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3.1.6.1.2 Queue

destino a Europa era de Laredo a Amberes, uno de los más impor. tantes centros comerciales de entonces (véase F. Soldevila, Historia

de España, 8 vols. [Barcelona, 1952-1959], II [1954], 423-424). En 1609

se fundó el banco de Amberes, cuya principal función era la transfe­ rencia de depósitos y el intercambio de monedas. Leo en la edición Juventud de Martín de Riquer arriba citada, que este crítico también ha pensado en la banca flamenca y visto la coincidencia de significa­ dos (nota 6, pág. 688) a excepción del peyorativo de la falsedad de Quiteria que doy en el texto. Sancho —dice Riquer— juega con los tres significados (el de navegación por Flandes, el de la banca fla­ menca y el de la madera de fabricar camas). No entiendo por qué no puso Riquer esta nota en la edición Planeta de 1968 aunque la man­ tiene en la Juventud de 1969. A mí me parece que Sancho juega con el último sentido y que Cervantes, aprovechando sus palabras, juega

sentido que le da Rodríguez Marín es el figurado del tiem­ po de Cervantes; yo veo, además, otros sentidos como son el literal (el bancario) y el etimológico. Juzga Corominas que el sentido etimológico de este vocablo en el Siglo de Oro es el mismo que subsiste hoy con sus derivados: «pedazo de metal embutido o encajado» o que «se da como contrase­ ña», «lámina y hoja de metal usada para cubrir una super­ ficie». Covarrubias da este otro sentido: «mancha de color rojo que se ponían las mujeres en el rostro». ¿No es esto lo equivalente de maquillada, es decir, no natural? Hoy el pri­ mer sentido es el de lámina que recubre una superficie. No sé qué otros sentidos figurados pudiera tener chapada en tiempos de Cervantes. El sentido de falsa le cuadra como guante a Quiteria, a juzgar por su conducta y gracias al equí­ voco (de que tanto se enorgullecía Valdés) que sugiere Cer­ vantes al lector a través de las palabras de Sancho, el cual si bien es malicioso como rústico, se deja engañar como sim­ ple. Así también se dejó influenciar por la autopresentación del Caballero del Verde Gabán. Conociendo el gusto de Cer­ vantes por la etimología y su constante buen humor lingüís­ tico, nada tiene de extraño que pusiera más de un sentido en la discutida frase, con predominio, como siempre, del li­ teral, por ser capaz de mayor riqueza de sentidos metafóri­ cos que cualquier sentido simbólico preciso. De nuevo, es el lector quien tendrá que juzgar a Quiteria.

Montesinos, cuya indumentaria estudiaré extensamente al hablar del episodio de la cueva que lleva su nombre, trae,

simbólica y alegóricamente con los dos primeros, el de la habilidad de la moza en salir con bien de cualquier dificultad (como mujer astuta o «discreta» a lo Cervantes) y el de su falsedad, tan calculada­ mente oculta (chapada) que puede pasar por oro puro del más alto quilate (alabanza de sus cabellos por Sancho que los cree «postizos» para que Cervantes ponga en este vocablo sentido de «falsedad»).

como parte de sus heterogéneos atavíos «una beca de cole­ gial de raso verde» (II, 194), que nos sugiere, por lo de cole­ gial y lo de verde, no ser su dueño del todo lo que dice o piensa ser, en su encantamiento.

El picaro de Maese Pedro, Pasamonte, lleva, como parte de su disfraz, «un parche de tafetán verde» (II, 214). sobre un ojo y casi medio carrillo cuando llega con su retablo y su mono a la posada en que está Don Quijote. Resulta en este episodio que, en vez de ser él el burlador, acaba con el reta­ blo hecho pedazos. Con un ojo Ginés de Pasamonte es cla­ rividente y previsor; con el otro se equivoca, como se verá en el estudio que hago del Retablo de Maese Pedro, por lo que al arte escénico se refiere.

En casa de los duques, haciendo parte de su mundo arti­ ficial y frívolo, tan divorciado de la naturaleza, don Quijote se deja vestir, entre otras cosas, «una montera de raso verde» (II, 263). De caballero andante ha pasado a ser caba­ llero sedentario de los que se usan «hoy», justo en el mo­ mento en que parecen cumplirse sus aspiraciones de entrar a formar parte del mundo ideal de la caballería. Coincide aquí el simbolismo cervantino del verde con el simbolismo popular y el literario tradicional (verde = amor), pues entra en su cuarto la dueña Rodríguez, y le persigue, amorosa­ mente, Altisidora. Si hay o no doble sentido en la palabra

montera, prenda de paño para el abrigo de la cabeza, y montero, el que persigue la caza por el monte, no sé decir

pero la asociación hace resaltar el contraste entre el Don Quijote cazador de ideales (los leones) y el cazador seden­ tario en casa de los duques (los gatos), tan parecido, ahora, a otro caballero que lleva montera de terciopelo leonado, viste de verde y caza perdices con perdigones mansos y co­ nejos con hurones atrevidos. La metamorfosis del espíritu de Don Quijote sigue elaborándose cuando se desconsuela

por no tener hilo de seda verde con que coger los puntos de sus medias verdes. El remendar con hilo de otro color era de pobre («hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde», I, 32), pero también puede tener sentido metafórico del predominio del parecer sobre el ser, cuando ya no se es quien se era. La abundancia del verde en su vestir corres­ ponde aquí a su auto-engaño.

