• No results found

María del Carmen Santa María, esposa de Juan González, no tuvo un buen año aquel 2003.

No trabajaba fuera de su casa. Pero adentro se ocupaba de sus hijos de diez y quince años además de las otras

tareas del hogar. Le gustaba hacer algo de natación y gimnasia cuando podía.

El 11 de enero de 2003 falleció su papá y a los pocos días, como suele suceder, se enfermó su mamá que murió el 20 de abril. Definitivamente no era un buen año para María. -Yo estaba con dos duelos sin cerrar aún, tratando de contener a mis hijos que amaban a sus abuelos. El día 29 se veía el cielo muy oscuro y me apuré a buscar a mis hijos al colegio. Yo vivo en San Juan y bulevar Pellegrini. Nos asustó ese cielo. No pude comunicarme con mi esposo que estaba en el trabajo porque se cortó el teléfono y la luz. Veíamos pasar carros con cosas pero no entendíamos nada. El agua comenzó a cubrir la calle. Tiraron camionadas de arena en la esquina, pero nunca dijeron que se corría riesgo de inundación.

…Con mi hijo de diez años cargamos varias bolsas y las ubicamos delante de la cochera. Eso fue casi una trampa mortal porque cuando comenzó a entrar el agua no teníamos por donde salir. Nos fuimos con lo puesto. Trepamos la reja y el agua nos llegaba ya bajo las axilas. Nos prestaron un departamento. Yo anduve como zombi por mucho tiempo. Mi vida en ese momento cambió totalmente. Nade de lo que tenía era lo mío y me cuestionaba porque no me di cuenta y saqué las cosas de la casa. Sobreviví porque mis hijos eran chicos y me necesitaban –recuerda María, una década después. “Cuando se fueron las aguas, Juan se ocupó de dejar la casa más o menos en condiciones de ser habitada. Yo no quise volver antes. Nunca vi mi casa bajo el agua. Cuando regresamos fue un volver a empezar. Traté de estar fuerte por la familia, pero lloré mucho cuando estaba sola y nunca comprendí por qué. La vida siguió pero hay un antes y un después. Ahora tenemos una vida normal pero las huellas en la casa te recuerdan ese momento. Después de todo lo que viví en el 2003 cambió mi filosofía de vida. El pasado fue y no se puede cambiar. Vivo hoy que es el tiempo real y lo que importa. Mañana es el futuro y no lo

conozco ni puedo adelantarme, así que casi no proyecto nada”, confiesa María.

Agrega que andaba como autómata por las calles. “Yendo de una oficina a otra como miles de personas, pero me conmovieron las historias de gente que perdieron a familiares. En este momento recuerdo la mamá con su bebé trepada en la reja de Colón… y al señor que salvó su vida porque quedó agarrado al ventilador del techo”, apunta la sobreviviente.

Fernanda Marzocchi tenía 22 años en abril de 2003. Vivía, estudiaba y trabajaba en la ciudad donde tuvo lugar la primera intentona de un gobierno autónomo, aquello que pasó a la historia como la Revolución de los Siete Jefes. La invasión del Salado la marcó de manera definitiva. -Fue un verdadero caos. Cuando salí de mi casa el 29 de abril, ya había agua a la altura del tobillo. Yo estaba cuidando a la hija de unos amigos que tenía tres años. La saqué a ella con sus cosas y salí con lo puesto. Fuimos con mi mamá y papá a la casa de mi abuela en barrio Chalet. Mis hermanos quedaron con mi perra arriba del techo, también en barrio Chalet. El papá de la nena se la llevó. A las 20 empezó a entrar agua de la calle. Intentamos poner bolsas pero desde el patio venía agua como catarata. Con mi papá fuimos a la habitación de mi abuela a levantar lo muebles, pero el agua subía muy rápido.

Salimos con el agua debajo de la cola. Intentamos llegar a la calle pero el agua nos tiraba para atrás. Subimos al techo por una escalera de pintor. Mi papá se resbaló y se cayó. Fuimos al techo de la casa de mi tía abuela, sobre pasaje Dante Alighieri 3699, y ya estaba todo cubierto. Hacía mucho frío, los gritos de la gente eran ensordecedores, los helicópteros sobrevolaban, estábamos mojados, mi mamá operada de la vesícula hacía 15 días, y recuperada de un ACV hacía un año…

Nos sacaron unos lancheros de Santo Tomé y tuvimos que agachar la cabeza para no pegarnos con los postes de

luz.

La lancha chocó contra una camioneta que estaba estacionada, luego nos dejaron en calle Jujuy y Freyre. Unos vecinos nos dieron una taza de té caliente y nos llevaron al club Santa Rosa. Ahí estaba lleno de gente y animales, sin luz, nos dieron ropa, y dormimos en el piso porque no había colchones, ¡hacía mucho frío!

Y de ahí peregrinamos por las casas de varios parientes. No teníamos plata, ni comida, ni casa, ni ropa, ni nada. Deambulábamos por las calles como zombies, las calles estaban llenas de basura, gente, listas de desaparecidos, mucho miedo, bronca, tristeza, impotencia… - dice Fernanda, diez años después.

“Mi casa estaba vacía. Un desastre. Con los cables en el piso, la ropa en bolsas, los colchones en el suelo, el barrio sin luz y lleno de basura. Mucha inseguridad. No teníamos para comer. La sensación de abandono de parte del estado provincial y nacional era tremenda”, agrega la chica que en aquel momento tenía solamente veintidós años.