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La toma de Constantinopla por los otomanos en 1453, tras un largo y célebre asedio, vino a poner punto final a una importante parte de la Historia Univer- sal: acababa con los últimos vestigios del Imperio romano. Sin embargo, para los otomanos, políticamente hablando, la toma de la ciudad reportó más beneficios simbólicos que territoriales o económicos. Tras la toma de la ciudad el sultán oto- mano ganó una gran importancia dentro del mundo islámico; se convirtió, por decirlo de alguna manera, en el gran paladín de la lucha contra los infieles. Pero en el plano geopolítico no significó mucho. Aseguraba, eso sí, el control otomano sobre el Bósforo, pero, sin embargo, el control del mar Egeo, indispensable para dar valor al control del Bósforo, se lo disputaban al Imperio otomano otras po- tencias, principalmente Venecia. En Grecia y los Balcanes las cosas permanecían prácticamente igual. Fue después de la toma de Constantinopla cuando Mehmet II (1451-1481) emprendería la empresa de cambiar el estado de cosas también en el resto de la península balcánica, y también en Anatolia. Tres frentes de gue- rra, y de expansión, se abrían entonces para los otomanos: El valle del Danubio, el Egeo y Anatolia oriental. En cada uno de esos frentes el Imperio se encontraba con rivales de mucha entidad. En el Egeo, ya lo hemos dicho, con Venecia, con su gran flota de guerra y con los aliados que a su alrededor era capaz de convocar. En el Danubio, con Hungría y lo que quedaba de Serbia, Valaquia y Transilvania; y más tarde también con el Imperio Romano-Germánico. En el avance por Anatolia oriental se encontrarían con la oposición de los mamelucos de Egipto, que con- trolaban Siria, y con los akkoyunlu, que se habían hecho con Irán tras la disolu- ción del poder del Imperio de Tamerlán, y que controlaban el valle alto del Tigris y el Éufrates; y más tarde con los safavíes, que tomaron el lugar de los akkoyunlu.

Con Mehmet II y Bayezid II, los otomanos se dedicaron con ahínco a los tres frentes. Al sur del Danubio consiguieron anexionarse definitivamente Serbia y extender su poder a Bosnia, Herzegovina y Albania; pero también por la costa del Mar Negro hasta someter Crimea. En Grecia se apoderaron de todo el Pelopone- so, y ello les llevó a meterse de lleno en el frente contra Venecia por el control del Egeo. Venecia pudo convocar a varias potencias europeas como Francia, España y el papado para que le ayudaran en su lucha contra los otomanos, pero no le sirvió de mucho y finalmente, extenuada económicamente tras una larguísima guerra, tuvo que llegar a un acuerdo de paz que daba a los otomanos un control casi absoluto del Egeo. El avance por Anatolia llevó a Mehmet a apoderarse defi- nitivamente del principado de Karamán y del antiguo Reino bizantino de Trebi- sonda. En su empeño por apoderarse de Karamán Mehmet entró en conflicto con los akkoyunlu iraníes, a los que derrotó, pero inmediatamente entró en conflicto con los mamelucos, con los que abiertamente se enfrentó Bayezid II entre 1485 y 1491, guerra que no afectó a la distribución de poder en la zona. También en Oriente Medio, Bayezid tuvo que enfrentarse a la dinastía safaví, que había to-

mado el poder en Irán tras la disolución del poder akkoyunlu. La guerra con los safavíes se centró en Anatolia, donde ciertos principados turcos habían tomado partido por la dinastía iraní con el objeto de sacudirse el poder otomano, pero no lograron hacerlo porque sus ejércitos fueron derrotados en Bursa en 1511.

Aunque Mehmet II había inaugurado una nueva política para asegurar que la sucesión al sultanato fuera un poco menos traumática —inició la costumbre de que cuando un pretendiente era designado para la sucesión el resto de preten- dientes debían ser asesinados—, las luchas sucesorias no desaparecieron, ya que en ellas encontraban su expresión otras rivalidades política, económicas y socia- les entre los distintos grupos que componían la elite otomana. Así sucedió tras la muerte de Bayezid II, con el enfrentamiento entre el príncipe Selim y el príncipe Ahmed, del que salió victorioso el primero.

