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Como la gran mayoría de las sociedades del Antiguo Régimen, la sociedad otomana tenía una estructura piramidal. Sin embargo, a diferencia de lo que pasaba en Europa occidental y oriental, la movilidad social entre cada una de las partes de esta sociedad no era un hecho extraño. La situación social de los habitantes del Imperio no estaba condicionada por su nacimiento en la misma medida que lo estaba la de los demás europeos. Un esclavo o un niño de padres agricultores podía llegar a convertirse en un gran hombre y obtener las más altas cuotas de poder. Sin embargo, existía un ámbito donde el nacimiento sí determi- naba la posición social, y era éste el ámbito de la familia del sultán.

El acceso al sultanato sólo se podía realizar si uno pertenecía a la familia de los descendientes de Osmán. Desde los inicios de la expansión otomana, esto era un hecho indiscutible. Sin embargo, al principio no estuvo muy claro cómo debía realizarse la sucesión al trono. No estaba establecido si debía acceder el primogé- nito, uno de los demás descendientes, o algún otro familiar. No estaba muy claro qué pasaba si los descendientes directos eran menores de edad, ni cuál debía ser el papel de la aristocracia otomana en el proceso de sucesión. De esta manera, fue muy habitual que, tras la muerte del sultán, se iniciara un periodo de luchas fra- tricidas entre los distintos pretendientes al trono. El sultán solía otorgar a sus hi- jos el gobierno de distintas provincias para que se fueran habituando al ejercicio del poder, pero, a la muerte de aquél, esas provincias terminaban por convertirse en bases para el mantenimiento de las fuerzas militares que, imponiéndose al resto de pretendientes, llevarían al sucesor a hacerse con el poder. Esto derivó en que, al acceder al trono, el nuevo sultán, inquieto por la situación creada tras la lucha por el poder y manteniendo muchas sospechas acerca de las pretensiones de sus hermanos y los demás pretendientes, terminara por mandarlos asesinar. Fue una práctica relativamente común que, durante los siglos XIV y XV, el sultán, una vez instalado en el trono, mandara asesinar a sus hermanos y al resto de posibles rivales, ya que, llegado el momento, podrían ser utilizados por alguna facción para alzarse en armas reivindicando los derechos al trono de alguno de ellos y conseguir, de paso, sus propias pretensiones. A partir del siglo XV hubie- ron diversos sultanes que pudieron acceder al trono sin hacer uso de la fuerza, gracias a la falta de alternativas o a que el sultán anterior los había colocado en una situación preeminente indiscutible. Sin embargo, a partir del momento en el que la figura del sultán fue perdiendo capacidad de acción política, la sucesión al sultanato se fue convirtiendo en un arma más en la lucha por el poder de cada una de las facciones políticas del Imperio.

El sultán, después de haber establecido su capital en distintos lugares como Bursa o Edirne, terminó por establecerse definitivamente en Constantinopla (a partir de ahora hablaremos de Estambul, aunque este nombre no se reconocería

oficialmente hasta mucho después). Esta ciudad se convirtió en el centro admi- nistrativo, político y económico del Imperio. En ella, después de la disolución del poder bizantino (1453), los sultanes otomanos mandaron construir gran canti- dad de edificios para instalar los aposentos de su familia (el harén), las depen- dencias de la administración y de la guardia personal del sultán. El harén, donde se instalaban las mujeres, las concubinas y los niños del sultán, era inaccesible para todos excepto para un cuerpo de esclavo eunucos que se encargaban de atender las necesidades de la familia del sultán. Éste podía casarse hasta con cuatro mujeres, pero, sin embargo, podía mantener relaciones sexuales con un número indefinido de esclavas. Los hijos de estas relaciones tenían tanto derecho al trono como el de las esposas oficiales, de modo que, en muchos casos el sultán sólo mantenía relaciones con las segundas, pues, en buena medida, los enlaces matrimoniales se habían llevado a cabo sólo por razones políticas.

Como se ha dicho, todos los hijos del sultán tenían, en principio, el mismo derecho a la sucesión (hasta que se hizo habitual la primogenitura), por lo tanto, previendo las futuras rivalidades entre los hermanos, éstos eran separados des- de edad muy temprana y, llegada cierta edad, se les hacía abandonar el harén y marchar a ocuparse del gobierno de una de las provincias del Imperio.

En las tareas de gobierno el sultán era asesorado por el diván o Consejo Im- perial, el consejo donde se reunían los visires y los principales funcionarios de la administración, encabezados todos por el gran visir. Por un lado, los visires tenían primordialmente una función militar y política, y, por otro, los grandes funcionarios se encargaban de las funciones relativas a la justicia, la hacienda, o la cancillería. Estos, a su vez, tenían a su cargo todo un cuerpo de funciona- rios que se encargaban de los asuntos administrativos y judiciales. El gran visir estaba a la cabeza de la administración imperial y actuaba como enlace entre el diván y el sultán. Para acceder a un cargo de la administración no era necesario provenir de la aristocracia otomana. Mediante la institución del devsirme cual- quier súbdito del Imperio podía convertirse en funcionario y alcanzar los más altos puestos de la administración, o podía acceder al cuerpo militar de elite de los jenízaros.

El devsirme era un sistema por el cual parte de los niños de los súbditos del Imperio debían ser enviados para servir al sultán, ya fuera en el ejército, ya fuera en la administración o en palacio. Los niños, principalmente de origen balcánico y cristiano, eran esclavizados y enviados a Estambul, donde unos se destinaban al palacio para que se formaran en el servicio al sultán y otros eran vendidos a agricultores para que aprendieran turco y se islamizaran antes de recibir la formación adecuada para entrar a formar parte del cuerpo de jenízaros. Los es- clavos del devsirme alcanzaron una importancia grandísima dentro del entrama- do de poder del Imperio. Aquellos que accedían al palacio y se destacaban en

su trabajo podían ir ascendiendo rápidamente hasta llegar a administrar alguna provincia, o incluso a ocupar el cargo de visir y gran visir.

