Como vimos en el anterior capítulo, tras la derrota de Köse Dag (1243) el sultanato selyuquí de Rum, que hasta entonces había dominado gran parte de la península de Anatolia, entró en un irreversible proceso de descomposición. A ello contribuyó el hecho de que el sultán se viera impedido para poder controlar las actividades de los distintos señores que ejercían su poder en los territorios fronterizos. Como consecuencia de esto, los territorios fronterizos del sultanato (los udj), fueron ganando mayor independencia. Los udj generalmente habían sido poblados por turcos que, provenientes del Asia Central, habían llegado a Anatolia huyendo de las huestes mongolas. En la frontera estos turcos se con- vertían en gazis, pequeños propietarios de tierras que, a cambio de la propie- dad, debían defender la frontera, y que, eventualmente, realizaban expediciones de castigo y de saqueo al otro lado de las líneas enemigas. Los gazis formaban una casta especial. Se agrupaban en hermandades que podían tener un carácter religioso. A la cabeza de cada una de ellas se situaba un bey, cada uno de los cuales controlaban una extensión de territorio (el mencionado udj), que debían administrar en nombre del sultán. Con la descomposición del poder sultaní, los
beys adquirieron mayor fuerza y convirtieron sus territorios en principados in-
dependientes (beylik); a la vez, comenzaron a luchar entre sí para controlar la mayor parte de territorio posible. A esto se unió la cada vez menor capacidad del Imperio Bizantino para defender las pocas posesiones que todavía contro- laba en Anatolia, lo que las convertía en presas apetecibles para los deseos de expansión de los beys.
Entre los distintos beys que impusieron su dominio en Anatolia, uno de ellos, Osman (c. 1258-c. 1326), que controlaba un pequeño territorio situado entre Ankara y la ciudad bizantina de Bursa —alrededor del curso medio del río Sakar- ya—, emprendió una política de expansión por las tierras de los bizantinos. Esta política fue continuada por su hijo Orján, que en 1326 conquistó Bursa, ciudad que convirtió en su capital, y en 1330 Nicea. En 1337 ya había conquistado Ni- comedia (la actual Ismid), con lo que su poder se extendía hasta el mar de Már- mara, ya en las cercanías del Bósforo. La expansión continuó en la década de los cincuenta con la conquista de Gallipolis, al otro lado de los Dardanelos, ya en la propia Grecia. Como pasó en los demás casos de rápida expansión territorial que ya hemos visto —la propia expansión árabe de los siglos VII y VIII, y la expansión mongola— dos factores principales coadyuvaban para que el avance otomano se realizara con suma rapidez: la debilidad manifiesta del Imperio bizantino y el an- sia de botín que inspiraba a este pueblo fronterizo, dedicado principalmente a la guerra. Por un lado, el Imperio bizantino llevaba años sin poder ejercer un poder efectivo sobre las tierras que nominalmente controlaba, debido principalmente a las luchas interiores surgidas entre los distintos pretendientes a la sucesión. La invasión franca a raíz de la cuarta cruzada (1204) le había dado la puntilla final.
Por otro lado, el mantenimiento de la unidad interna de los otomanos (y las de- más tribus turcas que se les fueron uniendo) requería del suministro constante de las riquezas que los botines de guerra proporcionaban, de ahí que, durante los dos primeros siglos de existencia del poder otomano, las fuerzas internas partidarias de la lucha sin cuartel en las fronteras del Imperio ejercieran mucha influencia.
En Anatolia, los otomanos, a las órdenes de Orján, emprendieron la conquis- ta de una serie de principados anexos al que ellos mismos controlaban. En 1354 conquistaron Ankara y poco después el principado de Karesi, en la costa de los Dardanelos. Sin embargo, el avance por Anatolia se realizó con más lentitud y dificultad que el avance por los Balcanes. En realidad, durante estos primeros siglos de expansión (siglos XIV-XV) puede decirse que el Imperio otomano era más un imperio europeo que asiático, ya que la mayor parte del territorio que controlaba se encontraba al oeste del Bósforo.
El salto a la península de los Balcanes, a partir de la conquista de Gallipolis, les proporcionó a los otomanos campo abierto para su expansión, la obtención de botín y el sometimiento de las tierras conquistadas al pago de impuestos. Has- ta mediados del siglo XV Constantinopla, la que había sido capital del Imperio romano de Oriente, permanecería como una isla en medio de tierras sometidas al poder otomano, aunque sometida a vasallaje. De modo que, durante el siglo XIV la expansión otomana se realizó por los Balcanes dejando a un lado Constantino- pla, que vio como el propio Orján intervenía en sus luchas internas en favor de un pretendiente al trono, y cómo aquél mismo tomaba por esposa a Teodora, hija del basileus Juan Cantacuceno.
