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Entre los años finales del siglo XII y los primeros del XIII surgió en las este- pas de Mongolia un personaje que, con el nombre de Gengis Kan, consiguió unir a las dispersas tribus mongolas y lanzarse a la conquista del mundo. El pueblo mongol era un pueblo nómada que vivía en las estepas situadas al norte de China. Se dedicaba principalmente al pastoreo y a realizar periódicas incursiones en China y Asia Central en busca de botín. Los guerreros mongoles, sobre todo los arqueros a caballo, eran unos enemigos temibles, pero las divisiones tribales los habían mantenido ocupados en luchas internas y, hasta la unificación realizada por Gengis Kan, no plantearon problemas serios para los imperios de la zona.

Sin embargo, con Gengis Kan los ejércitos mongoles se convirtieron en la mayor máquina de guerra de la época. En poco menos de treinta años Gengis Kan consiguió crear un imperio que se extendía sobre gran parte de Asia. En 1211 la ofensiva mongol se dirigió hacia China y consiguieron tomar Pekín en 1215. Hacia 1218 los mongoles habían emprendido la conquista de Asia Central, haciéndose con el control de Samarcanda, Bujara, el Turquestán, Afganistán, y avanzando ha- cia el Jurasán. Tras la muerte de Gengis Kan (1227), su hijo Ogodei continuó con las conquistas. Conquistó Irán y en 1236 se internó en Georgia, Armenia (1239) y, a principios de los años cuarenta del siglo XIII, estaba ya en la parte oriental de Anatolia. Siguieron hacia Rusia, saqueando Kiev en 1240 y, al poco, Cracovia (en la actual Polonia), y continuaron por Europa oriental hasta llegar al Adriático. En 1258 saquearon Bagdad y dieron muerte al califa, acabando así con la dinastía abbasí, si bien uno de los miembros de la familia califal sobrevivió y marchó a Egipto, donde los sultanes mamelucos lo utilizaron como califa títere, lo que dio continuidad aparente a la dinastía abbasí.

Obviamente, este avance conquistador no significó el dominio efectivo de todo ese territorio, sino que, en la mayor parte de los casos mencionados se trató de expediciones de saqueo. En cierta forma el avance mongol por Asia tiene mu- chos puntos de similitud con el avance de la conquista árabe en el siglo VII, pero, sin embargo, su unidad bajo el mismo soberano resulto mucho más efímera que ésta, ya que, tras la muerte del nieto de Gengis Kan, Guyuk (1251), el territorio conquistado se dividió rápidamente entre sus descendientes. Así, se mantuvie- ron cuatro territorios bajo el dominio de distintas dinastías mongolas: la Horda de Oro en la zona que actualmente ocupa Kazajistán, tomando parte de la Rusia caucásica; el Janato de los Iljaníes en Irán; el Janato de Yagathai en Asia Central y China occidental; y el Imperio Chino.

El avance mongol por Oriente Medio supuso una auténtica catástrofe para el mundo arabo-islámico. Dividido como estaba el califato entre dinastías regio- nales, muchas veces rivales entre sí, no fue capaz de organizar una resistencia unitaria contra la invasión mongola, de forma que, una tras otra casi todas las dinastías del Oriente Medio fueron cayendo en manos de los invasores. El freno lo puso Egipto, gracias a la organización de los mamelucos, aquellos guerreros esclavos que, tras ser utilizados por los sucesores de Saladino (los ayubíes), ter- minaron ocupando el poder e instaurando su propio sultanato en 1250.

Los mamelucos se impusieron como casta militar gobernante, separada del resto de la población. A la cabeza se encontraba el sultán que era, en realidad, uno más de entre los mamelucos, dependiente del apoyo de los emires mamelucos. Estos, a su vez, se hicieron con tierras para su propio sustento y el de sus tropas. Esta organización hizo posible el mantenimiento de un sistema social militariza- do que, a su vez, les permitió resistir a las amenazas que representaban tanto los cruzados europeos (en 1249 tiene lugar la séptima cruzada, dirigida por Luis IX de Francia contra Egipto), como los mongoles, a los que vencieron en la batalla de Ain Yalut (1260). La victoria sobre los mongoles y los francos (los mamelucos tomaron en 1291 el último reducto de los cruzados en Oriente Medio: Acre) per- mitió a los mamelucos establecer sólidamente su hegemonía sobre Siria y Egipto. Asimismo, para evitar futuros ataques cruzados, iniciaron una política de destruc- ción de los puertos de la costa palestina y libanesa, que resultó efectiva.

Siendo guerreros recientemente islamizados, los mamelucos mostraron un interés especial por hacer resaltar su papel como preservadores de la unidad religiosa en torno a la tradición sunní. Por ello iniciaron una política de fomento del estudio de la religión y de la Ley, mediante la fundación de numerosos centros de estudio (madrasas) y mediante el impulso de la islamización de la sociedad, incluyendo con ello una política de expansión del islam por el sur de Egipto y Nu- bia. Esta islamización revirtió en una potenciación del papel de los ulemas como garantes de la ortodoxia. Entre estos ulemas, uno, Ibn Taymiyya (1263-1328),

adquiriría gran importancia por su revitalización de la tradición hanbalí, la más rigorista y “fundamentalista” dentro del islam sunní.

