Chapter 4 Review of Empirical Studies
4.3 Pricing efficiency of ETFs and their explanatory variables
4.3.3 Evidence from emerging markets
La prehistoria de la metodología económica
Una diferencia sutil, aunque significativa, separa los escritos sobre metodología de los economistas del siglo xix de los del siglo xx, o más bien de los escritos aparecidos en los últimos cuarenta años. Los grandes economistas-metodólogos del siglo xix centraron su aten ción sobre las premisas de las teorías económicas, y advirtieron in sistentemente a sus lectores que la verificación de las predicciones económicas era, en el mejor de los casos, tarea harto azarosa. Se con sideraba que las premisas habían de derivarse de la introspección o de la observación casual de lo que hacen nuestros semejantes, y que, en este sentido, aquéllas podían considerarse como verdades
a priori, conocidas, por así decirlo, previamente a la experiencia; un
proceso puramente deductivo llevaba de las premisas a las implica ciones, pero dichas implicaciones serían ciertas a posteriori tan sólo en ausencia de causas perturbadoras. Por consiguiente, el objetivo de la verificación de las implicaciones consistía en determinar el campo de aplicación de las teorías económicas, y no en evaluar su validez. Estos autores del siglo xix desplegaron un ingenio sin límites a la hora de proporcionar razones que les permitiesen ignorar lo que parecían ser claras refutaciones de las teorías, pero nunca llegaron a establecer las bases, empíricas o de otro tipo, sobre las que hubiese sido posible rechazar una determinada teoría económica. En resumen, los grandes metodólogos británicos del siglo xix eran verificacionis-
76 L a m etodología de la economía
Parte I I . H istoria de la metodología económica 77
tas, y no falsacionistas, y predicaban una metodología defensiva des
tinada a proteger a la joven ciencia frente a cualquier ataque.
Si tomamos la publicación de La riqueza de las naciones en 1776 como la fecha de «nacimiento» de la Economía como disciplina inde pendiente, la naciente ciencia de la Economía Política tenía unos cincuenta años cuando Nassau Sénior publicó su Introductory Lecture
on Political Economy (Conferencia introductoria a la Economía Po
lítica) en 1827; se trata de la primera discusión explícita de este autor sobre los problemas de la metodología económica, discusión que elaboró y amplió una década después en su Outline of the Science
of Political Economy (La ciencia de la Economía Política en líneas
generales) (1836). El año de 1836 vio también la publicación del famoso ensayo de John Stuart Mili On the Definition of Political
Economy and on the Method of Investigation Proper to It (Sobre la
definición de Economía Política y el método de investigación adecuado a la misma) (1836), con el que dejó bien sentada su reputación como destacado comentarista de temas económicos, una reputación que se vio considerablemente reforzada con la publicación de un trabajo importante en el campo de la filosofía de la ciencia, como es su System
of Logic (1844), seguido del magistral Principies of Political Economy
(Principios de Economía Política) (1848). Los siguientes hitos im portantes son la obra Character and Logical Method of Political
Economy (Carácter y método lógico de la Economía Política) de
John Elliot Cairnes (1875) y el indiscutiblemente autorizado resumen de toda la metodología de la era clásica que John Neville Keynes nos proporciona en su The Scope and Method of Political Economy (Contenido y método de la Economía Política) (1890), un libro apa recido en el mismo año de la primera publicación de los Principies
of Economics (Principios de Economía) de Alfred Marshall, y con el
que comparte un enfoque metodológico conciliatorio.
No queremos decir con esto que Adam Smith, David Ricardo y Thomas Malthus careciesen de principios metodológicos, sino sim plemente que no vieron la necesidad de expresarlos explícitamente, considerándolos quizás tan obvios que no necesitaban defensa alguna. Adam Smith resulta ser un caso especialmente sorprendente, ya que, de hecho, empleó formas de razonamiento radicalmente diferentes en las distintas partes de su obra. Los libros I y II de La riqueza
de las naciones utilizan con profusión el método de estática compa
rativa, asociado posteriormente con la obra de Ricardo, mientras que los libros III, IV y V de La riqueza de las naciones, así como la mayor parte de su Teoría de los sentimientos morales, constituyen ejemplos de utilización de la metodología característica de la llamada Escuela Histórica Escocesa.
