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1.1.- El hombre es un ser contradictorio que aspira a una felicidad imposible.

La filosofía moral ha identificado el bien moral con la felicidad aun cuando el

término griego eudaimonia era, según los estudiosos, más amplio y sugerente de lo

que hoy entendemos nosotros como felicidad. Según los griegos, el bien consistía en la felicidad que proporcionaba “el bien vivir, la más excelente clase de vida” de un modo permanente.

Del hecho de que el hombre aspire sin cesar a la plenitud de la felicidad y al carácter insaciable de la felicidad que le proporcionan los bienes logrados, para alguna filosofía moral es una señal de que el hombre se encuentra habitado por una desproporción: Dios creador habría dejado deliberadamente su huella en la criatura que la mantendría alternativamente, entre la paz y un desasosiego constante, por salvar las barreras que le impiden llegar “al dulce encuentro con El”. Para otras filosofías se trataría del mito de Sísifo, un poco mejorado, ya que, se logra llegar a la cumbre, pero inmediatamente se ve otra al alcance. Afán de superación que, probablemente, inspiró la exclamación de Hölderlin: “¡En pie! Reyes de la Finitud.” Si del mentalismo literario pasamos a la biología, nos encontramos con que los procesos físico-químicos del cuerpo buscan constantemente su equilibrio para compensar la tendencia natural a la entropía. Sobre este dinamismo de nuestro organismo, la mente construye encantadoras interpretaciones. Y probablemente hace bien, siempre que no las convierta en dogmas de fe. La psicobiología no ha llegado a descubrir que esa desproporción, entre la felicidad deseada y la conseguida, tenga una causa ajena al hombre mismo, de modo que “estemos habitados por una

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desproporción de origen divino.” 15 Partiendo de esta situación, la filosofía moral se

ha hecho la pregunta sobre la felicidad de dos formas diferentes:¿Es consustancial con el hombre aspirar a una felicidad que nunca se puede alcanzar plenamente? o de esta otra manera, ¿ es posible vivir la más excelente clase de vida permanentemente? Como veremos, Platón tiene una respuesta para la primera pregunta y Aristóteles otra bien diferente para la segunda.

Sin duda, ya el mismo hacerse la pregunta conlleva la reflexión de que el hombre, que no ha venido a la vida por su propia voluntad, es un ser contradictorio: aspira a lo imposible. Y debe ejercer, con coraje, un esfuerzo dramático de crítica disconformidad, con el ser contradictorio que es.

1.2.-La verdadera felicidad es el Bien en sí, pero se encuentra fuera de este mundo.

La no conformidad con esa situación constituye la historia del pensamiento moral. El hombre pronto empezó a pensar que, su aspiración a lo imposible, no podía ser el siniestro propósito de un Ser superior que “se complace en ver sufrir a sus criaturas” (Nietzsche) y, por tanto, que se trataba de una condena transitoria. Pero, al no estar en este mundo por propia decisión, había que descubrir una historia, que justificara la profunda insatisfacción del hombre y, la idea de haber sido condenados por alguna extraña razón. La filosofía moral de la Grecia clásica abordó el problema desde diferentes puntos de vista. Platón y Aristóteles escribieron las páginas más apasionantes y radicalmente diferentes sobre la moralidad del hombre. La contradicción, entre el término inexorable de nuestra vida y su obstinada repulsa, está en la raíz de la conciencia moral del hombre.

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Ante esa disyuntiva, la filosofía, en la persona de Platón, decidió inventarse el paraíso de las Ideas entre las que se encontraba la idea del Bien. En esta ocasión la apelación a Dios se hizo recurriendo a la mitología. Dios era el Bien absoluto. A partir de Platón ya no existe solamente este mundo, más aún, este mundo es solamente una sombra del verdadero, al que deben dirigirse todos nuestros

pensamientos para aliviar nuestra originaria contradicción16.

1.3.- Una paradoja histórica: ahora, en otra mujer, Antígona, se encuentra el origen de la autonomía moral.