Los mamelucos y Génova

«I. Que todos los genoveses estén garantizados en sus personas y sus bienes en los territorios que posee y poseerá el sultán, así como en caso de naufragio.

II. Que tengan libre circulación, lo que comprende Siria, así como las expe- diciones militares del sultán.

III. Todos los genoveses dependerán judicialmente del cónsul de Génova en Alejandría, ante el cual deberán presentarse las quejas de los musulmanes o de otros sujetos del sultán; las quejas de los genoveses contra los sujetos del sultán deberán presentarse al diwan, ante el emir.

IV. De sus posesiones de oro y plata, los genoveses deberán pagar 6 besan- tes (dinares), 16 quilates por ciento por el oro. Y 4 besantes, 12 quilates por ciento por la plata; si tienen monedas, 4 besantes, 12 quilates por ciento por el oro y la plata. No se pagará nada por las pieles y cueros ni por las piedras preciosas.

V. Habrá en la aduana un escriba que será responsable de sus deudas. VI. Que ningún genovés pueda ser detenido por las faltas de otro, a menos que se haya constituido en su fiador.

VII. Que toda transacción concluida en la aduana en presencia de testigos o del dragomán se cumpla.

VIII. Los genoveses deberán pagar a la aduana de Alejandría, por las mer- cancías pesadas, 12 por ciento, y esto sólo después de realizada la venta y acor- dado el precio.

IX. Sobre los tejidos de todos colores (se enumera una serie) de seda y de lana, sobre el oro hilado y sobre la madera, 10 por ciento.

X. Toda mercancía depositada en la aduana para ser vendida en subasta debe anotarse, así como el precio de venta obtenido; pagarán los derechos so- bre las cantidades vendidas y no más, y una vez acordado el precio; el compra- dor no tiene nada que pagar; si no quieren venderlo todo, pueden hacerlo sin pagar derechos.

XI. Ningún genovés será obligado a vender las mercancías traídas; si al- guno desea llevárselas, puede hacerlo sin pagar derechos.

XII. Si un genovés vende oro o plata a un musulmán, éste debe pagarle al contado, y no a plazos.

XIII. Los agentes de la aduana deben dejar los asuntos en buen estado. XIV. Si un genovés vende ante testigos o a través de corredor (simsar) de la aduana, éste le responde del comprador; por lo que se venda afuera y sin testigos, toda disputa debe someterse al cadí.

XV. Si un genovés es deudor ante la aduana, pero acreedor de un musul- mán, puede irse a informar al acreedor de la responsabilidad de su deuda.

XVI. Si un genovés quiere disponer, para su propio uso en el territorio, de queso y otros víveres, que los haga llevar al funduq, y no tiene nada que pagar.

XVII. Que los genoveses tengan suficientes tiendas, que se cierren con llave, y que la aduana les asigne guardianes.

XVIII. La aduana no tiene ningún (otro) impuesto que hacerles pagar, ni tampoco los agentes encargados de visitar los navíos.

XIX. Los genoveses son libres de hacer cargar y descargar sus mercan- cías por sus propios botes, sin obstáculos.

(…) XXV. Que ningún genovés sea obligado a comprar otras mercancías que las que desee.

XXVI. Si ha vendido algo en la aduana, el pago debe ser hecho en oro o en plata.»

Tratado de paz entre el Sultán mameluco Qala’un y la república de Gé- nova (13 de mayo de 1290). Recogido en: Claude Cahen: Oriente y Occiden-

Igualmente, con los mamelucos, Egipto vivió un periodo de esplendor del comercio a larga distancia. Las rutas del Índico, a partir de los puertos del Mar Rojo y con dirección a la India y el sudeste asiático, se potenciaron y sirvieron igualmente para extender el islam por esas zonas geográficas. De la misma ma- nera, se mantuvieron muy buenas relaciones con los mercaderes venecianos y genoveses, que controlaban el comercio en el Mediterráneo oriental. Así, los mer- caderes egipcios traían productos exóticos del lejano oriente y en Alejandría los vendían a los mercaderes europeos que, a su vez, los vendían en Europa. De esta forma, en un momento en el que las rutas terrestres hacia oriente resultaban peligrosas a consecuencia de la presencia mongola, los comerciantes egipcios se convirtieron en los únicos intermediarios comerciales entre extremo Oriente y Europa. De ello resultó, evidentemente, un momento de gran prosperidad para el sultanato mameluco que se extendió hasta que los Estados europeos decidieron prescindir de intermediarios y emprender ellos mismos el viaje hacia Oriente. Esto terminó ocurriendo a raíz de que los navegantes portugueses consiguieran bordear la costa africana, pasando el cabo de Buena Esperanza, y llegar a la India a finales del siglo XV. Las pérdidas económicas que ello ocasionó al sultanato ma- meluco fueron una de las causas de su decadencia final, que terminó cuando los otomanos invadieron Egipto a principios del siglo XVI.

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