Con el hijo de Orján, Murad I (1362-1389), el avance otomano por los Bal- canes se hizo casi imparable. En primer lugar realizó una serie de campañas en Anatolia que terminaron con la conquista de los principados de Germiyan y Ha- mid (en el centro-suroeste de la península), territorios que repartió como timars —institución parecida a la iqta selyuquí que consistía en una porción de tierra entregada a los nobles turcos para su sustento y el de sus tropas—. Siguió hacia el este para atacar el principado de Karamán, seguramente el más importante del momento y que había heredado la antigua capital selyuquí de Konia. En 1387 consiguió someter a su señor, el príncipe Aladino Alí, pero esto no significó el so- metimiento definitivo del principado, ya que volvería, una y otra vez, a levantarse contra el poder otomano.
En primer lugar, en los Balcanes, Murad tuvo que hacer frente a la pérdida de Gallipolis a manos de Amadeo de Saboya, príncipe al servicio de Bizancio, y no logró recuperarla hasta 1377. Mientras tanto, se apoderó de Adrianópolis (1369, aunque algunos historiadores sitúan la toma de esta ciudad en 1362), ciudad a la que llamó Edirne y que tomó como su nueva capital. Con la toma de Adrianópolís,
Constantinopla se quedaba prácticamente aislada del resto de los Balcanes, lo que obligó al emperador bizantino a declararse vasallo de Murad, lo que signifi- caba que debía pagarle impuestos y proporcionarle soldados. Además, la toma de Adrianópolis permitía algo más importante: que los ejércitos otomanos pudieran emprender el camino hacia el Danubio. Ante tal peligro, los serbios se aliaron con los búlgaros y los húngaros para organizar la primera de una serie de cruzadas que se lanzarían para frenar el avance otomano. Sin embargo, los otomanos lo- graron vencer a los aliados balcánicos en la batalla de Cirmen (1371).
Con las tropas otomanas ocupando Macedonia y acosando Bulgaria, Shish- mán, el rey búlgaro, no tuvo más remedio que someterse a Murad como vasallo, ofreciéndole la mano de su hermana. Ello le permitió conservar su poder, pero no evitó el avance otomano. Este avance se materializó, en la conquista de So- fía (1385), en Bulgaria, y Tesalónica (1387), en Macedonia, una de las últimas ciudades que aún conservaban los bizantinos; y al poco las tropas otomanas se internaban en Bosnia. Ante esta presión, el zar serbio, Lazar, consiguió reunir un gran ejército que se enfrentó y venció a los otomanos en Plosnik (1388), aunque no le sirvió de mucho, ya que al año siguiente, fue derrotado en la batalla de Kosovo, derrota que significó la práctica desaparición de las defensas serbias — aunque conservaron intactas sus posiciones en torno a Belgrado—, y la llegada de los otomanos a la rivera sur del Danubio. En general, todas estas conquistas, tanto en Anatolia como en los Balcanes, tenían un carácter muy inestable, ya que normalmente los emires otomanos permitían que los antiguos señores de los lu- gares conquistados permanecieran en el poder a cambio de su sumisión como vasallos. Esto significaba que periódicamente podían levantarse en armas con la esperanza de librarse del dominio otomano. De modo que durante todo el siglo XIV y gran parte del XV veremos cómo ciudades que se conquistan un año al poco vuelven a perderse, vuelven a ser conquistadas y vuelven a levantarse contra los otomanos, y así una y otra vez.
A Murad I le sucedió su hijo Bayezid I, que comenzó su reinado poniendo or- den en Anatolia, cuyos principados se habían levantado aprovechando la muerte de Murad. Mientras, con tropas serbias, bizantinas y otomanas, Bayezid se encar- gaba de esta empresa, ocupando los principados de la costa del Egeo —Saruhan, Aydin y Menteshe—. En los Balcanes los señores búlgaros y serbios aprovecha- ron para sacudirse el dominio otomano, de modo que Bayezid tuvo que volverse a la zona para someterla de nuevo. En Serbia consiguió el sometimiento del hijo del difunto Lazar, casándose con su hermana. Sin embargo, no consiguió la leal- tad que buscaba, ya que muchos señores balcánicos se unieron al rey de Hungría en la cruzada que organizó para detener el avance otomano. Pero los turcos lo- graron derrotar a los ejércitos cruzados en Nicópolis (1396), a orillas del Danu- bio. Esta victoria reportó a Bayezid el honor de que el califa abbasí, títere de los mamelucos de Egipto, le concediera el título de sultán.
Frenado el ejército cruzado, Bayezid tuvo que volver a fijar su atención en Ana- tolia donde, de nuevo, el principado de Karamán había aprovechado para acabar con su sometimiento. Bayezid consiguió eliminar la rebelión y conquistar Konia, la capital de Karamán, pero no se quedó ahí. Inmediatamente prosiguió su avance hacia el Este sometiendo el principado de Sivas y tomando Erzincan, a orillas del Éufrates. Sin embargo su avance se vio súbitamente frenado debido al amenazador avance de las tropas de Timur lang (Tamerlán), el emperador turco que, desde su capital de Samarcanda, se había apoderado de todo Irán e Iraq y se había internado incluso en la India. Ante la presión del avance otomano alguno de los príncipes que conservaban su independencia en el este de Anatolia solicitaron la ayuda de Tamerlán para hacer frente a la amenaza otomana. Tamerlán respondió enviando un ejército que se enfrentó al de Bayezid en las cercanías de Ankara (1402). En la batalla (que perdió el ejército otomano), el propio Bayezid, abandonado por mu- chos de sus vasallos, fue hecho prisionero, y terminó muriendo en cautividad.