También a Sancho se le da un vestido verde de cazador. Pero Sancho no se lo viste. Lo envía a Teresa para que le saque una prenda a Sanchica su hija, el color apropiado para una joven en edad de casarse. ¿Es que ya presiente Sancho lo que le enseñará la experiencia de la ínsula que va a gobernar: a saber quién es y a no dejarse engañar de na­ die y menos de sí mismo? Una vez desengañado de gobernar ínsulas, perdida la ambición, y sabiéndose ser quien es, se deja vestir, en la segunda estancia en casa de los duques, vistosos trajes rojos de llamas, que no le espantan.

Finalmente, Claudia, vestida «de damasco verde» (II, 492-493) mata a su prometido por equivocación de sus celos. Aquí es donde más cerca de la tradición parece estar el sim­ bolismo del verde, pero, si bien se mira, se trata no tanto de amor, concupiscencia, sensualismo o esperanza, como del engaño de una pasión desnaturalizadora que, al descentrar a quien la experimenta, la lleva por caminos equivocados.

Ni Basilio, cuya teatral estratagema le devuelve a su querida Quiteria en el juego del amor; ni Dulcinea encan­ tada, que está tanto más cerca de su origen aldeano que cuando existe en el pensamiento ideal de Don Quijote (y entoces los ojos son como «esmeraldas» verdes); ni Meli­ sendra, ni las ninfas, demonios, dueñas, Altisidoras, ni Tri- f al dis, que maltratan a Don Quijote con sus burdas diver­ siones, van de verde. Podría uno preguntarse por qué no

va de verde Altisidora, en el capítulo LXX, cuando se enfada en serio al ver que sus burlas no tienen en su víctima, Don Quijote, los resultados esperados (II, 567-568). Su caso pa­ rece idéntico al del Caballero de los Espejos, que acaba ven­ cido, burlado. Es que, en el caso de Altisidora, se trata del juego lícito, el del amor, en el que algunas veces se pierde y otras se gana.

Los casos de Anselmo y Vicente de la Roca son distintos, también. En Anselmo no hay autodecepción. Es consciente de su error desde el principio: «voy huyendo del bien y corriendo tras el mal» (I, 346). No se trata, por tanto, del juego del amor, sino de una inclinación morbosa que va con­ tra la naturaleza, pero que le es imposible rechazar, aun a sabiendas de que obra mal.

Tampoco hay autodecepción en Vicente de la Roca. Vi­ cente tiene tantas piezas con que modificar y alterar sus úni­ cos tres trajes que los multiplica, como sabe hacer la mujer. Para colmo deja a Leandra despojada de sus prendas y joyas, hasta de lo que lleva puesto —atributos femeninos—, sin quitarle la «joya» de la virginidad. En este caso la ca­ racterización está hecha con simbolismo de representación gráfica y literal. Vicente de la Roca es un misógino. Es su naturaleza. Sigue, pues, sus inclinaciones naturales, y de he­ cho no se engaña. Engaña a los demás. No se trata de ese engaño de sí mismo, sutil y profundo, de ese no saber quién se es ni lo que se es.

Me parece, pues, por todos los ejemplos aducidos, que Cervantes se sirve del sentido simbólico popular y literario del color verde para su propio sentido simbólico, el de la profunda autodecepción del hombre cuando se aparta de lo propio o lo natural. La dificultad en reconocer el sentido simbólico cervantino del verde constituye una de las bási­ cas dificultades en desgajar la opinión personal de Cervan­

tes sobre personajes caracterizados, en un nivel literal, de acuerdo con la convención literaria o social de este color. De ahí que lo primero que vemos, como frente a la vida, es lo literal —paisajes, exteriorizaciones—. El lector nunca está seguro del sentido. Los más escépticos siempre podrán de­ cir, como el doctor Thebussem74, que a Cervantes le gustaba lo verde. Pero si se ponen a pensar en sentidos posibles de interpretación se encontrarán con los varios hilos de sen­ tidos entretejidos en red de ideas conflictivas, pareciéndoles, como a Don Quijote, que todo este mundo es «trazas, con­ trarias unas a otras» (aventura del barco encantado, II, 250). Ahora bien, la cada vez mayor coincidencia entre el sím­ bolo cervantino del verde, engaño en el terreno de los idea­ les, y el símbolo tradicional y literario del verde, en el terre­ no de la caza amorosa, ilumina, retrospectivamente, el sen­ tido simbólico cervantino de episodios como el del Caba­ llero del Verde Gabán. Es ésta una forma del constante comentario de Cervantes, sobre su propia obra, observada desde el comienzo de mi estudio.

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