2. Methodology
2.3 Annual Workshop Program
2.3.4 Developing the First workshop
Como ya hemos visto, una manifestación de la crisis general de la estructura económica fue el deterioro de la moneda. Después de la disminución en el contenido de plata del denarius a un 50 por ciento en tiempos de Septimio Severo (193-211 d. de J.C.), la ratio metálica entre la plata y el oro y el poder adquisitivo de la moneda parecen haber seguido estables hasta el reinado de Galieno (253-68 d. de J.C.), aunque se introducía gradualmente más aleación en la plata. Pero después del año 256, la calidad de las monedas de plata ;e deterioró tan rápidamente que muy pronto no eran más que bronce plateado. Diocleciano intentó restablecer el valor ordinario de la moneda con nuevas piezas de plata y de oro; el aureus que pesaba 1/60 de una libra equivalía a 24 argentei, cada uno de los cuales pesaba 1/96 de una libra. Mientras tanto, seguía circulando el bronce plateado, y en el Edicto sobre precios, publicado en el año 301, una ibra de oro estaba valorada en 50.000 denarii, de manera que la •atio entre el aureus y el denarius era 1 : 833,3.
Constantino acuñó una nueva moneda de oro, el solidus, que pesaba 1/72 de una libra, y mantuvo el argenteus de Diocleciano. Este sistema, con modificaciones menores, que quizá fueron proyecadas para compensar los cambios en los valores relativos de los dos netales, se mantuvo durante todo el siglo IV, e incluso posteriornente; de hecho, se seguía acuñando el solidus prácticamente sin ambios hasta el año 1070, cuando empezaron a aparecer muestras legradadas de esta moneda. Se ha afirmado que el solidus no era una verdadera moneda, puesto que se pesaba en las transacciones comerciales o cuando se utilizaba para pagar a la tesorería —Constantino nombró a un zygostates, o funcionario pesador en cada ciudad— y cualquier deficiencia en el peso se añadía en dinero menudo. Pero este argumento no resiste un examen detenido, puesto que también ocurría lo mismo con los «soberanos» ingleses pagados al Banco de Inglaterra entre los años 1816 y 1889, un período en que el «soberano» era sin duda una moneda en el pleno sentido de la palabra.
Mientras tanto, sin embargo, el bronce o el bronce plateado seguía disminuyendo de valor, quizá porque el gobierno, preocupado sólo con su propia ventaja fiscal, continuaba acuñando cada vez más, mientras insistía en que se pagaran los impuestos únicamente en oro o en natura. La ratio entre el denarius, ahora sólo una cantidad imaginaria, una fracción de la más pequeña moneda de bronce, y el solidus estaba en constante cambio, en perjuicio de aquél. Pruebas procedentes de los papiros egipcios demuestran que en el año 324 el solidus valía 4.350 denarii en Egipto; bajó rápidamente a 54.000, a 150.000, a 180.000, y en el año 338 aproximadamente era equivalente a 257.000. Un poco más de diez años después valía 5.760.000 denarii, y a fines del siglo, 45.000.000. Si en Occidente las cifras parecen menos catastróficas, se debe quizá a que la palabra denarius se empleaba para el nummus o moneda de bronce, y no para su subdivisión imaginaria.
A primera vista, podría esperarse que esta inflación pusiera fin a toda la vida económica normal basada en una economía monetaria. Pero no ocurrió así. Naturalmente, las mercancías tendían a subir de precio a medida que la moneda se desvalorizaba; por ejemplo, encontramos que el precio de una hogaza de pan se duplicó en Efeso entre el reinado de Trajano y la década 220-30. Además, durante cualquier período de inflación los salarios no suben al mismo ritmo que los precios, y esto aumentaría, por supuesto, la inquietud económica. Por otro lado, una inflación moderna en la que se multiplican los billetes desemboca en una reducción del valor de todos los billetes, nuevos y viejos; pero la devaluación de la plata sólo afecta a las nuevas monedas, que por eso tienden a ser reevaluadas, dejando sin tocar el valor de las viejas monedas. De hecho, las inscripciones distinguen claramente entre las «monedas viejas» y las
«nuevas». El dinero atesorado —y el atesoramiento era una de las formas más frecuentes de ahorro en los tiempos antiguos— mantenía su valor; y la pérdida principal fue sufrida por la gente que había prestado grandes cantidades bajo el acuerdo de un reembolso fijo, y por los que tenían la mala suerte de aceptar las monedas nuevas antes de que se estableciera el nuevo valor. La inflación introdujo un elemento de inseguridad en las relaciones económicas, cuyos efectos pueden rastrearse. Pero después de cada baja en el contenido de plata del denarius, había un período de estabilidad, durante el cual el comercio continuaba como de costumbre; y en ningún momento desapareció el dinero de la vida económica.
