Chapter 5 Data Collection and Research Methodology
5.2 Data collection process
C ap ítu lo 4
¿Ultraempirismo?
El año 1938 vio la publicación de The Significance and Basic
Postulates of Economic Theory (Significación y postulados básicos
de la Teoría Económica) de Terence Hutchison, y con ella se produjo la introducción explícita del criterio metodológico de falsabilidad de Popper en los debates económicos. El hecho de que Hutchison hubiese reconocido la importancia del criterio de demarcación de Popper ya en 1938 resulta en sí mismo destacable, ya que la Logik
der Forschung de Popper (1934) era por entonces completamente
desconocida, e incluso la famosa obra de divulgación de las ideas filosóficas del Círculo de Viena de Ayer: Language, Truth and Logic (Lenguaje, verdad y lógica) (1936), ignoró por completo la signifi cativa crítica de Popper al principio de verificación del significado. Hasta cierto punto, ni siquiera Hutchison se dio plena cuenta de lo novedoso del pensamiento popperiano; en efecto, aunque citó fre cuentemente a Popper, estableció el criterio fundamental de que las proposiciones económicas que aspirasen al estatus de «científicas» deberían ser susceptibles, al menos en teoría, de contrastación empí rica interpersonal, sin reconocimiento alguno hacia Popper en cuanto a dicho criterio (Hutchison, 1965, págs. 10, 26-7, 48, 49, 126, 156) 21. El principal blanco de ataques de Hutchison esan los aprio-
21 Resulta significativo que, al contestar unos años después a la pregunta de Frank Knight acerca de cuál era su punto de partida filosófico, Hutchison
114
Parte I I . H istoria de la metodología económica 115
tismos en todas sus formas, pero al atacar los postulados de la eco nomía ortodoxa, que según Mises y Robbins eran intuitivamente ob vios, fue demasiado lejos, invalidando así lo que pudo haber sido un esfuerzo decisivo para la reorientación de la metodología de la Eco nomía de la posguerra.
Como punto central de la argumentación de Hutchison encontra mos la idea de que todas las proposiciones económicas pueden ser clasificadas exhaustivamente entre proposiciones tautológicas y pro posiciones empíricas, siendo las primeras aquellas que no prohíben la aparición de fenómeno alguno concebible en el mundo real, y siendo las últimas aquellas que sí que prohíben la aparición en el mundo real de al menos algún fenómeno concebible (1965, pág. 13). Sea cual sea nuestra opinión acerca de tal clasificación dicotómica de las proposiciones científicas — algunos filósofos modernos han cuestionado el dogma positivista de que toda proposición puede ser claramente clasificada entre las categorías de lógicamente necesaria, o proposición «analítica», y lógicamente indeterminada, o proposición «sintética» (Nagel, 1961, pág. 371)— , lo cierto es que Hutchison tendió a ca racterizar como tautologías la mayor parte de las proposiciones eco nómicas. Al hacerlo así, desdibujó la distinción, vital en Economía, entre aquellas proposiciones que son simplemente definiciones dis frazadas y aquellas que, aunque en principio son contrastables, están formuladas de forma que deliberadamente impiden su contrastación.
Por ejemplo, las proposiciones metafísicas pertenecientes al «nú cleo», tales como la creencia en que el sistema de precios invariable mente tiende a armonizar los intereses de todos los agentes econó micos, o la de que todos los agentes económicos actúan racionalmente en persecución de sus propios intereses, son en realidad proposiciones acerca del mundo real que, sin embargo, aparecen como irrefutables incluso en principio, ya que no parece que prohíban la ocurrencia de acontecimiento alguno. Igualmente, Hutchison rechazó como tau tológicas las proposiciones económicas que van acompañadas de cláu sulas ceteris paribus no-especificadas (1965, pág. 42), mientras que, de hecho, se trata simplemente de proposiciones empíricas no-con- trastables referidas al mundo real. Consideremos la dos proposiciones siguientes: el establecimiento de un impuesto sobre los cigarrillos tenderá, ceteris paribus, a elevar su precio, y la imposición sobre los
(1941, pág. 735) mencionó a los em piristas británicos junto con Mach, Schlick y Carnap en Viena, sin hacer referencia a Popper. Para un tratamiento posterior de las cuestiones metodológicas en Economía, ofrecido por un filósofo de las ciencias sociales que es Hutchison en todo, aunque expresado en un lenguaje diferente, véase Kauffm an (1944, capítulo 16); tampoco este autor menciona a Popper.
