3 Protocol Details
3.1 Algorithm Details
3.1.6 Other Local Events
3.1.6.7 Write Directory
El episodio de la cueva podría leerse en un plano princi palmente humano, ahondando en el subconsciente de Don Quijote, y este método de lectura es, tal vez, el más satis factorio aunque, tal vez, también, el que mayores variacio nes interpretativas admite. Tampoco contradice las dos lec turas anteriores pero presenta una dimensión más. Desde el punto de vista psicológico la visión de la cueva es el resul tado del profundo trastorno psíquico de Don Quijote20.
20 La tendencia a la lectura psicológica data del romanticismo en que se considera la experiencia de la cueva de Montesinos como re sultado de la anormalidad de Don Quijote quien padece trastornos psíquico-sensoriales. En cuanto a Cervantes, se le ve como a un mé dico o psicoanalista que describe sintomáticamente el caso clínico de Don Quijote (Hernández Morejón, por ejemplo, en su libro Bellezas
de medicina práctica [Madrid, 1836]; más tarde, a principios de este
siglo, Ricardo Royo Villanova, en La locura de Don Quijote [Zarago za, 1905] —referencia a la cueva, pág. 18—; Francisco Navarro y Le desma, en El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra (1905), ya mencionado: capítulo I, sección II: «Sentido de 'Ingenioso'»).
Posteriormente, se tiende a ver en Don Quijote un caso extremo de obsesión idealista dentro dé la normalidad. Salvador de Madariaga y Guillermo Díaz-Plaja, por ejemplo, creen que Don Quijote urde un engaño en venganza del engaño de Sancho. (Respectivamente, en
Don Quixote. An Introductory Essay in Psychology [Newton in
Montgomeryshire, 1934], págs. 111-118; y en Cuestión de límites. Cua
tro ejem plos de estéticas fronterizas: Cervantes, Velázquez, Goya, él Cine [Madrid, 1963], págs. 89-95). Iván Turgueniev y Mark Van Doren
Las dudas de Sancho, del Primo, así como los comenta rios de Cide Hamete Benengeli, han influido en algunos lec tores haciéndoles concebir el relato de Don Quijote como en desquite de Sancho, por intuir que es el escudero quien ha precipitado el derrumbe del ideal de Dulcinea al ponérsela ante los ojos en hábito de labradora. Don Quijote, sin em bargo, habla con nobleza y convicción, y afirma que la ver dad de lo contado «no admite réplica ni disputa». A Sancho, quien se maravilla del relato, le dice: «Como no estás expe rimentado en las cosas del mundo —no dice caballeresco sino mundo, a secas— todas las cosas que tienen algo de
aseguran, igualmente, que se trata, sin lugar a dudas, de un engaño por parte de Don Quijote (respectivamente, en El Quijote visto por
grandes escritores, recopilación de A. Rodríguez [México, 1947], pá
gina 67; y en Don Quixote’s Profession [New York, Î958], págs. 55-56). Gerald Brenan considera todo el Quijote y la experiencia de la cueva en particular, como literatura psicológica. Para él, se trata del sueño de Don Quijote, matizado por el humor satírico de Cervantes. Nota muy acertadamente, por otra parte, que si se tratara mera mente de intrusiones de agudeza por parte del autor, sonarían a falso («if they were intrusions of the author's wit [they] would surely strike a false note»). Suenan a auténtico porque iluminan aspectos desapercibidos del carácter de Don Quijote («we must expect this dream to throw some new light upon Don Quixote’s character»). Más adelante se refiere a la fundamental sequedad y prosaísmo de pensa miento de un hombre, Don Quijote, que se ha propuesto vivir el ideal (op. cit., pág. 38).
Investigadores más recientes, como Manuel Durán, Gloria M. Fry y T. Earle Hamilton se despreocupan del aspecto verdad-invención del relato y se aplican a desentrañar el significado emotivo de dicho episodio. El primero por el lado de las revelaciones internas del sue ño; la segunda explorando el subconsciente de Don Quijote mediante la teoría de acción simbólica de Kenneth Burke; el tercero a base de observaciones de psiquiatras y analistas sobre el proceso onírico (respectivamente, «La aventura de la Cueva de Montesinos» en su ya citado libro La ambigüedad en el Quijote, págs. 210-228; «Symbolic Action in the Episode of the Cave of Montesinos from Don Quijote».
Hispania, XLVIII [1965], págs. 468474; y el artículo arriba citado de
dificultad te parecen imposibles» (II, 202). Y estas palabras muy bien pueden ir dirigidas al lector.
En todo caso, algunos detalles, y hasta las mismas termir nantes palabras de Don Quijote acerca de su sinceridad, pu dieran indicar un engaño: a) Al sacarlo de la cueva Don Quijote trae los ojos cerrados «con muestras de» estar dor mido, y se despereza «como si» de algún grave y profundo sueño despertara. (Recuérdese, sin embargo, que el «con muestras de» y el «como si» son interpretación de Cide Ha mete Benengeli, del traductor o del editor). No quiere ha blar inmediatamente sino comer antes —detalle estilo San cho— con lo cual pasan unas horas, b ) Cuenta primero la historia del palacio, de Montesinos, Durandarte, las muta ciones de Ruidera y Guadiana, la aparición de Belerma y su cortejo de duelo, y sólo después de una interrupción de San cho y el Primo que no se animan a creerle por lo fantástico de la historia aborda el tema de Dulcinea como para corro borar la veracidad de la visión21, c) Al preguntar Sancho en qué reconoció a la dama, contesta Don Quijote que por ir vestida tal como iba cuando se la mostró Sancho, evidencia difícil de refutar, d) Asimismo, la referencia al tiempo re ciente del encantamiento de Dulcinea casi parece decir: «Dulcinea está encantada desde que tú, Sancho, la encan taste». e) Mucho más tarde, en casa de los duques, cuando Sancho quiere que se crea todo lo que cuenta haber visto en el viaje de Clavileño por el cielo, Don Quijote le dice al oído: «Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que ha-
21 «Lo que he contado, lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismas manos. Pero ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo, entre otras infinitas cosas y maravillas que me mostró Montesinos... me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos campos iban saltando y brincando como cabras, y apenas las hube visto, cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso...».
béis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mi lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más» (II, 344). /) Y aún más tarde, cuando Sancho tiene que flagelarse por sentencia de Merlin para desencantar a Dulcinea, las pa labras de Don Quijote («Dulcinea está encantada por tu des cuido y negligencia», II, 482) y el encono al querer darle los latigazos éí mismo para apresurar el desencantamiento pu dieran parecer significativos.
Pero todo esto presentaría a un Don Quijote malicioso que no conocemos y de una premeditación fuera de carácter, pues si bien es consecuente con su nueva suspicacia, desde el comienzo de la segunda parte (recuérdese su conversación con el Cura y el Barbero, II, 24), no lo es con la integridad de su naturaleza. Lo natural en él es ser sincero («no sé his torias», II, 19). Además, atribuirle la construcción de una trama tan complicada no resulta fácil, pues, según consi deran el Primo (II, 199) y Cide Hamete, «no pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates» (II, 203). Un engaño, así a secas, por parte de Don Quijote no convence. Cervantes no quiere que nos despeñemos por esa vertiente y disipa las dudas que ha creado previamente en el lector advirtiendo por boca de Cide Hamete (II, 203), de Sancho y del Primo (I, 199), que Don Quijote no miente y por lo tanto es inútil buscar ahí la solución del enigma.