Chapter 5 Data Collection and Research Methodology
5.4 Research methodology
5.4.2 Pricing efficiency
Introducción
Estamos ahora preparados para utilizar nuestros conocimientos de metodología en la evaluación de las teorías económicas. Al hacer lo, debemos empezar siempre estableciendo lo que Popper llama la «situación-problema», a la que la teoría se supone va a dar solución. Este punto de partida obvio se olvida con frecuencia. A continua ción, tendremos que decidir qué es lo que la teoría predice, pero en el punto a que hemos llegado convendrá que intentemos evaluar la evidencia empírica referente a las predicciones de la teoría, sin olvi dar, sin embargo, las características de la «explicación» que subyace a la misma. ¿Proporciona la teoría un mecanismo causal que nos lleva sistemáticamente de las acciones de los agentes económicos y del funcionamiento de las instituciones económicas a los resultados predichos por la misma?
Ninguna de estas cuestiones es susceptible de discusión fructífera si tan sólo disponemos de una única teoría. En efecto, las teorías sólo pueden evaluarse adecuadamente en términos de hipótesis alter nativas, por la simple razón de que la metodología no proporciona normas absolutas a las que hayan de conformarse todas las teorías: lo que nos proporciona son criterios en cuyos términos podemos cla sificar las teorías en una escala de mayores o menores posibilidades. Así pues, la evaluación de las teorías económicas consistirá esencial-
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mente en responder a la pregunta: ¿Cuál de entre todas las teorías alternativas está mejor dotada para sobrevivir?
En lo que sigue presentamos un conjunto de casos de estudio, cada uno de los cuales ilustra una lección metodológica o más de una. Algunas veces, la lección que la metodología nos enseña demuestra que el contenido empírico de una teoría ha sido exagerado o com pletamente malinterpretado; otras veces, nos demuestra por qué exis ten buenas razones para retener una teoría a pesar del hecho de que haya sido refutada; y otras, nos demuestra simplemente que econo mistas destacados, con puntos de vista metodológicos bien definidos, se muestran, sin embargo, renuentes a la hora de aplicar los princi pios que ellos mismos defienden. Estos casos de estudio no han sido seleccionados al azar, ya que cada uno de ellos constituye un pro grama de investigación satélite perteneciente a un programa central más amplio que con frecuencia recibe la denominación de Economía
Neoclásica, aunque la denominación de «corriente ortodoxa princi
pal del pensamiento económico» sería igualmente correcta. Esto no quiere decir que tratemos exhaustivamente cada aspecto del programa de investigación neoclásico — esto exigiría toda una serie de libros para hacer justicia al tema— . Lo único que nos cabe hacer aquí es sugerir las líneas de tal evaluación generalizada de la Economía Neo clásica, al trazar algunas de las interconexiones existentes entre dis tintos subprogramas diferentes pero complementarios, y al demostrar cómo cada una de las partes del programa central más amplio reciben su fuerza de las demás partes, en el supuesto, generalmente no con trastado, de que esas otras partes están empíricamente bien corro-, boradas.
A lo largo de los próximos capítulos, que constituyen la Parte III de este libro, estaremos continuamente preguntándonos: ¿Cuál es en realidad el «núcleo central» básico del programa de investigación neoclásico?; es decir, ¿qué^es lo que hace que un análisis de, por ejemplo, el crimen o la oferta de dinero, constituya un elemento de la Economía Neoclásica, en vez de serlo de la Economía Marxista, Radical, Institucional o lo que ustedes quieran? Además, habremos tic preguntarnos también: ¿En qué circunstancias deberíamos dete nernos a considerar un programa de investigación alternativo con un «núcleo» diferente y un conjunto distinto de «heurísticas» positiva
y negativa, especialmente cuando dicho programa alternativo de in
vestigación está dirigido a un conjunto diferente de cuestiones y viene asociado con normas metodológicas también distintas? Las respuestas i estas trascendentales cuestiones irán apareciendo a lo largo de la Parte III, y volveremos explícitamente a ellas en el capítulo final de la Parte IV.
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La ley de la demanda ¿es una ley?