116 L a metodología de la economía
cigarrillos tenderá, ceteris paribus, a reducir su precio; estas dos proposiciones no pueden ser tautologías, porque son claramente in compatibles entre sí. Tal como están enunciadas, ambas son propo siciones «sintéticas» acerca de la realidad, y ninguna de ellas es contrastable, ni siquiera en teoría, ya que el cetera no ha sido enu merado. Así pues, si una proposición es, en principio, falsable, pro hibirá algún acontecimiento o conjunto de acontecimientos concebi bles, pero la inversa no es cierta, ya que una proposición puede pro hibir la ocurrencia de algún conjunto concebible de acontecimientos y ser, sin embargo, irrefutable incluso en teoría, como en realidad lo son todas las proposiciones tendenciales cuyas cláusulas ceteris
paribus no han sido especificadas.
Esta crítica a Hutchison suscitó el trabajo de Klappholz y Agassi (1967). En vez de la dicotómica clasificación de Hutchison entre proposiciones analítico-tautológicas y proposiciones empírico-sintéti cas, Kappholz y Agassi proponen una clasificación en tres grupos: 1) proposiciones analítico-tautológicas; 2) proposiciones empírico- sintéticas, y 3) proposiciones empírico-sintéticas que son contrasta- bles, al menos en principio, con lo que se reduce el número de con ceptos económicos que caen dentro de la primera categoría y aumenta el número de los que caen dentro de la segunda. Hutchison, afirman estos autores, critica con frecuencia a los economistas por proponer tautologías, cuando en realidad están proponiendo afirmaciones em píricas no-contrastables: «A partir de su revisión de la Teoría Eco nómica se obtiene la impresión de que la mayoría de los economistas de su época produjeron casi exclusivamente tautologías, y ello a pesar de que su libro apareció dos años después de la publicación de la Teoría General de Keynes, y Keynes se ocupó sin duda de cues tiones empíricas» (Klappholz y Agassi, 1967, pág. 28) 22.
La principal prescripción metodológica de Hutchison es que la investigación científica en Economía debería dedicarse únicamente a las proposiciones empíricamente contrastables. Desgraciadamente, se expresa de forma bastante vaga respecto de la cuestión de si la exigencia de contrastabilidad se refiere a los supuestos o a las pre dicciones de la teoría económica. En conjunto, parece subrayar más la contrastación de los postulados, lo que hoy denominamos supues tos, como el propio título de su libro sugiere, y esta impresión se
22 Hutchison tenía toda la razón al argumentar que los economistas prote gían (y lo siguen haciendo) ciertas proposiciones empíricas sustantivas, por el procedimiento de presentarlas como si fuesen tautologías y definiciones (véase Leontief, 1950; Klappholz y M ishan, 1962; y también Hutchison, 1960; Kapp holz y Agassi, 1960; Hutchison, 1966; Latsis, 1972, págs. 239-41; Rosenberg, 1976, págs. 152-55).
Parte I I . H istoria de la metodología económica 117
ve reforzada por su respuesta a la posterior acusación de ultraempi-
rismo que le dirigió Machlup. En efecto, en su libro (1978, pági
nas 143-44) Machlup cita a Hutchison como ejemplo destacado de ultraempirismo, refiriéndose con este calificativo a aquellos que «in sisten en la verificación independiente de todos los supuestos a tra vés de datos objetivos obtenidos por medio de la observación», y propone «un programa que parta de los hechos en vez de partir de supuestos». Hutchison (1956) niega esta acusación de ultraempirismo y no encuentra dificultad alguna en demostrar que muchas de las afirmaciones de su libro acerca de la importancia de la contrastabilidad se referían, no a los supuestos, sino a «las proposiciones finales» de la Economía.
