Según las hipótesis más difundidas por lo historiadores bíblicos, es probable que el joven sacerdote Ezequiel haya sido llevado a Caldea, según el relato de 2 Reyes 24:14, junto con los diez mil desterrados del primer sitio a Jerusalén, en el 598 a. C. Poco más de dos siglos antes de que Platón escriba el Timeo, diálogo en el que, como vimos, se hace claramente visible la contraposición, a la vez política y antropológica, entre la cabeza (y la boca) y el vientre, entre κεφαλή y κοιλία (o γαστήρ), Ezequiel es llamado por Dios para que transmita su palabra. El llamado de Dios a Ezequiel es único en varios sentidos. No es nuestra intención realizar una exégesis del segundo y tercer capítulo, en los que nos detendremos, del libro de Ezequiel, sino más bien señalar algunos elementos que atañen a nuestro estudio. En primer término, el llamado de Dios a Ezequiel no se realiza según las formas que definían a los otros llamados. En este caso, Dios no procede a colocar su palabra en la boca del futuro profeta, sino que realiza algo aún más radical: introduce su mensaje, escrito en un libro (rollo), en la boca de Ezequiel y se lo hace comer. Leamos los versículos 8 y 9 del capítulo 2 del libro de Ezequiel, según la versión de los Setenta: “Ahora tú, escucha lo que te digo: no seas rebelde como esta raza de rebeldes. Abre tu boca [στόμα] y come [φάγε] lo que te doy. Entonces miré y vi una mano tendida hacia mí con un libro enrollado [κεφαλὶς βιβλίου].” Dios, como podemos ver, le presenta a Ezequiel su mensaje pero en la forma de un libro escrito, de un rollo. A diferencia del llamado a los otros profetas, Isaías y Jeremías por ejemplo, la palabra no sólo es depositada en la boca del futuro mensajero, sino que en este caso ella debe ser tragada y digerida. Si Yahvé coloca su palabra en la boca de Ezequiel, es sólo para que este pueda comérsela. Los primeros cuatro versículos del tercer capítulo del libro de Ezequiel son esenciales para nuestra investigación. Dios le dice al joven sacerdote:
Hijo de hombre, come [κατάφαγε] lo que te presenté, come este rollo [τὴν κεφαλίδα ταύτην] y ve a hablar a la gente de Israel. Entonces abrí la boca [τὸ στόμα] y me hizo tragar el rollo [ἐψώμισέν με τὴν κεφαλίδα], diciéndome: “Hijo de hombre, alimenta tu boca y tu vientre [κοιλία] será llenado con este rollo”. Entonces lo comí [ἔφαγον], y en mi boca [ἐν τῷ στόματι] lo sentí dulce como la miel (3: 1-4).
Como podemos ver, la estrategia que utiliza Yahvé para convertir a Ezequiel en profeta es mucho más radical que la que utiliza en los otros llamados. En este caso se trata de que el elegido literalmente se trague la Ley, el λόγος, a fin de que luego pueda transmitirlo. Es preciso que la palabra, materializada en un rollo para poder ser comida, penetre en lo más profundo del profeta, en sus mismas entrañas, en su vientre (κοιλία). No es casual que Yahvé le ordene a Ezequiel alimentar su vientre, llenarlo con su palabra, con su λόγος, hasta confundirse por completo con él. El caso de Ezequiel es paradigmático en la medida en que pone de manifiesto el mecanismo invasivo, pero al mismo tiempo productivo, del λόγος y de la palabra divina. Invasivo porque intenta penetrar en los sectores más privados de los cuerpos y las palabras (κοιλία y μῦθος); productivo porque esa penetración, lejos de reprimir u oprimir, según una lógica de la que intenta distanciarse Foucault por ejemplo en La volonté de savoir, crea o produce formas de subjetividad (en el caso de Ezequiel, lo produce como profeta, como portavoz de Dios). El imperativo de Yahvé es evidente e indiscutible: Ezequiel debe comer el λόγος, debe tragarlo y hacerlo descender hasta el vientre, hasta el mismo sitio en el que Platón, dos siglos después, ubicará los apetitos y los deseos, el alma concupiscente, a fin de purificarlos y, en el límite, de anularlos. En el versículo 3, como vimos, se enfatiza la zona ventral como lugar a purificar, la parte baja del abdomen que los autores de la LXX designan con el término κοιλία (el mismo que utilizará Platón en el Timeo) y que traduce el hebreo בןט֫ (beten). El λόγος debe recorrer todos los compartimientos y las partes del cuerpo, en especial las más bajas e impuras, debe transitarlo para poder, eventualmente, dominarlo. Es preciso poner en relación estos pasajes bíblicos con aquellos otros pasajes en donde hemos examinado el término ἐγγαστρίμυθος, ventrílocuo o pitonisa, siempre con un sentido negativo y condenable. Se entiende mejor la especificidad del llamado de Dios a Ezequiel si se tiene
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en cuenta que el vientre, según hemos demostrado en las secciones previas, representa el lugar, el τόπος, en el que puede residir, según una concepción difundida en el mundo antiguo y reflejada en la traducción de los Setenta, un espíritu impuro o el alma de un difunto y, desde allí, emitir una voz y una palabra también impura y demoníaca. Contra esta palabra, contra la amenaza que supone una voz que se confunde, por su lugar de procedencia, con los deseos y los apetitos más bajos, se levanta el λόγοςdivino, se hace rollo, escritura, para acallar, abandonando por un momento su naturaleza oral, la voz mítica del vientre, la voz que no proviene más que de la anarquía salvaje de las pulsiones y de los espíritus inmundos. Antes de hacerle comer el rollo, el libro que contiene el λόγος, Dios lo extiende ante la mirada del futuro profeta. “Cuando lo desenrolló [ἀνείλησεν] ante mí, vi que estaba escrito [γεγραμμένα] por detrás y por delante [τὰ ὄπισθεν καὶ τὰ ἔμπροσθεν], y contenía lamentaciones, gemidos y ayes” (2:10).1