Tras la muerte de Bayezid el Imperio otomano entró en un periodo de ines- tabilidad y luchas civiles a consecuencia de la rivalidad existente entre sus hijos para hacerse con el poder absoluto. En principio, cada uno de ellos se hizo dueño de una parte del Imperio: Solimán ocupó los Balcanes; Mehmet las posesiones oto- manas en Anatolia nororiental, en torno a Amasya; Isa se hizo con Balikesir, en el occidente de Anatolia; Musa, permanecería bajo la protección de Mehmet; y Mus- tafá permanecería desaparecido, al parecer cautivo de Tamerlán. Entre los cinco se entablaría una lucha sin cuartel de la que, finalmente, saldría vencedor Mehmet.
Mehmet I (1413-1421) tuvo como primera misión recuperar el dominio oto- mano en toda su extensión, ya que, aprovechando la lucha sucesoria entre los cin- co hermanos, no pocos principados habían vuelto a liberarse del control otoma- no. Sin embargo, se trataba de una empresa que el propio Mehmet sería incapaz de completar en su totalidad, labor que sería legada a sus sucesores. El intento de Mehmet se redujo a volver a someter nuevamente al principado de Karmán, que, una y otra vez, intentaría recuperar su independencia, y hasta tiempo des- pués no sería sometido en su totalidad. En los Balcanes, Mehmet tuvo que sofocar una importante rebelión en Bulgaria, y tras ello consiguió abrirse camino en una zona que hasta el momento había permanecido al margen del avance otomano: Albania. Mehmet consiguió someter los territorios meridionales y centrales del territorio alabanés. Poco después decidió avanzar al otro lado del Danubio, en tierras de Valaquia (en la actual Rumanía), pero poco después de conseguir so- meter a Mircea, señor de Valaquia, y de conseguir algunas fortalezas de la rivera del Danubio, murió.
Le sucedió su hijo Murad, que reinó como Murad II (1421-1451), tras con- seguir imponerse a las pretensiones sucesorias de su tío Mustafá. Su gobierno fue seguramente uno de los más agitados de los primeros tiempos del Imperio
otomano. Pasó la mayor parte de su vida entre Anatolia y los Balcanes sofocan- do revueltas en un sitio mientras se reproducían en el otro; y, mientras acu- día a sofocar unas en Anatolia, volvían a reproducirse otras en los Balcanes. Cuando no eran los rumanos, los húngaros o los venecianos, era el príncipe de Karamán.
A comienzos de su reinado los otomanos tuvieron que hacer frente a dos im- portantes peligros. Por un lado, las tierras otomanas situadas al sur del Danubio tuvieron que soportar las incursiones de las tropas de Vlad II Dracul, señor de Valaquia, vasallo del rey Segismundo de Hungría. Y, por otro lado, los bizantinos pudieron recuperar Tesalónica que, más tarde, ante la presión otomana para re- cuperarla, fue cedida a Venecia, lo que abocó a los venecianos a enfrentarse en una larga guerra con los otomanos.
Al primer peligro, Murad se enfrentó sometiendo toda Serbia a vasalla- je. Con la misma finalidad de limitar las amenazas provenientes del norte del Danubio, sus ejércitos efectuaron diversas incursiones en Valaquia y Transil- vania, pero también en Bosnia y Albania. A la muerte del rey Segismundo de Hungría, fue elegido para ocupar el trono húngaro el rey Ladislao III de Polo- nia que, ante la presión otomana, organizó una nueva cruzada, en la que toma- ron partida los venecianos, y en la que también tuvo un papel fundamental el principado de Karamán. Según parece, los planes consistían en que el princi- pado de Karamán se levantaría en armas en Anatolia y, cuando Murad cruzara el Bósforo para acabar con la rebelión, las galeras venecianas bloquearían el camino de vuelta del sultán, momento que aprovecharían las tropas húngaras y rumanas para invadir toda la península balcánica. Sin embargo, un fallo de coordinación entre las fuerzas cruzadas y el príncipe de Karamán impidió que el plan tuviera éxito, por lo que Murad tuvo tiempo de acabar con la revuelta de Karamán y volver a los Balcanes para acabar con la cruzada húngara en la batalla de Varna (1444).
Después de acabar con la cruzada, Murad prefirió retirarse a descansar y ab- dicó en su hijo Mehmet, que aún era muy joven. El momento fue aprovechado por una serie de señores del sur de Grecia y de Albania para recuperar la indepen- dencia y obtener nuevas posesiones territoriales. A la vez, la guardia personal del sultán, los jenízaros, iniciaron una revuelta que obligó a Murad a abandonar su retiro y volver a la carga. Acabó con la revuelta jenízara, pero en plena campaña en los Balcanes le sorprendió la muerte.