ú
| En la Historia de la Economía abundan las leyes proclamadas eñ letras mayúsculas: la Ley de Gresham, la Ley de Say, la Ley de la;Oferta y la Demanda, la Ley de los Rendimientos Decrecientes, la
Ley de la Utilidad Marginal Decreciente, etc. Sin embargo, el tér
mino ley ha ido adquiriendo gradualmente para los economistas la connotación de algo un poco pasado de moda, y los economistas de
hoy prefieren presentar sus más queridas proposiciones de tipo gene
ral como «teoremas», en vez de como «leyes». En cualquier caso, si por ley entendemos aquellas relaciones bien corroboradas y univer sales postuladas entre acontecimientos o clases de acontecimientos
y que han sido deducidas a partir de unas condiciones iniciales con
trastadas de forma independiente, pocos economistas actuales sosten drían que la Economía haya producido hasta ahora más de una o dos de estas leyes l. Pero esta recomendable modestia metodológica puede también llevarse demasiado lejos. Después de todo, los filósofos de la ciencia no se muestran muy de acuerdo acerca de las condiciones necesarias y suficientes que una proposición científica ha de satisfacer para cualificar como ley científica, y en este sentido existen diferen tes tipos de leyes que juegan distintos papeles en los diferentes tipos de teorías científicas (ver capítulo 1; también, Rosenberg, 1976, capí tulos 4-6). Así pues, cualesquiera que sean los hábitos lingüísticos de los economistas, no se puede negar que la famosa Ley de la De manda posee el estatus de ley científica.
Lo que no resulta fácil de decidir, sin embargo, es si la Ley de la Demanda es una «ley determinista», una «ley estadística» o una «ley causal». Si la Ley de la Demanda se refiere a los individuos, afir mando que la cantidad demandada de cualquier mercancía por un consumidor atomístico variará inversamente con su propio monetario, puede descartarse de entrada la pretensión de que expresa una con comitancia invariable de acontecimientos. Pero si la ley se refiere
1 Samuelson (1966, pág. 1 5 3 9 ) subraya que sus años de e y erien cia le han enseñado «h asta qué punto resultan tan traicioneras las “ leyes” en la vida eco nómica; por ejemplo, la Ley de Bowley sobre la participación relativa constante
de los salarios; la Ley de Long sobre la participación constante de la población en la fuerza de trabajo; la Ley de Pareto sobre la desigualdad intercambiable de las rentas; la Ley de D enison sobre la tasa constante de ahorro privado; la Ley de Colin Clark sobre el 25 por 100 de techo a los gastos e impuestos guber namentales; la Ley de M odigliani sobre la tasa constante riqueza-renta; la Ley
de M arx sobre el decrecimiento de la tasa de salarios y /o del decrecimiento de la tasa de beneficios; la Ley de Todo-el-Mundo sobre la constancia de la rela ción capital-producto. Si éstas son Leyes, la M adre Naturaleza es una criminal nata» (véase también Hutchison, 1964, págs. 94-5).
a la conducta de mercado del conjunto de los consumidores de un producto homogéneo, será posiblemente cierto que, al menos hasta Marshall, fue considerada como una ley determinista, es decir, como una regularidad empírica que no admite excepciones. A partir de Marshall, sin embargo, ha sido considerada de hecho como una ley estadística del comportamiento de mercado, una ley que tiene una probabilidad de cumplirse cercana a la unidad, pero no igual a la unidad. Todo estudiante de primer año de Economía aprende que, sujeta a una serie de condiciones referentes a los gustos, las expec tativas, las rentas y los precios de los demás bienes, una elevación en el precio de un bien viene seguida de una disminución de la can tidad demandada, a menos que el bien en cuestión sea un bien Giffen o un bien ostentoso; en resumen, las curvas de demanda de mercado pueden tener inclinación positiva o negativa. Sin embargo, como ve remos, existe una aplastante evidencia empírica en el sentido de que la mayor parte de las curvas de demanda presentan inclinación nega tiva: la «ley de la curva de demanda con pendiente decreciente», como Samuelson (1976, pág. 61) la denomina, es de hecho una de las «leyes» estadísticas mejor corroboradas de la Economía.
Por otro lado, la Ley de la Demanda puede construirse también como una «ley causal», es decir, como una ley que explica el com portamiento humano en términos de las razones, deseos y creencias de los agentes humanos «racionales», que constituyen el mecanismo causal que nos lleva desde la disminución del precio hasta el aumento de la cantidad demandada (Rosenberg, 1976, págs. 53-5, 73-7 y 108-21). Sea como sea, los economistas no afirman que los seres humanos sean «racionales» por definición, y en la medida en que no lo afirman, la Ley de la Demanda será una proposición refutable empíricamente, que se presenta en forma de ley y se refiere a las respuestas económicas que genera una variación de los precios.