Con Selim I y Solimán I, llamado “el Magnífico”, el Imperio otomano alcanzó su nivel de máxima extensión y máximo esplendor. Los mismos frentes de batalla se mantenían activos, pero el Imperio otomano se encontraba en un momento de fuerza tal que a las potencias rivales les resultó prácticamente imposible detener su avance. Este avance fue extraordinario en Oriente Medio. Allí, derrotando a los safavíes y a los mamelucos, Selim I logró fijar la frontera del Imperio en la cuenca del Éufrates, apoderarse de Siria y Palestina y, finalmente conquistar Egipto, to- mando entonces el título de Califa del último abbasí (en 1517). Más aún, gracias a las acciones del pirata Hayreddin Barbarroja, Túnez y Argelia pasaron a es- tar bajo soberanía otomana, como provincias que disfrutaban de una autonomía parcial. La conquista de estas tierras puso al Imperio otomano en contacto con la cultura árabe, con sus formas sociales y tradiciones, que en gran medida fueron importadas a Estambul.

Con Solimán I (1520-1566) el avance más importante se dio en Europa orien- tal, donde el enfrentamiento con Hungría llegó a su fin cuando Solimán decidió invadirla y anexionarla definitivamente al Imperio. Sin embargo, ello le enfrentó directamente con el Imperio Romano-Germánico, por entonces dominado por la familia Habsburgo de Carlos V (I de España). El enfrentamiento se daba en un momento en el que el Imperio germánico se debatía en luchas internas a causa de la ruptura de los príncipes protestantes con el Papa de Roma. El emperador Carlos V, en su papel de defensor de la Iglesia, no tuvo más remedio que enfren- tarse a sus súbditos con el objetivo de que renunciaran a las tesis de Lutero. La lucha en Alemania no le permitió al emperador emplear muchos medios para poner freno al avance otomano, de modo que Solimán llegó incluso a sitiar Viena (1529). El enfrentamiento con los Habsburgo, que se mantendría, como un tira y afloja, hasta principios del siglo XX, se extendió en aquél momento también al Mediterráneo, mar que, tanto los Habsburgo como los otomanos deseaban con- trolar. En este frente de batalla, los Habsburgo se aliaron con Venecia y echaron

mano de uno de los mejores almirantes de la época, el genovés Andrea Doria. Soli- mán, por su parte, consiguió establecer una alianza con Francia, rival del Imperio alemán, e hizo uso de los corsarios árabes y turcos que, como el mencionado Bar- barroja, controlaban puntos estratégicos en el Mediterráneo. El apoyo de Francia fue recompensado por la concesión de las llamadas Capitulaciones (1539), por las cuales el Imperio otorgaba a los comerciantes franceses muchos privilegios para actuar libremente dentro de sus dominios. De la guerra salió beneficiado el Imperio otomano, ya que consiguió apoderarse de Rodas, arrebatándosela a los caballeros de san Juan —que marcharon a Malta—, y venciendo a Venecia, que a raíz de ello se convirtió en una potencia de segundo orden en el Mediterráneo. De esta forma, el Imperio otomano se convirtió en la potencia hegemónica en el Mediterráneo central y oriental, incluso después de la grave derrota sufrida en Lepanto (1571), de la que no tardó en recuperarse.

Carta de Solimán el Magnífico a Francisco I de Francia (1547)

«Al más digno príncipe de entre los príncipes, señor de los señores sectarios de la ley del Mesías Jesús, gran restaurador de la cristiandad, a Francisco, por la Gra- cia de Dios, rey de Francia. ¡Que Dios perpetúe su felicidad y le de un final feliz!

