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Tras la muerte de Almanzor, el califato de Córdoba había entrado en un pro- ceso irreversible de decadencia. Este proceso terminó con la desaparición total del califato en 1031 y su fragmentación en una serie de Estados autónomos cono- cidos con el nombre de “reinos de taifas”. Así por ejemplo, las Marcas de Badajoz (inferior), Toledo (Media) y Zaragoza (Superior), consolidarán sus autonomías gracias al poder local de las familias militares allí reinantes. Pero su debilidad les llevará a convertirse en tributarios de los reinos vecinos cristianos.

Igual que surgieron estos reinos a partir de las Marcas, surgirán otros en el resto del territorio del antiguo califato. Los tres grupos étnicos dominantes en cada uno de estos reinos permiten hacer una clasificación de las taifas. El grupo de las taifas bereberes (situadas entre el Guadalquivir y la costa granadina), en el que destacaron la de los Hammudíes (Algeciras-Málaga) y la de los Ziríes (Grana- da) y al que pertenecieron las establecidas en Carmona, Morón, Arcos y Ronda. El grupo de las taifas de los eslavos o saqáliba (situadas en la costa mediterránea levantina, entre Almería y Tortosa), con familias dominantes como los Beni Su- mádih (Almería), Ben Muyahid (Denia), los Amiríes (Valencia) y Tortosa. Y por último, las taifas árabes o andalusíes (situadas en el interior de al-Ándalus).

La fecha de 1085, con la caída de Toledo, marcará la desaparición de la Marca Media de Toledo, incorporándose sus territorios al Reino de Sevilla, que crecerá considerablemente. Pero ello lo expondrá a las amenazas de los reinos cristianos. Su gobernante, al-Mutamid, el rey poeta, recurrirá al poder emergente al otro lado del estrecho, los almorávides, que le ayudarán a vencer a Alfonso VI en Sa- grajas (1086), aunque no se establecerán tras esa primera incursión, volviendo a intervenir en sucesivas ocasiones hasta que en 1090 conquistarán Córdoba y Sevilla, iniciando su dominación.

Los almorávides en al-Ándalus y la batalla de Sagrajas

«Mi situación siguió siendo lo más satisfactoria posible y había yo lle- gado al límite de mis esperanzas, cuando se produjo la intervención de los Almorávides (¡Dios les ensalce!).

Era la época en que el rey cristiano, tras de tomar Toledo, se lanzaba sobre toda la Península, y, después de haber dicho que se daba por con- tento con que le pagáramos tributo, nos trataba con poca benignidad. Lo que quería era apoderarse de nuestras capitales; pero, lo mismo que había dominado Toledo por la progresiva debilidad de su soberano, así pretendía hacer con los demás territorios. Su línea de conducta no era, pues, sitiar ningún castillo ni perder tropas en ir contra una ciudad, a sabiendas de que era difícil tomarla y de que se le opondrían sus habitantes, contrarios a su religión; sino sacarle tributos año tras año y tratarla duramente por todos los procedimientos violentos, hasta que, una vez reducida a la impotencia, cayese en sus manos, como había ocurrido con Toledo.

La noticia de lo sucedido en esta ciudad tuvo en todo al-Ándalus una enorme repercusión, llenó de espanto a los andaluces y les quitó la menor esperanza de poder seguir habitando en la Península. Como, además, ha- bían ocurrido muchas disensiones entre al-Mu’tamid y Alfonso, y éste ha- bía pedido a aquél que evacuase a favor suyo ciertos castillos, a cuya cesión juzgaba preferible la muerte, al-Mu’tamid, lleno de terror, pensó que podría quebrantarlo mediante las bandas de los Almorávides y hacer que se estre- llaran unos contra otros.

(…) Permanecimos algunos días en Badajoz hasta saber de cierto que Alfonso venía a nuestro encuentro con su ejército y con el pensamiento de que derrotaría a nuestras fuerzas, por no tener cabal noticia de su impor- tancia. El destino le impulsó a penetrar en territorio musulmán y a alejarse de sus dominios. Nosotros lo aguardábamos delante de la ciudad, porque, si quedábamos victoriosos, todo iría bien, y, si no, tendríamos detrás la ciudad como asilo y fortaleza a que acogernos. Todo esto había sido perfectamen- te dispuesto por el Emir de los musulmanes, por preferir que el encuentro fuese en aquella comarca, sin necesidad de internarse en tierras cristianas; tanto más cuanto que los Almorávides, acabados de llegar a al-Ándalus, ni siquiera distinguían a sus aliados de sus adversarios.