Es cierto que en amplios sectores encontramos a miembros de los gremios que trabajaban por un jornal miserable o incluso perdiendo dinero, y recibían la mayor parte de su paga en especie; y el ejército y los empleados del Estado se encontraban normalmente en una situación semejante. Pero otro sector de la economía, en ningún caso insignificante, todavía operaba con dinero. Por ejemplo, la obligación de pagar los impuestos en especie sólo se aplicaba a los que vivían en el campo; para los demás existían impuestos en oro y en plata. Así los senadores, además de la annona exigida por sus fincas, tenían la responsabilidad de pagar un especial impuesto adicional, y también una cantidad de oro con ocasión del ascenso al poder de un nuevo emperador y en cada quinto aniversario de este hecho; con la multiplicación de emperadores, estas obligaciones podían convertirse en un impuesto muy considerable. Del mismo modo, los magistrados y los miembros del consejo de las diversas ciudades estaban obligados a contribuir con «oro de la corona», teóricamente en la celebración de hechos memorables y más tarde, después del año 364, como un donativo obligatorio. Finalmente, las clases laboriosas, que incluían prácticamente a cualquiera que tuviese un empleo remunerado, estaban obligadas a pagar un impuesto especial, exigido cada cinco años, sobre el capital invertido en la empresa, con un pago mínimo para aquellos cuyo capital era insignificante. Este impuesto, que había que pagar en oro y plata, y por lo tanto se llamaba el chrysargyrum, se destinaba a pagar espectáculos imperiales y donativos al ejército; pesaba fuertemente sobre los habitantes de la ciudad, y Libanios habla de padres empujados a esclavizar o prostituir a sus hijos para reunir la cantidad necesaria.
Con la excepción de la annona, todos estos impuestos se pagaban en metálico, y con las ganancias Constantino acuñaba sus monedas de oro. Además, incluso la annona no siguió siendo un impuesto recaudado exclusivamente en especie. En fecha tan temprana como el año 213 d. de J.C. en Egipto, pero en un grado mucho mayor a lo largo del siglo IV, había empezado a evolucionar para transformarse en un impuesto más en oro. Gradualmente crecía la costumbre de conmutar las obligaciones del impuesto por un pago en oro, proceso conocido como adaeratio, y la misma sustitución aparece también en la paga a los empleados del gobierno. Al principio el gobierno se resistía; y varios edictos prohibieron la práctica. Pero con el crecimiento general de la estabilidad, la práctica avanzaba, y en los años 364 y 365 fue autorizada en la paga a ciertos empleados del Estado, incluyendo soldados de la frontera del Danubio. Veinte años después fue aceptada como práctica general en Illiricum, y a lo largo del siglo V se hizo obligatoria en la paga de los funcionarios, y parece que la recomendaban para el ejército. Finalmente, en el año 439 se adoptó para las tropas y la administración pública, y por lo menos en Occidente, acabó el período de pagos estatales en especie. Este desarrollo no se completó sin dificultades. En particular, surgieron complicaciones en cuanto al tipo sobre el que iba a calcularse la conversión: por ejemplo, en el caso de cerdos a pagar en la Italia del sur, si se debía usar el tipo empleado en Roma o en el mercado local como base para la conmutación en metálico. Además, ¿quién tenía que asumir el costo del transporte de los animales a la capital? Este es sólo un ejemplo de las dificultades que surgieron en el conflicto de intereses entre el ejército y la administración pública por un lado, los terratenientes por el otro, y los recaudadores del gobierno entre ambos. Gradualmente se superaron estos problemas por medio de la institución de tarifas estacionales fijadas por los prefectos pretorianos, y fue posible abandonar el impuesto en especie, aunque los productos seguían siendo la base sobre la que se calculaba la obligación en oro.
Queda claro, por tanto, que la economía monetaria nunca desapareció por completo durante los siglos III y IV. Para confirmar esto, tenemos las pruebas del Edicto sobre precios de Diocleciano y varios papiros, y también los escritos de los Padres de la Iglesia, quienes dan por sentado el funcionamiento de
una plena economía monetaria: leemos de terratenientes que se aprovechaban de la escasez y que temían una buena cosecha, indicios seguros de la existencia de un mercado; de artesanos que trabajaban por su cuenta o como asalariados de otros, y de un activo comercio al por menor en artículos y comestibles comunes, con utilización de dinero. Además la extraordinaria acción llevada a cabo por la rica y pía Melania, quien, durante los primeros años del siglo V, vendió en 120.000 solidi todas sus fincas esparcidas por las provincias occidentales, y distribuyó esta cantidad en limosnas a los pobres, habría sido económicamente imposible bajo un sistema de trueque.
