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3.1.6 Other Local Events

3.1.6.4 Read Directory Begin

En un nivel predominantemente literal, el episodio de la cueva de Montesinos se lee con facilidad como sueño- pesadilla, alucinación, o pensamiento obsesivo e incontro­ lable. Numerosos símbolos oníricos compuestos sobre deta­ lles de la realidad tienen ese inconfundible carácter por lo extraordinario o lo grotesco.

Entre los detalles de carácter extraordinario se cuentan:

a) El desmesurado rosario de Montesinos con las cuentas

«mayores que medianas nueces» y los dieces «como huevos medianos de avestruz», b) La efigie de Durandarte de «pura carne y puros huesos» que habla y se mueve en vez de ser de bronce, mármol o jaspe como sería de esperar en un sepulcro, c) El corazón de Durandarte que pesa «dos libras».

Los detalles de carácter grotesco se hacen más notables a medida que avanza el relato, y al final, de visuales se con­ vierten en conceptuales, revelando la naturaleza esencial de la preocupación: a) Montesinos, alcaide del palacio o for­ taleza, está fuera de carácter por ir vestido con «capuz de bayeta morada», «beca de colegial», «gorra milanesa negra», incongruentes con la larga barba blanca, «el continente, el paso, la gravedad... la anchísima presencia» y con el rosario que sostiene en las manos, b) El instrumento con que Mon­ tesinos saca el corazón de Durandarte no es una elegante daga sino un «puñal buido», c) Belerma lleva turbante blan­ co, «al modo turquesco», desacorde con su sexo y con su cabeza cristiana. Va de luto como las demás damas de su séquito, d) Montesinos y Don Quijote llaman hermosa a Be­ lerma pero aparece con «dientes ralos y no muy bien pues­ tos», «cejijunta», «ojerosa», y es «de tez amarillenta» por «las malas noches y peores días que pasa» en el encanta­ miento. e) Belerma trae en las manos el corazón de Duran­ darte de «carne momia», según parece por lo «seco y amo­ jamado». Su tamaño es mayor de lo corriente: pesa «dos libras» y está preservado con sal. f) Dulcinea le pide pres­ tados a Don Quijote sobre un «faldellín de cotonía», que asegura ser «nuevo», unos míseros «seis reales», cantidad que contrasta grotescamente, e irónicamente por su dispa­ ridad, con la salida de Don Quijote de querer ser «un Fúcar» para remediar a su dama. Contrasta todavía con mayor iro­ nía la materialidad de Dulcinea con la idealidad de que la ha revestido Don Quijote en su imaginación, g ) La labradora mensajera de Dulcinea hace una «cabriola» en vez de reve­ rencia, que la levanta «dos varas de medir en el aire». Lo que siente Don Quijote por Dulcinea al verla en este estado no es amor sino «pena». Nada de lo que ve Don Quijote con los ojos corresponde al mundo ideal que describe.

A estos detalles internos podrían sumarse los siguientes datos externos: a) La desproporción temporal entre la «media hora» que pasó Don Quijote en la cueva según el «autor», «poco más de una hora» según Sancho, y los tres días con sus noches según le parecieron a Don Quijote, b) El soñar Don Quijote que despierta, c) La insensibilidad e im­ perturbabilidad de Don Quijote frente a lo que ocurre ante sus ojos sobre todo frente a Dulcinea, más como propio del espectador que del interesado, hasta el punto de lamen­ tar con ironía su falta de fondos, d) La profundidad onírica típica de lo obsesivo que requiere sacudimiento y meneo para despertar a Don Quijote. (La falta de oxígeno en una cueva posiblemente pudiera explicar, en términos fisiológi­ cos de inconsciencia temporal, tanto el estado onírico del caballero como los ojos cerrados que no abre sino tras mu­ cho meneo. Nos queda siempre la posibilidad de una exage­ ración por parte del autor, traductor o editor), e) La vague­ dad que van adquiriendo los acontecimientos de la cueva para Don Quijote a medida que pasa el tiempo, hasta el punto de que acaba dudando ante la pertinaz incredulidad de Sancho8. Tanto es así, que es Don Quijote, a instancias de Sancho, quien pide a Maese Pedro pregunte a su mono adivino si ciertas cosas que le han pasado en ía cueva de Montesinos «habían sido soñadas o verdaderas porque a él le parecía que tenían de todo» (II, 218). Llegado a Barcelona ya no da opinión propia al preguntarle a la cabeza encan­ tada si «fue verdad o fue sueño» lo acontecido en la cueva (II, 513). Al pensar ahora en Dulcinea la ve «brincar y subir sobre su pollina», imagen derivada (lingüísticamente, al me­ nos) de la visión real, la de la labradora que de un salto

8 Las mismas dudas pudieran nacer aunque no se tratara de cosas soñadas.

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queda a horcajadas sobre su pollina, y de la visión de la cueva, la del brinco de la doncella mensajera. Es decir, que él mismo ya no distingue en el terreno de la propia realidad y está dispuesto a aceptar la identidad entre el Don Qui­ jote idealista y el Don Quijote desilusionado.

Partiendo de la interpretación de Clemencín, de que se trata de un sueño, T. Earle Hamilton explica, detalladamente, utilizando como guía las observaciones de Freud, de Rades- tock, de Strümpell y de Jessen, el carácter onírico del relato, el efecto de las interrupciones de Sancho, así como el tipo de alteraciones que hace Don Quijote para darle coherencia a la incoherencia onírica9. Como estudio técnico de las alte­ raciones propias de los sueños, el trabajo de Hamilton pone de relieve el realismo del relato de Don Quijote.

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