A raíz de la derrota almohade en Las Navas, en al-Ándalus desapareció la autoridad central y el poder volvió a una descomposición ya endémica. Como consecuencia de ello, las tierras de la amplia llanura del Guadalquivir quedaron abiertas para el avance castellano-leonés. Sin embargo, en el año 1232, poco an- tes de que se produjera ese avance y aprovechando la situación de vulnerabilidad en que vivían los reinos musulmanes de al-Ándalus, un caudillo militar de Arjona (Jaén), Muhammad Ibn Yusuf Ibn Nasr (el futuro Muhammad I), se alzó en armas y se proclamó amir al-muminin.
Muhammad I supo jugar a mantener un equilibrio entre los poderes cris- tianos y sus rivales musulmanes, incluso con los norteafricanos. Así, mientras las tropas castellano-leonesas, tras la conquista de Córdoba en 1236, dirigían su avance hacia Jaén, por un lado, y hacia Sevilla, por el otro, Muhammad I se aprovechó de la situación para arrebatarle Málaga y Almería (1238) al Reino de Sevilla. Seguidamente, después de que él mismo hubiera perdido Jaén ante Fernando III (1244), aprovechó también para declararse vasallo de éste e inten- tar así proteger sus territorios. Según el acuerdo alcanzado, Muhammad tendría que ayudar a las tropas cristianas a conquistar Sevilla y pagar impuestos al rey castellano-leonés; a cambio, recibiría la protección de éste. Sin embargo, el pac- to con los castellano-leoneses duró poco, hasta el momento en el que éstos em- prendieron su avance hacia Cádiz, Niebla y Jerez. En ese momento, Muhammad I, temeroso de que el avance continuara hacia su territorio, llegó a un acuerdo con la dinastía marroquí de los mariníes para que enviaran sus tropas para ha- cer frente a los castellanos.
En 1264, el reino de Granada entró en guerra contra el reino castellano-leo- nés, momento que aprovecharon los mudéjares para rebelarse contra la domina- ción castellano-leonesa. La revuelta terminaría siendo sofocada y ocasionaría la expulsión de Castilla de gran número de ellos, que pasaron a Granada o al norte de África. En Granada también algunas ciudades intentaron independizarse del poder nazarí. Los Banu Ashqilula, que encabezaron esta revuelta, se aliaron con Alfonso X para conseguir sus propósitos.
Con Muhammad II, hijo y sucesor de Muhammad I, continuó la guerra. Los Mariníes de Marruecos siguieron prestando su ayuda al reino nazarí y, gracias a ellos, se lograron algunas victorias sobre las tropas castellano-leonesas de Al- fonso X, que, por aquél entonces, trataba de aunar esfuerzos para convertirse en emperador de Sacro Imperio Romano-Germánico. La empresa imperial alfonsina se tornó en rebelión abierta de los nobles castellanos, indispuestos por las pre- siones reales para conseguir apoyos financieros. La revuelta castellana signifi- có para Granada un momento de paz. Sin embargo, cuando Alfonso X consiguió
estabilizar su reino, llegó a un pacto con los mariníes y los Banu Ashqilula para emprender una campaña contra el reino nazarí.
Muhammad II consiguió defender Granada con éxito, pero, a pesar de ello, los ataques castellano-leoneses fueron constantes. Sólo la derrota de los ejércitos castellano-leoneses en la batalla de la Vega de Granada (1319) llevó a los naza- ríes a conseguir un periodo de paz e, incluso, recuperar algunas plazas perdidas durante el periodo anterior. Sin embargo, la actividad bélica no cesó, sino que al poco tiempo se recrudeció. Durante los años de la primera mitad del siglo XIV, los Mariníes y los castellanos habían iniciado una pugna por el control del Estrecho. El reino de Granada, situado en medio de ambos contendientes, recibía ataques de uno y otro lado y, a la vez, sufría por las pretensiones independentistas de los gobernadores de algunas de sus ciudades.
La situación cambió definitivamente para Granada con la victoria castellano- leonesa sobre los mariníes en la batalla de El Salado (1340) y el inicio de la gue- rra entre las coronas de Castilla y Aragón, y la posterior guerra civil castellana (que llevó al trono a la dinastía Trastámara). Granada pudo verse libre, entonces, durante un tiempo, de la amenaza exterior.
A comienzos del siglo XV, los castellano-leoneses volvieron a la carga, ata- cando y tomando Antequera en 1410. Una vez más, la presencia de la amenaza castellano-leonesa fue aprovechada por los notables granadinos para hacerse con el poder, iniciando así (1419) una auténtica guerra civil que debilitó definiti- vamente el reino. El momento fue aprovechado por los castellano-leoneses para realizar un gran avance e infligir una derrota decisiva a las tropas granadinas en la batalla de la Higueruela (1431). A partir de ese momento sólo la capital y sus alrededores permanecieron en manos nazaríes.
Las luchas entre los notables granadinos y el sultán, las intrigas y las conspi- raciones, se reprodujeron entonces dentro de lo que quedaba del reino nazarí. Si Granada no sucumbió entonces fue sólo porque Castilla entró en un momento de crisis interna durante el reinado de Enrique IV. Sin embargo, con la ascensión de Isabel I al trono castellano, con el matrimonio de ésta con Fernando de Aragón y la unión de ambas coronas, se pusieron los pilares para iniciar el ataque final sobre Granada.
Granada se rindió, tras una larga y cruenta guerra, en 1492, después de ha- ber llegado a un acuerdo de capitulación según el cual la Corona castellana respe- taría los bienes y las creencias de los habitantes del reino. Sin embargo, el pacto no fue respetado y los musulmanes, al igual que los judíos, fueron obligados a convertirse al cristianismo o a abandonar la Península. Las conversiones fueron muchas, pero también fueron muchos los que decidieron partir al exilio. Durante
los siglos XVI y XVII los musulmanes conversos y sus descendientes (que serían conocidos como moriscos) vivieron bajo sospecha, y por ello fueron objeto de continuas persecuciones por parte de la Inquisición. También fueron víctimas, durante generaciones, de los Estatutos de Limpieza de Sangre, que les impedían acceder a muchos cargos públicos y a las órdenes militares y eclesiásticas. Los musulmanes conversos, los moriscos, mantuvieron muchas de las costumbres de sus antepasados e, incluso, su lengua, introduciendo en ella parte del castellano. Fueron una minoría marginada por ello y situada siempre, como se ha dicho, bajo sospecha, acusada también de mantener tratos con los otomanos. El empeño de los reyes de España por que abandonaran sus costumbres y creencias provocó que los moriscos se levantaran en armas varias veces, hasta que su revuelta fue total a principios del siglo XVII. El clima de sospecha y el odio que algunos ecle- siásticos se encargaron de difundir dieron su fruto, y finalmente, en 1609, el rey Felipe III decretó la expulsión de los moriscos de España.