En resumen, a pesar del aparente control estatal de todas las empresas durante el siglo IV y principios del V,una parte bastante grande de la vida económica de las provincias seguía en manos de particulares. En tanto que estas personas trabajaban por su cuenta o a sueldo, utilizaban el dinero. Pero este dinero era, por regla general, la plata y el bronce desvalorizados por las inflaciones, y la cantidad disponible variaba de un momento a otro y de una provincia a otra. Se acuñaba con el ojo puesto en el ejército y sus necesidades, no con vistas al comercio privado; así España tenía que depender de la Galia del sur para su moneda, y con una breve excepción, África tuvo que obtener su moneda de Italia. Incluso en las provincias bien abastecidas de dinero, el solidus de oro era demasiado grande para el intercambio diario. Sólo en tiempos de Teodosio (379-95) aparecieron monedas pequeñas de metales preciosos; y en este momento las presiones y las guerras en muchas partes de Occidente eran demasiado graves para permitir una plena recuperación. La plata atesorada en la Britania del siglo IV (Britania no tenía Casa de Moneda salvo durante los años 296-324, en que hubo una en Londres) pone de manifiesto una escasez de oro; y después del año 400 desaparecieron por completo las pequeñas monedas tanto de Britania como de la región del Danubio. Por todo el Occidente la economía estaba muy debilitada, y en esta parte del Imperio, desde los tiempos de Diocleciano parecían existir dos economías simultáneas. Para la generalidad de la población, incluyendo el ejército y los empleados del Estado, había repartos públicos de productos de primera necesidad, complementados con sueldos en la moneda de bronce devaluada, que servían para la compra de menudencias adicionales en el mercado libre. Al mismo tiempo, aunque se dejó de acuñar plata en el siglo V,los ricos disfrutaban de las ventajas de una buena moneda de oro, con la que podían comprar toda clase de artículos de lujo de todas las zonas del mundo conocido.
La descripción que ha perdurado del comercio en el Imperio tardío confirma estas conclusiones. Fragmentos recientemente descubiertos del Edicto sobre precios de Diocleciano, que dan las tarifas del transporte marítimo para unos cincuenta y siete viajes especificados entre cinco puertos de la mitad oriental del Imperio y cualquier punto del Mediterráneo, muestran que el tránsito marítimo era, a diferencia del transporte por tierra, todavía bastante barato. Según estas tarifas, que son un reflejo justo de las condiciones dominantes a principios del siglo IV era posible transportar una carga de trigo a lo largo del Mediterráneo, de Asia a la España occidental, por un 26 por ciento de su valor máximo. Consiguientemente, el Edicto presupone la existencia de un comercio muy considerable de objetos de uso común entre las distintas provincias.
No se debe imaginar, sin embargo, que este comercio existiera en la misma escala que en los primeros años del Principado. Los testimonios son esporádicos y a menudo poco dignos de confianza; pero los que existen reflejan un retroceso muy marcado, sobre todo en las provincias occidentales. La Galia todavía producía textiles, lana y lino; y la industria de cristalería, de hecho, avanzó mucho más que todo lo logrado en los primeros años del Imperio. Los perfeccionamientos técnicos del siglo II habían dado por resultado un vidrio fino y transparente, con frecuencia adornado con temas pictóricos o mitológicos, y fabricado en varios lugares en Bourbonnais, Poitou, Vendée, Loira Inferior, Argona, Eifel, y en especial Colonia. Durante el siglo III esta industria, como todas las demás, sufrió gravemente las condiciones de inseguridad, las invasiones y la penosa situación social; pero Constantino y sus sucesores estimularon su recuperación con concesiones especiales para los obreros de cristalería y filigrana, a condición de que se comprometieran a enseñar el oficio a sus hijos. Como resultado, el comercio de cristalería seguía floreciendo a lo largo del siglo IV, sirviendo a la corte en Tréveris, al ejército cercano y a la aristocracia
de la Galia. La cristalería no la usaban, sin embargo, los campesinos y pequeños artesanos y comerciantes, y aunque se exportaba algo a Asia y a Escandinavia, continuó siendo un lujo y la industria nunca alcanzó el nivel logrado por las alfarerías primitivas. Además, desde fines del siglo IV se observa un retroceso en su calidad.
Esta decadencia forma parte de una tendencia general y se observa en la desaparición gradual de los gremios. Bajo el temprano Imperio, se encontraban navieros galos en cada puerto; en el siglo IV tenemos registros de navieros de África, España y Egipto, pero ninguno de la Galia; y los nuevos fragmentos del Edicto de Diocleciano sugieren que los orientales ya habían empezado a dominar el comer-cio marítimo. Los gremios de transporte fluvial, que habían florecido antes, desaparecieron también; no se sabe con certeza si sus actividades se habían transferido a los servicios nacionalizados y a las flotillas militarizadas de los lagos y ríos de Francia y Suiza.