Se ha pretendido salvar la fragilidad humana mediante el Estado del

Bienestar o mediante la divinización del hombre. Pero, si es cierto que, la dignidad del hombre está por encima del Estado, la subordinación de la vida y el destino del hombre a un Ser superior le han hundido en la conformidad, en la sumisión y en un ridículo empavonamiento frustrante y tragicómico: en la anatomía del hombre siempre permanecen inalterables las claras huellas de los animales inferiores de los que procedemos. La cultura nos ennoblece y nos colma de verdadero orgullo de ser hombres, pero no nos transforma en espíritus puros. La autonomía moral del hombre hace, de la realidad, la tierra firme sobre la que avanzar para hacer de sus normas morales la expresión de su dignidad. Dice Robin Lane Fox que: “la autonomía es una palabra inventada por los griegos antiguos, pero para ellos tenía un contexto político claro: empezó siendo la palabra empleada para designar el autogobierno de una comunidad, con un grado protegido de libertad frente a un poder exterior que era lo bastante fuerte como para infringirla. Pero pronto, de ser una reivindicación de la polis, pasó a constituir una aspiración profunda de la persona. Y no deja de ser una espléndida paradoja de la historia que, la primera aplicación de la palabra a un

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individuo, que se conserva, se refiere a una mujer, Antígona, en el drama que lleva

su nombre”17.

Como es sabido, la literatura ha hecho de Antígona la luchadora por la libertad frente al déspota Creonte. Los hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, han muerto en la batalla, Uno en el bando que defendía la ciudad de Tebas y Polinices en el ejército que la atacaba. “Creonte, rey de Tebas, dicta el decreto por el cual Eteocles será enterrado con todos los honores mientras que, el cadáver de Polinices, permanecerá insepulto dejando que sea pasto de las aves y de los perros. Antígona, desobedece a Creonte y decide dar sepultura a su hermano, aun sabiendo que será condenada a muerte.

Pero la soledad con que Antígona se enfrenta a su hermana y al propio Creonte, y el calificativo que ella misma da a lo que va a hacer como “un crimen

piadoso”18 confieren, a esa forma autónoma de actuar, de una sucesiva acumulación

de sentimientos y de complejidades cuya solución no le puede venir desde fuera por la aplicación de una norma dotada de universalidad, sino que es la propia Antígona la que tiene que elegir y decidir entre todas las circunstancias que se le presentan. Sófocles situó el conflicto, entre la norma universal del Estado y la autonomía de las conductas particulares, en el centro de su tragedia; pero, claro, no solo de la suya.

¿La vinculación de la moral con un Ser Superior, es condición necesaria para que el hombre pueda adecuar su conducta a las normas morales? La felicidad y la desgracia son sentimientos de la conciencia y estados de la mente, que se viven en el tiempo y el espacio a partir de los datos que nos proporciona la experiencia. Ni el hombre puede saltarse ese marco, ni Dios podría hacerlo sin violar la libertad del

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Lane Fox, Robin, El mundo clásico. La epopeya en Grecia y Roma, Editorial Crítica, Madrid, 2007, pág. 20.

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hombre. Por eso, los fundamentalismos religiosos hacen, del recurso al misterio, la solución contra los imperativos evidentes de una vida humana sujeta a la caducidad. Pero no es admisible que la capacidad moral del hombre dependa de que acepte o no acepte el misterio. El Ser Superior no podría haber incurrido en la cruel contradicción de haber concebido a una criatura que solo puede desarrollar su vida en el tiempo, pero que, en asunto tan decisivo como es el de afrontar la moralidad de sus actos, padeciera una minusvalía radical, hasta el punto de no poder valerse por sí mismo cada vez que tiene que elegir entre lo que es bueno y lo que es malo, y se vea obligado a someterse a lo que consideran, moral o inmoral, las normas que dicta una autoridad que se autoproclama intérprete de mandatos divinos.

1.4.-Una mala caída que nos dejó minusválidos para siempre.

Ante el hecho de que el hombre es un ser que con enormes esfuerzos intenta alcanzar la verdad y, sin embargo, cae frecuentemente en el error, un ser capaz para la bondad y no menos capaz para la crueldad, la filosofía por un lado, y, la teología por otro, fabricaron la idea de “la caída”. Al contemplarnos tan superiores al resto de los animales el filósofo, seducido por la mitología y el teólogo interpretando las sagradas escrituras, dedujeron que originariamente el hombre era un verdadero ser superior, pero su mala conducta le acarreó el castigo de Dios, que, rectificó su obra, y la dejó minusválida para siempre. Y, a causa de ello, nuestra inteligencia comenzó a cometer errores y nuestra voluntad empezó a sentir la atracción del mal.

La influencia de la mitología en los pensadores del siglo V en Grecia se

manifiesta, por un lado, en el esfuerzo que llevan a cabo para romper con las “creencias” mágicas y, por otro, en el impresionante desarrollo del discurso racional. Sin duda es Platón el filósofo que claramente se mueve entre la cultura de la razón y la cultura mitológica. Platón rescata de la mitología la idea de la “caída” del hombre

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y, al mismo tiempo, tiene la osadía de convertirla, en la explicación fundamental, de los problemas que el hombre tiene para llegar a conocer la verdad. No deja de ser una espléndida contradicción que, precisamente mediante un mito, por definición irracional, nos explique Platón su teoría del conocimiento.

