CHAPTER 3: RESEARCH METHODOLOGY
3.5. Validity and Reliability
El proceso de transcripción es la mediación necesaria para inscribir el testimonio dentro de la comunidad letrada, es uno de los lugares donde verdaderamente se juega “el poder interpretativo” entre lo que se ha dicho y se escribirá. En otros términos, es el circuito letrado, representado por el testimonialista, quien establece las formalidades por las cuales pasará la voz de sujeto periférico. Pues el testimonio de hecho “no representa una reacción genuina y espontánea del ‘sujeto-pueblo multiforme’ frente a la condición poscolonial, sino que sigue siendo un discurso de las élites comprometidas a la causa de la democratización” (Sklodowska 1991: 113).
A pesar de ello existe una importante reivindicación de lo oral y sus implicancias como reencarnación postcolonial. En el sentido epistemológico, el testimonio privilegia la conciencia marginada, periférica, subalterna
(Sklodowska 1992). Y a su vez, acerca la letra a aquellos sujetos que solo habían sido representados por los letrados que no pertenecían a su clase, etnia o subcultura, y a través de artefactos ficcionales (novelas y cuentos) ajenos a sus experiencias cotidianas. Beverley (1987) encuentra una doble dinámica en el acontecimiento testimonial: 1) implicó una respuesta a la pérdida de la oralidad en el contexto de los procesos de modernización que privilegian el alfabetismo y la literatura como normas expresivas; 2 ) permitió el acceso a la literatura y a un público lector nacional e internacional a personas secularmente excluidas de ella.
El proceso de transcripción testimonial pasa por dos etapas: 1) El testimonialista (letrado) registra (habitualmente en una grabadora) a partir de una entrevista la historia que narra su informante (iletrado); 2) El testimonialista procede a organizar este material, tratando de respetar con suma fidelidad la voz registrada. En relación a este segundo momento, hay un consenso en señalar que el testimonialista habrá de asumir un rol bastante más activo al tener primero que transcribir y después editar.
Para Margaret Randall “Las trascripciones deben ser fieles y completas, aun cuando sabemos que vamos a usar fragmentos nada más en el trabajo final” (1992: 37). Además, recalca la necesidad de apuntar entre paréntesis aquello, que siendo parte de la oralidad, se pierden en la escritura: la inflexión o el tono de la voz del informante, su manera de enfatizar, el llanto o la risa. También repara en las “muletas”, en la repetición, en lo que comúnmente se conoce como “ruidos” e interferencias, y el hecho de intervenir sobre ellas. En
general, Randall recomienda no “traicionar” al informante. Ante la pregunta si se debe o no cambiar el registro íntimo del testimoniante nos dice:
Casi siempre es positivo transcribir con fidelidad estas hablas particulares. ¿Por qué? Porque ellas también son parte de nuestro patrimonio nacional. Nunca es posible separar forma de contenido, ni es deseable hacerlo. […] Por eso insistimos en la importancia de dar a conocer la voz de un pueblo como es. Pero debemos advertir, también, que todo tiene su medida. Nunca se trata de ridiculizar a un informante, mostrando su incultura o transcribiendo su lenguaje sin pulirlo para quitarle todas las pequeñas peculiaridades mencionadas que todos tenemos cuando hablamos informalmente y con la ayuda de gestos o miradas (1992: 44-45) [Énfasis nuestro].
Randall apuesta por mantener la diferencia de la voz del testimoniante en relación a una “voz estándar” bajo la normatividad culta de la lengua. En sentido inverso es el proceder de Elisabeth Burgos-Debray en la edición del testimonio de Rigoberta Menchú. Burgos opta por corregir los “errores gramaticales” (1982: 18) de Menchú: “ya que hubiera sido artificial conservarlos y, además, hubiese resultado folklórico en perjuicio de Rigoberta, lo que yo no deseaba en absoluto” (1982: 18). Si se afirma que el testimonio es la emergencia de “una historia otra” o “historia alternativa”, se da la necesidad, de un lado, de respetar las particularidades de una voz con identidad heterogénea, y de otro, de respetar la estructura oral de lo narrado. Según Francesa Denegri (2000), en el caso de Burgos, lo que verdaderamente consigue este “yo homogeneizador” es hacer completamente accesible el discurso del sujeto subalterno que enuncia en el testimonio, despojándolo de su vitalidad propia, de sus giros más íntimos y auténticos, de su espíritu profundamente indígena o en definitiva de su alteridad que nos provoca perturbación: “Lo que en verdad se logra con este proceso depurador es la neutralización del lenguaje de ese otro subalterno, que en su versión blanqueada es digerido por el lector
promedio llanamente y sin mayores esfuerzos”(2000: 17). Además, teniendo en cuenta que el lector promedio del testimonio es un lector metropolitano, siendo su interés el contenido del relato y no tanto su forma:
La especificidad de los patrones estéticos y culturales codificados en la forma misma del lenguaje del informante no despertaría el mismo interés que lo contenidos, justamente por su calidad de “extraños” y ajenos, de heterogéneos y opacos, en suma, por su inquietante alteridad (Denegri, 2000: 19).
Tengo la impresión que esta es la forma que menos traiciona la oralidad del testimoniante, tratar de mantener un yo diferenciador y plural. Una postura que respete sus múltiples formas de manifestación formal e ideológica. Los intelectuales solidarios intentaron gestionar un espacio central para el subalterno iletrado, pero no deja de ser paradójica la forma en que subestimaron y temieron la alteridad lingüística del español hablado por colectividades mayoritarias.