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para indicar insinceridad, falsa humildad, lisonja, afectación, engaño y jesuitismo. De modo que también estaba extendido el uso de esta imagen en la literatura y con el mismo sentido que en filosofía, lógica y retórica. No he buscado referencias en la literatura española. Pero ahí está el cocodrilo folklórico, ¡tan conocido!, que con sólo él tendría Cervantes suficiente apoyo, como antes con el verde del pueblo, para sugerir todo cuanto he expuesto. En cuanto al sentido de

«crocodilite», he aquí lo que escribe Thomas Wilson en The Rule of Reason Conteinyng the Arte of Logike (1551), que transcribo en inglés

moderno para más fácil lectura: «Crocodilite, is such a kind of subtel- ty, that when we have granted a thing to our adversary, being asked before what he will say, the same turns to our harm afterwards...» (London, 3.a éd., 1580), pág. 86a. Traduzco: «Cocodrilita, es una suti* leza de tal carácter que cuando hemos admitido algo a nuestro ad­ versario, en contestación a una pregunta suya, lo admitido se nos vuelve en perjuicio nuestro».

Pero lo que más juego hace con el «metal desconocido» en que se ha transformado a Clavijo, es el color verdoso,

mimético, asociado con el cocodrilo. Imitando la naturaleza

pretende confundirse con ella. ¿No estamos, de nuevo, en el círculo cervantino de símbolos? Los amores entre Anto­ nomasia y Clavijo son una alegoría enjuiciadora de la mala poesía. La dueña Dolorida, encargada de vigilar a la Infanta Antonomasia, se lamenta de haberse dejado mover de los «trasnochados conceptos» de los versos de Clavijo y de ha­ ber creído «ser verdad aquel decir: 'Vivo muriendo, ardo en el yelo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, pártome y quédome’, con otros imposibles de esta ralea». Incidental- mente, varias de estas expresiones fueron frecuentes en el

siglo XVI, y Lope de Vega abusó de ellas, como anota Rodrí­

guez M arín84. Trovadores como Clavijo faltan a la verdad y prometen lo que no pueden dar: el «fénix de Arabia, la corona de Ariadna, los caballos del Sol, del Sur las perlas, de Tibar el oro y de Pancaya el bálsamo». Estos comenta­ rios que hace la dueña Dolorida sobre Clavijo corresponden a las insistentes alusiones simbólicas al verde capcioso del transformado poeta, el Poeta Irreconocible como tal. El nombre mismo de la «engañada» Princesa, Antonomasia, oculta su verdadero nombre: Poesía. La dueña la describe con palabras que recuerdan la imagen de la Poesía que le pinta Don Quijote a Don Diego («doncella tierna y de poca edad, y en todo es tremo hermosa», II, 135), pues dice de Antonomasia que «llegó a edad de catorce años, con tan gran perfección de hermosura, que no la pudo subir más de punto la naturaleza». En La gitanilla y en Viaje del Parnaso se repiten similares descripciones de la poesía. Véase nota 63 de este capítulo.

En un padrón de bronce, entre los dos encantados aman­ tes, están «escritas en lengua siriaca unas letras» cuyo signi­ ficado nos llega por vía de doble traducción —doble desvir- tuación— primero a la inexistente lengua candayesca, del inexistente reino de Candaya (de donde son los transgresores de las leyes protocolarias y poéticas) y luego a la castellana. El vocablo padrón significa rótulo, nota pública de infamia, pero también epigrama literario. Y lo que declara el padrón es que no «cobrarán su primera forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso Manchego [Don Quijote] ven­ ga conmigo [dice el encantador Malambruno] a las manos en singular batalla»: la singular batalla literaria en que han de rescatarse los principios artísticos mediante la ciencia poética que defiende Cervantes a través de su personaje: la misma ciencia de la poesía de la que habla Don Quijote en la conversación con el Caballero del Verde Gabán. En su encantamiento, los amantes aparecen, simbólicamente, como lo que, en verdad, son: una paralizada simia incapacitada, por tanto, de alumbrar la creación poética que lleva en las entrañas (la misma imagen implícita en las palabras de Don Quijote a Don Diego al hablar de «los hijos» que «son peda­ zos de las entrañas de sus padres», y que en otro nivel aludía a «hijos del entendimiento»), y un cocodrilo sofista y equi­ vocado, que cree imitar la naturaleza, con su color verdoso y mimé tico, pero que es de un «metal desconocido», desna­

turalizado,.

La dueña admite haber sido ella quien, engañada por «no sé que dijes y brincos», que le dio Clavijo, y por las «coplas» que le oyó cantar, como «mal alcaide» le entregó «las llaves de la fortaleza que guardaba» —la Princesa— adulado «el entendimiento» y rendida «la voluntad». Es ella, la Dolo­ rida, quien, como tercera que es, engañó a la inocente An­ tonomasia, la cual no llegó a ser el «oro purísimo» en que

puede convertirla «quien la sabe tratar» (II, 135). El castigo de la dueña es todavía peor que el de los amantes: le han crecido cerdas por todos los poros de la cara, le han cam­ biado el sexo, la han hibridizado por su tercería en materia artística. El falso concepto de imitación de la naturaleza (Clavijo) siguiendo prostituidos principios artísticos (Dolo­ rida) no puede crear verdadera poesía (Antonomasia).

La técnica cervantina en este episodio es la misma que en los episodios comentados anteriormente, pero la encon­ tramos en un grado metafórico más elíptico. Ahora no apa­ recen los símbolos literarios alegorizados (el espejo como reflejo supuestamente auténtico, en el episodio del Caballero de los Espejos; el mono como imagen gráfica de la mimesis en el retablo de Maese Pedro, que es anterior, pero que analizo más adelante; el verde como prostitución ideológi­ ca en el episodio del Caballero del Verde Gabán) sino sólo una alusión metafórica a ellos: a) A la Poesía se alude me­ diante el nombre de Antonomasia, convertido en el símbolo de la imitación de la naturaleza, b) A la perversión artística del poeta se alude mediante el cocodrilo de «metal descono­ cido» en que está implícito el color verde, con el sentido cervantino, además, de auto-engaño, ya que se cree ser lo que no es. Su diletantismo lo evoca la naturaleza del coco­ drilo que es un anfibio, c) A la corrupción del Principio Artístico se alude a través de la tercería de la dueña quien accede a entregar el tesoro que le toca guardar, la virginidad (la naturaleza) y la pureza de la Poesía.

Con la historia de Antonomasia y Clavijo, Cervantes ha materializado, escultóricamente, sus convicciones sobre poe­ sía. El mono, que desde los clásicos griegos hasta los mo­ dernos tiempos, es símbolo de la mayor aproximación posi­ ble a la perfección de la naturaleza por su mímica, para Cer­ vantes es símbolo de una imitación servil y superficial hasta

la desnaturalización de la naturaleza que pretende reflejar con fidelidad, si no va acompañado del espíritu creador, del arte («el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perfició- nala», II, 136). El humor de Cervantes se aplica, una vez más, a desprestigiar, alegóricamente, las teorías artísticas de sus contemporáneos recreando uno de sus símbolos pre­ dilectos, el del mono, con sentido paródico.

LA CUEVA DE MONTESINOS. EL LENGUAJE

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