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parados se refiere: a) La caída de Montalvo en el pozo y su profundo sueño tienen «semejanza básica de plan y tono» con el descenso de Don Quijote a la cueva de Montesinos y su profundo sueño, b) Los datos mismos, como el del alcá­ zar en un hermoso prado, el ser conducidos, Montalvo por la vieja Urganda, Don Quijote por el venerable anciano, a ver el primero a sus propios personajes encantados, el se­ gundo a los personajes caballerescos, carolingios y artúricos, también encantados, tienen espíritu consanguíneo. María Rosa Lida reconoce no ser el Esplandián la única fuente del episodio de la cueva (ha leído el artículo de Barto del que hablo más adelante y que ofrece otra fuente), pero considera el Esplandián como fuente principal. Es a Montalvo a quien se refiere Cide Hamete al considerar la aventura que cuenta como «apócrifa» en vez de propia, siendo él el primer autor, c) Para María Rosa Lida hay una actitud humorística por parte de ambos autores para con sus criaturas.

Lo que a mí me interesa hacer resaltar es la divergencia, dentro del parecido demostrado por este crítico, en la rela­ ción creador-criatura. Montalvo se enfrenta con sus pro­ pias criaturas encantadas así como Don Quijote se enfrenta con los personajes literarios de sus libros, igualmente encan­ tados (María Rosa Lida lo observa). Pero Cervantes me pa­ rece ir tan paso más lejos que Montalvo, invirtiendo el punto de vista de la relación personaje-autor porque lo que sueña Don Quijote y lo que crea en su imaginación onírica es una conjunción de episodios de la vida de su verdadero autor, Cervantes —no del autor mítico Cide Hamete—, y se siente invadido por el espíritu de otro, el de su creador, sin com­ prenderlo. De ahí, que se palpe todo al despertar en la cue­ va para ver si es él mismo o «vana fantasma». Madariaga ha intuido la identificación entre Don Quijote y Cervantes, como ya observé en el capítulo anterior, y es que lo que

sueña Don Quijote son imágenes de la vida de Cervantes, desvirtuadas al verterse en acontecimientos y personajes de su mundo caballeresco. Me adelanto a las últimas seccio­ nes de este capítulo sobre las fuentes autobiográficas del episodio para hacer ahora hincapié en la típica inversión de punto de vista que se opera en el espíritu de Cervantes cuan­ do se inspira en fuentes literarias, en este caso el Esplan-

dián. No es el creador quien se confronta con sus criaturas

encantadas (Montalvo), sino la criatura quien se enfrenta con el mundo de su propio autor (Cervantes), el cual le pa­ rece encantado por lo divergente de su propio mundo libres­ co. De ahí que no obren los personajes literarios de acuer­ do con las convenciones literarias, sino que obren de acuer­ da con las realidades humanas. «Como no estás versado con las cosas del mundo, todo cuanto tiene algo de dificultad te parece imposible», le dice Don Quijote a su incrédulo escu­ dero. Ese «mundo» es el nuestro, como se comprobará más adelante.

Otro probable recuerdo de Cervantes, al escribir la aven­ tura de la cueva, es el episodio de Don Belianís de Grecia, como indica Clemencín. En Don Belianís de Grecia, Don Belianís entró en una cueva encantada «cuyas paredes todas parecían de un transparente cristal, por el cual se veían tantas diversidades de pinturas, que parecía en el mundo no quedar más que aquellas»3. Don Quijote no cae en la cueva, como el autor de las Sergas (ni como Sancho más tarde en la sima, II, LV), sino que se deja hundir, de propia voluntad (como el Caballero de los Espejos en la sima de Cabra), en la cueva en que están encantados caballeros y damas de distintos siglos y tradiciones literarias, en un pala­ cio de «cristal» por cuyas paredes ve la procesión de Beler-

ma. En el palacio al que entró Don Belianís, una doncella vestida de tocas tan largas «que las faldas gran parte por el suelo arrastraban» iba seguida de unas doce doncellas «to­ das vestidas de la misma librea»4. Las tocas de Belerma eran «tan tendidas y largas que besaban la tierra» y la única variación —subrayo yo— es que Belerma en lugar de prece­

der va siguiendo dos filas de doncellas todas vestidas como

ella, «de luto», pero con turbante de distinto tamaño en la cabeza.

El mismo Don Belianís de Grecia, caminando en una oca­ sión por una selva, recuerda Clemencín, encontró unos «la­ gos de agua sucia y denegrida, donde nadaban serpientes y otros monstruos y al mismo tiempo se oía una medrosa voz que parecía venir de las entrañas de la tierra»5. La nota de Clemencín viene a raíz del encantamiento de Durandarte, pero es con la historia del Caballero del Lago encantado con la que mayor similaridad tiene el pasaje de Don Belianís. El lago en que se hunde el Caballero de la historia inventada por Don Quijote está cubierto de «pez hirviendo» y también cruzan por su superficie serpientes y monstruos. Pero se arroja en él el valeroso caballero a la llamada de una «voz tristísima». La voz no es, como en Don Belianís, la de Merlin, encantado él mismo por él arte mágico de la Dueña del Lago, sino la de una doncella encantada. Es decir, que Don Qui­ jote lleva en la cabeza la idea de una doncella encantada en el fondo de la tierra y de Dulcinea encantada unos días antes de descender a la cueva de Montesinos. Cervantes asocia ambos datos en la imaginación de su personaje.

Cuando Don Belianís se arroja al lago se encuentra con un sepulcro de piedra tajada desde el cual sale la voz de

4 Ibidem.

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