Para una mejor administración del Imperio, éste se dividía en diversas pro- vincias. En los primeros años de la expansión otomana, estas provincias eran sólo dos: Rumelia, que abarcaba las tierras otomanas en la península de los Bal- canes, y Anatolia, que abarcaba las tierras de la península del mismo nombre. Sin embargo, conforme el Imperio se fue haciendo más grande se fueron crean- do nuevas provincias como la de Karamania, la de Egipto, la de Kurdistán, la de Bosnia, etc. A la cabeza de las provincias se instalaba un gobernador general (el

beylerbeyi) que era seleccionado de entre los miembros de la aristocracia oto-

mana o de entre los esclavos del devsirme. También podían ocupar este cargo los miembros de las dinastías que gobernaban el territorio con anterioridad a la conquista otomana. Para conservar el poder, estas dinastías debían mantener su lealtad al sultán, asegurarle la recaudación de impuestos y proporcionarle una cantidad estipulada de tropas. El beylerbeyi debía, además de asegurar el con- trol del territorio y el pago de impuestos, mandar, como unidades diferenciadas del resto del ejército, las tropas que residían en su provincia. También existían provincias, como las de Anatolia, Rum y Karamania, que, a partir del siglo XVI, estuvieron sometidas al control directo del sultán.

A su vez, cada provincia se dividía en un número indeterminado de distritos llamados sancaks, a cuya cabeza se situaba el señor del sancak (el sancak beyi). Con mucha frecuencia la distribución de los sancaks se correspondía a grandes rasgos con territorios que, antes de la conquista otomana, habían tenido una en- tidad administrativa diferenciada. En concreto, muchos se identificaban con el nombre de dinastías que, en su momento, habían controlado ese territorio. De la misma forma, la aristocracia que antes había dominado la zona permanecía en el poder, solo que ahora debía lealtad al sultán. Sin embargo, también era común que se eligiese a miembros de la aristocracia otomana para hacerse con el dominio de determinados sancaks, con frecuencia los situados en las fronteras del Imperio.

Cada sancak, por su parte, era dividido en diversas porciones de territorio que eran asignadas a los caballeros del Imperio. Estas porciones de territorio eran los timars. Los timars tenían su origen en, por un lado, las iqtas de los turcos selyuquíes, y, por otro, en una forma de asignación de territorio que tenía carac- terísticas similares a la iqta pero cuyo origen se situaba en el Imperio bizantino (la pronoia). La diferencia entre ambas era el régimen fiscal al que cada una esta- ba sometida, pero su función era idéntica: a la manera de los feudos de la Europa occidental, debían servir para el sustento de los caballeros del ejército otomano.

Además de estas divisiones administrativas, la sociedad otomana estaba di- vidida, de forma paralela, a través de las divisorias que marcaban las distintas

confesiones religiosas. Cada comunidad religiosa se convertía en un millet, una comunidad jurídica independiente regida por sus propias leyes religiosas. A la cabeza del millet judío se situaba el gran rabino de Estambul; a la cabeza del

millet cristiano, el patriarca de Estambul. Mediante este sistema de separación

jurídica el Imperio otomano pretendía respetar las tradiciones legales y los mo- dos de vida de las minorías religiosas. A pesar de esta separación, las barreras interconfesionales eran sumamente permeables. Tanto judíos como cristianos ocuparon un lugar importante en la administración y el servicio del sultán. Como hemos visto, señores cristianos juraban lealtad al sultán y luchaban junto a él en las campañas bélicas, incluso contra otros señores cristianos como el rey de Hungría. Sin embargo, jurídicamente se consideraba que la sharia, la ley sagrada islámica —interpretada según la escuela hanafí, que era la oficial del Imperio—, disfrutaba de una superioridad con respecto al resto de tradiciones jurídicas, de modo que, cuando un pleito surgía entre, por ejemplo, un cristiano y un musul- mán, se resolvía según las disposiciones de la sharia. Pero las disposiciones de la sharia no llegaban a regular todos los aspectos de la vida dentro del Imperio, sobre todo aquellos aspectos relativos a la administración y al régimen de tenen- cia de la tierra. Para regular estos ámbitos se creó otro sistema jurídico paralelo, el kanun, que tenía un origen estrictamente civil, pero que, sin embargo, debía someterse al escrutinio de los ulemas para evitar que entrara en contradicción con la sharia.

Dentro de la sociedad otomana, al igual que pasaba en el resto de sociedades de tradición islámica, los ulemas ocupaban un lugar muy importante. Los ule- mas ocupaban puestos importantes dentro de la administración, sobre todo de la administración de justicia, como cadíes. Ulema era también el gran muftí, que velaba por que las disposiciones del sultán se acomodaran a la sharia. Los ulemas estudiaban la ley islámica, la interpretaban para resolver problemas jurídicos del momento, y sus resoluciones, las fetuas, orientaban a los cadíes en casos para los que la jurisprudencia existente hasta el momento no tenía respuesta. Para la formación de los ulemas, como en el resto del mundo islámico, se crearon una gran cantidad de escuelas, las madrasas, que estaban adscritas a las más impor- tantes mezquitas del Imperio. Pero también era muy común que los ulemas en formación viajaran a otros lugares del mundo islámico, como El Cairo o Damasco, para adquirir mayores conocimientos; y a la inversa, también muchos ulemas de Medio Oriente y el Magreb viajaban al centro del Imperio para ejercer su labor.

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