En cualquier caso, el grueso del contenido de su libro sugiere lo contrario, e incluso su respuesta a Machlup, escrita casi veinte años después que el libro, contiene indicios de que Hutchison seguía con vencido de que el trabajo empírico en Economía puede ser tan útil en la contrastación de los supuestos como en la de las implicaciones de las teorías. En consecuencia, Machlup argumenta que la contras tación directa de supuestos tan fundamentales como la maximización de la utilidad por parte de los consumidores y la maximización de los beneficios por parte de las empresas, a través, por ejemplo, de en cuestas que recojan las respuestas de un gran número de consumi dores y empresarios, resulta «gratuita, si no engañosa»; ante esta crítica, Hutchison (1956, pág. 481) contesta: «N o importa, en prin cipio, si la especificación de las condiciones de una contrastación de este supuesto fundamental (el de racionalidad) se obtiene “ directa” e “independientemente” , o trabajando “ indirectamente” hacia atrás, desde las contrastaciones de las conclusiones para llegar a los supues tos de los que aquellas conclusiones se deducen.» En realidad, sí que importa, y mucho, e importa «en principio», ya que es precisamente en esta cuestión donde Hutchison se separa de Machlup y, como veremos, de Friedman y de su influyente artículo de 1953 Essay
on the Methodology of Positive Economics (La metodología de la
Economía Positiva). Machlup no se equivoca mucho al calificar al Hutchison de 1956, y con más razón aún al de 1938, como un «ultraempirista recalcitrante» (Machlup, 1978, págs. 49.3-503).
De nuevo los apriorismos
Si hemos de hacer justicia histórica al libro de Hutchison, sin embargo, habremos de recordar una vez más la fuerza que tenían
118 L a m etodología de la economía
en la década de 1930 los apriorismos, es decir, el enfoque metodo lógico que consideraba que la Economía es esencialmente un sistema de deducciones puras obtenidas a partir de una serie de postulados j provenientes de la experiencia interna, los cuales no se consideran sujetos a verificación externa alguna. En este contexto, la publica ción del libro de Hutchison fue saludada por una recensión vehe mente y bastante confusa de Frank Knight, que tenía la longitud de un artículo, en la que éste expresaba su profunda irritación ante lo que consideró como el «positivismo» de Hutchison, al tiempo que rechazaba la idea de que la verdad en Economía tenga nada que ver con la verdad en las ciencias naturales, mostraba su adhesión a la doctrina del Verstehen en Economía23, y concluía como sigue: «No es posible “ verificar” proposición alguna referente al comportamiento de “ la Economía” por ningún procedimiento “ empírico” , si es que definimos las palabras claves de esta frase como han de ser definidas para que su uso tenga alguna relevancia y precisión» (Knight, 1956, página 163; véase también 1964, pág. 168). Cuando Hutchison (1941) se reafirmó en sus posiciones, Knight volvió a la carga con el cate górico rechazo de que las proposiciones económicas referentes al com portamiento económico pudiesen ser contrastadas empíricamente, por que el comportamiento económico está dirigido hacia unos fines y, por tanto, su significación depende de nuestro conocimiento intui tivo de su carácter deliberado:
M i argumento era y es que el categórico contraste que el Sr. Hutchison y tantos otros (? ) nos presentan, entre proposiciones susceptibles de contrastación y «concepciones valorativas de sentido común», y su insistencia en que sólo las proposiciones del primer grupo son admisibles en teoría económica, es una pretensión falsa y debe ser simplemente descartada. Los hechos contrastables no son realmente Econom ía... E sta incapacidad de contrastar puede o no ser considerada como «lamentable»^- pero, en cualquier caso, esa es la realidad (Knight, 1941, pág. 753; véase también Latsis, 1972, págs. 235-36).
23 Igualmente, Machlup (1978, págs. 152-53), al atacar el ultraempirismo de Hutchison, declara: «E sta es, en realidad, la diferencia esencial entre las cien cias naturales y las sociales: que en estas últimas los hechos, los datos de la “ observación” , son también resultado de interpretaciones de las acciones huma nas por parte de otros seres humanos. Y esto impone sobre las ciencias sociales una exigencia que no existe en el caso de las ciencias naturales, es decir, la exigencia de que todos los tipos de acción humana que se usan en los modelos abstractos construidos con fines analíticos han de ser "com prensibles” para la mayoría de nosotros, en el sentido de que seamos capaces de imaginar a perso nas razonables actuando (al menos algunas veces) de la forma postulada por el tipo ideal de conducta en cuestión.»