^ _No resulta fácil caracterizar esta metodología de la Escuela His tórica Escocesa, porque ni Adam Smith ni ninguno de los demás miembros de la Escuela emplearon nunca muchas palabras para defi nirla. En cualquier caso, tal método parece consistir, por un lado, en una firme creencia en las etapas históricas, basada en la relación entre «modos» o tipos definidos de producción económica y ciertos prin cipios de la naturaleza humana, y por otro lado, sobre un profundo compromiso con la simplicidad y la elegancia como criterios absolu tamente prioritarios de una adecuada explicación, tanto en el campo de las ciencias físicas como en el de las ciencias sociales (ver Skinner, 1865; Macfie, 1967, capítulo 2; y Smith, 1970, págs. 15-43). Adam Smith hizo en realidad una importante contribución a la filosofía de la ciencia en este campo con su trabajo, de enorme erudición, The
Principies which Lead and Direct Philosophical Enquiries, Illustrated by the History of Astronomy (Principios que dirigen y encauzan la
investigación filosófica: el caso de la Historia de la Astronomía), es crito alrededor de 1750, pero que sólo llegó a publicarse después de su muerte, en 1799 *. Escribiendo tan sólo sesenta años después de la aparición de los Principios de Newton, Smith describe el método newtoniano como aquel según el cual se establecen «ciertos princi pios, primarios o demostrados, en un primer momento, a partir de los cuales se explican diversos fenómenos, relacionándolos todos en una misma cadena». Dado el papel de piedra angular que juegan los sentimientos de simpatía por otros seres humanos en La teoría de
los sentimientos morales, y el comportamiento que persigue ante todo
el propio interés en La riqueza de las naciones, ambos libros pueden considerarse como intentos deliberados por parte de Smith de aplicar el método newtoniano, primero a la Etica y después a la Economía (Skinner, 1974, págs. 180-81). Es curioso que Smith atribuya en su ensayo sobre la Astronomía el origen de la ciencia no a la curiosidad ociosa de los hombres o a su deseo de dominar la naturaleza, sino al simple deseo de maximizar «lo maravilloso, lo sorprendente, lo admirable». Incluso su patrón para juzgar las ideas científicas era más o menudo de tipo estético que de tipo cognoscitivo, y subrayaba la ventaja que supone el ser capaces de explicar diversos fenómenos por el único y familiar principio de la gravedad casi tanto, si no más, que las ventajas que puedan proporcionar nuestra capacidad de hacer predicciones fiables. Existe una gran dosis de convencionalismo en las explicaciones que Smith elabora para la revolución copernicana
1 E l trabajo de Smith sobre Astronom ía se encuentra ahora disponible como volumen I I I de la Edición de Glasgow de: W orks and Correspondence of Adam Smith (O bra y Correspondencia de Adam Smith) (1980).
78 L a m etodología de la economía
y para la newtoniana, inspirado probablemente en el igualmente inci piente convencionalismo de Hume; es decir, Smith rehúsa describir la mecánica newtoniana como «la verdad», contrastando radicalmente con la actitud general de su época (Thompson, 1965, págs. 223-33; Lindgren, 1969, pág. 901; Hollander, 1977, págs. 134-37 y 151-52; y Skinner, 1974). Sin embargo, no tiene mucho sentido el preocu parse ahora de lo que Smith quería realmente decir con su concep ción de las teorías científicas como «máquinas imaginarias», porque su ensayo pasó totalmente desapercibido entre los economistas clásicos ingleses que le sucedieron y, en realidad, parece no haber ejercido influencia alguna sobre la filosofía de la ciencia del siglo xxx.
En Ricardo, lo histórico, lo institucional y lo fáctico, que habían figurado de forma tan prominente en los escritos de Adam Smith, quedaron como telón de fondo, e incluso su filosofía social es discer- nible tan sólo en forma de alusiones (Hutchinson, 1978, págs. 7-10, y capítulo 2). Aunque sus ideas metodológicas hay que leerlas entre líneas, Ricardo era un claro defensor de lo que hoy denominamos «el modelo de explicación hipotético-deductivo», según el cual se niega categóricamente que los hechos puedan nunca hablar por sí mismos. No resulta fácil saber si Ricardo consideraba las predicciones de su sistema — el coste creciente del cultivo de alimentos, la pre sión de la población sobre la oferta de los mismos, la creciente parti cipación de los terratenientes en la distribución de la renta, y la desaparición gradual de las oportunidades de inversión— como ten dencias puramente condicionales o como previsiones históricas incon dicionales, ya que la piedra angular de su forma de escribir es la minimización de la distinción entre las conclusiones abstractas y las aplicaciones concretas. En realidad, Schumpeter (1954, págs. 472-73) ha denominado esta predisposición de Ricardo a aplicar modelos de un alto grado de abstracción directamente a la complejidad del mundo real «el vicio ricardiano». Por un lado, Ricardo le dijo a Malthus que su objetivo consistía en dilucidar principios y que, por tanto, «imaginaba casos extremos... capaces de mostrar el funcionamiento operativo de dichos principios»; por otro lado, estaba siempre dicién- dole al Parlamento que algunas de las conclusiones de la Economía eran «tan ciertas como el principio de gravitación» 2. En cualquier caso, no hay duda de que el mensaje que sus seguidores asimilaron a partir de sus escritos fue el de que la Economía es una ciencia, no a causa de su método de investigación, sino a causa de la certeza de sus resultados.