A la recepción de esta carta sublime e imperial, sabréis que vuestro embajador, el señor de Aramont, ha llegado a nuestra Sublime Puerta con vuestra carta, nos ha informado del estado de las disputas entre Carlos y los alemanes, y nos ha dicho que esas disputas no han terminado todavía. Hemos entendido y comprendido perfectamente los mensajes que le habéis ordenado darnos; esos mensajes y las noticias de que algunos príncipes ale- manes han vencido a un cierto número de soldados y han hecho prisioneros a algunos otros príncipes alemanes, fieles a Carlos, todo ello ha sido para nosotros motivo de gran satisfacción.

Respondiendo a las propuestas de vuestro embajador relativas a vues- tro deseo y a la conveniencia de acabar con el poder del dicho Carlos, os hacemos saber que a la llegada de vuestro dicho embajador la temporada está muy avanzada para emprender una expedición, y que hay poco tiempo para poner en movimiento a nuestro gran ejército imperial contra el enemi- go, cuyos territorios están muy lejos, y que, igualmente, tampoco hay forma de hacer una gran expedición naval; de forma que sobre esto no podemos satisfacer el deseo de nuestros amigos. Al final, sin embargo, para proteger a nuestros amigos y combatir a nuestros enemigos, como corresponde a nues- tra dignidad imperial, hemos mandado a un gran ejército bajo la dirección

Por otro lado, las nuevas conquistas efectuadas por Selim I en Egipto y las costas del Mar Rojo en Arabia pusieron a disposición del Imperio otomano, además de las ciudades santas de La Meca y Medina, las rutas comerciales que, a través del Índico, llevaban a la India y el sudeste asiático. Por el control de esas rutas comerciales tuvo que luchar Solimán contra los marinos portugueses que, desde finales del siglo XV, habían empezado a utilizarlas para intentar acaparar el comercio con Oriente.

Con los sultanes Selim II (1566-1574) y Murad III (1574-1595) el avance más importante se realizó en las tierras del Caúcaso, a costa sobre todo del impe- rio safaví. De este modo, el Imperio otomano alcanzó su nivel máximo de expan- sión: desde Túnez hasta el Caspio y desde Hungría hasta el Yemen.

de valerosos capitanes, contra una provincia llamada Zagrabia [Croacia], que es posesión del desafortunado Fernando, y esperamos que muchas villas y plazas serán conquistadas, en perjuicio de nuestros enemigos. También hemos mandado a muchos de nuestros bravos y célebres señores y gene- rales con un gran número de nuestros esclavos spahis y de jenízaros al be-

ylerbey de Buda, ordenándole reunir al ejército, marchar contra los países

más cercanos al enemigo, y de asediar y conquistar las villas y las fortalezas, quemando y saqueando lo más posible, a fin de vencer al enemigo en todas partes. Esperamos que, con la gracia del justo y gran Dios, nuestro valeroso ejército consiga victorias tan numerosas como gloriosas, para más felicidad y tranquilidad de nuestros amigos. Teniendo en cuenta la temporada, también hemos enviado a una parte de nuestra flota imperial, que, con la ayuda del Altísimo, causará, esperamos, grandes daños a nuestros enemigos. Conforme a nuestra lealtad y a nuestra dignidad imperial, en el futuro no cesaremos de buscar arruinar y aniquilar a los enemigos de todas partes.

En cuanto a la fidelidad y a la amistad que reina entre nosotros, la con- servaremos, sin fallar, con la misma constancia que en tiempos pasados.»

Recogido en: Recueil des traités de la Porte ottomane avec les puissances

étrangères depuis le premier traité conclu en 1536, entre Suléyman I et Fran- çois I, jusqu’à nos jours, Paris, E. Leroux, 1864-1911, vol. 1, pp. 40-41.

