CHAPTER 3: RESEARCH METHODOLOGY
3.3. Data collection
Para Randall (1992) el testimonio excluye toda posible confusión con el ensayo, la narrativa histórica o autobiográfica, y, a la vez, posee evidentes relaciones con el periodismo, con el reportaje y la crónica; aunque los argumentos de la autora desarrollan más las características que marcaría la diferencia entre el testimonio de otros géneros canónicos. Por el contrario, Beverley es más preciso en deslindar una posible vinculación del testimonio con el género autobiográfico. A su criterio este último se caracterizaría porque: “Hay en la autobiografía como género una postura individualista, […] que se
apropia de la literatura precisamente para manifestar la singularidad de su experiencia, su estilo propio” (1987: 13) [Énfasis nuestro]. En el caso del testimonio
El yo testimonial […] puede ser asumido por cualquiera. […] El testimonio no puede afirmar una identidad propia que es distinta de la clase, grupo, etnia, etc. a que pertenece el narrador; si no es así, si es la narración de un “triunfo” personal en vez de una “narración de urgencia” colectiva, el testimonio se convierte en autobiografía [Énfasis nuestro] (1987: 13).
La consideración de Hugo Achugar es similar: “[La diferencia] Radica en que mientras la autobiografía es un discurso acerca de la “vida íntima” o interior, el testimonio es un discurso acerca de la “vida pública” o acerca del “yo en la esfera pública”6 [Énfasis nuestro] (1992: 59). Doris Sommer (2005) también argumenta bajo esa perspectiva para deslindar al testimonio de la autobiografía. Sommer lo ejemplifica con el testimonio de Rigoberta Menchú: “La diferencia retórica más contundente entre el testimonio y la autobiografía es la del sujeto plural pero particularista del testimonio. En vez de un individuo genial e inimitable […] Rigoberta es una representante” (2005: 179). Existe un consenso en señalar al sujeto testimonial como alguien que representa –en una doble acepción: la descripción de un estado de cosas y el reemplazo de una o más personas por otra que habla por ellos–, a una comunidad y, por tanto, a través de un sinécdoque (parte-todo) es figurativamente la comunidad como tal. El sujeto testimonial no habla por él o para él, habla en bien de la comunidad, clase o etnia a la que pertenece y representa a través de una historia que la mayoría de veces tiene un carácter de urgente denuncia y veracidad.
6 En el Perú, los testimonios también dan cuenta de la “vida íntima”. Esta no es solo
característica de la autobiografía. Se verá con claridad en nuestro corpus analizado. 37
Los críticos mencionados esbozan la postura de un sujeto representacional colectivo, sin embargo, lo hacen a partir de la producción testimonial hecha en Centroamérica en la década de 1970 y 19807. Aquellos testimonios se inscribían muchas veces dentro de contextos revolucionarios pro-socialistas. Cuando más adelante analice la producción testimonial en el Perú, en especial el cuarto y quinto capítulo, afirmaré que no necesariamente tiene que darse una configuración colectiva del sujeto testimonial y mucho menos el carácter de urgencia y denuncia que tanto recalca Beverley. Finalmente, otra característica inherente al género testimonial que lo deslinda totalmente de la autobiografía o la memoria está en el modo de producción inicial. El testimonio nace de una instancia oral que precisamente le da ese efecto de oralidad que ha sido entendido como su rasgo más específico: “Rasgo que el testimonio no comparte ni con la memoria, ni la biografía ni con la autobiografía ni siquiera, paradójicamente con el diálogo” (Achugar, 1992: 65).