2 Como recopilación de comentarios ocasionales de Ricardo sobre metodo logía, véase de Marchi (1970, págs. 258-59) y Sowell (1974, págs. 118-20).
Parte I I . H istoria de la metodología económica 79
Malthus abrigaba serias dudas acerca de la metodología de Ricar do, especialmente en lo que se refiere a la costumbre de éste de diri gir la atención exclusivamente hacia las implicaciones de equilibrio a largo plazo de las fuerzas económicas, y sospechaba, aunque nunca fue capaz de expresar de forma clara esta sospecha, que había en Smith un método inductivo que era diametralmente opuesto al enfo que deductivo de Ricardo. En la práctica, sin embargo, el estilo de razonamiento de Malthus era idéntico al de Ricardo, y sus amplias diferencias en cuanto a la cuestión del valor y a la posibilidad de que se produjesen situaciones de «superproducción generalizada» no supo nían diferencias metodológicas sustanciales entre ellos.
El ensayo de Mili
Ricardo murió en 1823, y la década siguiente fue testigo de un vigoroso debate sobre la validez del sistema ricardiano, acompañada de un intento por parte de sus principales discípulos, James Mili y John Ramsay McCulloch, tendente a la identificación- del ricardia- nismo con la Ciencia Económica. Con frecuencia los períodos de con troversia intelectual engendran clarificaciones metodológicas, y esto fue lo que ocurrió durante esta fase crítica de la Economía Política clásica inglesa. Tanto Sénior como John Stuart Mili vieron ahora la necesidad de formular los principios que gobernaban los métodos de investigación de los dedicados a la Economía Política.
Debemos a Sénior la primera formulación de la hoy familiar dis tinción entre una ciencia pura y estrictamente positiva y el arte im puro e inherentemente normativo de la Economía (una cuestión cuyo examen dejaremos para el capítulo 5), así como la primera formula ción explícita de la idea de que una Economía científica se basa esencialmente sobre «unas pocas proposiciones muy generales, pro venientes de la observación, o de la introspección, y que cualquier hombre, tan pronto las oye, las admite como parte de su propio pensamiento», de los cuales se deducen una serie de conclusiones que serán ciertas tan sólo en ausencia de «causas perturbadoras concre tas» (citado por Bowley, 1949, pág. 43). Sénior llegó hasta a reducir estas «pocas proposiciones muy generales» a cuatro, a saber: 1) que cada persona desea maximizar su riqueza con el menor sacrificio po sible; 2) que la población tiende a crecer con mayor rapidez que los medios de subsistencia; 3) que el trabajo, mediante la utilización de máquinas, es capaz de generar un producto neto positivo; y 4) que la agricultura está sujeta a rendimientos decrecientes (ver Bowley, 1949, págs. 46-8). Aquí, al igual que en el resto de sus escritos,
80 L a m etodología de la economía Parte I I . H istoria de la metodología económica 81
Sénior se muestra como uno de los escritores más originales entre los economistas clásicos. De todos modos, la discusión que Mili hace de estas mismas cuestiones es a la vez más cuidadosa y más penetrante que la de Sénior y además presta mucha más atención que Sénior al problema de la verificación de las conclusiones de la teoría pura.
El ensayo de Mili On the Definition of Political Economy (Sobre la definición de la Economía Política), de 1836, parte de la distin ción de Sénior entre la ciencia y el arte de la Economía Política, que es la distinción entre una colección de verdades materiales y un cuerpo de reglas normativas, para seguir luego caracterizando el objeto de la Economía, de nuevo al igual que Sénior, como una «ciencia men tal», fundamentalmente referida a las motivaciones humanas y formas de conducta de la vida económica (Mili, 1967, págs. 312 y 317-18). Esto nos lleva directamente al famoso pasaje en el que nació el denos tado concepto del homo economicus. Aunque es algo largo, vale la pena citar este pasaje casi completo, y vale la pena leerlo y releerlo:
L o que hoy entendemos comúnmente por el término «Econom ía Política» . . . hace abstracción de todas las pasiones o motivaciones humanas, excepto aquellas que pueden considerarse como principios antagonistas perpetuos del deseo de riquezas, es decir, la aversión al trabajo y el deseo de goce presente de costosos placeres. E stos principios entran hasta cierto punto en sus cálculos porque no solamente entran ocasionalmente en conflicto, al igual que otros deseos, con la búsqueda de riquezas, sino que la acompañan como una especie de rémora, o impedimento, encontrándose por tanto inseparablemente unidos a aquélla. L a Economía Política considera a la H um anidad como ocupada sola mente en la adquisición y consumo de riquezas; y su objetivo consiste en mos trar cuál es la línea de acción que se vería la Hum anidad impelida a adoptar, viviendo en sociedad, si tal motivo, excepto en la m edida en la cual quede