Además, la Ley de la Demanda no constituye una generalización inductiva a partir de un conjunto de observaciones ateoréticas. Por el contrario, se alega que dicha ley es una deducción lógica obtenida a partir de lo más cercano a una teoría totalmente axiomatizada de que disponemos en Economía: la moderna teoría estática del com portamiento del consumidor. Esta teoría tiene una larga y compleja historia, que con frecuencia nos ha sido relatada (ver Blaug, 1978, paginas 343-74 y 388-89), y que va desde el cardinalismo introspec tivo de Jevons, Menger, Walras y Marshall, pasando por el ordina- lismo introspectivo de Slutsky, Alien y Hicks, hasta el ordinalismo behaviorista de la teoría de la preferencia revelada de Samuelson, el cardinalismo behaviorista de la teoría de la utilidad esperada de Neu- mann-Morgenstern y la teoría de las características de las mercancías
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de Lancaster, por no mencionar las teorías estocásticas más recientes sobre el comportamiento del consumidor. A lo largo de todo el pro ceso, la intención era demostrar de algún modo la idea de una curva de- demanda con inclinación negativa a partir de axiomas de compor tamiento individual fundamentales y compelentes. Después de todo, ni ‘las curvas de demanda individuales ni las de mercado son entes directamente observables; todo lo que podemos observar en cualquier momento es un único punto de la curva de demanda de un bien. Estamos, por tanto, abocados a estimar estadísticamente las curvas de demanda, y esto sólo es posible en situaciones en las que quepa adoptar supuestos muy restrictivos acerca de las condiciones de oferta del mercado en cuestión. Este problema de identificación fue expues to explícitamente por primera vez en la década de 1920, pero incluso los economistas del siglo xix reconocieron el problema implícita mente. Así, los pioneros de la teoría de la demanda sólo tenían dos posibilidades: o seguir a Agustín Cournot y Gustav Cassel en su formulación de las curvas de demanda decrecientes como una pura generalización empírica, o deducir la Ley de la Demanda a partir de un conjunto de supuestos primarios sobre el comportamiento econo- mico. Dada la importancia de las curvas de demanda decrecientes como elemento esencial de la teoría competitiva de los precios, no resulta sorprendente que aquéllos eligiesen la segunda vía.
Fue Marshall el que descubrió que la así denominada Ley uni versal de la Demanda está desgraciadamente sujeta a una posible excepción, a saber, la paradoja de Giffen, el caso en que, por expre sarlo en lenguaje moderno, el efecto-renta positivo de una variación del precio es tan grande que elimina el efecto-sustitución negativo generado por tal variación. El hecho de que Sir Robert Giffen nunca llegase en realidad a formular la paradoja de Giffen (Stigler, 1965, página 379) resulta significativo: Marshall estaba buscando, por así decirlo, la paradoja de Giffen y, por tanto, estaba decidido a encon trarla. Se dio perfecta cuenta de que, para todo propósito práctico, hemos de definir las curvas individuales de demanda como sujetas a una cláusula ceteris paribus que incluye los gustos, las expectativas sobre precios futuros, las rentas monetarias de los consumidores y todos los demás precios, excepto el que estamos considerando. Defi nida de este modo, sin embargo, no era ya posible afirmar que existe de hecho una ley «universal» de demanda.
Marshall coqueteó también, como ha señalado Friedman (véase Blaug, 1978, págs. 370-72 y 389), con una interpretación de las cur vas de demanda basada en la renta-raí-constante, según la cual los precios de todos los bienes relacionados estrechamente con el bien en cuestión varían inversamente con él (en términos prácticos, divi
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dimos la renta monetaria por medio de un índice de precios de Las- peyres), de forma que «se compense» al consumidor de cualquier variación de su renta real generada por la variación del precio. Esta curva de demanda de renta-real-constante, o curva de demanda com pensada, deberá ciertamente tener inclinación negativa por las propias condiciones impuestas en su construcción, y, por consiguiente, arguye Friedman, deberíamos elegir esta interpretación como la idónea, ya que es la única que presenta implicaciones claramente contrastables. Pero, por desgracia, nunca podremos observar una curva compensada de demanda, mientras que sí que podemos observar al menos un punto de la curva de demanda de renta-monetaria-constante. La for mulación de la curva de demanda de renta-real-constante escamotea simplemente la cuestión, ya que el efecto-renta de una variación en el precio es una parte integrante del comportamiento del consumidor en el mundo real al igual que el efecto-sustitución, y dejar el primero fuera del análisis equivale a ajustar el mundo real a nuestras teorías, en vez de ajustar nuestras teorías al mundo real2. Y en la medida en la cual estemos interesados en la variación total que se produce en la cantidad demandada a consecuencia de una determinada variación del precio, tendremos que > medir tanto el efecto-renta como el efecto- sustitución.