5.2. El testimonio y la novela: entre lo ficcional y lo real
Beverley considera al testimonio como “un nuevo género literario post- novelesco” (1987: 16). Tomando en consideración la figura del personaje novelesco y el testimoniante, argumenta que este último ya no resulta siendo el antihéroe de la novela moderna –artefacto discursivo vinculado íntimamente con la escritura. En ese sentido afirma que la novela burguesa carece del
7 Pienso en testimonios como el canónico Me llamo Rigoberta Menchú de Elisabeth Burgos-
Debray, La montaña es algo más que una inmensa estepa verde de Omar Cabezas
(comandante sandinista).
carácter épico y modélico de la narrativa testimonial, más vinculada a la epopeya de carácter oral:
El eje del testimonio no es tanto el “héroe problemático” de la novela-para recurrir al concepto de Lukács -sino una situación social problemática que el narrador testimonial vive o experimenta con otros. […] Si para Lukács la novela burguesa nace de la desaparición de la posibilidad de narración épica en un “mundo desalmado”, el testimonio exhibe una especie de epicidad [sic] cotidiana. El narrador testimonial recupera la función metonímica del héroe épico, su representatividad, sin asumir sus características jerárquicas y patriarcales. [Énfasis nuestro] (1987: 11).
Sklodowska (1992), para entender mejor la lógica del discurso testimonial, sigue el camino inverso. A partir de J. Hillis Millar ofrece una imagen del espacio novelístico a través de una metáfora física: dos fuerzas, una centrífuga, que desplaza el discurso hacia el ámbito de la ficción, y otra centrípeta, que procura enraizar el texto en la realidad de la experiencia humana. De esta manera la novela pretende ser lo que no es, disfrazando su propia ficcionalidad con discursos considerados como no-ficticios. El testimonio tendría una construcción analógica pero en sentido inverso:
Si consideramos el discurso testimonial hispanoamericano como producto de este doble impulso –centrífugo y centrípeto– generado por la novela, tampoco las diversas formas del testimonio resultarán tan abigarradas como parecen a primera vista. Situadas entre los polos de lo ficticio y de lo factual, las modalidades testimoniales representan distintos grados de
novelización de textos fácticos, por un lado, y de “factualización” de discursos novelísticos, por el otro [Énfasis nuestro] (1992: 96).
Es decir, se le otorga un tenor narrativo y ficcional a las figuras provenientes de la realidad que pasan, en el caso de los testimoniantes, a un primer plano llegando a constituirse en personajes-narradores arrebatados de su anonimato; y de otro lado, al mismo tiempo, el hecho de vida narrado (tramado), adquiere inevitablemente el estatuto de veracidad propio del género.
Amar Sánchez (1990) afirma que “los textos [testimonios] ponen en escena una versión con su lógica interna, no son una ‘repetición’ de lo real, sino que constituyen una nueva realidad regida por leyes propias, con la que se denuncia la ‘verosimilitud de otras versiones’” (1990: 447). Por ello, los relatos de no-ficción, como el testimonio, resuelven esta lucha entre lo “ficcional” y lo “real” en su especificidad discursiva:
El encuentro no da como resultado una mezcla (aunque sea posible rastrear el origen periodístico o literario de muchos elementos), sino que surge una forma nueva cuya especificidad se halla en la constitución de un espacio intersticial de choque y destrucciónde los límites entre distintos géneros (1990: 447-448).
Además, Amar Sánchez sitúa esta confrontación tensional propia al género en los márgenes o a nivel fronterizo, cuyo papel, quizá más importante es descentrar el conocimiento: “el relato de no ficción organiza un espacio ‘desmitificador’, fracturado en la medida en que se juega siempre en los bordes, en los márgenes de las formas, de lo literario y lo político, de lo imaginario y lo real” (1990: 448).
En conclusión, la habilidad tanto del gestor o gestora como del testor o testora para persuadirnos tiene que ver menos con su aspecto factual, los hechos que nos cuentan, y más con una organización textual-discursiva que alcance, precisamente, la capacidad persuasiva de la veracidad acerca de lo que se enuncia. En otras palabras, tiene que ver más con una capacidad de construir un discurso persuasivo producto de estrategias propias de la literatura, de procedimientos textuales propios de la novela, por ejemplo. En resumen, se produce la búsqueda de un efecto específico en el receptor a través de una construcción discursiva literaria, sin embargo, tiene el estatuto de
veracidad como paradigma. Es decir, cuando se lee un testimonio se asume que lo que se nos cuenta es verdad. Por tanto, estaríamos hablando del intento de proyectar, por así decirlo, una verdad verosímil.