contrarrestado por las dos motivaciones antes citadas y que son sus oponentes, fuese la única consideración que influyese en sus acciones . . . L a ciencia . . . pro cede . . . bajo el supuesto de que el hombre es un ser destinado, por naturaleza, a preferir en todos los casos más riqueza a menos riqueza, sin otra excepción que la que constituyen las dos contramotivaciones ya mencionadas. Y no es que economista alguno haya sido nunca tan absurdo como para suponer que la Hu manidad está realmente constituida por tales seres, sino porque ésta es la forma en que la ciencia ha de proceder necesariamente. Cuando un efecto procede de una concurrencia de causas, aquellas causas deben estudiarse una por una, y sus lryes deben investigarse separadamente, si es que deseamos obtener, a través de las causas, el poder de predecir o controlar sus efectos . . . N o existe, quizás, acción alguna en la vida del hombre en la que éste no se encuentre bajo la influencia, directa o remota, de algún im pulso distinto al del deseo de riquezas. I,a Economía Política no pretende que sus conclusiones sean aplicables a estos aspectos de la conducta humana en los que el deseo de riquezas no constituye la motivación principal. Pero existen ciertamente algunos aspectos de los asun to» humanos en los que la adquisición de riquezas es el objetivo principal y
explícito. Y es tan sólo de estos aspectos de los que se ocupa la Economía Política. L a form a en que ésta necesariamente procede consiste en tratar este objetivo principal y explícito como si fuese el único; lo cual constituye la hipó tesis más cercana a la verdad de todas las posibles, y que serán igualmente simplificadoras. E l economista se pregunta cuáles son las acciones que tal deseo generaría si, dentro de las áreas en cuestión, no fuese impedido por ninguna otra motivación. D e esta form a se obtiene una aproximación más cercana al orden real de los asuntos humanos en dichas áreas de la que de otro modo sería posible. E sta aproximación debe, por tanto, corregirse de forma que tenga en cuenta los efectos de cualesquiera impulsos de otro tipo, cuya interferencia con los resultados obtenidos pueda demostrarse en cada caso particular. Sola mente en unos pocos de los casos más conspicuos (tal como el importante papel que juega el principio de crecimiento de la población) se interpolarán estas correcciones en la exposición de la Economía Política; habiéndonos alejado, pues, en cierta medida en estos casos de los estrictos procedimientos puramente científicos, en beneficio de la utilidad práctica. E n la medida en la cual se sabe, o se supone, que la conducta de la Hum anidad en la búsqueda del incremento de sus riquezas se encuentra bajo la influencia colateral de cualesquiera propie dades de nuestra naturaleza distintas de la del deseo de obtener la mayor can tidad posible de riquezas con el menor esfuerzo y autonegación posibles, las conclusiones de la Economía Política dejarán de ser aplicables a la explicación o predicción de los acontecimientos reales, hasta que sean modificadas de forma que puedan tener en cuenta el grado de influencia ejercido por esas otras causas [páginas 321-23].
La definición que Mili nos proporciona del homo economicus presenta rasgos que vale la pena destacar. Mili no nos dice que de beríamos tomar al hombre en su integridad, fijando nuestras preten siones en la correcta predicción de cómo se comportará de hecho en sus actuaciones económicas. Esta es la teoría del «hombre real» que Sénior mantuvo durante toda su vida a pesar del ensayo de Mili (ver Bowley, 1949, págs. 47-8 y 61-2) y que es también el punto de vista adoptado posteriormente por Alfred Marshall y nos atrevería mos a decir que el adoptado por todos los economistas contemporá neos (ver Wbitaker, 1975, págs. 1043 y 1045n; Machlup, 1978, capítulo 1 1 )3. Lo que Mili nos dice es que hemos de abstraer ciertas motivaciones económicas, a saber, la de la maximización de la riqueza sujeta a las restricciones que suponen la renta de subsistencia y el
3 Vale la pena recordar que en la obra de Adam Smith no encontramos nada que se parezca al homo economicus construido por Mili. En Smith, los hombres ciertamente actúan según lo que para ellos constituye su propio inte rés, pero este interés nunca se concibe como dirigido únicamente a fines pecu niarios, y con frecuencia aquél es concebido como una cuestión de honor, de ambición, de estima social o de pasión de dominio, en vez de sólo como un deseo de riquezas (véase Hollander, 1977, págs. 139-43; Winch, 1978, pági nas 167-68).
82 La m etodología de la economía Parte I I . H istoria de la m etodología económica 83
deseo de ocio, al tiempo que hemos de tener en cuenta la presencia de motivaciones no-económicas (tales como las costumbres y hábitos) incluso en aquellas esferas de la vida que entran dentro del campo normal de la Economía. En definitiva, Mili opera con una teoría del