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Chapter 4: Research Design

4.5 Research methods

4.5.2 Data analysis methods

Hemos enumerado una serie de características de la experiencia mística algunas de las cuales son comunes con otras experiencias. En realidad, la experiencia mística representa otra realidad que nuestra realidad cotidiana, pero que para el sujeto que la experi- menta tiene un mayor valor de objetividad y profundidad que ésta. Tendremos, pues, que aceptar que el ser humano puede experimentar dos realidades distintas: la realidad consciente y cotidiana, en la que existe un pensamiento lógico-analítico, dua- lista, o sea, que divide el mundo en términos antinómicos, que ha sido atribuido a las funciones mentales del hemisferio izquierdo del cerebro; y otra realidad, que se siente como más profunda y significativa, con mayor carga afectiva, en la que los términos antitéticos pueden existir conjuntamente, en la que el yo lógico- analítico se disuelve en la divinidad, la naturaleza, el vacío o la nada. Muy probablemente esta otra realidad está más condicio- nada con la actividad del hemisferio derecho, que procesa la información de forma holística, global y que tiene mayores co- nexiones con el sistema límbico.

Los antropólogos franceses, y a su cabeza Lucien Lévy-Bruhl, estudiaron lo que llamaron «mentalidad primitiva» o «mentali- dad arcaica», es decir, la forma de pensar de pueblos que no habían tenido ningún tipo de civilización, o pueblos ágrafos, como también se les ha llamado. Llamó la atención de estos antropólogos que el hombre «primitivo» participaba místicamen- te con la naturaleza, es decir, con animales, plantas e incluso objetos inanimados; con otras palabras, el pensamiento primitivo se rige por la llamada «ley de la participación», según la cual los seres y objetos pueden ser, en sus representaciones, a la vez ellos mismos y otra cosa. La identificación es tal que se puede hablar de unio mystica del primitivo con los animales, por ejemplo. Jean Cazeneuve, que escribió un libro sobre la mente arcaica, nos dice que en el pensamiento de estos «primitivos» coexiste la ley de la contradicción y la ley de la participación. No existe ninguna división absoluta entre lo individual y lo colectivo. Las contradic- ciones no despiertan el rechazo que conocemos de nuestro pen- samiento occidental, los términos antitéticos conviven sin pro-

blemas en esta forma de pensar. La diferencia que para nosotros está clara entre el yo y el mundo o entre la propia persona y la de los demás, para este pensamiento «primitivo» no está tan clara, al igual que no lo está entre el ensueño y la realidad o entre el mito y la realidad.

Los antepasados, los muertos, los espíritus, la propia natura- leza, todo está impregnado de afectos profundos que nos re- cuerdan la experiencia mística. También en ésta desaparecen las contradicciones y la diferenciación entre el yo y el mundo o la divinidad, la energía cósmica o la nada.

Lévy-Bruhl pensó primero que el pensamiento del «primiti- vo» era un pensamiento «pre-lógico», pero esto fue muy critica- do y él mismo en sus Cuadernos llegó a desdecirse, por lo que la palabra suponía de arrogancia occidental frente a un pensa- miento evolutivamente inferior. Hoy se está de acuerdo en que tanto el pensamiento «primitivo» como el «desarrollado» convi- ven en la misma persona, habiéndose desarrollado más un pen- samiento que otro de acuerdo con las circunstancias del entor- no. El entorno del hombre «primitivo» no requería el desarrollo de ningún pensamiento lógico-analítico como tiene el hombre occidental, estando ocupado permanentemente con asuntos más vitales como la propia supervivencia.

No obstante, en muchas ideologías modernas se ha puesto de manifiesto un pensamiento que nos recuerda este pensamiento descrito por los antropólogos en culturas ágrafas. Y la descrip- ción de la psicología de las masas de Gustav Le Bon nos recuerda también este tipo de pensamiento.

Existirían, pues, dos formas de enfrentarse al mundo: una forma en la que el mundo se intenta conocer, analizándolo con nuestra facultad lógico-analítica; y otra en la que no se trata tanto de «conocer» el mundo como de «aprehenderlo» emotiva- mente, unirse místicamente con él. En las culturas primitivas esta segunda forma sería más utilizada y desarrollada, con predomi- nio de la actividad del hemisferio derecho y del sistema límbico, mientras que en nuestras culturas avanzadas predominaría la pri- mera forma, el análisis más frío, pormenorizado y dualista de la realidad, con predominio del hemisferio izquierdo. La primera forma es más parecida a la consciencia que tenemos durante el ensueño, en el que las contradicciones no despiertan ningún re- chazo; de ahí que el hombre primitivo no sepa distinguir entre el ensueño y la realidad, ya que probablemente son productos de las mismas estructuras cerebrales.

Ya Sigmund Freud en su Interpretación de los sueños dividió el pensamiento humano en dos procesos psíquicos completa- mente diferentes: el proceso primario, caracterizado porque los pensamientos contradictorios no tienden a sustituirse, sino que permanecen yuxtapuestos, como ocurre en los ensueños; y el pensamiento secundario o pensamiento analítico-racional al que estamos acostumbrados cuando nos encontramos conscientes y alertas.

Y Carl Gustav Jung también hizo esta separación entre lo que él llamó «pensamiento directo» y los ensueños o «pensamiento fantástico». El primero estaría ligado al lenguaje y la comunica- ción exigiría un esfuerzo, mientras que el segundo no requeriría ningún esfuerzo, sería espontáneo y estaría guiado por motivos inconscientes. Esta falta de esfuerzo explicaría, al menos en par- te, la primacía del pensamiento fantástico en culturas ágrafas.