Tal y como ha señalado Alasdair MacIntyre en Tras la virtud, en el orden del

pensamiento moral, la cultura mitológica de la Grecia antigua no puede darse por inoperante en la filosofía moral de la Grecia clásica: “Somos, lo reconozcamos o no, lo que el pasado ha hecho de nosotros, y no podemos erradicar de nosotros aquellas partes de nosotros mismos, formadas por nuestras relaciones con cada etapa formativa de nuestra historia. Si esto es así, entonces incluso la sociedad heroica (mitológica) es todavía una parte ineludible de todos nosotros, y estamos narrando una historia que particularmente es nuestra propia historia cuando revisamos la

formación de nuestra cultura moral”19.

Lo cierto es que a lo largo de la historia del pensamiento moral, la “caída” de

Platón y la “caída” del Génesis han consolidado la opinión de que el hombre está incapacitado para gobernarse a sí mismo. Las normas que deben regir la conducta del hombre no pueden tener su origen en el propio hombre. Lo que ocurre es que, lo único que existe en el mundo que tenga una capacidad moral, es el hombre. Así que, necesariamente el Ayudante, tiene que situarse fuera de la historia, es decir, en el misterio. Ahora bien, hay que admitir que la mente del hombre tiene una cierta facilidad para producir seres mentalistas y para sugestionarse con ellos. Como ha dicho Harold Bloom “Dios es el producto literario más fantástico que ha producido la

imaginación del hombre”20. Se refería exclusivamente, conviene aclararlo, al Dios del

que habla la Biblia. En todo caso, la historia nos ha enseñado que un Legislador

19

MacIntyre, Alasdair, Tras la virtud, Editorial Crítica, Barcelona, 2004, pág. 165. 20

Bloom, Harold, Jesús y Yahvé. Los nombres divinos, trad. de Damián Alou, Editorial Taurus (Pensamiento), 2006, pág. 123.

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ultramundano, no ha hecho mejor al hombre, sino que lo ha hundido en el fanatismo, porque, la indigencia y la debilidad constitutivas del hombre, no pueden soportar, impasiblemente, una supuesta predilección divina, sin que el hombre se vuelva loco de autosatisfacción y engreimiento. Naturalmente, hay excepciones en la historia, que son eso, excepciones. Las que enloquecen divinamente son las multitudes. Las guerras de religión no se acaban nunca. Esta es la razón de la milenariamente trágica situación de esos pueblos de palestinos e israelíes que se consideran “elegidos”, es decir, que unos se consideran más “elegidos” que los otros.

La tendencia, en la filosofía moral, ha sido, o considerar que el bien del hombre se encuentra entre las cosas de este mundo, o que se encuentra fuera de él; la corriente de pensamiento que se inicia con Aristóteles considera el bien como una realidad inmanente al hombre, una teoría que, a partir de la Edad Moderna, con los descubrimientos de la nueva ciencia que hacen, del hombre y del mundo, una realidad tan diferente a aquella de la que partían Aristóteles y Platón, va a desarrollarse y a profundizar en lo que Kant llamó la autonomía moral del hombre. Por el contrario, para la segunda corriente de pensamiento, los bienes a nuestro alcance, no son más que deficientes formas del verdadero Bien que tiene su residencia en el Cielo. Todos los fundamentalismos religiosos coinciden en la exaltación de una vida más allá de la muerte y en la descalificación del hombre.

1.5.- Pero la Tierra da vueltas alrededor del sol y el hombre no fue creado

directamente por Dios.

La nueva realidad, ante la que nos situaron los descubrimientos de Galileo, Descartes, Kepler, Newton y Darwin, nos conducía a desprendernos de tradiciones y dogmas que por indiscutidos, no resultaban más verdaderos. Como ha dicho Hannah Arendt: “Bajo estas circunstancias parece mucho más probable que un mal espíritu,

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ese dios, sea el gobernante del universo. La consumada perversidad de este espíritu malo consistiría en haber creado a un ser que, si bien tiene el concepto de verdad, es incapaz de alcanzar verdad alguna y de estar seguro de algo. Esta cuestión de la certeza, desde que la planteara Descartes, iba a ser decisiva en el desarrollo de la moralidad moderna. El radical cambio que sufrieron los modelos morales en el primer siglo de la Época Moderna, se inspiró en las necesidades e ideales de su más importante grupo de hombres, los nuevos científicos; y las modernas virtudes cardinales –éxito, industria, veracidad- son al mismo tiempo las más grandes virtudes

de la ciencia moderna”21.