El Irán safaví (1501-1722)

En el capítulo 2 vimos cómo, tras la muerte del gran visir selyuquí Nizam al- Mulk en 1092, el Imperio selyuquí entró en un irreversible proceso de descom- posición en pequeños principados selyuquíes y turcomanos. Las tierras del Irán oriental pasaron a estar dominadas por el sultán selyuquí Sanyar. Durante el sul- tanato de Sanyar tuvo lugar una primera incursión de un pueblo mongol, los jitai, en tierras del islam (preludio de la posterior invasión mongola dirigida por los sucesores de Gengis Kan). La invasión jitai, fue aprovechada por el gobernador de la provincia selyuquí de Jwarizm (al sur del mar de Aral), para ganar su inde- pendencia y, aprovechando la inestabilidad reinante, durante los años siguientes iría apoderándose del Asia Central hasta introducirse en el mismo Irán y hacerse con él alrededor del año 1194. Los señores de Jwarizm, los jwarizm-shah, llega- ron a fundar una nueva dinastía en las tierras del Irán, la cual perduraría hasta la conquista mongola de mediados del siglo XIII.

Los descendientes de Hulagu Kan —nieto de Gengis Kan— que se instalaron en Irán, los iljaníes, mantuvieron su predominio en el país hasta mediados del siglo XIV, pero, en realidad, la unidad política no tardó en descomponerse y un grupo de tribus turcomanas lucharon por imponerse en las distintas regiones. Destacaremos, por la importancia que ganarán después, a las federaciones tri- bales de los akkoyunlu (los ovejas blancas) y karakoyunlu (los ovejas negras), que se disputaban las tierras del Azerbaiyán, Anatolia oriental e Irán occidental. Sin embargo, el más importante de los poderes político-militares que surgió en la época lo hizo en las tierras de la Transoxiana, con capital en Samarcanda, de la mano de Timur-Lang.

El dominio de Timur-Lang y sus descendientes (los llamados timúridas) so- bre Irán se extendió desde 1380 hasta mediados del siglo XV. Sin embargo, du- rante los años finales de predominio timúrida, Irán se vio sometido a las luchas entre las tribus akkoyunlu y karakoyunlu, siendo las primeras las que lograron finalmente imponer su poder sobre la mayor parte del Irán occidental durante un corto espacio de tiempo. A pesar de ello, Irán no encontraría estabilidad política hasta que, poco después, se impusiera la dinastía safaví.

La dinastía safaví toma su nombre del sheij Safi al-Din Ardabili, líder de una

tariqa sufí de inspiración chií que tenía su centro de actividades en la zona del

sur de Azerbaiyán y el noroeste de Irán, sobre todo alrededor de la ciudad de Ardabil. Gracias a un depurado sistema de propaganda y proselitismo, durante la primera mitad del siglo XV la tariqa safaví ganó muchos adeptos entre las tribus turcomanas, kurdas y armenias de la zona, de modo que terminó convirtiéndose en un poder paralelo al oficial de los karakoyunlu, que dominaban la zona. El líder de éstos, temiendo la influencia de tan poderoso rival, terminó por expulsar

al sheij Yunaid, cabeza por entonces de los safavíes, de sus dominios. El sheij safa- ví comenzó entonces una empresa de captación de nuevos adeptos a su tariqa entre las tribus de la Anatolia oriental. Estas actividades safavíes no tardaron en captar la atención del sultán otomano, que por entonces trataba de consolidar su poder en aquella región. Rechazado por otomanos y karakoyunlu, Yunaid buscó refugio entre los akkoyunlu. Desde ese momento, los safavíes utilizaron el poder akkoyunlu para introducirse en las tierras dominadas por estos, consolidarse como poder alternativo y, llegado el momento, sustituir a los akkoyunlu y tomar el poder, no sin antes imponerse por las armas a sus rivales y tomar la ciudad de Tabriz, centro del poder akkoyunlu, en el año 1501.