Parte I I . H istoria de la metodología económica 119
; Resulta curioso que Knight, que se había convertido en uno de los principales oponentes a la teoría austríaca del capital, siguiese durante toda su vida sosteniendo puntos de vista metodológicos tomados directamente de Mises y compañía (ver Gonce, 1972; Hirsch y Hirsch, 1976, págs. 61-5).
Hay que añadir que, en años recientes, Hutchison ha seguido insistiendo en la relevancia de las prescripciones metodológicas de Popper en el campo de la Economía, aunque concediendo que la defensa del monismo metodológico puede ser casi tan peligrosa como la del dualismo metodológico favorecido por los defensores de la doctrina del Verstehen.
E n relación con los puntos de vista sostenidos por m í en un trabajo anterior (The Significance an Basic Postulates of Economic Theory), sigo manteniendo el criterio de contrastabilidad y falsabilidad en Economía. Sin embargo, aunque este trabajo puede ser considerado, en muchos aspectos, como un trabajo escép tico, su «naturalism o» optim ista me parece ahora difícilmente defendible para lo que se consideraba normal en 1938; es decir, la sugerencia de que las cien cias sociales pueden, y deben, desarrollarse sobre las mismas líneas que la Física y demás ciencias naturales... M e parece profundamente engañoso el insistir sobre ciertas similitudes generales existentes entre las ciencias naturales y las sociales (aunque tales similitudes ciertamente existen), y el afirmar que sus dife rencias son tan sólo «d e grado», sin dejar bien claro hasta qué punto esas diferencias son importantes en la práctica (Hutchison, 1977, pág. 151; véase también págs. 57, 59-60; y Hutchison, 1965, págs. vii-x).
El opéracionalismo
En el mismo año en que Ayer popularizó el Positivismo Lógico en su Language, Truth and Logic, Percy Bridgman reformulaba el opéracionalismo metodológico en su obra The Nature of Phisycal
Theory (La naturaleza de la Teoría Física) (1936). Un año después,
Paul Samuelson empezó a escribir su tesis doctoral sobre Foundations
of Economic Analysis (Fundamentos del Análisis Económico), que
llevaba por subtítulo The Operational Significance of Economic
Theory (La significación operacional de la Teoría Económica). La te
sis fue finalmente publicada en 1948 e inmediatamente reconocida como un hito en Teoría Económica, no tanto a causa de su metodo logía como a causa de su demostración de que los supuestos norma les de maximización condicionada no son suficientes para derivar de ellos la mayor parte de las predicciones económicas: el método de es tática comparativa carecerá de contenido a menos que se especifique su correspondiente sistema dinámico, y que se demuestre que dicho
120 L a metodología de la economía
sistema es estable: el llamado principio de correspondencia de Sa- muelson (Samuelson, 1948, págs. 262 y 284).
Uno de los objetivos centrales de su libro, nos dice Samuelson, consiste en obtener «teoremas operacionalmente significativos» en Economía: «Por teorema significativo entiendo simplemente una hi-! pótesis sobre cuestiones empíricas que puede concebiblemente ser refutada, aunque sólo sea en condiciones ideales» (pág. 4; tambiérl páginas 84, 91-2, 172, 220-21 y 257). Resulta bastante irónico, sin embargo, que éste no es el operacionalismo tal como normalmente se entiende este término. La metodología del operacionalismo, taí como la establece Bridgman, se refiere fundamentalmente a la cons-* trucción de una serie de reglas de correspondencia que se supone conectan los conceptos de la teoría abstracta con operaciones de me dición física. La definición hace de teorema operacionalmente signi-í ficativo en Samuelson, es, en realidad, el falsacionismo popperiano expresado en el lenguaje del Círculo de Viena.