De las curvas de indiferencia a la preferencia revelada
La descomposición de la respuesta ante una variación en el precio entre los efectos sustitución y renta, realizada por Slutsky-Allen-Hicks, y el signo invariablemente negativo del efecto-sustitución, son los únicos logros sustantivos del inmenso esfuerzo intelectual que cientos de economistas dedicaron durante más de un siglo al análisis del comportamiento del consumidor. Esta teoría, como Lancaster (1966b, página 132) dijo, «aparece hoy como un ejemplo conspicuo de cómo obtener los mínimos resultados posibles del mínimo de supuestos». La teoría no nos dice nada sobre las decisiones de los consumidores
2 Sólo con que pudiésemos ignorar a voluntad el efecto-renta de una varia ción en los precios, la teoría de la demanda sería muchísimo más simple. Así, Becker (1976, págs. 159-60) demuestra que para una am plia variedad de reglas de toma de decisiones por parte del consumidor, incluyendo las decisiones deter minadas jugimdo a los dados, las curvas de demanda del mercado seguirán pre sentando inclinación negativa (esencialmente porque las elevaciones de precios restringen el conjunto de oportunidades alcanzables, mientras que las caídas de precios lo amplían). E sta demostración supone una curva de demanda de renta- real-constante y no una curva de demanda marshalliana de renta-monetaria- constante.
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en cuanto a la adquisición de bienes duraderos, ni sobre las deci siones de ahorro o de mantenimiento de riqueza en unas formas y no en otras. Se refiere tan sólo a las decisiones de adquisición de bie nes perecederos, y en especial a la decisión de asignación de la renta disponible entre los distintos bienes perecederos, y, sin embargo, ni siquiera es capaz de predecir qué bienes serán consumidos de hecho. Lejos de generar hipótesis económicas contrastables sobre el compor tamiento de la demanda, lejos de ser inspiración y guía de la inves tigación empírica, la teoría se ha mantenido casi constantemente a la zaga de los estudios estadísticos, en vez de dirigirlos. Aunque los estudios referentes a los efectos de la renta sobre el gasto del con sumidor basados en datos de presupuestos familiares eran ya moneda corriente en la década de 1870, el papel de la renta como variable clave de la teoría de la demanda no fue teóricamente reconocido hastá la década de 1890 y no fue sistemáticamente analizado hasta la de 1930 (Stigler, 1965, pág. 211). Igualmente, los primeros estu dios estadísticos actuales sobre la demanda se iniciaron justo antes de la Primera Guerra Mundial (Stigler, 1965, págs. 219 y sigs.), y, sin embargo, el desarrollo de la teoría de las curvas de indiferencia de Allen-Hicks en la década de 1930 no incluía nada de los avances conseguidos para entonces en la comprensión empírica de la demanda.
La teoría de la inferencia, que apareció después de una genera ción de críticas hostiles, aunque poco efectivas, a la teoría de la uti lidad marginal por parte del institucionalismo americano 3, reafirmó la concepción del homo economicus, como poseído de lo que Maurice Clark denominó «una pasión irracionalmente racional por el cálculo desapasionado», al tiempo que se enorgullecía indebidamente de su derivación de todas las implicaciones clásicas a partir del cálculo ordinal, en vez de del cardinal. El concepto de «indiferencia», que supone la comparación por pares de conjuntos de mercancías infini tamente cercanos unos a otros, es tan introspectivo e inobservable como puede serlo el concepto de comparaciones cardinales entre uti lidades marginales4. Esto no tiene importancia si la formulación faci
3 Para una revisión de este gran debate de las entreguerras sobre los fun damentos psicológicos de la Economía, véase Coats (1976). E l librito de Sargant Florence (1927) recrea maravillosamente la atmósfera de esta trasnochada con troversia.
4 L a obtención de las curvas de indiferencia a partir de experimentos de elección simulados tiene una larga y desigual historia, que se retrotrae hasta el intento pionero realizado en 1931 por el psicólogo Louis Thurstone y que ha sido repetido tan sólo en dos ocasiones desde entonces. Un intento reciente más sofisticado realizado por MacCrimmon y T oda (1969) generó una evidencia positiva pero dudosa respecto de las tres propiedades familiares de las curvas de indiferencia: 1) no-intersección, 2) pendiente negativa y 3) convexidad res pecto del origen.
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lita la obtención de predicciones empíricamente significativas sobre el comportamiento del consumidor, pero, de hecho, el aparato de las curvas de indiferencia no nos sirve de ayuda para averiguar de ante mano qué curvas de demanda presentan inclinación negativa y cuáles la presentan positiva, ya que nunca podemos observar directamente ni el efecto-sustitución ni el efecto-renta (el efecto-renta vendrá defi