Esta gran empresa fue lograda por Ismail (1501-1524), el verdadero funda- dor de la dinastía safaví. Desde la toma de Tabriz, Ismail adoptó el antiguo título de los emperadores sasánidas, sahan-sha (rey de reyes) y continuó una política de expansión territorial por el Irán. En poco tiempo los safavíes se habían hecho con el poder en todo el Irán e Iraq y parte del Caúcaso, desde el Éufrates hasta el Amu Daria (el antiguo Oxus), en Asia Central. Sin embargo, por efecto mismo de la expansión de su poder, no tardaron en encontrarse con dos poderosos rivales, los otomanos por el oeste, y los uzbecos y los afganos por el este. Durante los siglos XVI y XVII las guerras entre otomanos y safavíes en las tierras de Iraq y en el Caúcaso fueron una constante, por lo que toda la región sufrió enormemente, sobre todo la zona caucásica, ya que en ella los safavíes, ante la falta de una al- ternativa viable para enfrentarse al avance otomano, optaron por utilizar la téc- nica de la tierra quemada, por la cual arrasaron regiones enteras para evitar que los ejércitos otomanos pudieran obtener su sustento de la tierra. Finalmente, los otomanos lograron hacerse con la mayor parte del Caúcaso y de Iraq, salvando un corto periodo tiempo en el que éste, durante el reinado de Abbas el Grande (1588-1629), volvió a estar controlado por los safavíes.

A pesar del poderío mostrado por los otomanos, el peligro más importante surgió del este, de Afganistán, donde las tribus que dominaban el país, a pesar de reconocerse vasallos del Imperio safaví, lograron reunir fuerzas suficientes para emprender la conquista del mismo. En 1722 los ejércitos afganos irrumpieron en Irán y tomaron su capital, Ispahán, acabando así con la dinastía safaví. Por su parte, los otomanos invadieron el país por el oeste y los rusos desde el Caúcaso, hasta que llegaron a un acuerdo para repartirse las provincias del irán norocci- dental.

Para Irán, el periodo de dominio safaví significó, ante todo, una cosa: a conse- cuencia de la ambiciosa política de adoctrinamiento y de presión político-religio- sa ejercida por los safavíes, la mayor parte de la población iraní terminó convir- tiéndose al chiísmo. A partir de ese momento, Irán se convertiría en el único país del mundo casi enteramente chií. Los safavíes, basaron su legitimidad política en

la creencia chií del imam oculto, el decimosegundo imam. El sah safaví se tenía por una reencarnación del imam oculto y, por ello, se consideraba el legítimo su- cesor de Alí y, por tanto, el único y verdadero líder de la comunidad musulmana. Esto, obviamente, no servía para legitimarse ante la población sunní, que sólo reconocía la legitimidad de la línea de los abbasíes en la dirección de la comuni- dad islámica. De ahí que resultara esencial que la población musulmana de Irán adoptara el credo chií como propio. El sah Abbas el Grande tuvo con las minorías no musulmanas el máximo respeto, y, por lo tanto, no les obligó a convertirse, únicamente se les exigió que aceptaran la legitimidad política del gobierno del sah. Sí se persiguió, en cambio, a las órdenes sufíes, y eso aún a pesar de que, como se ha dicho, la misma dinastía safaví tuvo su origen en una de ellas. Esta persecución estuvo motivada más por razones políticas que por razones religio- sas y tuvo como principales víctimas a los qizilbash (los cabezas rojas), miembros de la tariqa safaví y llamados así por su característico turbante rojo. Durante los primero años del dominio safaví sobre Irán, los qizilbash se habían convertido en el pilar fundamental de la dinastía, el Estado y el Ejército. Así, los qizilbash habían ocupado los principales puestos de la Administración y el Ejército, llegando a adquirir con el tiempo un poder tal que empezaron a convertirse en un peligro para los mismos sahs. Por ello el sah Abbas el Grande tomó la decisión de comen- zar a importar esclavos, sobre todo desde el caúcaso, para que fueran ocupando puestos de importancia en la maquinaria del Estado. También por ello los sahs comenzaron su mencionada política de acoso a las tariqas sufíes.

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