Más al este, en Germania y las provincias del Danubio, hubo un florecimiento tardío de una economía basada, en gran medida, en el ejército y en el comercio fronterizo. Pero la política imperial trataba cada vez más de restringir este tipo de comercio. Primero el bronce y el hierro, luego el oro, se colocaron en la lista de productos que no se podía exportar a los bárbaros. El comercio de cualquier clase tenía que pasar por ciertos puestos fronterizos especificados; y muy pronto encontramos que las armas, el vino, el trigo, el aceite e incluso el extracto de pescado, fueron incluidos entre las mercancías que no debían cruzar la frontera. Esta política de restricciones, impuesta fundamentalmente por motivos de defensa, mató el comercio que empezaba a desarrollarse; y en el año 413, cuando la corte se trasladó de Tréveris a Arlés, la economía del Norte sufrió un golpe mortal. Abandonadas por los ricos, que huyeron al sur llevándose lo que podían, estas regiones decayeron a un nivel no muy distinto del de las zonas situadas al otro lado de la frontera germánica. Por otro lado, Britania experimentó un «veranillo» en el siglo IV cuando las clases altas disfrutaban en sus villas de un brote de vulgar prosperidad, rodeados de objetos de producción en serie, de manufactura doméstica y continental. Pero, en general, la tendencia, como en otras partes, se dirigía hacia la auto-suficiencia local en artículos de consumo masivo. En las villas se encuentran pocos objetos extranjeros, y tenemos la impresión de la existencia de un tranquilo confort hasta que el descuido imperial y la retirada de las legiones abrieron la provincia a los invasores sajones.
España disfrutaba también de una modesta prosperidad hasta principios del siglo IV. Se construían bastantes carreteras, y había un comercio doméstico ambulante llevado por buhoneros y revendedores; e incluso en el siglo IV Ausonio en la Galia recibía regalos de aceite de oliva y del todavía famoso extracto de pescado de Barcelona. En los años 324 y 336 se envió trigo de España a Roma. Pero la disminución de los testimonios refleja una decadencia económica; hay escasez de moneda —España no tenía Casa de Moneda— y el cuadro general se hace cada vez más oscuro. Sicilia seguía siendo una región de producción primaria, con grandes propiedades y haciendas, y con alguna ganancia procedente del tránsito de viajeros. Porque los senadores, a los que se prohibió en esta época viajar a otros sitios, podían II a Sicilia. África, hasta su conquista por los vándalos (429-39), seguía siendo un almacén para Roma. Cartago era todavía una ciudad próspera. Pero suministrar mano de obra para las canteras era ya en el siglo III un problema grave, y en general el país no parece haberse recuperado del pillaje que siguió al aplastamiento de la rebelión gordiana en el año 238. En el siglo IV la vida estaba bastante perturbada a causa de las actividades de los circumcelliones, bandas de vagabundos partidarios del cisma donatista, quienes se entregaban a la violencia en un movimiento que unía rasgos religiosos, sociales y quizá nacionalistas; su oposición a Roma les llevó finalmente a apoyar a los vándalos invasores.
Italia, mientras tanto, había seguido decayendo. En el siglo IV estaban sin cultivar enormes extensiones de tierra, y el bandolerismo era tan común que en el año 364 se prohibió el uso de caballos a los pastores, e incluso a los terratenientes en siete provincias. A fines del siglo, medio millón de iugera — más de cien mil hectáreas— estaban en barbecho en la antes sonriente tierra de Campania; y en el año 450 los códigos legales hacen referencia a niños vendidos como esclavos como consecuencia del hambre de sus padres. Hacía varios siglos entonces que Italia desempeñaba un papel pasivo en el comercio imperial. No tenía más objetivo que satisfacer algunas de sus propias necesidades. De hecho, desde los tiempos de Diocleciano, la zona de la península al sur del Rubicón fue perdonada del pago de la annona, a condición
de que aprovisionara a Roma de carne, vino, madera y cal. Allí, como en otras partes, los gremios fueron subordinados cada vez más a las necesidades del Estado. Pero con las invasiones de los godos en el siglo Vy el fin de las importaciones de trigo del África vándala, los documentos se vuelven escasos y difíciles de interpretar. Los testimonios se refieren a la desaparición de los gremios y de toda la organización de la que formaban parte, con el colapso del Imperio occidental en el año 476.
Hasta la disolución general ocurrida en el siglo V, se seguía empleando el dinero en todas las