(…) Confiados los musulmanes en la fijación de la fecha, estaban des- cuidados. Fue lo mejor que pudo ocurrir, porque si los dos bandos hubieran avanzado uno contra el otro, se hubieran separado con la pérdida de la ma- yor parte del ejército musulmán, como suele ocurrir siempre que se convie- ne de antemano la fecha del combate. Afortunadamente, el ejército cristiano avanzó por sorpresa, cuando los musulmanes no estaban preparados. Este ataque imprevisto les permitió imponerse en el primer momento y echar su veneno en nuestro campo, en el que perecieron algunos musulmanes que no pudieron defenderse; pero apenas cundió la alarma por el ejército mus- lim y los musulmanes montaron a caballo para hacer frente a los cristianos, cuando éstos se sintieron cansados, por el peso de las armas y por la larga distancia recorrida. Los musulmanes los persiguieron a filo de espada y mu- rieron muchos de sus soldados, que quedaron sembrados por el camino.»

El siglo XI en 1ª persona: las “memorias” de ‘Abd Allah, último rey Zirí de Granada, destronado por los Almorávides, traducción de E. Lévi-Provençal

y Emilio García Gómez, Madrid, Alianza Editorial, 2005, pp. 229-230, 234- 236.

Los almorávides, al-murabitún, provenían de un pueblo beréber nómada de la tribu de sanhaya, también llamados “lemtuna” (de al-Mutalazzimún, los vela- dos, por ir cubiertos como los tuaregs, con los que se encontraban emparenta- dos). Procedentes de la parte occidental del Sáhara, en su expansión lograron hacerse con un territorio que se extendía por la actual Mauritania hasta el río Senegal.

Su fundador fue Abdallah ibn Yasín al-Yazuli (discípulo de un jurista mali- quí residente en Qairauán), quien influyó en los sanhaya, dirigidos entonces por Yahya ibn Ibrahim. A Ibn Yasín le encomendaron la misión de mejorar el conoci- miento religioso de la tribu sanhaya, lo que hizo con celo y rigor extremo. Tras un retiro en una isla del Níger, inició una expansión de carácter militar a partir del 1055. Ibn Yasín fue el guía espiritual mientras el jefe militar fue Yahya ibn Umar, llegando a establecer un primer estado en Siyilmasa, en el Tafilalet marroquí.

A la muerte de Yahya ibn Umar le sucedió su hermano Abu Bakr ibn Umar, que se convirtió en jefe del movimiento a la muerte de Ibn Yassin en 1058. Sería Yusuf ben Tasufín, primo de Abu Bakr, quien a partir del 1061 tomara el mando en las regiones del norte, estableciendo su capital en Marrakech, ciudad que fun- dó en 1062. Desde allí controló Marruecos y parte de Argelia, preparándose para

intervenir en la política de al-Ándalus. En 1086, cruzaron el Estrecho y ayudaron a las tropas andalusíes a vencer a los ejércitos de Alfonso VI en Sagrajas. Sin em- bargo, a partir de 1090 los almorávides empezaron a intervenir más directamen- te en la política interna de los reinos de taifas, llegando con el tiempo a hacerse con el poder en Granada, Córdoba, Sevilla (entre 1090-91), Badajoz (1094), Va- lencia (1102), Zaragoza (1110), esta última ya por Alí ben Yusuf (1106-1143).

Los almorávides se enfrentaron a la aristocracia arabigo-andaluza y se apo- yaron en las clases populares y en los juristas maliquíes. La fuerza de su movi- miento estuvo sin duda en ese fervor religioso que dio cohesión a sus conquistas, en medio de un mundo en el que las divisiones eran la norma. Montgomery Watt habla de un cierto paralelismo con la primera expansión del islam en tiempos de Mahoma. Pero los almorávides se encontraron el sistema jurídico ya establecido y se sometieron a un poder superior, aunque teórico: el del califato de Bagdad.

La decadencia de este imperio empezó a manifestarse a partir del 1118, con la conquista de Zaragoza por Alfonso I de Aragón, quien logró hacer retroceder el territorio controlado por los almorávides. Aunque otros reyes peninsulares como Alfonso VII de Castilla plantaron cara a los almorávides, fueron las rebe- liones internas que tuvieron lugar hacia 1144-45 las que terminaron con su do- minación. Hasta la conquista de los almohades en torno a 1170, se sucedió un cuarto de siglo de confusión que algunos han denominado los “segundos taifas”, nombre inadecuado, ya que aunque hubo una reaparición de “reyezuelos” y el poder volvió a fragmentarse, no se tratará ya de verdaderos Estados como los de la época anterior.

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