¿Por qué la nueva realidad descubierta por la ciencia moderna cambió el modelo de moralidad tradicional y, al mismo tiempo, se consolidaba una mayor autonomía moral del hombre? El proceso dialéctico realidad-hombre ha mantenido la constante de que, a una mayor amplitud de los misterios de la naturaleza, corresponde un aumento del sentido del temor y de la sumisión del hombre a un Ser superior. Y al contrario, en la medida en que el hombre va reduciendo los misterios en el comportamiento de la naturaleza, se amplía su sentido de la autonomía y, las pautas morales, se alejan de la superstición y se hacen más racionales. En el mundo mágico de la antigüedad, desde el hechicero al galeno, ante la enfermedad no conocían los remedios que, la medicina científica, habría de poner al servicio del hombre, con el descubrimiento, en el año 1798, de que existen en la vida animal propiedades físico-químicas de efectos insospechados; para el fisiólogo Claude Bernard, en la obra que escribió en el año 1878, esas propiedades debían constituirse en la nueva medicina experimental; obra que fue calificada por Pasteur, “como monumento en honor del método que ha dado lugar a las ciencias físicas y químicas desde Galileo y Newton, que postula su introducción en la fisiología y la patología y,

cuya influencia en las ciencia médica será inmensa”22.

21

Arendt, Hannah, La condición humana, Editorial Paidós, Barcelona, 2005, pág.299-300. 22

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En cierto modo cabe decir que la nueva manera de hacer ciencia y que ha situado a los hombres frente a una nueva realidad, se debe no precisamente a la adecuación entre la razón y la cosa observada, sino a la adecuación de la cosa con dos instrumentos físicos ingeniados por el hombre: el microscopio y el telescopio. No puedo dejar de reflejar aquí, con emoción, lo que este autor, en el libro citado, nos recuerda de cómo se lamentaba, por la falta de medios, nuestro Don Santiago Ramón y Cajal (1852-1934): “Ah quién tuviera esos magníficos microscopios a que Flemming y Carnoy deben sus descubrimientos. Aquí, desgraciadamente, las Facultades no tienen material y, aunque yo me empeñara en pedir uno de esos objetivos, no me lo permitiría el decano por falta de fondos. Yo tengo que resignarme con un objetivo de 8 de inmersión Verick y éste, gracias a que es de mi

propiedad”23.

Desde el parirás con dolor, creced y multiplicaos, te ganarás el pan con el sudor de tu frente y bienaventurados los pobres, hasta la medicina sin dolor, el control de la natalidad, los robots industriales, las aplicaciones del genoma humano, las células madre y la redistribución de la riqueza mediante los impuestos, los modelos de moralidad han ido cambiando, en el sentido de desprenderse de sus orientaciones mágicas y, progresar en los fundamentos racionales de la moralidad. Desde la Edad Moderna, los imperativos morales son reducir el dolor y procurarle al hombre la mayor felicidad posible. Así, es el propio hombre el que se dota de los instrumentos que le permiten superar una realidad, cuya indiferencia hacia el hombre, no le ha impedido a éste extraer de ella posibilidades deslumbrantes para una vida menos fatalista y más feliz. El asombro y la admiración que, los nuevos descubrimientos nos provocan, por las posibilidades reales que su aplicación a patologías que hasta ahora se consideraban incurables, e incluidas en el catálogo de los males provocados por la “caída” originaria, proyectan a la autonomía moral del

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hombre, no tanto hacia el ideal de la vida contemplativa del Sumo Bien, como al

modelo de vida del homo faber, del “bien humano”, que para Aristóteles era la idea

central de su Ética.

Si es gracia a la alta tecnología que pone a nuestra disposición los instrumentos científicos sin los cuales no podríamos conocer la realidad, queda seriamente cuestionada aquélla idea mágica por la cual, el mundo estaba lleno de imágenes hierofánicas que nos descubrían a su Creador. Para Hannah Arendt, la invención del telescopio por Galileo no solo sirvió para conocer otros mundos, sino también, para conocer mejor éste en el que vivimos, admitiendo que nuestros sentidos, con frecuencia nos engañan y, necesitan ser complementados para poder alcanzar los datos que nos lleven a la verdad. “Las razones para confiar en el hacer y, desconfiar de la contemplación, se hicieron más convincentes tras los resultados de las primeras investigaciones de Galileo. Inaccesible el Ser y sus formas de aparecer, la verdad ya no se revelaba al ojo mental del observador y, surgió una verdadera necesidad de buscar la verdad tras las apariencias engañosas. Nada podía ser menos

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