El λόγος escrito cubre las dos superficies del rollo, el anverso y el reverso; la Ley del λόγος ocupa todo el espacio del libro, así como debe ocupar todo el espacio corporal y espiritual del profeta. Una vez que el λόγος ha invadido toda la persona de Ezequiel, es decir, una vez que lo ha constituido en un agenciamiento de la voz divina, el profeta puede transmitir la palabra santa. La deglución del rollo lo habilita a predicar al pueblo de Israel: “Dirígete a la gente de Israel y comunícales [λάλησον πρὸς αὐτούς] mis palabras [τοὺς λόγους μου]” (3:4). Es necesario que el λόγος penetre por la boca de Ezequiel hasta el vientre y las entrañas para que pueda salir, en un segundo momento, una vez que haya purificado y consagrado al abdomen, y penetrar, nuevamente, en el pueblo de Israel, a través de sus oídos. Naturalmente, en esta economía de entradas y salidas, de ingestión y devolución, de inspiración y expiración, se juega la tensión entre una voz que eleva al hombre, como la voz lógica de la razón en Platón, hasta una santidad próxima, aunque también
1 Uno de los soportes antiguos de la escritua era el palimpsesto, del griego παλίμψηστον (grabado de nuevo), término que hace referencia a un manuscrito en el que pueden detectarse las huellas de una escritura anterior, la cual ha sido borrada para dar lugar a la escritura actual. Desde el siglo VII hasta la Edad Media, debido a la escasez del papiro y del pergamino, fue uno de los soportes más utilizados. Para una descripción del palimpsesto en particular y de los diferentes soportes materiales (papiros, pergaminos, rollos, códices, etc.) de la escritura antigua y medieval en general, cf. Dahl, 1958: 7-15.
inexorablemente lejana, a la divinidad, y una voz que lo rebaja, siempre desde la perspectiva del λόγος, a la animalidad más salvaje y obtusa.
La contraposición entre la boca y el vientre, entre la boca como lugar de emisión del λόγος y el vientre como lugar de emisión del μῦθος, encuentra una nueva confirmación en un pasaje del Apocalipsis íntimamente conectado con el llamado a Ezequiel. El autor del Apocalipsis,2 por cierto, luego de ver
un ángel vigoroso que baja del cielo envuelto en una nube, con un pequeño libro abierto en su mano, recibe la orden de tomar el libro y comérselo. “Tómalo y cómetelo [Λάβε καὶ κατάφαγε αὐτό]; será amargo [πικρανεῖ] para tu estómago [κοιλίαν], aunque en tu boca [ἐν τῷ στόματί σου] será dulce como la miel [γλυκὺ ὡς μέλι]” (10: 9). Podemos ver que se repiten algunos elementos del libro de Ezequiel. También Juan debe comerse el pequeño libro y llenarse del λόγος divino. Lo mismo que Ezequiel, lo siente dulce como la miel en su boca. Incluso está en condiciones de transmitir (nuevamente) la palabra de Dios, una vez que ha comido el libro del ángel. En todos estos puntos, los dos episodios son similares. En lo que difieren, sin embargo, es en la distinción que introduce Juan respecto a la dulzura y la amargura que le provoca el rollo en la boca y en el vientre respectivamente. En el Apocalipsis, a diferencia del libro de Ezequiel, se establece una clara jerarquía, ya evidente de todas formas en todos los libros de la Biblia, entre la boca y el vientre y, consecuentemente, entre la dulzura y la amargura. Juan lo corrobora poco después en primera persona: “Entonces tomé el pequeño libro de las manos del ángel [ἀγγέλου] y lo comí [κατέφαγον αὐτό]. En mi boca [ἐν τῷ στόματί μου] era dulce como la miel [ὡς μέλι γλυκύ], pero cuando terminé de comerlo se volvió amargo [ἐπικράνθη] mi estómago [ἡ κοιλία μου]” (10: 10). Es importante notar que la boca y el vientre, según el relato de Juan, designan dos maneras diversas de asimilar la ley. El rollo se vuelve dulce en la boca porque es el lugar paradigmático, en la anatomía humana, del λόγος. La boca recibe la palabra, la saborea, la paladea y, por último, la transmite. Si el cuerpo es (o debe ser) el templo del λόγος, la boca es su altar. El vientre, en cambio, no asimila completamente la ley; las palabras, dulces en la boca, llegadas al estómago se vuelven amargas. La zona baja del abdomen, lugar de los apetitos y los deseos animales, no digiere el λόγος. En las curvas y contracurvas de los
intestinos, en lo más profundo de las entrañas y las vísceras, tiene lugar la contienda entre una palabra (λόγος) que tiende a purificar lo impuro, y otra (μῦθος) que tiende a mancillar lo sagrado. Será preciso analizar esta tensión, tal como se presenta en la prédica de Pablo de Tarso, para comprender con mayor precisión los aspectos fundamentales de estos dos registros, el λόγος (la boca) y el μῦθος (el vientre), que han estructurado las diversas articulaciones históricas de lo humano. Ese será nuestro objetivo siguiente.