la cueva de Mon tesinos varían según la configuración mental del lector-autor con su puñado de conceptos, coinciden en su sentido básico: cuando el hombre desnuda sus símbolos, cuando quita las palabras, descubre una informe realidad sin sentido. La pa labra no es más que una convención, y por debajo de ella corre, como esencia líquida, la vida. Ésta parece ser, justa mente, la posición de Cervantes, quien se mantiene, volun tariamente, al margen de la interpretación. Una interpreta ción, aun cuando sea la del autor, no es más que otra ilu sión. El tiempo «descubridor de todas las cosas», que ha de revelarnos la verdad de lo que sucedió en la cueva, bien puede no llevarnos hacia revelaciones más definitivas que las intuidas por cada lector y su comprensión espontánea del episodio surgida de su conocimiento de la vida. El «tiempo» bien puede ser el tiempo personal del lector. ¿Por qué presumir que al clarificar con datos concretos y precisos los verdaderos acontecimientos presenciados por Don Qui jote en la cueva (como haré en el capítulo siguiente), se ha de aclarar mejor el sentido de su experiencia interior?
Del episodio de la cueva de Montesinos Cervantes hizo un espejo de la vida interior. Su invención genial fue construir una alegoría de la naturaleza humana, libre de la limitación o desvirtuación del punto de vista, el cual parte de un arse nal de preconcepciones. El arte —imitación de la vida, fic ción, invención— proyecta realidades interiores si coincide con la naturaleza humana. Y en el episodio de la cueva coin cide maravillosamente con la naturaleza humana, puesto que repercute con indudable significado en el espíritu del lector.
No se trata de construir un rompecabezas con clave, sino de entregarle al lector el rompecabezas de la naturaleza hu mana advirtiéndole los peligros de la palabra, los engaños de los sentidos, y los precipicios del pensamiento.
En cuanto a la verdad absoluta en el terreno de lo huma no es un disparate. La única aproximación es la de la ver dad poética, con sus zonas imprecisas, y sus multivalentes sugerencias. Por ella, los que penetran en la cueva, la de don Quijote o la propia, se enfrentan con la esencial soledad in telectual del hombre. Su misterio oculto tal vez sea el de los múltiples rostros de la verdad misma, o la imposibilidad del conocimiento racional del universo.
El tema del conocimiento, como tal, pertenece legítima mente al campo de la filosofía. Cervantes lo desviste de su envoltura abstracta y lo trae al campo de la literatura, que es el de la vida. Dramatiza así la actividad intelectual del hombre y su carácter esencialmente aislador. Al mismo tiempo rehúye lo dramático al unir lo trágico, lo cómico y lo fantástico, haciendo de la soledad metafísica del ser hu mano, motivo de entretenimento. Afirma así, una vez más, la seducción de la vida pese a los fracasos y a la melancolía del hombre.
FUENTES DE INSPIRACION DE LA CUEVA