Continúa Samuelson estableciendo su fundamental distinción en tre el razonamiento estático comparativo, que desde entonces ha dado, en denominarse cálculo cuantitativo, y el cálculo cualitativo. Pocas veces es posible en Economía especificar la magnitud de la variación de una o más de sus variables exógenas, pero hemos de insistir como requerimiento mínimo, arguye Samuelson, en que al menos sea posii ble determinar el signo algebraico de la variación: «La utilidad de nuestra teoría surge del hecho de que, por medio de nuestro análisis,' con frecuencia nos vemos capaces de determinar la naturaleza de las variaciones que experimentan nuestras incógnitas a consecuencia de determinadas variaciones de uno o más parámetros. De hecho, nues tra teoría carecería de sentido en el sentido operacional si no impli case algún tipo de restricción sobre las cantidades observables, que sirva de base para una posible refutación de aquélla» (pág. 7; tam bién págs. 19, 21, 24 y sig-., 257 y 350-51). De su aplicación del criterio del cálculo cualitativo a algunos de los pilares de la teoría recibida del pasado Samuelson concluye que el contenido empírico de la moderna teoría del consumidor es escaso (págs. 90, 92, 97-8, 117 y 172) y se manifiesta igualmente escéptico respecto de laá prin cipales proposiciones de la «nueva teoría del bienestar» que intenta formular hipótesis significativas sobre el bienestar sin recurrir a las comparaciones interindividuales (págs. 244 y 249).
Machlup ha ridiculizado insistentemente la idea de un programa de investigación operacionalista en Economía. En una lectura poco caritativa (y probablemente poco justa también) de Bridgam, Mach lup interpreta el operacionalismo como el abandono de toda cons trucción mental en la elaboración de teorías, y a partir de esta inter
Parte I I . H istoria de la metodología económica 121
pretación le resulta fácil demostrar que esto equivale a eliminar toda formulación matemática de las teorías. Si, por otro lado, aceptamos operaciones mentales como las funciones matemáticas, argumenta Machlup, la fuerza metodológica del operacionalismo queda en entre dicho; en efecto, las teorías que únicamente incluyesen conceptos operacionales mensurables en términos físicos no serían otra cosa que generalizaciones de bajo nivel referentes a regularidades empí ricas (Machlup, 1978, capítulo 6, especialmente las págs. 179-83). Esto resulta tan obvio que no valdría la pena mencionarlo si no fuese por el impacto emotivo que adquiere el adjetivo de la expresión «teoría operacional», adjetivo que, en cualquier caso, es empleado por Samuelson como sinónimo de «empírica». Machlup (1963, págs. 56-7) llega incluso a negar que el concepto de equilibrio merezca el cali ficativo de «operacional» — «el equilibrio es una herramienta del análisis teorético, y no un concepto operacional, y los intentos de obtener contrapartidas operacionales del mismo no se han visto co ronados por el éxito»— , consideración que parece olvidar la impor tancia del cálculo cualitativo. La idea de equilibrio no es, cierta mente, sino la predicción que las contrapartidas observables en el mundo real de las variables endógenas de los modelos económicos se mantendrán constantes en tanto en cuanto se mantengan constantes las contrapartidas en el mundo real de las variables exógenas del modelo (Finger, 1972). En resumen, una teoría operacional será sim plemente una teoría falsable. Sin mencionar el nombre de Samuelson, el propio Machlup parece implicar algo semejante cuando dice:
N o es fácil saber qué es lo que realmente quieren decir con el término los economistas que utilizan la frase de «teoría operacional». No encontramos en ellos ilustraciones ni ejemplos que aclaren dicho término . . . E s posible que los economistas, al abogar por una «teoría operacional», quisiesen decir . . . que las teorías deberían tener una relación suficiente con el mundo real, con los datos de la observación, y que esa relación sería «suficiente» si nos permitiese la verificación por comparación con la evidencia empírica (1963, pág. 66).
¡Exactamente!
r Donald Gordon (1968) hace un esfuerzo más prometedor en cuan to a precisar el significado del operacionalismo en Economía. Empieza este autor de forma similar a como lo hace Bridgam, definiendo la
proposición operacional como aquella que afirma o implica una ope
ración que, en principio, podría realizarse, y cuyos resultados cons tituirán la contrastación de la proposición. Pero permite la «opera